Orgullo y Prejuicio – Capítulo 17. Jane Austen

Día 148

Al día siguiente, Elizabeth le contó a Jane su conversación con el señor Wickham. Jane la escuchó inquieta y sorprendida; le costaba creer que el señor Darcy fuera tan indigno del afecto del señor Bingley; y, sin embargo, no era propio de ella cuestionar la sinceridad de un joven que parecía tan agradable como Wickham.
La posibilidad de que hubiera sido maltratado de ese modo bastó para despertar su ternura; y lo único que pudo hacer, en consecuencia, fue pensar bien de los dos, defender la conducta de ambos, y considerar accidente o error lo que no podía explicarse de otra forma.
—Supongo que, de un modo u otro, los dos han sido engañados, —dijo Jane—, no sabemos cómo. Incluso es posible que haya personas que quieran enemistarlos. Así que no está en nuestras manos hacer conjeturas sobre las causas o circunstancias que, sin que ninguno de los dos sea culpable, han podido distanciarles.
—Cierto, muy cierto; y ahora, mi querida Jane, ¿qué puedes decir en defensa de esas terceras personas que probablemente han intervenido en este asunto? Tendrás que demostrar también su inocencia, o nos veremos obligados a pensar mal de alguien.
—Ríete cuanto quieras, pero no conseguirás que cambie de opinión. Mi querida Lizzy, piensa en el papel tan vergonzoso que haría el señor Darcy si tratara de ese modo a alguien tan querido por su padre… alguien a quien éste había prometido asegurar el porvenir. Es imposible. Ninguna persona con un mínimo de humanidad, ningún hombre al que preocupe su reputación sería capaz de hacerlo. ¿Cómo podría engañar hasta tal punto a sus mejores amigos? ¡Es inconcebible!
—Me resulta mucho más fácil creer que el señor Bingley no sabe nada, que acusar al señor Wickham de inventar una historia como la que me contó ayer por la noche; con nombres, hechos… y sin andarse con rodeos. Si no es cierto, dejemos que el señor Darcy lo contradiga. Además, el señor Wickham parecía tan sincero…

—Es realmente difícil, y doloroso. No sabe uno qué pensar.
—Perdona… para mí está muy claro.
Pero Jane sólo tenía una certeza: que el señor Bingley, si había sido engañado, sufriría mucho cuando aquel asunto saliera a la luz.
La llegada de algunas de las personas sobre las que estaban hablando obligó a las dos jóvenes a abandonar el jardín: el señor Bingley y sus hermanas venían a invitarles personalmente al tan esperado baile de Netherfield, que se celebraría el martes siguiente. Las dos damas se mostraron encantadas de volver a ver a su querida amiga, dijeron que había pasado un siglo desde su último encuentro, y le preguntaron repetidas veces qué había hecho desde entonces. Apenas prestaron atención al resto de la familia; hicieron todo lo posible por evitar a la señora Bennet, hablaron muy poco con Elizabeth y nada en absoluto con los demás. No tardaron en marcharse: se levantaron de sus asientos con una brusquedad que sorprendió a su hermano, y salieron a toda prisa como si estuvieran impacientes por librarse de los cumplidos de la señora Bennet.
La perspectiva del baile en Netherfield fascinaba a todas las mujeres de la familia. La señora Bennet decidió que se celebraba en honor de su hija mayor, y le halagó sobremanera que el señor Bingley se acercara personalmente a Longbourn, en lugar de mandarles una invitación protocolaria. Jane imaginaba una velada muy feliz en compañía de sus dos amigas, y con las atenciones que le dedicaría el hermano de éstas; y Elizabeth pensaba con placer en bailar mucho con el señor Wickham, y ver confirmadas todas sus acusaciones en las miradas y los actos del señor Darcy. La felicidad con que soñaban Catherine y Lydia dependía menos de un único acontecimiento o de una persona determinada, pues, aunque las dos, al igual que Elizabeth, pretendían bailar la mitad de la velada con el señor Wickham, éste no era ni mucho menos la única pareja que podría satisfacerles, y, en cualquier caso, un baile siempre era un baile. Incluso Mary aseguró a su familia que no le disgustaba la idea.
—Mientras pueda disponer de las mañanas para mí —dijo—, es suficiente. No me parece un sacrificio asistir de vez en cuando a esas veladas. La vida social tiene derechos sobre nosotros; y yo declaro ser una de esas personas que consideran beneficiosos para todo el mundo ciertos intervalos de recreo y distracción.
Elizabeth estaba tan animada con el baile que, aunque sólo hablaba con el señor Collins cuando era estrictamente necesario, no pudo evitar preguntarle si pensaba aceptar la invitación del señor Bingley y, de ser así, si le parecía correcto participar en ese tipo de diversiones nocturnas; y se quedó bastante sorprendida al descubrir que el joven clérigo no albergaba el menor escrúpulo al respecto, y que estaba muy lejos de temer una reprimenda del arzobispo[*] o de lady Catherine de Bourgh por atreverse a bailar.
—Le aseguro que no soy de la opinión —dijo el señor Collins— de que un baile de esta naturaleza, ofrecido por un joven de buena reputación a gente muy respetable, pueda resultar pecaminoso; y estoy tan lejos de censurarlo que espero tener el honor de bailar con todas mis hermosas primas en el transcurso de la velada, por lo que aprovecho la oportunidad, señorita Elizabeth, para rogarle que me conceda las dos primeras danzas, una preferencia que confío en que mi prima Jane atribuya al motivo correcto y no considere una falta de respeto.

