Maldito Cielo – Yediht Cazarín

Journaling, day 91.

Bilingual Post.

Maldito cielo

Cuanta burla regalas desde ahí,
cuanta crueldad
pintada de azul y beldad

Maldito cielo,
¿crees que consuelas
tan solo por llorar?

Maldita grandeza,
si no nos sirve de nada
desde donde tú estás

Solo nos muestras lo inmenso
de tu infinita crueldad.

25 de abril del 2021

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Damn heaven

How much mockery do you give away from there,
how much cruelty
painted blue and beauty

Damn heaven
Do you think you comfort
just for crying?

Damn greatness
if it is of no use to us
from where you are

You only show us the immense
of your infinite cruelness.

April 25th 2021

Las flores del mal Charles Baudelaire Perfume exótico

Journaling, day 90.

Bilingual Post.

Perfume exótico

 
Cuando, los dos ojos cerrados, en una cálida tarde otoñal,
Yo aspiro el aroma de tu seno ardiente,
Veo deslizarse riberas dichosas
Que deslumbran los rayos de un sol monótono;

Una isla perezosa en que la naturaleza da
Árboles singulares y frutos sabrosos;
Hombres cuyo cuerpo es delgado y vigoroso
Y mujeres cuya mirada por su franqueza sorprende.

Guiado por tu perfume hacia deleitosos climas,
Yo diviso un puerto lleno de velas y mástiles
Todavía fatigados por la onda marina,
Mientras el perfume de los verdes tamarindos,
Que circula en el aire y satura mi olfato,
Se mezcla en mi alma con el canto de los marineros.

24 de abril del 2021

Por favor escribe en tu diario si eres una persona a la que le gusta la estética de las cosas; y tu opinión al respecto.

Jusqu’à demain!

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Exotic perfume

When, both eyes closed, on a warm autumn afternoon,
I breathe in the aroma of your burning bosom,
I see happy banks slide
That dazzle the rays of a monotonous sun;

A lazy island where nature gives
Unique trees and tasty fruits;
Men whose body is lean and vigorous
And women whose gaze is surprising for their frankness.

Guided by your perfume towards delightful climates,
I see a harbor full of sails and masts
Still weary from the sea wave,
While the fragrance of the green tamarinds,
That circulates in the air and saturates my nose,
It mixes in my soul with the song of the sailors.

April 24th 2021

Please write in your journal if you are a person who likes the aesthetics of things; and your opinion about them.

Jusqu’à demain!

Día Internacional de libro y del derecho de autor

Journaling, day 89.

Bilingual Post.

Cada 23 de abril se celebra El día internacional del libro a nivel mundial; con el objetivo de fomentar la lectura, la industria editorial y la protección de la propiedad intelectual por medio del derecho de autor. Desde 1988, es una celebración internacional promovida por la UNESCO. Esta celebración dio comienzo en 1989 en varios países, y para el año 2010 ya eran más de cien países los que lo celebraban.

El Día Internacional del libro fue nombrado en honor a autores fallecidos el 23 de abril de 1616. Hablamos de: Miguel de Cervantes, William Shakespeare, y Garcilaso de La Vega. En realidad Cervantes fallece el 22 de abril, pero se toma el 23 de abril ya que fue la fecha de su sepelio. Y Shakespeare fallece el 23 de abril del calendario juliano, que corresponde al 3 de mayo del calendario gregoriano. Dicho intento de alinear estas fechas con el 23 de abril es con el fin de honrar la Literatura y sus máximos representantes.

23 de abril del 2021

Por favor escribe en tu diario si te gustaría escribir un libro y de qué género.

¡Gracias por leer!

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Every April 23, International Book Day is celebrated worldwide to promote reading, the publishing industry, and intellectual property protection through copyright. Since 1988, it is an international celebration promoted by UNESCO. This celebration began in 1989 in several countries, and by 2010 there were already more than one hundred countries celebrating it.

The International Book Day was named in honor of authors who died on April 23, 1616. We speak of Miguel de Cervantes, William Shakespeare, and Garcilaso de La Vega. Cervantes dies on April 22, but it is taken on April 23 since it was the date of his burial. And Shakespeare dies on April 23 of the Julian calendar, which corresponds to May 3 of the Gregorian calendar. This attempt to align these dates with April 23 is to honor Literature and its highest representatives.

April 23rd 2021

Please write in your journal if you would like to write a book and what genre.

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El bien y el mal

Journaling, day 88.

Bilingual Post.

Meditaciones

“El bien y el mal de un viviente racional y sociable no consiste en los afectos que percibe, sino en las acciones que ejecuta, así como su virtud y vicio no está en lo que padece, sino en lo que hace.”
Marco Aurelio.

22 de abril del 2021

Si pudieses convertirte en otra persona durante un día, ¿quién querrías ser y por qué? Si te parece muy fácil, prueba esto: ¿quién te gustaría que se convirtiera en ti durante un día? ¿Qué esperas que aprenda de la experiencia?

¡Gracias por leer!

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“The good and evil of a rational and sociable living being do not consist in the affections that he perceives, but in the actions he performs, just as his virtue and vice are not in what he suffers, but in what he does.”
Marcus Aurelius.

April 22nd 2021

If you could become someone else for one day, who would you want to be and why? If you find it too easy, try this: who would you like to become for a day? What do you hope he learns from the experience?

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Morir, dormir: dormir, tal vez soñar.

Journaling, day 87.

Bilingual Post.

Hamlet

Morir, dormir: dormir, tal vez soñar.

Hamlet:
Ser o no ser, esa es la cuestión:
si es más noble para el alma soportar
las flechas y pedradas de la áspera Fortuna
o armarse contra un mar de adversidades
y darles fin en el encuentro. Morir: dormir,
nada más. Y si durmiendo terminaran
las angustias y los mil ataques naturales
herencia de la carne, sería una conclusión
seriamente deseable. Morir, dormir:
dormir, tal vez soñar. Sí, ese es el estorbo;
pues qué podríamos soñar en nuestro sueño eterno
ya libres del agobio terrenal,
es una consideración que frena el juicio
y da tan larga vida a la desgracia. Pues, ¿quién
soportaría los azotes e injurias de este mundo,
el desmán del tirano, la afrenta del soberbio,
las penas del amor menospreciado,
la tardanza de la ley, la arrogancia del cargo,
los insultos que sufre la paciencia,
pudiendo cerrar cuentas uno mismo
con un simple puñal? ¿Quién lleva esas cargas,
gimiendo y sudando bajo el peso de esta vida,
si no es porque el temor al más allá,
la tierra inexplorada de cuyas fronteras
ningún viajero vuelve, detiene los sentidos
y nos hace soportar los males que tenemos
antes que huir hacia otros que ignoramos?
La conciencia nos vuelve unos cobardes,
el color natural de nuestro ánimo
se mustia con el pálido matiz del pensamiento,
y empresas de gran peso y entidad
por tal motivo se desvían de su curso
y ya no son acción. – Pero, alto:
la bella Ofelia. Hermosa, en tus plegarias
recuerda mis pecados.

Hamlet – William Shakespeare

21 de abril del 2021

Por favor escribe en tu diario si alguna vez has sentido celos y el por qué.

¡Hasta mañana!

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Dying, sleeping: sleeping, maybe dreaming.

Hamlet:
To be or not to be, that is the question:
if it is nobler for the soul to bear
the arrows and stones of rough Fortune
or arm yourself against a sea of adversity
and end them in the meeting. To die: to sleep,
nothing more. And if they ended up sleeping
the anguish and the thousand natural attacks
inheritance of the flesh, it would be a conclusion
seriously desirable. Die, sleep:
sleep, maybe dream. Yes, that is the hindrance;
Well, what could we dream of in our eternal dream
already free from earthly burden? It is a consideration that slows down the judgment
and gives such a long life to misfortune. Well who
I would bear the scourges and injuries of this world,
the outrage of the tyrant, the wrath of the proud,
the pains of despised love,
the delay of the law, the arrogance of the position,
the insults suffered by patience,
being able to close accounts yourself
with a simple dagger? Who carries those burdens,
moaning and sweating under the weight of this life,
if not because of the fear of the afterlife,
the unexplored land of whose borders
no traveler returns, stops the senses
and makes us bear the evils that we have
rather than flee to others that we ignore?
Conscience makes us cowards,
the natural color of our spirits
withers with the pale hue of thought,
and companies of great weight and entity
for this reason they deviate from their course
and they are no longer active. – But stop
the beautiful Ophelia. Beautiful, in your prayers,
remember my sins.

Hamlet – William Shakespeare

April 21st 2021

Please write in your journal if you have ever been jealous and why.

Until tomorrow!

Orgullo y Prejuicio – Jane Austen Capítulo 8

Journaling, day 86.

Bilingual Post.

A las cinco la señorita Bingley y la señora Hurst se retiraron para vestirse, y a las seis y media llamaron a Elizabeth para que bajara a almorzar[*]. A la avalancha de corteses preguntas que le hicieron, y entre las que tuvo el placer de percibir la mayor solicitud por parte del señor Bingley, no pudo dar unas respuestas muy tranquilizadoras. Jane no estaba en absoluto mejor. Las dos hermanas del señor Bingley, al oírlo, repitieron tres o cuatro veces cuánto lo lamentaban, qué espantoso era tener un fuerte resfriado, y lo mucho que les desagradaba enfermar; pero después se olvidaron del asunto: y su indiferencia hacia Jane cuando no estaba presente hizo que Elizabeth volviera a recrearse en su antipatía inicial.

El señor Bingley era, en realidad, el único del grupo al que podía mirar con cierta complacencia. Su preocupación por Jane era evidente, y las atenciones que dedicó a Elizabeth evitaron que se sintiera una intrusa, tal como imaginaba que la veían los demás. Prácticamente era el único que se dirigía a ella. La señorita Bingley sólo hacía caso al señor Darcy; y su hermana, tres cuartos de lo mismo. En cuanto al señor Hurst, sentado junto a Elizabeth, era un hombre indolente que vivía sólo para comer, beber y jugar a las cartas, y que, cuando descubrió que ella prefería un plato sencillo a un ragú[*], no tuvo nada más que decirle.

Una vez terminado el almuerzo, Elizabeth se apresuró a volver con su hermana, y la señorita Bingley empezó a criticarla en cuanto salió de la estancia. Sus modales le parecían espantosos, una mezcla de orgullo e impertinencia; y no podía decirse que tuviera conversación, estilo, buen gusto o belleza. La señora Hurst se mostró de acuerdo con ella, y añadió:

—En pocas palabras, su única virtud es ser tan andarina. Nunca olvidaré su aparición de esta mañana. Parecía casi haber perdido el juicio.

—Tienes razón, Louisa. Me ha costado tanto contener la risa… ¡Qué idea tan descabellada! ¿A quién se le ocurre venir corriendo por los campos porque su hermana tiene un catarro? ¡Y con el pelo todo alborotado!

