Orgullo y Prejuicio – Capítulo 16 – Jane Austen

Día 142

Bilingual Post.

Como no se puso ninguna objeción al compromiso de las jóvenes con su tía, y todos los escrúpulos del señor Collins —que se resistía a abandonar al señor y a la señora Bennet por las tardes— fueron vencidos, el carruaje los llevó a él y a sus cinco primas a Meryton, a la hora prevista; y las muchachas tuvieron la satisfacción de oír, al entrar en el salón, que el señor Wickham había aceptado la invitación de su tío, y se encontraba en casa de los Philips.
Una vez obtenida esa información, los recién llegados se sentaron, y el señor Collins pudo admirar con tranquilidad cuanto había a su alrededor; la amplitud y el mobiliario de la estancia le impresionaron de tal modo que, según dijo, podría haber estado en la salita de desayuno que utilizaban los veranos en Rosings. La comparación no suscitó al principio demasiado entusiasmo; pero, cuando la señora Philips supo cómo era Rosings y quién era su propietaria, cuando escuchó la descripción de uno de los salones de lady Catherine y se enteró de que sólo la chimenea había costado ochocientas libras, comprendió el valor del cumplido, y no le habría molestado una comparación con el cuarto del ama de llaves.
Hasta que los caballeros se reunieron con ellos, el señor Collins lo pasó en grande describiendo todo el esplendor de lady Catherine y su mansión, y haciendo alguna que otra digresión para alabar su humilde morada y las reformas que estaba emprendiendo. Encontró en la señora Philips una magnífica oyente, cada vez más convencida de la importancia de su invitado y dispuesta a contárselo todo a sus vecinas en cuanto tuviera ocasión. A las jóvenes Bennet, que no escuchaban a su primo, y que no tenían nada que hacer salvo echar de menos un piano y contemplar sus mediocres imitaciones de porcelana sobre la repisa de la chimenea, la espera se les hizo interminable. Pero acabó llegando a su fin. Los caballeros se acercaron, y, cuando el señor Wickham entró en la habitación, a Elizabeth no le pareció exagerado el interés que éste le había suscitado. Los oficiales del condado eran, por lo general, personas respetables y educadas, y los mejores se encontraban en casa de los Philips; pero el señor Wickham superaba a todos en porte, semblante, apariencia y andares, del mismo modo que los demás superaban al tío Philips, con su rostro ancho y abotargado y su olor a oporto, que entró en la sala tras los oficiales.
El señor Wickham fue el hombre afortunado hacia el que se volvieron casi todas las miradas femeninas, y Elizabeth la mujer afortunada junto a la que finalmente se sentó; y la naturalidad con que empezó a conversar, aunque sólo fuera de la humedad de la noche y de las probabilidades de una estación lluviosa, convencieron a la joven de que el tema más vulgar, trillado y aburrido podría resultar interesante gracias al ingenio del conversador.
Ante unos rivales como el señor Wickham y los demás oficiales, el señor Collins pareció hundirse en la insignificancia; es cierto que las damiselas lo consideraban un cero a la izquierda, pero seguía teniendo a intervalos una amable oyente en la señora Philips, que no dejó de obsequiarle con café y bizcochos.
Cuando colocaron las mesas de juego, tuvo oportunidad de agradecerle su cortesía uniéndose a la partida de whist.