Elizabeth comprendió que no tenía escapatoria. Se había propuesto bailar con el señor Wickham aquellas dos primeras piezas, y ¡tendría que hacerlo en su lugar con el señor Collins! Sus ganas de bromear le habían salido caras. Pero ya no tenía remedio. Su felicidad y la del señor Wickham tendrían que esperar forzosamente un poco, y aceptó la propuesta del señor Collins con la mayor gentileza posible.
Tampoco le agradó su galantería, pues parecía sugerir algo más. Por primera vez se le pasó por la imaginación que tal vez fuera ella la hermana elegida para convertirse en señora de la rectoría de Hunsford y completar una mesa de cuatrillo en Rosings cuando lady Catherine no encontrara a nadie mejor. La idea no tardó en ser una convicción, al ver cómo aumentaban sus muestras de cortesía y la frecuencia con que intentaba alabar su viveza y su ingenio; y, aunque a Elizabeth le sorprendiera más que halagara el efecto de sus encantos, su madre no tardó en darle a entender que la posibilidad de una boda con el señor Collins le alegraba sobremanera. Elizabeth, sin embargo, prefirió no darse por aludida, consciente de que cualquier respuesta desataría una fuerte discusión. Tal vez el señor Collins jamás llegara a pedir su mano y, hasta que lo hiciera, no tenía sentido pelearse.
Si no se hubiera celebrado en Netherfield un baile para el que prepararse y del que hablar, Catherine y Lydia Bennet habrían sido muy desgraciadas, ya que, desde el día de la invitación, llovió con tanta intensidad que no pudieron ir ni una sola vez a Meryton. Así que no hubo tía, ni oficiales, ni noticias nuevas; e incluso se vieron obligadas a encargar las rosas de tela que adornarían sus zapatos de baile. El mal tiempo puso también a prueba la paciencia de Elizabeth, al impedir que progresara su amistad con el señor Wickham; y, sólo gracias al baile del martes, Lydia y Kitty encontraron soportables el viernes, el sábado, el domingo y el lunes.

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Pride and Prejudice

Chapter 17

Elizabeth related to Jane the next day what had passed between Mr. Wickham and herself. Jane listened with astonishment and concern; she knew not how to believe that Mr. Darcy could be so unworthy of Mr. Bingley’s regard; and yet, it was not in her nature to question the veracity of a young man of such amiable appearance as Wickham. The possibility of his having endured such unkindness, was enough to interest all her tender feelings; and nothing remained therefore to be done, but to think well of them both, to defend the conduct of each, and throw into the account of accident or mistake whatever could not be otherwise explained.

“They have both,” said she, “been deceived, I dare say, in some way or other, of which we can form no idea. Interested people have perhaps misrepresented each to the other. It is, in short, impossible for us to conjecture the causes or circumstances which may have alienated them, without actual blame on either side.”

“Very true, indeed; and now, my dear Jane, what have you got to say on behalf of the interested people who have probably been concerned in the business? Do clear them too, or we shall be obliged to think ill of somebody.”

“Laugh as much as you choose, but you will not laugh me out of my opinion. My dearest Lizzy, do but consider in what a disgraceful light it places Mr. Darcy, to be treating his father’s favourite in such a manner, one whom his father had promised to provide for. It is impossible. No man of common humanity, no man who had any value for his character, could be capable of it. Can his most intimate friends be so excessively deceived in him? Oh! no.”

“I can much more easily believe Mr. Bingley’s being imposed on, than that Mr. Wickham should invent such a history of himself as he gave me last night; names, facts, everything mentioned without ceremony. If it be not so, let Mr. Darcy contradict it. Besides, there was truth in his looks.”

“It is difficult indeed—it is distressing. One does not know what to think.”

“I beg your pardon; one knows exactly what to think.”

But Jane could think with certainty on only one point—that Mr. Bingley, if he had been imposed on, would have much to suffer when the affair became public.