—Sí, y su enagua… Espero que te fijaras en su enagua, tenía casi un palmo de barro, estoy segura; y, aunque se bajara el vestido, no consiguió disimularlo.

—Es posible que tu descripción sea muy exacta, Louisa —dijo Bingley—, pero todo eso me pasó inadvertido. Pensé que la señorita Elizabeth Bennet estaba muy hermosa cuando entró en la sala esta mañana. No me di cuenta de que su enagua estuviera manchada.

—Usted sí reparó en ello, señor Darcy, estoy convencida —exclamó la señorita Bingley—; y tengo la impresión de que no le gustaría que su hermana se comportara de un modo tan extravagante.

—Por supuesto que no.

—¡Caminar cinco, seis, siete kilómetros o la distancia que sea, con los pies hundidos en el barro, y sola, completamente sola! ¿Qué pretendería con eso? En mi opinión, es una muestra abominable de su orgullosa independencia, y revela una indiferencia al decoro de lo más provinciana.

—Es una muestra del cariño que siente por su hermana, y eso es muy bonito— añadió Bingley.

—Me temo, señor Darcy —dijo la señorita Bingley, en voz baja—, que esta aventura habrá mermado la admiración que le inspiran sus hermosos ojos.

—En absoluto —respondió él—; brillaban más que nunca debido al ejercicio. Tras unos instantes de silencio, dijo la señora Hurst:

—Aprecio muchísimo a Jane Bennet. Es una joven realmente dulce, y desearía con todo el alma que hiciera una buena boda. Pero, con unos padres y una familia así, supongo que será imposible.

—Dijiste que su tío es abogado en Meryton, ¿no?

—Sí; y tienen otro que vive en algún lugar cerca de Cheapside[*].

—¡Maravilloso! —exclamó su hermana, y las dos soltaron una carcajada.

—Aunque tuvieran suficientes tíos para llenar todo Cheapside —dijo Bingley—, seguirían siendo igual de encantadoras.

—Pero eso reduce bastante sus probabilidades de casarse con un hombre distinguido —señaló Darcy.

Bingley no contestó; pero sus hermanas asintieron con entusiasmo, y se divirtieron un rato a costa de los parientes de su querida amiga.

Al salir del comedor, sin embargo, volvieron a la habitación de Jane, donde reanudaron sus muestras de afecto hasta que las avisaron para tomar café. Jane seguía mal, y Elizabeth no se movió de su lado hasta muy avanzada la tarde, cuando tuvo el consuelo de verla dormida y decidió, más por educación que por placer, bajar al salón. Al entrar en él, encontró a todos jugando una partida de loo[*]. En seguida le pidieron que se uniera a ellos, pero, sospechando que las apuestas eran elevadas, declinó su invitación con la excusa de que no tardaría en volver con su hermana. Cuando dijo que se distraería con un libro el poco tiempo que pasara con ellos, el señor Hurst la miró perplejo.

—¿Prefiere usted leer que jugar a las cartas? —preguntó—. Eso es bastante extraño.

—La señorita Eliza Bennet —dijo la señorita Bingley— desprecia las cartas. Es una gran lectora y no le gusta hacer ninguna otra cosa.

—No merezco ni semejante alabanza ni semejante censura —exclamó Elizabeth—; no soy una gran lectora, y me gusta hacer muchas cosas.

—Estoy seguro de que le gusta cuidar a su hermana —dijo Bingley—; y espero que muy pronto su alegría sea aún mayor cuando la vea recuperada.

Elizabeth le dio las gracias de corazón, y se dirigió a una mesa sobre la que había unos cuantos libros. Su anfitrión se ofreció inmediatamente a traerle más, cualquier título que tuviera en su biblioteca.

—Ojalá tuviera más libros: usted disfrutaría con ellos y yo me sentiría orgulloso de mi biblioteca; pero lo cierto es que soy bastante vago y, aunque no tengo demasiados, son más de los que leo.

Elizabeth le aseguró que los que había en la mesa serían suficientes.

—Me sorprende que mi padre dejara una biblioteca con tan pocos ejemplares — afirmó la señorita Bingley—. ¡Es magnífica la que tiene usted en Pemberley, señor Darcy!

—No podía ser de otro modo —contestó él—, es el trabajo de muchas generaciones.

—Y usted ha hecho una importante contribución, siempre está comprando libros.

—No me cabe en la cabeza que, en estos tiempos, se pueda descuidar una biblioteca familiar.

—¿Descuidar? Estoy segura de que usted no descuida nada que pueda añadir belleza a tan noble mansión. Charles, cuando construyas tu propia casa, me gustaría que fuera la mitad de hermosa que Pemberley.

—Eso quisiera yo.

—Pues te sugiero que compres unas tierras en esa zona, y tomes Pemberley como modelo. En Inglaterra, no hay una región más bonita que Derbyshire.

—Lo haría encantado; incluso compraría Pemberley si Darcy lo vendiera.

—Estoy hablando de cosas factibles, Charles.

—Te aseguro, Caroline, que veo más factible comprar Pemberley que construir una mansión que se le parezca.

Elizabeth estaba demasiado absorta en lo que decían para concentrarse en la lectura, y no tardó en dejar el libro y en acercarse a la mesa

de juego para observar la partida; se colocó entre el señor Bingley y su hermana mayor.

—¿Ha crecido mucho la señorita Darcy desde la primavera? —preguntó la señorita Bingley—. ¿Cree que llegará a ser tan alta como yo?

—Supongo que sí. Ahora es como la señorita Elizabeth Bennet, o un poco más alta.

—¡Qué ganas tengo de volver a verla! Jamás he conocido a nadie tan adorable. ¡Con esa fisonomía y esos modales! ¡Y tan cultivada para su edad! Toca el piano de un modo exquisito.

—Me asombra —dijo Bingley— que todas las jóvenes tengan paciencia para adquirir tantos conocimientos.

—¿Tantos conocimientos? ¿Todas las jóvenes? Mi querido Charles, ¿qué quieres decir con eso?

—Bueno, pintan mesas, tapizan biombos y tejen monederos. No creo frecuentar a ninguna joven que no sepa hacer todas esas cosas, y lo cierto es que, siempre que me hablan por primera vez de alguna, me ponderan sus múltiples habilidades.

—Has enumerado muy bien cuáles son esas habilidades —dijo Darcy—. Se considera cultivadas a muchas mujeres cuyo único mérito es tejer monederos o bordar pantallas. Pero estoy muy lejos de compartir esa opinión. Entre todas mis relaciones, no puedo jactarme de conocer a más de seis mujeres realmente cultivadas.

—Ni yo tampoco, desde luego —exclamó la señorita Bingley.

—En ese caso —dijo Elizabeth—, debe de ser usted muy exigente.

—Lo soy.

—¡Por supuesto! —afirmó su fiel seguidora—. No puede decirse que una mujer sea realmente cultivada si no supera con creces lo habitual. Debe tener un profundo conocimiento de la música, del canto, del dibujo, del baile y de los idiomas modernos; y, además de todo eso, poseer algo indefinible en su figura y ademanes, en el tono de voz y en la forma de expresarse: de lo contrario, sólo merecerá a medias ese calificativo.

—Y a todo esto hay que añadirle algo más sustancial —dijo Darcy—: el perfeccionamiento de su intelecto mediante la lectura.

—No me extraña que sólo conozca a seis mujeres cultivadas. Lo que de veras me sorprende es que conozca a alguna —exclamó Elizabeth.

—¿Es usted tan dura con su propio sexo que pone en tela de juicio que algo así

sea posible?

—Jamás me he tropezado con una mujer así. Jamás he visto todas esas cualidades que describe —inteligencia, buen gusto, aplicación y elegancia— reunidas en la misma persona.

La señora Hurst y la señorita Bingley consideraron muy injustas las dudas de Elizabeth y, cuando empezaban a decir que conocían a muchas mujeres que respondían a aquella descripción, el señor Hurst las llamó al orden, quejándose amargamente por su falta de atención a lo que sucedía en la partida. Al cesar así toda conversación, Elizabeth no tardó en salir de la estancia.

—Eliza Bennet —dijo la señorita Bingley, cuando la puerta se cerró tras ella— es una de esas jóvenes que buscan lucirse ante el sexo opuesto menospreciando el suyo; y supongo que con muchos hombres consigue sus propósitos. Aunque, en mi opinión, es una horrible estratagema, una vil artimaña.

—¡Por supuesto! —contestó Darcy, principal destinatario de aquella observación—. Son mezquinas todas las artimañas que a veces las mujeres se dignan emplear para cautivar a los hombres. Todo lo que huela a astucia es despreciable.

La señorita Bingley, al escuchar su respuesta, prefirió no hablar más del asunto.

Elizabeth volvió con ellos únicamente para decirles que su hermana estaba peor y no podía dejarla sola. Bingley insistió en que avisaran inmediatamente al señor Jones; sus hermanas, en cambio, convencidas de que un boticario rural no serviría de mucho, recomendaron enviar un mensaje urgente a la ciudad para que uno de los médicos más eminentes de Londres se acercara a Netherfield. Elizabeth no quiso ni oír hablar del asunto; pero no se mostró tan reacia a aceptar la propuesta de su anfitrión. Así pues, acordaron ir en busca del señor Jones a primera hora de la mañana si la señorita Bennet no mejoraba. Bingley se quedó muy preocupado, y sus hermanas aseguraron que tenían el ánimo por los suelos. Se consolaron, sin embargo, tocando y cantando alegres duetos después de la cena, mientras Bingley no encontraba mejor alivio para su desazón que dar instrucciones a su ama de llaves para que extremara todas las atenciones con la señorita enferma y su hermana.

20 de abril del 2021

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Pride and Prejudice

Chapter 8

At five o’clock the two ladies retired to dress, and at half-past six Elizabeth was summoned to dinner. To the civil inquiries which then poured in, and amongst which she had the pleasure of distinguishing the much superior solicitude of Mr. Bingley’s, she could not make a very favourable answer. Jane was by no means better. The sisters, on hearing this, repeated three or four times how much they were grieved, how shocking it was to have a bad cold, and how excessively they disliked being ill themselves; and then thought no more of the matter: and their indifference towards Jane when not immediately before them restored Elizabeth to the enjoyment of all her former dislike.

Their brother, indeed, was the only one of the party whom she could regard with any complacency. His anxiety for Jane was evident, and his attentions to herself most pleasing, and they prevented her feeling herself so much an intruder as she believed she was considered by the others. She had very little notice from any but him. Miss Bingley was engrossed by Mr. Darcy, her sister scarcely less so; and as for Mr. Hurst, by whom Elizabeth sat, he was an indolent man, who lived only to eat, drink, and play at cards; who, when he found her to prefer a plain dish to a ragout, had nothing to say to her.

When dinner was over, she returned directly to Jane, and Miss Bingley began abusing her as soon as she was out of the room. Her manners were pronounced to be very bad indeed, a mixture of pride and impertinence; she had no conversation, no style, no beauty. Mrs. Hurst thought the same, and added:

“She has nothing, in short, to recommend her, but being an excellent walker. I shall never forget her appearance this morning. She really looked almost wild.”

“She did, indeed, Louisa. I could hardly keep my countenance. Very nonsensical to come at all! Why must she be scampering about the country, because her sister had a cold? Her hair, so untidy, so blowsy!”

“Yes, and her petticoat; I hope you saw her petticoat, six inches deep in mud, I am absolutely certain; and the gown which had been let down to hide it not doing its office.”

“Your picture may be very exact, Louisa,” said Bingley; “but this was all lost upon me. I thought Miss Elizabeth Bennet looked remarkably well when she came into the room this morning. Her dirty petticoat quite escaped my notice.”

“You observed it, Mr. Darcy, I am sure,” said Miss Bingley; “and I am inclined to think that you would not wish to see your sister make such an exhibition.”

“Certainly not.”

“To walk three miles, or four miles, or five miles, or whatever it is, above her ankles in dirt, and alone, quite alone! What could she mean by it? It seems to me to show an abominable sort of conceited independence, a most country-town indifference to decorum.”

“It shows an affection for her sister that is very pleasing,” said Bingley.

“I am afraid, Mr. Darcy,” observed Miss Bingley in a half whisper, “that this adventure has rather affected your admiration of her fine eyes.”

“Not at all,” he replied; “they were brightened by the exercise.” A short pause followed this speech, and Mrs. Hurst began again:

“I have an excessive regard for Miss Jane Bennet, she is really a very sweet girl, and I wish with all my heart she were well settled. But with such a father and mother, and such low connections, I am afraid there is no chance of it.”

“I think I have heard you say that their uncle is an attorney in Meryton.”

“Yes; and they have another, who lives somewhere near Cheapside.”

“That is capital,” added her sister, and they both laughed heartily.

“If they had uncles enough to fill all Cheapside,” cried Bingley, “it would not make them one jot less agreeable.

“But it must very materially lessen their chance of marrying men of any consideration in the world,” replied Darcy.

To this speech Bingley made no answer; but his sisters gave it their hearty assent, and indulged their mirth for some time at the expense of their dear friend’s vulgar relations.

With a renewal of tenderness, however, they returned to her room on leaving the dining-parlour, and sat with her till summoned to coffee. She was still very poorly, and Elizabeth would not quit her at all, till late in the evening, when she had the comfort of seeing her sleep, and when it seemed to her rather right than pleasant that she should go downstairs herself. On entering the drawing-room she found the whole party at loo, and was immediately invited to join them; but suspecting them to be playing high she declined it, and making her sister the excuse, said she would amuse herself for the short time she could stay below, with a book. Mr. Hurst looked at her with astonishment.

“Do you prefer reading to cards?” said he; “that is rather singular.”

“Miss Eliza Bennet,” said Miss Bingley, “despises cards. She is a great reader, and has no pleasure in anything else.”

“I deserve neither such praise nor such censure,” cried Elizabeth; “I am not a great reader, and I have pleasure in many things.”

“In nursing your sister I am sure you have pleasure,” said Bingley; “and I hope it will be soon increased by seeing her quite well.”

Elizabeth thanked him from her heart, and then walked towards the table where a few books were lying. He immediately offered to fetch her others—all that his library afforded.

“And I wish my collection were larger for your benefit and my own credit; but I am an idle fellow, and though I have not many, I have more than I ever looked into.”

Elizabeth assured him that she could suit herself perfectly with those in the room.

“I am astonished,” said Miss Bingley, “that my father should have left so small a collection of books. What a delightful library you have at Pemberley, Mr. Darcy!”

“It ought to be good,” he replied, “it has been the work of many generations.”

“And then you have added so much to it yourself, you are always buying books.”

“I cannot comprehend the neglect of a family library in such days as these.”

“Neglect! I am sure you neglect nothing that can add to the beauties of that noble place. Charles, when you build your house, I wish it may be half as delightful as Pemberley.”

“I wish it may.”

“But I would really advise you to make your purchase in that neighbourhood, and take Pemberley for a kind of model. There is not a finer county in England than Derbyshire.”

“With all my heart; I will buy Pemberley itself if Darcy will sell it.”

“I am talking of possibilities, Charles.”

“Upon my word, Caroline, I should think it more possible to get Pemberley by purchase than by imitation.”

Elizabeth was so much caught with what passed, as to leave her very little attention for her book; and soon laying it wholly aside, she drew near the card-table, and stationed herself between Mr. Bingley and his eldest sister, to observe the game.

“Is Miss Darcy much grown since the spring?” said Miss Bingley; “will she be as tall as I am?”

“I think she will. She is now about Miss Elizabeth Bennet’s height, or rather taller.”

“How I long to see her again! I never met with anybody who delighted me so much. Such a countenance, such manners! And so extremely accomplished for her age! Her performance on the pianoforte is exquisite.”

“It is amazing to me,” said Bingley, “how young ladies can have patience to be so very accomplished as they all are.”

“All young ladies accomplished! My dear Charles, what do you mean?”

“Yes, all of them, I think. They all paint tables, cover screens, and net purses. I scarcely know anyone who cannot do all this, and I am sure I never heard a young lady spoken of for the first time, without being informed that she was very accomplished.”

“Your list of the common extent of accomplishments,” said Darcy, “has too much truth. The word is applied to many a woman who deserves it no otherwise than by netting a purse or covering a screen. But I am very far from agreeing with you in your estimation of ladies in general. I cannot boast of knowing more than half-a-dozen, in the whole range of my acquaintance, that are really accomplished.”

“Nor I, I am sure,” said Miss Bingley.

“Then,” observed Elizabeth, “you must comprehend a great deal in your idea of an accomplished woman.”

“Yes, I do comprehend a great deal in it.”

“Oh! certainly,” cried his faithful assistant, “no one can be really esteemed accomplished who does not greatly surpass what is usually met with. A woman must have a thorough knowledge of music, singing, drawing, dancing, and the modern languages, to deserve the word; and besides all this, she must possess a certain something in her air and manner of walking, the tone of her voice, her address and expressions, or the word will be but half-deserved.”

“All this she must possess,” added Darcy, “and to all this she must yet add something more substantial, in the improvement of her mind by extensive reading.”

“I am no longer surprised at your knowing only six accomplished women. I rather wonder now at your knowing any.”

“Are you so severe upon your own sex as to doubt the possibility of all this?”

“I never saw such a woman. I never saw such capacity, and taste, and application, and elegance, as you describe united.”

Mrs. Hurst and Miss Bingley both cried out against the injustice of her implied doubt, and were both protesting that they knew many women who answered this description, when Mr. Hurst called them to order, with bitter complaints of their inattention to what was going forward. As all conversation was thereby at an end, Elizabeth soon afterwards left the room.

“Elizabeth Bennet,” said Miss Bingley, when the door was closed on her, “is one of those young ladies who seek to recommend themselves to the other sex by undervaluing their own; and with many men, I dare say, it succeeds. But, in my opinion, it is a paltry device, a very mean art.”

“Undoubtedly,” replied Darcy, to whom this remark was chiefly addressed, “there is a meanness in all the arts which ladies sometimes condescend to employ for captivation. Whatever bears affinity to cunning is despicable.”

Miss Bingley was not so entirely satisfied with this reply as to continue the subject.

Elizabeth joined them again only to say that her sister was worse, and that she could not leave her. Bingley urged Mr. Jones being sent for immediately; while his sisters, convinced that no country advice could be of any service, recommended an express to town for one of the most eminent physicians. This she would not hear of; but she was not so unwilling to comply with their brother’s proposal; and it was settled that Mr. Jones should be sent for early in the morning, if Miss Bennet were not decidedly better. Bingley was quite uncomfortable; his sisters declared that they were miserable. They solaced their wretchedness, however, by duets after supper, while he could find no better relief to his feelings than by giving his housekeeper directions that every attention might be paid to the sick lady and her sister.

April 20th 2021

Pita Amor – Polvo

Journaling, day 85.

Bilingual Post.

Pita Amor

De pronto vi mi cabeza
en el espacio perdida,
con pensamiento, y sin vida,
y sin humana impureza.
Sentí profunda extrañeza;
mas luego entendí mi lodo,
y fui descubriendo el modo
de hacer mi cuerpo infinito:
Mi polvo al polvo remito,
dejo de ser… ¡y soy todo!”
“”Polvo, ¿por qué me persigues
como si fuera tu presa?
Tu extraño influjo no cesa,
y hacerme tuya consigues;
pero por más que castigues
hoy mi humillada figura,
mañana en la sepultura
te has de ir mezclando conmigo.
Ya no serás mi enemigo… ¡Compartirás mi tortura!”.
“Polvo, cómplice enemigo,
a un tiempo goce y tortura,
mi libertad y clausura,
mi recompensa y castigo;
todo lo tuyo investigo
porque observándome estoy.
Dicen que viviendo voy, y yo siendo lo contrario: mi existir no es voluntario,
de ti, polvo, aliada soy”.

19 de abril del 2021

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Suddenly I saw my head
in the lost space,
with thought, and without life,
and without human impurity.
I felt profound strangeness,
but then I understood my mud,
and I was discovering how
to make my body infinite:
My dust to dust I send,
I cease to be, and I am everything! “
“Dust, why are you chasing me
as if it were your prey?
Your strange influence does not stop
and make me yours you get;
but no matter how much you punish
today my humiliated figure,
tomorrow in the grave
you have to go mixing with me.
You will no longer be my enemy. You will share my torture!”.
“Dust, enemy accomplice,
at the same time enjoyment and torture,
my freedom and closure,
my reward and punishment;
I investigate all of yours
because I’m watching myself.
They say that living I go, and I being the opposite: my existence is not voluntary,
of you, dust, I am an ally ”.

April 19th 2021

Dolores Castro Varela Algo le duele al aire Poema

Journaling, day 84.

Bilingual Post.

Dolores Castro Varela

Algo le duele al aire,
del aroma al hedor.
Algo le duele
cuando arrastra, alborota
del herido la carne,
la sangre derramada,
el polvo vuelto al polvo
de los huesos.
Como sopla y aúlla,
como que canta
pero algo le duele.
Algo le duele al aire
entre las altas frondas
de los árboles altos.
Cuando doliente aún
entra por las rendijas
de mi ventana,
de cuanto él se duele
algo me duele a mí,
algo me duele.

18 de abril del 2021

Por favor escribe en tu diario si crees en ángeles y cómo los imaginas.

¡Gracias por leer!

………………………………………..