The two young ladies were summoned from the shrubbery, where this conversation passed, by the arrival of the very persons of whom they had been speaking; Mr. Bingley and his sisters came to give their personal invitation for the long-expected ball at Netherfield, which was fixed for the following Tuesday. The two ladies were delighted to see their dear friend again, called it an age since they had met, and repeatedly asked what she had been doing with herself since their separation. To the rest of the family they paid little attention; avoiding Mrs. Bennet as much as possible, saying not much to Elizabeth, and nothing at all to the others. They were soon gone again, rising from their seats with an activity which took their brother by surprise, and hurrying off as if eager to escape from Mrs. Bennet’s civilities.

The prospect of the Netherfield ball was extremely agreeable to every female of the family. Mrs. Bennet chose to consider it as given in compliment to her eldest daughter, and was particularly flattered by receiving the invitation from Mr. Bingley himself, instead of a ceremonious card. Jane pictured to herself a happy evening in the society of her two friends, and the attentions of her brother; and Elizabeth thought with pleasure of dancing a great deal with Mr. Wickham, and of seeing a confirmation of everything in Mr. Darcy’s look and behaviour. The happiness anticipated by Catherine and Lydia depended less on any single event, or any particular person, for though they each, like Elizabeth, meant to dance half the evening with Mr. Wickham, he was by no means the only partner who could satisfy them, and a ball was, at any rate, a ball. And even Mary could assure her family that she had no disinclination for it.

“While I can have my mornings to myself,” said she, “it is enough—I think it is no sacrifice to join occasionally in evening engagements. Society has claims on us all; and I profess myself one of those who consider intervals of recreation and amusement as desirable for everybody.”

Elizabeth’s spirits were so high on this occasion, that though she did not often speak unnecessarily to Mr. Collins, she could not help asking him whether he intended to accept Mr. Bingley’s invitation, and if he did, whether he would think it proper to join in the evening’s amusement; and she was rather surprised to find that he entertained no scruple whatever on that head, and was very far from dreading a rebuke either from the Archbishop, or Lady Catherine de Bourgh, by venturing to dance.

“I am by no means of the opinion, I assure you,” said he, “that a ball of this kind, given by a young man of character, to respectable people, can have any evil tendency; and I am so far from objecting to dancing myself, that I shall hope to be honoured with the hands of all my fair cousins in the course of the evening; and I take this opportunity of soliciting yours, Miss Elizabeth, for the two first dances especially, a preference which I trust my cousin Jane will attribute to the right cause, and not to any disrespect for her.”

Elizabeth felt herself completely taken in. She had fully proposed being engaged by Mr. Wickham for those very dances; and to have Mr. Collins instead! her liveliness had never been worse timed. There was no help for it, however. Mr. Wickham’s happiness and her own were perforce delayed a little longer, and Mr. Collins’s proposal accepted with as good a grace as she could. She was not the better pleased with his gallantry from the idea it suggested of something more. It now first struck her, that she was selected from among her sisters as worthy of being mistress of Hunsford Parsonage, and of assisting to form a quadrille table at Rosings, in the absence of more eligible visitors. The idea soon reached to conviction, as she observed his increasing civilities toward herself, and heard his frequent attempt at a compliment on her wit and vivacity; and though more astonished than gratified herself by this effect of her charms, it was not long before her mother gave her to understand that the probability of their marriage was extremely agreeable to her. Elizabeth, however, did not choose to take the hint, being well aware that a serious dispute must be the consequence of any reply. Mr. Collins might never make the offer, and till he did, it was useless to quarrel about him.

If there had not been a Netherfield ball to prepare for and talk of, the younger Miss Bennets would have been in a very pitiable state at this time, for from the day of the invitation, to the day of the ball, there was such a succession of rain as prevented their walking to Meryton once. No aunt, no officers, no news could be sought after—the very shoe-roses for Netherfield were got by proxy. Even Elizabeth might have found some trial of her patience in weather which totally suspended the improvement of her acquaintance with Mr. Wickham; and nothing less than a dance on Tuesday, could have made such a Friday, Saturday, Sunday, and Monday endurable to Kitty and Lydia.

Publicado por Soy el Mal

Soy el Mal, en Inglés : ‘I’m evil.’ Bruja y Sirena de nacimiento; no creo que el dinero o los ricos sean el problema, sólo creo que alguien malo lo es en cualquier nivel social, o sea... soy ambiciosa. Estudiante de lento aprendizaje, poco talentosa y muy optimista, creo que en un nivel altamente tóxico pues sigo intentando aprender algo nuevo cada día. Actualmente interesada en la Literatura, el dibujo y la Filosofía; aspirante a Estoica, espero encontrar en lo que aprendo, mi integración a la sociedad como individuo funcional y medianamente confiable. P.D. Me amo muchísimo, no lo dudes. Ajá... narcisista e hija de Seuz. Soy Yediht Cazarín. ¿Y tú?

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