Something hurts the air


Something hurts the air
From the aroma to the stench.
Something hurts
when it drags, it riot
of the wounded the flesh,
the spilled blood,
dust turned to dust
Of bones.
How it blows and howls,
like she sings
but something hurts.
Something hurts the air
among the tall fronds
of tall trees.
When still grieving
enter through the cracks
from my window,
how much he hurts
something hurts me,
something hurts.

April 18th 2021

Please write in your journal if you believe in angels and how you imagine it.

Thanks for reading this far!

Rosario Castellanos – Frases

Journaling, day 83.

Bilingual Post.

Rosario Castellanos

“No es que el poeta busque soledad, es que la encuentra.”

“Heme aquí, ya al final, y todavía no sé qué cara le daré a la muerte.”

“Y no podemos escapar viviendo porque la Vida es una de sus máscaras.”

17 de abril del 2021

Por favor escribe en tu diario alguna vez que hayas hecho algo por alguien sin que se enterara que fuiste tú quien ayudó.

¡Gracias por leer!

…………………………………

“It is not that the poet seeks solitude; it is that he finds it.”

“Here I am, in the end, and I still do not know what face I will give to death.”

“And we cannot escape living because Life is one of his masks.”

April 17th 2021

Please write in your journal any time that you did something for someone without them finding out that it was you who helped.

Thanks for reading this far!

Espíritu libre

Journaling, day 82.

Bilingual Post.

Meditaciones

“Purifica tu fantasía, reprime tu apetito, apaga ese deseo, conduciendo todo para mantener tu espíritu libre.” -Marco Aurelio.

16 de abril del 2021

¿Qué es lo que más te gusta de ti? ¿Y de tu persona preferida? ¿Están relacionadas las dos características? Por favor escríbelo en tu diario.

¡Hasta mañana!

…………………………….

“Purify your fantasy, suppress your appetite, quench that desire, driving everything to keep your spirit free.” -Marcus Aurelius.

April 16th 2021

What do you like the most about yourself? And what about your favorite person? Are the two characteristics related? Please write it down in your journal.

Until tomorrow!

Charles Baudelaire – Frases

Journaling, day 81.

Bilingual Post.

Charles Baudelaire

¡Ay los vicios humanos! Son ellos los que contienen la prueba de nuestro amor por el infinito.

Espantoso juego del amor, en el cual es preciso que uno de ambos jugadores pierda el gobierno de sí mismo.

El amor es un crimen que no puede realizarse sin cómplice.

15 de abril del 2021

Por favor escribe en tu diario si tienes la misma idea del amor que hace un año.

Au revoir

…………………………………….

Woe to human vices! It is they who contain the proof of our love for infinity.

Terrible game of love, in which one of the two players must lose control of himself.

Love is a crime that cannot be accomplished without an accomplice.

April 15th 2021

Please write in your journal if you have the same idea of love as a year ago.

Au revoir!

Impiedad

Journaling, day 80.

Bilingual Post.

Meditaciones

Quien peca contra justicia comete una impiedad, porque habiendo la naturaleza del Universo hecho a los hombres con la mira de que se diesen un socorro mutuo, de suerte que ayudándose los unos a los otros, según su mérito, no se hiciesen entre sí mal alguno. -Marco Aurelio.

14 de abril del 2021

Por favor escribe en tu diario un secreto que has guardado por mucho tiempo, sea real o inventado.

¡Gracias por leer!

…………………………………………….

Whoever sins against justice commits an impiety because the nature of the Universe has made men with the aim that they give each other mutual aid so that by helping each other, according to their merit, they would not harm each other. -Marcus Aurelius.

April 14th 2021

Please write in your journal a secret that you have kept for a long time, be it natural or made up.

Thank you for reading this far!

Orgullo y Prejuicio (Jane Austen) Capítulo 7

Journaling, day 79.

Bilingual Post.

Orgullo y Prejuicio

Los bienes del señor Bennet consistían casi exclusivamente en unas tierras que le rentaban dos mil libras anuales, y que, por desgracia para sus hijas, al no tener un vástago varón, serían heredadas por un pariente lejano; y la fortuna de su mujer, aunque más que suficiente en su situación, no bastaba para compensar la suya. El padre de la señora Bennet, un abogado de Meryton, le había dejado al morir cuatro mil libras.

Tenía una hermana casada con un tal señor Philips, un antiguo empleado del padre que había heredado su bufete; y un hermano que vivía en Londres, dedicado a una rama muy respetable del comercio.

Longbourn estaba sólo a kilómetro y medio de Meryton, una distancia muy cómoda para las jóvenes Bennet, que normalmente cedían a la tentación de ir allí tres o cuatro veces por semana, para hacer una visita de cumplido a su tía y entrar en la sombrerería[*] que había enfrente de su casa. Las dos menores, Catherine y Lydia, eran las más aficionadas a aquellos paseos; tenían la cabeza más hueca que sus hermanas, y, cuando no se les presentaba un plan mejor, necesitaban ir hasta Meryton para ocupar las horas matutinas y buscar temas nocturnos de conversación; y, por mucho que las noticias escaseen en el campo, siempre se las arreglaban para que su tía les contara alguna novedad. En aquel momento, lo cierto es que estaban pletóricas de noticias y de felicidad debido a la reciente llegada de un regimiento de la milicia; pasaría todo el invierno en la zona y Meryton sería su cuartel general.

Sus visitas a la señora Philips se convirtieron, por ese motivo, en una fuente de información extraordinariamente interesante. Todos los días aprendían algo nuevo sobre los nombres y el parentesco de los oficiales. Los lugares donde se alojaban dejaron de ser un secreto, y, con el tiempo, empezaron relacionarse con ellos. El señor Philips presentó sus respetos a todos, lo que deparó a sus sobrinas una dicha hasta entonces desconocida. Catherine y Lydia no hablaban más que de oficiales; y la fortuna de Bingley, cuya mención tanto animaba a su madre, carecía de valor para ellas al lado de un uniforme de alférez.

Después de escuchar una mañana sus comentarios entusiastas, el señor Bennet comentó con frialdad:

—Por lo que decís, deduzco que sois dos de las muchachas más necias del país. Hace algún tiempo que lo sospechaba, pero ahora estoy convencido.

Catherine, desconcertada, no contestó; pero Lydia, impasible, siguió expresando su admiración por el capitán Carter y su esperanza de verlo aquel día, ya que al día siguiente se marchaba a Londres.

—Me sorprende, querido —dijo la señora Bennet—, tu tendencia a creer en la estupidez de tus hijas. Si yo quisiera pensar despectivamente de los hijos de alguien, no sería de los míos.

—Si mis hijas son tontas, espero que nunca me pase inadvertido.

—Sí, pero da la casualidad de que todas son muy inteligentes.

—Es el único punto, y me enorgullezco, en el que no estamos de acuerdo. Tenía la esperanza de que coincidiéramos siempre hasta en el más mínimo detalle, pero me veo obligado a discrepar de tu opinión, pues nuestras dos hijas pequeñas me parecen increíblemente necias.

—Mi querido señor Bennet, no puedes esperar que unas jovencitas como ellas tengan el discernimiento de sus padres. Cuando lleguen a nuestra edad, supongo que pensarán tan poco en oficiales como nosotros. Recuerdo la época en que a mí también me deslumbraban los uniformes… y lo cierto es que, en el fondo de mi corazón, aún me gustan; y, si un coronel joven y elegante, con una renta de cinco o seis mil libras al año, cortejara a una de mis hijas, le daría mi beneplácito; y la otra noche en casa de sir William, me pareció que al coronel Forster le sentaba muy bien el uniforme.

—Mamá —exclamó Lydia—, dice la tía que el coronel Forster y el capitán Carter ya no visitan tanto a la señorita Watson como al principio; ahora los ve muy a menudo delante de la biblioteca circulante[*] de Clarke.

La señora Bennet no pudo responder porque entró el criado con una nota para la señorita Bennet; venía de Netherfield, y el sirviente aguardaba contestación. Los ojos de la señora Bennet brillaron de alegría y, mientras su hija mayor leía la misiva, empezó a preguntarle con impaciencia:

—¿De quién es, Jane? ¿De qué se trata? ¿Qué dice? Vamos, hija mía, date prisa y cuéntanoslo; date prisa, mi amor.

—Es de la señorita Bingley —repuso Jane, y procedió a leer en voz alta.

Mi querida amiga:

Si no tiene compasión de nosotras y come hoy con Louisa y conmigo, corremos el peligro de odiarnos para siempre, pues dos mujeres no pueden pasar un día entero solas sin pelearse. Venga usted lo antes posible. Mi hermano y los demás caballeros almorzarán con los oficiales.

Siempre suya,

CAROLINE BINGLEY

—¡Con los oficiales! —repitió Lydia—. Me gustaría saber por qué no nos ha dicho nada la tía Philips.

—Ellos comerán fuera, ¡qué mala suerte! —exclamó la señora Bennet.

—¿Puedo llevarme el carruaje, mamá? —preguntó Jane.

—No, mi vida, será mejor que vayas a caballo, porque es muy probable que llueva; así no tendrás más remedio que quedarte a pasar la noche en Netherfield.

—Sería un plan estupendo —comentó Elizabeth— si supiera usted que no se brindarán a traerla a casa.

—Bueno, los señores irán a Meryton en el coche del señor Bingley; y los Hurst no tienen caballos.

—Preferiría ir en nuestro carruaje —insistió Jane.

—Pero, querida, tu padre no puede prescindir de los caballos, estoy segura. En la granja los necesitan, ¿no es así, señor Bennet?

—En la granja los necesitan tanto que a veces no puedo disponer de ellos.

—Si tenía intención de utilizarlos hoy —dijo Elizabeth—, mamá logrará sus propósitos.

Al final consiguió sonsacar a su padre que los nobles brutos estarían ocupados, por lo que Jane se vio obligada a ir a caballo; su madre la acompañó hasta la puerta congratulándose del mal tiempo que se avecinaba. Los deseos de la señora Bennet se vieron satisfechos: poco después de que Jane saliera de casa, empezó a diluviar. Las hermanas se inquietaron por ella, pero la madre se mostró entusiasmada. No dejó de llover en toda la tarde; era evidente que Jane no podría regresar.

—¡Qué idea tan buena he tenido! —repitió varias veces la señora Bennet, como si el mérito de que lloviera fuese suyo.

Hasta la mañana siguiente, sin embargo, no fue plenamente consciente del éxito de su estratagema. Acababan de tomar el desayuno cuando apareció un criado de Netherfield con la siguiente nota para Elizabeth:

Mi querida Elizabeth:

Me encuentro fatal esta mañana, y supongo que todo se debe a que ayer me calé hasta los huesos. Mis amables amigas no quieren ni oír hablar de que vuelva a casa hasta que mejore. Insisten, asimismo, en que me visite el señor Jones, de modo que no te alarmes si oyes que ha venido a Netherfield, pues, aparte de dolerme la garganta y la cabeza, no me sucede nada.

Siempre tuya,

JANE

—Bueno, querida —dijo el señor Bennet, cuando Elizabeth leyó la misiva en voz alta—, si tu hija enferma gravemente, si acaba muriendo, será un consuelo saber que todo fue para pescar al señor Bingley, y siguiendo tus órdenes.

—¡Oh, vamos! No tengo ningún miedo de que muera. La gente no se muere de un simple resfriado. Y allí la cuidarán muy bien. Mientras continúe en Netherfield, no tenemos nada que temer. Si pudiera disponer del coche, me acercaría a verla.

Elizabeth, realmente preocupada, decidió ir aunque no tuvieran el carruaje; y, al no ser una buena amazona, su única alternativa era andar. Comunicó a todos su propósito.

—¡Qué bobadas se te ocurren! —exclamó su madre—. Con todo el barro que hay, llegarás hecha un desastre.

—Estaré perfectamente bien para ver a Jane, que es lo único que quiero.

—¿Acaso insinúas, Lizzy —dijo su padre—, que mande a buscar los caballos?

—Por supuesto que no. No pretendo ahorrarme el paseo. La distancia no es nada cuando existe una causa mayor; son menos de cinco kilómetros. Estaré de vuelta a la hora de almorzar.

—Admiro tu impetuosa generosidad —exclamó Mary—, pero los impulsos del sentimiento debe guiarlos la razón; y, a mi modo de ver, el esfuerzo ha de armonizar siempre con lo que se persigue.

—Iremos contigo hasta Meryton —dijeron Catherine y Lydia. Elizabeth aceptó su compañía, y las tres jóvenes salieron juntas.

—Si nos damos prisa —comentó Lydia durante el trayecto—, quizá podamos ver al capitán Carter antes de que se marche.

Al llegar a Meryton, se separaron; las dos hermanas menores se dirigieron al alojamiento de la mujer de uno de los oficiales, y Elizabeth continuó sola su camino, cruzando a paso ligero un campo tras otro, saltando con decisión vallas y charcos, hasta que divisó Netherfield con los tobillos doloridos, las medias sucias y el rostro encendido por el ejercicio.

Un criado la condujo a la salita del desayuno, donde encontró a todos menos a Jane, y donde su aparición suscitó una enorme sorpresa. El hecho de que hubiera andado casi cinco kilómetros tan temprano, con el campo encharcado y sin nadie que la acompañara, dejó perplejas a la señora Hurst y a la señorita Bingley; y Elizabeth tuvo el convencimiento de que la despreciaban por ello. La recibieron, no obstante, con suma cortesía; y en los modales de su hermano advirtió algo más que educación, pues el joven la acogió con amabilidad y buen humor. El señor Darcy apenas dijo nada, y el señor Hurst no despegó los labios. El primero se sentía fascinado por las mejillas arreboladas de la joven tras el ejercicio, pero no creía justificado que hubiera ido sola tan lejos. El segundo pensaba únicamente en su desayuno.

Cuando Elizabeth preguntó por el estado de salud de su hermana, las respuestas que le dieron no fueron demasiado optimistas. La señorita Bennet había dormido mal y, aunque estaba levantada, tenía mucha fiebre y no se encontraba lo bastante bien para abandonar su dormitorio. Elizabeth se alegró de que la llevaran inmediatamente a su lado; y Jane, que, para no inquietar ni molestar a nadie, no había escrito en su nota cuánto deseaba su visita, se puso contentísima al verla. No estaba, sin embargo, en condiciones de hablar mucho, y, cuando la señorita Bingley las dejó a solas, apenas pudo hacer otra cosa que expresar su gratitud por el trato extraordinariamente amable que sus anfitriones le estaban dispensando. Elizabeth se ocupó de ella en silencio.

Después del desayuno, aparecieron las dos hermanas del señor Bingley; y, al ver lo cariñosas y solícitas que se mostraban con Jane, Elizabeth empezó a sentir un poco más de simpatía por ellas. Llegó el boticario[*] y, después de examinar a la paciente, dijo, como era de esperar, que había cogido un fuerte resfriado y debían extremarse los cuidados para su pronta recuperación; le prescribió que guardara cama y prometió llevarle un jarabe. Sus consejos se siguieron sin pérdida de tiempo, pues la fiebre era cada vez más alta y le dolía muchísimo la cabeza. Elizabeth no abandonó el cuarto en ningún momento, y las otras damas tampoco lo hicieron con frecuencia; lo cierto es que, como los caballeros habían salido, no tenían nada mejor que hacer.

Cuando el reloj dio las tres, Elizabeth comprendió que debía volver a casa, y así lo dijo, aunque no le apeteciera nada. La señorita Bingley le ofreció el carruaje, pero Jane se mostró tan angustiada cuando Elizabeth se disponía a marcharse que la señorita Bingley tuvo que cambiar el ofrecimiento del coche por una invitación a pasar la noche en Netherfield. Elizabeth aceptó su propuesta con enorme gratitud, por lo que enviaron a un sirviente a Longbourn para que avisara a los Bennet y regresara con un poco de ropa.

13 de abril del 2021

Escribe en tu diario una historia acerca del viaje más largo que hayas hecho.

Ciao!

…………………………………………………….

Pride and Prejudice

Chapter 7

Mr. Bennet’s property consisted almost entirely in an estate of two thousand a year, which, unfortunately for his daughters, was entailed, in default of heirs male, on a distant relation; and their mother’s fortune, though ample for her situation in life, could but ill supply the deficiency of his. Her father had been an attorney in Meryton, and had left her four thousand pounds.

She had a sister married to a Mr. Phillips, who had been a clerk to their father and succeeded him in the business, and a brother settled in London in a respectable line of trade.

The village of Longbourn was only one mile from Meryton; a most convenient distance for the young ladies, who were usually tempted thither three or four times a week, to pay their duty to their aunt and to a milliner’s shop just over the way. The two youngest of the family, Catherine and Lydia, were particularly frequent in these attentions; their minds were more vacant than their sisters’, and when nothing better offered, a walk to Meryton was necessary to amuse their morning hours and furnish conversation for the evening; and however bare of news the country in general might be, they always contrived to learn some from their aunt. At present, indeed, they were well supplied both with news and happiness by the recent arrival of a militia regiment in the neighbourhood; it was to remain the whole winter, and Meryton was the headquarters.

Their visits to Mrs. Phillips were now productive of the most interesting intelligence. Every day added something to their knowledge of the officers’ names and connections. Their lodgings were not long a secret, and at length they began to know the officers themselves. Mr. Phillips visited them all, and this opened to his nieces a store of felicity unknown before. They could talk of nothing but officers; and Mr. Bingley’s large fortune, the mention of which gave animation to their mother, was worthless in their eyes when opposed to the regimentals of an ensign.

After listening one morning to their effusions on this subject, Mr. Bennet coolly observed:

“From all that I can collect by your manner of talking, you must be two of the silliest girls in the country. I have suspected it some time, but I am now convinced.”

Catherine was disconcerted, and made no answer; but Lydia, with perfect indifference, continued to express her admiration of Captain Carter, and her hope of seeing him in the course of the day, as he was going the next morning to London.

“I am astonished, my dear,” said Mrs. Bennet, “that you should be so ready to think your own children silly. If I wished to think slightingly of anybody’s children, it should not be of my own, however.”

“If my children are silly, I must hope to be always sensible of it.”

“Yes—but as it happens, they are all of them very clever.”

“This is the only point, I flatter myself, on which we do not agree. I had hoped that our sentiments coincided in every particular, but I must so far differ from you as to think our two youngest daughters uncommonly foolish.”

“My dear Mr. Bennet, you must not expect such girls to have the sense of their father and mother. When they get to our age, I dare say they will not think about officers any more than we do. I remember the time when I liked a red coat myself very well—and, indeed, so I do still at my heart; and if a smart young colonel, with five or six thousand a year, should want one of my girls I shall not say nay to him; and I thought Colonel Forster looked very becoming the other night at Sir William’s in his regimentals.”

“Mamma,” cried Lydia, “my aunt says that Colonel Forster and Captain Carter do not go so often to Miss Watson’s as they did when they first came; she sees them now very often standing in Clarke’s library.”

Mrs. Bennet was prevented replying by the entrance of the footman with a note for Miss Bennet; it came from Netherfield, and the servant waited for an answer. Mrs. Bennet’s eyes sparkled with pleasure, and she was eagerly calling out, while her daughter read, “Well, Jane, who is it from? What is it about? What does he say? Well, Jane, make haste and tell us; make haste, my love.”

“It is from Miss Bingley,” said Jane, and then read it aloud.

“MY DEAR FRIEND,—

“If you are not so compassionate as to dine to-day with Louisa and me, we shall be in danger of hating each other for the rest of our lives, for a whole day’s tete-a-tete between two women can never end without a quarrel. Come as soon as you can on receipt of this. My brother and the gentlemen are to dine with the officers.—Yours ever,

“CAROLINE BINGLEY”

“With the officers!” cried Lydia. “I wonder my aunt did not tell us of that.”

“Dining out,” said Mrs. Bennet, “that is very unlucky.”

“Can I have the carriage?” said Jane.

“No, my dear, you had better go on horseback, because it seems likely to rain; and then you must stay all night.”

“That would be a good scheme,” said Elizabeth, “if you were sure that they would not offer to send her home.”

“Oh! but the gentlemen will have Mr. Bingley’s chaise to go to Meryton, and the Hursts have no horses to theirs.”

“I had much rather go in the coach.”

“But, my dear, your father cannot spare the horses, I am sure. They are wanted in the farm, Mr. Bennet, are they not?”

“They are wanted in the farm much oftener than I can get them.”

“But if you have got them to-day,” said Elizabeth, “my mother’s purpose will be answered.”

She did at last extort from her father an acknowledgment that the horses were engaged. Jane was therefore obliged to go on horseback, and her mother attended her to the door with many cheerful prognostics of a bad day. Her hopes were answered; Jane had not been gone long before it rained hard. Her sisters were uneasy for her, but her mother was delighted. The rain continued the whole

evening without intermission; Jane certainly could not come back.

“This was a lucky idea of mine, indeed!” said Mrs. Bennet more than once, as if the credit of making it rain were all her own. Till the next morning, however, she was not aware of all the felicity of her contrivance. Breakfast was scarcely over when a servant from Netherfield brought the following note for Elizabeth:

“MY DEAREST LIZZY,—

“I find myself very unwell this morning, which, I suppose, is to be imputed to my getting wet through yesterday. My kind friends will not hear of my returning till I am better. They insist also on my seeing Mr. Jones—therefore do not be alarmed if you should hear of his having been to me—and, excepting a sore throat and headache, there is not much the matter with me.—Yours, etc.”

“Well, my dear,” said Mr. Bennet, when Elizabeth had read the note aloud, “if your daughter should have a dangerous fit of illness—if she should die, it would be a comfort to know that it was all in pursuit of Mr. Bingley, and under your orders.”

“Oh! I am not afraid of her dying. People do not die of little trifling colds. She will be taken good care of. As long as she stays there, it is all very well. I would go and see her if I could have the carriage.”

Elizabeth, feeling really anxious, was determined to go to her, though the carriage was not to be had; and as she was no horsewoman, walking was her only alternative. She declared her resolution.

“How can you be so silly,” cried her mother, “as to think of such a thing, in all this dirt! You will not be fit to be seen when you get there.”

“I shall be very fit to see Jane—which is all I want.”

“Is this a hint to me, Lizzy,” said her father, “to send for the horses?”

“No, indeed, I do not wish to avoid the walk. The distance is nothing when one has a motive; only three miles. I shall be back by dinner.”

“I admire the activity of your benevolence,” observed Mary, “but every impulse of feeling should be guided by reason; and, in my opinion, exertion should always be in proportion to what is required.”

“We will go as far as Meryton with you,” said Catherine and Lydia. Elizabeth accepted their company, and the three young ladies set off together.

“If we make haste,” said Lydia, as they walked along, “perhaps we may see something of Captain Carter before he goes.”

In Meryton they parted; the two youngest repaired to the lodgings of one of the officers’ wives, and Elizabeth continued her walk alone, crossing field after field at a quick pace, jumping over stiles and springing over puddles with impatient activity, and finding herself at last within view of the house, with weary ankles, dirty stockings, and a face glowing with the warmth of exercise.

She was shown into the breakfast-parlour, where all but Jane were assembled, and where her appearance created a great deal of surprise. That she should have walked three miles so early in the day, in such dirty weather, and by herself, was almost incredible to Mrs. Hurst and Miss Bingley; and Elizabeth was convinced that they held her in contempt for it. She was received, however, very politely by them; and in their brother’s manners there was something better than politeness; there was good humour and kindness. Mr. Darcy said very little, and Mr. Hurst nothing at all. The former was divided between admiration of the brilliancy which exercise had given to her complexion, and doubt as to the occasion’s justifying her coming so far alone. The latter was thinking only of his breakfast.

Her inquiries after her sister were not very favourably answered. Miss Bennet had slept ill, and though up, was very feverish, and not well enough to leave her room. Elizabeth was glad to be taken to her immediately; and Jane, who had only been withheld by the fear of giving alarm or inconvenience from expressing in her note how much she longed for such a visit, was delighted at her entrance. She was not equal, however, to much conversation, and when Miss Bingley left them together, could attempt little besides expressions of gratitude for the extraordinary kindness she was treated with. Elizabeth silently attended her.

When breakfast was over they were joined by the sisters; and Elizabeth began to like them herself, when she saw how much affection and solicitude they showed for Jane. The apothecary came, and having examined his patient, said, as might be supposed, that she had caught a violent cold, and that they must endeavour to get the better of it; advised her to return to bed, and promised her some draughts. The advice was followed readily, for the feverish symptoms increased, and her head ached acutely. Elizabeth did not quit her room for a moment; nor were the other ladies often absent; the gentlemen being out, they had, in fact, nothing to do elsewhere.

When the clock struck three, Elizabeth felt that she must go, and very unwillingly said so. Miss Bingley offered her the carriage, and she only wanted a little pressing to accept it, when Jane testified such concern in parting with her, that Miss Bingley was obliged to convert the offer of the chaise to an invitation to remain at Netherfield for the present. Elizabeth most thankfully consented, and a servant was dispatched to Longbourn to acquaint the family with her stay and bring back a supply of clothes.

April 13th 2021

Write a story in your journal about the most extended trip you have ever made.

Ciao!

Marcel Proust – Frases

Journaling, day 78.

Bilingual Post.

Frases

“El hallazgo afortunado de un buen libro puede cambiar el destino de un alma.”

“El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos.”

“Todas nuestras decisiones finales se toman en un estado que no va a durar.”

12 de abril del 2021

Trata de recordar una frase que te guste, y escríbela en tu diario.

À demain!

………………………………………………………

“The lucky find of a good book can change the destiny of a soul.”

“The only true voyage of discovery consists not in searching for new landscapes, but in looking with new eyes.”

“All of our final decisions are made in a state that will not last.”

April 12th 2021

Try to remember a phrase that you like, and write it in your journal.

À demain!

WALDEINSAMKEIT

Journaling, day 77.

Bilingual Post.

WALDEINSAMKEIT


Palabra en Alemán que expresa el sentimiento de soledad y conexión con la naturaleza cuando se está a solas en el bosque.

11 de abril del 2021

…………………………………

Word in German expresses the feeling of loneliness and connection with nature when alone in the forest.

April 11th 2021

Friedrich Nietzsche – Frases

Journaling, day 76.

Bilingual Post.

Friedrich Nietzsche

“Quien con monstruos lucha, que se cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.”

“Lo que distingue las mentes verdaderamente originales no es que sean la primeras en ver algo nuevo, sino que son capaces de ver como nuevo lo que es viejo, conocido, visto y menospreciado por todos.”

“El hombre, en su orgullo, creó a Dios a su imagen y semejanza.”

10 de abril del 2021

Escribe en tu diario alguna ocasión en la que lograste tener éxito en algo que te propusiste.

¡Gracias por leer!

…………………………………….

“Whoever fights with monsters, let him take care of becoming a monster himself. When you look long into an abyss, the abyss also looks into you.”

“What distinguishes truly original minds is not that they are the first to see something new, but that they can see as new what is old, known, seen and despised by all.”

“Man, in his pride, created God in his image and likeness.”

April 10th 2021

Write in your journal a time when you succeeded in something that you set out to do.

Thank you for reading this far!

La Maldad

Journaling, day 75.

Bilingual Post.

Meditaciones

La maldad, en general, nada daña al común del Universo, y, en particular, ningún mal hace a otro alguno, siendo solamente nociva a quien fue libre eximirse de ella, siempre que él antes lo hubiese querido así. -Marco Aurelio.

9 de abril del 2021

Escribe en tu diario la diferencia entre cómo te comunicas verbalmente con tu forma de expresarte en un escrito.

Sayonara!

……………………………………………………

Evil, in general, does not harm the common of the Universe, and, in particular, it does not harm another, being only harmful to whoever was free to exempt himself from it, provided that he had previously wanted it that way. -Marcus Aurelius.

April 9th 2021

Write in your journal the difference between how you communicate verbally and how you express yourself in writing.

Sayonara!

Orgullo y Prejuicio (Jane Austen) Capítulo 6

Journaling, day 74.

Bilingual Post.

Las damas de Longbourn no tardaron en presentar sus respetos a las de Netherfield. Y éstas devolvieron la visita tal como estipulaba la etiqueta. Los encantadores modales de la señorita Bennet conquistaron la simpatía de la señora Hurst y de la señorita Bingley; y, aunque la madre les pareció insoportable y las hermanas pequeñas indignas de su trato, hicieron saber a las dos mayores que deseaban cultivar su amistad. Jane recibió esta atención con infinito placer, pero Elizabeth, que seguía percibiendo la altanería de sus nuevas vecinas con todo el mundo, incluida Jane, no las tenía todas consigo; aunque la amabilidad que dispensaban a Jane tuviera su origen, seguramente, en la admiración que ésta inspiraba en su hermano. Cada vez que se encontraban, resultaba evidente que al señor Bingley le gustaba Jane; y para Elizabeth era igualmente ostensible que Jane, cediendo a la predilección que desde el principio había sentido por él, empezaba a enamorarse del señor Bingley. Con todo, le alegraba pensar que nadie se enteraría, ya que en Jane la intensidad de los sentimientos iba unida a un temperamento sereno y alegre que la protegería de las sospechas de los más entrometidos. Le comentó esto a su amiga la señorita Lucas.

—Quizá sea acertado —señaló Charlotte— engañar a la gente en un caso así, pero tanta discreción tiene a veces sus inconvenientes. Si una mujer oculta con tanta habilidad sus sentimientos al destinatario de su cariño, puede perder la oportunidad de asegurarse su amor; ¡qué triste consuelo sería entonces haberlos ocultado a los demás! Hay una parte tan grande de gratitud o vanidad en la mayoría de los afectos que es arriesgado dejarles obrar con independencia. Todos podemos empezar con espontaneidad: una ligera predilección es bastante natural; pero muy pocos tenemos suficiente corazón para enamorarnos de verdad sin que nos den alas. En nueve de cada diez casos, conviene que la mujer muestre más afecto del que siente. Es indudable que a Bingley le gusta tu hermana, pero puede que sus sentimientos no pasen de ahí si Jane no le ayuda un poco.

—Pero ella lo hace, hasta donde se lo permite su naturaleza. Si a mí no se me escapa lo que mi hermana siente por él, muy necio tendría que ser Bingley para no adivinarlo.

—Recuerda, Eliza, que no conoce a tu hermana tan bien como tú.

—Pero, cuando una mujer siente debilidad por un hombre y no hace nada por ocultarlo, tiene que descubrirlo él.

—Quizá, pero sólo si se ven lo suficiente. Y, aunque Bingley y Jane coincidan con frecuencia, nunca pasan mucho tiempo juntos. Además, están siempre rodeados de personas de ambos sexos, así que ¿cómo van a tener largas conversaciones? Jane tendría que aprovechar al máximo todas las medias horas en que pueda monopolizar su atención. Cuando esté segura de haberlo conquistado, tendrá todo el tiempo del mundo para enamorarse.

—Tu plan es bueno —respondió Elizabeth— cuando lo único que se pretende es hacer una buena boda; y, si yo estuviera decidida a pescar un marido rico, o un marido cualquiera, supongo que lo pondría en práctica. Pero ésos no son los sentimientos de Jane; sus actos no son calculados. Todavía no puede siquiera estar segura de la profundidad de su afecto, ni de si éste es razonable. Sólo hace dos semanas que conoce a Bingley. Bailó cuatro piezas con él en Meryton; lo vio una mañana en Netherfield y, desde entonces, ha cenado cuatro veces con él y otros invitados. No creo que eso baste para conocer realmente a nadie.

—Si las cosas fueran como tú dices, no. Si Jane se hubiera limitado a cenar con él, quizá habría descubierto únicamente cómo andaba de apetito; pero recuerda que también han pasado cuatro veladas juntos… y cuatro veladas pueden dar mucho de sí.

—Sí, esas cuatro veladas les han permitido constatar que a los dos les gusta más jugar al vingt-un que al commerce[*]; pero no creo que les hayan servido para descubrir ninguna otra faceta importante de su carácter.

—Bueno —dijo Charlotte—, deseo de todo corazón que a Jane le vaya bien; y supongo que, si mañana contrajera matrimonio con Bingley, tendría las mismas posibilidades de ser feliz que si pasara un año entero estudiando su naturaleza. La felicidad en el matrimonio es sólo cuestión de suerte. El hecho de que los novios se conozcan bien o sepan que sus temperamentos son afines no asegura en absoluto su felicidad. Los dos acabarán distanciándose lo suficiente para pagar su cuota de sufrimiento; y es mejor saber lo menos posible de los defectos de la persona con quien vas a pasar la vida.

—Me haces reír, Charlotte; pero eso no es cierto, y tú lo sabes. Jamás harías una cosa así.

Ocupada en observar las atenciones que el señor Bingley dispensaba a su hermana, Elizabeth estaba lejos de sospechar que se había convertido en objeto de interés para su amigo. Al verla por primera vez, el señor Darcy se había resistido a admitir que fuera bonita; en el baile la contempló con indiferencia; y, cuando volvieron a verse, se fijó en ella sólo para sacarle defectos. Pero, en cuanto dejó bien claro a sus amigos y a sí mismo que no había un solo rasgo destacable en el rostro de Elizabeth, empezó a comprender que sus hermosos ojos oscuros le daban una maravillosa expresión de inteligencia. A ese hallazgo siguieron otros igualmente incómodos. Aunque su mirada crítica hubiera percibido más de un error de simetría en sus facciones, se vio obligado a reconocer que su figura era esbelta y armoniosa; y, pese a haber afirmado que sus modales no eran el colmo del refinamiento, le cautivaron su naturalidad y buen humor. Ella ignoraba todo eso; para la joven, él no era más que el hombre que se mostraba desagradable en todas partes, y que no la había considerado lo bastante hermosa para sacarla a bailar.

Darcy empezó a querer saber más de ella, y el primer paso que dio para acercarse a Elizabeth fue escuchar sus conversaciones con los demás. Esto no pasó inadvertido a la joven. Se percató en casa de sir William Lucas, donde se había reunido un grupo muy numeroso de vecinos.

—¿Por qué habrá escuchado el señor Darcy mi conversación con el coronel Forster? —preguntó a Charlotte.

—Eso es algo que sólo sabe el señor Darcy.

—Pues, como vuelva a espiarme, pienso reprochárselo. Es un hombre muy sarcástico, y, si no empiezo a mostrarme impertinente con él, no tardará en darme miedo.

Cuando Darcy se acercó poco después, aunque no pareciera tener intención de dirigirse a ellas, la señorita Lucas desafió a su amiga a hablarle del asunto, algo que Elizabeth hizo de inmediato “—Señor Darcy —dijo, volviéndose hacia él—, ¿verdad que me he expresado muy bien cuando hace unos instantes he importunado al coronel Forster para que organizara un baile en Meryton?

—Con mucha contundencia… Pero ése es un tema que apasiona a las mujeres.

—Es usted muy severo con nosotras.

—Pronto será ella la importunada —dijo la señorita Lucas—. Voy a abrir el piano, Eliza; ya sabes lo que te espera.

—¿Sabes que, como amiga, eres muy extraña? ¡Siempre te empeñas en que toque y cante delante de quien sea! Si mi vanidad se inclinara por la música, no tendrías precio, pero, como no es así, preferiría no tener que sentarme al piano ante personas que deben de estar acostumbradas a escuchar a los mejores intérpretes.

Al ver que la señorita Lucas insistía, sin embargo, añadió:

—Muy bien; si no hay otro remedio… —y, muy circunspecta, exclamó mirando al señor Darcy—: Hay un viejo y sabio refrán que aquí todo el mundo conoce, por supuesto: «Reserva el aliento para enfriar tus gachas». Pues yo reservaré el mío para dar calor a mi canción.

Su interpretación fue deliciosa, aunque no tuviera nada de extraordinaria. Después de una canción o dos, y antes de que pudiera satisfacer la petición de algunos invitados de que siguiera cantando, se sentó al piano su hermana Mary, que, al ser la menos agraciada de la familia, trabajaba con ahínco para instruirse y estaba siempre deseosa de lucir sus habilidades.

Mary carecía de talento y de buen gusto para la música; y, aunque la vanidad le hubiera dado perseverancia, ésta iba unida a una pedantería y a un engreimiento que habrían empañado incluso un grado de excelencia superior al suyo. Todo el mundo había disfrutado más escuchando a Elizabeth, mucho más sencilla y natural, aunque no tocara tan bien como su hermana; y Mary, después de un largo concierto, se sintió feliz de arrancar unos aplausos por las danzas escocesas e irlandesas que interpretó a petición de sus dos hermanas menores, que, con algunos de los Lucas y dos o tres oficiales, empezaron a bailar alegremente en un extremo del salón.

El señor Darcy se quedó cerca de ellos en silencio, indignado ante un modo de pasar la velada que excluía toda conversación, y estaba tan enfrascado en sus pensamientos que no reparó en la proximidad de sir William Lucas hasta que éste empezó a decir:

—¡Qué diversión tan encantadora para los jóvenes, señor Darcy! No hay nada como el baile, después de todo. En mi opinión, es uno de los mayores refinamientos de las sociedades cultivadas.

—En efecto, sir William; y además tiene la ventaja de estar de moda entre las sociedades menos cultivadas. Todos los salvajes bailan.

Su anfitrión se limitó a sonreír.

—Su amigo baila de maravilla —comentó tras unos instantes de silencio, al ver que Bingley se unía al grupo—; y seguro que usted, señor Darcy, es un maestro en ese arte.

—Supongo, sir William, que me vio bailar en Meryton.

—Así es, y me causó un gran placer. ¿Baila usted a menudo en el palacio de St. James?

—Jamás.

—¿No cree que es algo de rigor en ese lugar?

—Yo no lo haría en ninguna parte si pudiera evitarlo.

—Deduzco que tiene usted una casa en la ciudad…

El señor Darcy asintió con la cabeza.

—Hubo un tiempo en que se me pasó por la cabeza fijar mi residencia en Londres, porque me gusta codearme con la mejor sociedad; pero pensé que el aire de Londres no le sentaría bien a lady Lucas.

Sir William hizo una pausa con la esperanza de que Darcy le respondiera, pero éste no pareció dispuesto a hacerlo; y, al ver que Elizabeth se acercaba, exclamó con galantería:

—Mi querida señorita Eliza, ¿por qué no baila? Señor Darcy, permítame que le presente a esta joven como una extraordinaria pareja de baile. Estoy seguro de que no podrá negarse a bailar con esta beldad que tiene delante.

Cogió la mano de Elizabeth y, cuando se disponía a entregársela al señor Darcy

—que, a pesar de su sorpresa, la habría aceptado—, la joven retrocedió y dijo a Sir William con cierta turbación:

—Lo cierto es que no tengo la menor intención de bailar. No piense que he venido hasta aquí en busca de pareja, se lo ruego.

El señor Darcy, con suma corrección, pidió que le concediera el honor de bailar con él; pero fue inútil. Elizabeth se aferró a su decisión; y los esfuerzos por convencerla de Sir William tampoco surtieron ningún efecto.

—Baila usted tan bien, señorita Eliza, que es una crueldad negarme el placer de contemplarla; y, aunque a este caballero no le gusten las diversiones, estoy seguro de que no se opondrá a concedernos media hora de su tiempo.

—El señor Darcy es un modelo de cortesía —dijo Elizabeth, sonriendo.

—Lo es, no cabe duda… aunque teniendo en cuenta los alicientes, mi querida señorita Elizabeth, no podemos sorprendernos de su amabilidad. Pues ¿quién pondría reparos a una pareja así?

Elizabeth les miró divertida antes de alejarse. Su negativa no disgustó al señor Darcy, que seguía pensando en ella con agrado cuando la señorita Bingley se dirigió a él.

—Adivino el objeto de sus ensoñaciones.

—No lo creo.

—Está pensando en lo insoportable que sería pasar muchas veladas así… en semejante compañía. Y desde luego comparto su opinión. ¡Jamás me había aburrido tanto! Tanta insipidez y tanto ruido; y toda esta gente insignificante dándose importancia… ¡Daría cualquier cosa por saber lo que piensa de ellos!

—Sus conjeturas son totalmente erróneas, se lo aseguro. Pensaba en cosas mucho más agradables. He estado meditando sobre el enorme placer que pueden proporcionar unos ojos hermosos en el rostro de una mujer bonita.

La señorita Bingley clavó su mirada en él, y quiso saber qué dama le inspiraba tales reflexiones.

—La señorita Elizabeth Bennet —respondió intrépidamente el señor Darcy.

—¡La señorita Elizabeth Bennet! —repitió la señorita Bingley—. No puedo creérmelo. ¿Desde cuándo se ha convertido en el objeto de sus desvelos? Y, dígame, ¿cuándo podré darle la enhorabuena?

—Ésa es exactamente la pregunta que esperaba de usted. La imaginación de las damas es vertiginosa; en unos segundos pasa de la admiración al amor, y del amor al matrimonio. Estaba seguro de que me daría la enhorabuena.

—Habla usted con tanta seriedad del asunto que lo daré por zanjado. Tendrá una suegra realmente encantadora… y, cómo no, estará siempre en Pemberley con ustedes.

Darcy la escuchó imperturbable mientras ella se explayaba; y, como su flema la convenció de que no existia ningun peligro, la señorita Bingley siguió derrochando ingenio un largo rato.

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Pride and Prejudice

Chapter 6

The ladies of Longbourn soon waited on those of Netherfield. The visit was soon returned in due form. Miss Bennet’s pleasing manners grew on the goodwill of Mrs. Hurst and Miss Bingley; and though the mother was found to be intolerable, and the younger sisters not worth speaking to, a wish of being better acquainted with them was expressed towards the two eldest. By Jane, this attention was received with the greatest pleasure, but Elizabeth still saw superciliousness in their treatment of everybody, hardly excepting even her sister, and could not like them; though their kindness to Jane, such as it was, had a value as arising in all probability from the influence of their brother’s admiration. It was generally evident whenever they met, that he did admire her and to her it was equally evident that Jane was yielding to the preference which she had begun to entertain for him from the first, and was in a way to be very much in love; but she considered with pleasure that it was not likely to be discovered by the world in general, since Jane united, with great strength of feeling, a composure of temper and a uniform cheerfulness of manner which would guard her from the suspicions of the impertinent. She mentioned this to her friend Miss Lucas.

“It may perhaps be pleasant,” replied Charlotte, “to be able to impose on the public in such a case; but it is sometimes a disadvantage to be so very guarded. If a woman conceals her affection with the same skill from the object of it, she may lose the opportunity of fixing him; and it will then be but poor consolation to believe the world equally in the dark. There is so much of gratitude or vanity in almost every attachment, that it is not safe to leave any to itself. We can all begin freely—a slight preference is natural enough; but there are very few of us who have heart enough to be really in love without encouragement. In nine cases out of ten a women had better show more affection than she feels. Bingley likes your sister undoubtedly; but he may never do more than like her, if she does not help him on.

“But she does help him on, as much as her nature will allow. If I can perceive her regard for him, he must be a simpleton, indeed, not to discover it too.”

“Remember, Eliza, that he does not know Jane’s disposition as you do.”

“But if a woman is partial to a man, and does not endeavour to conceal it, he must find it out.”

“Perhaps he must, if he sees enough of her. But, though Bingley and Jane meet tolerably often, it is never for many hours together; and, as they always see each other in large mixed parties, it is impossible that every moment should be employed in conversing together. Jane should therefore make the most of every half-hour in which she can command his attention. When she is secure of him, there will be more leisure for falling in love as much as she chooses.”

“Your plan is a good one,” replied Elizabeth, “where nothing is in question but the desire of being well married, and if I were determined to get a rich husband, or any husband, I dare say I should adopt it. But these are not Jane’s feelings; she is not acting by design. As yet, she cannot even be certain of the degree of her own regard nor of its reasonableness. She has known him only a fortnight. She danced four dances with him at Meryton; she saw him one morning at his own house, and has since dined with him in company four times. This is not quite enough to make her understand his character.”

“Not as you represent it. Had she merely dined with him, she might only have discovered whether he had a good appetite; but you must remember that four evenings have also been spent together—and four evenings may do a great deal.”

“Yes; these four evenings have enabled them to ascertain that they both like Vingt-un better than Commerce; but with respect to any other leading characteristic, I do not imagine that much has been unfolded.”

“Well,” said Charlotte, “I wish Jane success with all my heart; and if she were married to him to-morrow, I should think she had as good a chance of happiness as if she were to be studying his character for a twelvemonth. Happiness in marriage is entirely a matter of chance. If the dispositions of the parties are ever so well known to each other or ever so similar beforehand, it does not advance their felicity in the least. They always continue to grow sufficiently unlike afterwards to have their share of vexation; and it is better to know as little as possible of the defects of the person with whom you are to pass your life.”

“You make me laugh, Charlotte; but it is not sound. You know it is not sound, and that you would never act in this way yourself.”

Occupied in observing Mr. Bingley’s attentions to her sister, Elizabeth was far from suspecting

that she was herself becoming an object of some interest in the eyes of his friend. Mr. Darcy had at first scarcely allowed her to be pretty; he had looked at her without admiration at the ball; and when they next met, he looked at her only to criticise. But no sooner had he made it clear to himself and his friends that she hardly had a good feature in her face, than he began to find it was rendered uncommonly intelligent by the beautiful expression of her dark eyes. To this discovery succeeded some others equally mortifying. Though he had detected with a critical eye more than one failure of perfect symmetry in her form, he was forced to acknowledge her figure to be light and pleasing; and in spite of his asserting that her manners were not those of the fashionable world, he was caught by their easy playfulness. Of this she was perfectly unaware; to her he was only the man who made himself agreeable nowhere, and who had not thought her handsome enough to dance with.

He began to wish to know more of her, and as a step towards conversing with her himself, attended to her conversation with others. His doing so drew her notice. It was at Sir William Lucas’s, where a large party were assembled.

“What does Mr. Darcy mean,” said she to Charlotte, “by listening to my conversation with Colonel Forster?”

“That is a question which Mr. Darcy only can answer.”

But if he does it any more I shall certainly let him know that I see what he is about. He has a very satirical eye, and if I do not begin by being impertinent myself, I shall soon grow afraid of him.”

On his approaching them soon afterwards, though without seeming to have any intention of speaking, Miss Lucas defied her friend to mention such a subject to him; which immediately provoking Elizabeth to do it, she turned to him and said:

“Did you not think, Mr. Darcy, that I expressed myself uncommonly well just now, when I was teasing Colonel Forster to give us a ball at Meryton?”

“With great energy; but it is always a subject which makes a lady energetic.”

“You are severe on us.”

“It will be her turn soon to be teased,” said Miss Lucas. “I am going to open the instrument, Eliza, and you know what follows.”

“You are a very strange creature by way of a friend!—always wanting me to play and sing before anybody and everybody! If my vanity had taken a musical turn, you would have been invaluable; but as it is, I would really rather not sit down before those who must be in the habit of hearing the very best performers.” On Miss Lucas’s persevering, however, she added, “Very well, if it must be so, it must.” And gravely glancing at Mr. Darcy, “There is a fine old saying, which everybody here is of course familiar with: ‘Keep your breath to cool your porridge’; and I shall keep mine to swell my song.”

Her performance was pleasing, though by no means capital. After a song or two, and before she could reply to the entreaties of several that she would sing again, she was eagerly succeeded at the instrument by her sister Mary, who having, in consequence of being the only plain one in the family, worked hard for knowledge and accomplishments, was always impatient for display.

Mary had neither genius nor taste; and though vanity had given her application, it had given her likewise a pedantic air and conceited manner, which would have injured a higher degree of excellence than she had reached. Elizabeth, easy and unaffected, had been listened to with much more pleasure, though not playing half so well; and Mary, at the end of a long concerto, was glad to purchase praise and gratitude by Scotch and Irish airs, at the request of her younger sisters, who, with some of the Lucases, and two or three officers, joined eagerly in dancing at one end of the room.

Mr. Darcy stood near them in silent indignation at such a mode of passing the evening, to the exclusion of all conversation, and was too much engrossed by his thoughts to perceive that Sir William Lucas was his neighbour, till Sir William thus began:

“What a charming amusement for young people this is, Mr. Darcy! There is nothing like dancing after all. I consider it as one of the first refinements of polished society.”

“Certainly, sir; and it has the advantage also of being in vogue amongst the less polished societies of the world. Every savage can dance.”

Sir William only smiled. “Your friend performs delightfully,” he continued after a pause, on seeing Bingley join the group; “and I doubt not that you are an adept in the science yourself, Mr. Darcy.”

“You saw me dance at Meryton, I believe, sir.”

“Yes, indeed, and received no inconsiderable pleasure from the sight. Do you often dance at St. James’s?”

“Never, sir.”

“Do you not think it would be a proper compliment to the place?”

“It is a compliment which I never pay to any place if I can avoid it.”

“You have a house in town, I conclude?”

Mr. Darcy bowed.

“I had once had some thought of fixing in town myself—for I am fond of superior society; but I did not feel quite certain that the air of London would agree with Lady Lucas.”

He paused in hopes of an answer; but his companion was not disposed to make any; and Elizabeth at that instant moving towards them, he was struck with the action of doing a very gallant thing, and called out to her:

“My dear Miss Eliza, why are you not dancing? Mr. Darcy, you must allow me to present this young lady to you as a very desirable partner. You cannot refuse to dance, I am sure when so much beauty is before you.” And, taking her hand, he would have given it to Mr. Darcy who, though extremely surprised, was not unwilling to receive it, when she instantly drew back, and said with some discomposure to Sir William:

“Indeed, sir, I have not the least intention of dancing. I entreat you not to suppose that I moved this way in order to beg for a partner.”

Mr. Darcy, with grave propriety, requested to be allowed the honour of her hand, but in vain. Elizabeth was determined; nor did Sir William at all shake her purpose by his attempt at persuasion.

“You excel so much in the dance, Miss Eliza, that it is cruel to deny me the happiness of seeing you; and though this gentleman dislikes the amusement in general, he can have no objection, I am sure, to oblige us for one half-hour.”

“Mr. Darcy is all politeness,” said Elizabeth, smiling.

“He is, indeed; but, considering the inducement, my dear Miss Eliza, we cannot wonder at his complaisance—for who would object to such a partner?”

Elizabeth looked archly, and turned away. Her resistance had not injured her with the gentleman, and he was thinking of her with some complacency, when thus accosted by Miss Bingley:

“I can guess the subject of your reverie.”

“I should imagine not.”

“You are considering how insupportable it would be to pass many evenings in this manner—in such society; and indeed I am quite of your opinion. I was never more annoyed! The insipidity, and yet the noise—the nothingness, and yet the self-importance of all those people! What would I give to hear your strictures on them!”

“Your conjecture is totally wrong, I assure you. My mind was more agreeably engaged. I have been meditating on the very great pleasure which a pair of fine eyes in the face of a pretty woman can bestow.”

Miss Bingley immediately fixed her eyes on his face, and desired he would tell her what lady had the credit of inspiring such reflections. Mr. Darcy replied with great intrepidity:

“Miss Elizabeth Bennet.”

“Miss Elizabeth Bennet!” repeated Miss Bingley. “I am all astonishment. How long has she been such a favourite?—and pray, when am I to wish you joy?”

“That is exactly the question which I expected you to ask. A lady’s imagination is very rapid; it jumps from admiration to love, from love to matrimony, in a moment. I knew you would be wishing me joy.”

“Nay, if you are serious about it, I shall consider the matter is absolutely settled. You will be having a charming mother-in-law, indeed; and, of course, she will always be at Pemberley with you.”

He listened to her with perfect indifference while she chose to entertain herself in this manner; and as his composure convinced her that all was safe, her wit flowed long.

Mérito

Journaling, day 73.

Bilingual Post.

Meditaciones

Unos reciben complacencia de ciertas cosas, otros de otras; pero yo me deleito si tengo el espíritu sano, sin aversión a hombre nacido y sin repugnancia en cosa alguna que acontezca a los hombres; antes bien, mirándolo todo con buenos ojos, recibiéndolo y haciendo uso de cada cosa según fuere su mérito. -Marco Aurelio.

7 de abril del 2021

Describe en tu diario un detalle que adoras y que define tu mundo, aún cuando otras personas pasan por alto.

Ciao!

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Some receive satisfaction from certain things, others from others; but I delight myself if I have a healthy spirit, without aversion to a born man and disgust at anything that happens to men; instead, looking at everything with good eyes, receiving it and making use of everything according to its merit. -Marco Aurelio.

Abril 7th 2021

Describe in your journal a detail that you adore and that defines your world, even if others often do not pay due attention to it.

Ciao!

Justicia

Journaling, day 72.

Bilingual Post.

Meditaciones

Si puedes ver con perspicacia, observa lo que dice el muy sabio Critón: “En la constitución de una naturaleza racional no contemplo virtud alguna que se oponga a la justicia; pero veo bien que la virtud de la continencia se opone al deleite.” -Marco Aurelio.

6 de marzo del 2021

Escribe en tu diario ¿De qué forma es más probable que tomes una decisión importante, racionalmente o siguiendo tus instintos?

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If you can see with insight, observe what the very wise Crito says: “In the constitution of a rational nature I do not contemplate any virtue that is opposed to justice, but I see well that the virtue of continence is opposed to delight.” – Marco Aurelio.

March 6th 2021

Write in your journal How are you most likely to make an important decision, rationally or by following your instincts?