—Apenas conozco las reglas —dijo—, pero me encantará aprender. Dada mi posición…
La señora Philips le dio las gracias por su buena disposición, pero no esperó a escuchar sus explicaciones.
El señor Wickham no jugaba al whist, y fue acogido con verdadero placer en la otra mesa, donde se sentó entre Elizabeth y Lydia. Al principio pareció existir el peligro de que esta última acaparara toda su atención, pues era muy habladora; pero, como también era muy aficionada a la lotería, no tardó en enfrascarse en el juego, demasiado ávida de hacer apuestas y ponerse a gritar tras los aciertos para estar pendiente de una sola persona. Habida cuenta de la facilidad del juego, el señor Wickham tuvo ocasión de hablar con Elizabeth, y ella le escuchó encantada, aunque no abrigara la menor esperanza de que le contase lo que más deseaba oír: la historia de su relación con el señor Darcy. Ni siquiera se atrevía a mencionar a ese caballero. Su curiosidad, sin embargo, se vio inesperadamente satisfecha. El mismo señor Wickham fue quien sacó el tema. Quiso saber a qué distancia estaba Netherfield de Meryton; y, al escuchar la respuesta, le preguntó vacilante cuánto tiempo llevaba allí el señor Darcy.
—Alrededor de un mes —dijo Elizabeth; y, acto seguido, resistiéndose a abandonar el tema, añadió—: es dueño de una extensa heredad en Derbyshire, según tengo entendido.
—En efecto —contestó Wickham—; tiene una mansión espléndida y muchísimas tierras. Y una renta de diez mil libras anuales. No encontrará usted a nadie que pueda informarle mejor sobre ese asunto, pues, desde mi infancia, he tenido una relación muy especial con su familia.
Elizabeth fue incapaz de disimular su sorpresa.
—Comprendo que mis palabras la sorprendan, señorita Bennet, después de haber visto ayer, tal como creo, la frialdad de nuestro encuentro. ¿Conoce mucho al señor Darcy?
—Lo conozco más que suficiente —exclamó Elizabeth con vehemencia—. He pasado cuatro días en la misma casa que él, y me parece un hombre muy desagradable.
—No tengo derecho a opinar —dijo Wickham— sobre si es agradable o no. No estoy en condiciones de hacerlo. Lo conozco desde hace demasiado tiempo y demasiado bien para ser un buen juez. No podría ser imparcial. Pero creo que todo el mundo se asombraría al conocer su opinión… Aunque es posible que no la expresara con tanto ardor en otro lugar. Aquí está rodeada de su familia.
—Le aseguro que no he dicho nada aquí que no hubiera dicho en cualquier casa de la vecindad, si exceptuamos Netherfield. El señor Darcy no goza de demasiadas simpatías en Hertfordshire. Todo el mundo detesta su orgullo. No encontrará a nadie que le hable mejor de él.
—No seré yo quién lamente —señaló Wickham, tras unos instantes de silencio— que a él, o a cualquier otra persona, se le estime en función de sus méritos; pero no creo que en su caso ocurra muy a menudo. Deslumbra al mundo con su fortuna y su posición social, y lo intimida con sus modales altivos y palaciegos; la gente sólo lo ve como él desea ser visto.
—Tengo la impresión, aunque apenas lo he tratado, de que es un hombre de muy mal carácter.
Wickham se limitó a mover la cabeza.

—Me gustaría saber —exclamó, en cuanto pudo volver a hablar— si se quedará mucho más tiempo en la región.
—No tengo ni idea; pero nadie habló de que fuera a marcharse mientras estuve en Netherfield. Espero que sus planes en favor de nuestro condado no se vean afectados por el hecho de que él viva en la zona.
—¡Oh, no! No permitiré que el señor Darcy me espante. Si no quiere verme, tendrá que marcharse él. Nuestras relaciones no son amistosas, y siempre me resulta doloroso encontrarme con él, pero los motivos que tengo para evitarlo los podría proclamar ante el mundo: la sensación de haber sido tratado injustamente, y un gran pesar de que sea el hombre que es. Su padre, el difunto señor Darcy, fue una de las mejores personas que han existido, señorita Bennet, y el amigo más fiel que he tenido jamás; y no puedo estar en presencia del actual señor Darcy sin sentir una profunda aflicción por el gran número de emotivos recuerdos que me embargan. Su comportamiento conmigo ha sido escandaloso; pero estoy convencido de que podría perdonarle cualquier cosa… todo… menos que defraudara las expectativas de su padre y deshonrara su memoria.
Elizabeth, cada vez más interesada, escuchaba con la mayor atención; pero, al tratarse de un tema tan delicado, prefirió no hacer más preguntas.
El señor Wickham empezó a hablar de otros asuntos más generales, como Meryton, el vecindario, la sociedad local; y, sumamente complacido al parecer con lo que había visto, se refirió a esta última con una galantería discreta pero evidente.
—Ha sido la perspectiva de disfrutar de una buena vida social, y con gente de posición —añadió—, lo que más me ha empujado a enrolarme en la milicia del condado[*]. Sabía que era un cuerpo muy respetable y hospitalario, y mi amigo Denny acabó de convencerme con la descripción de su actual acuartelamiento, y de las múltiples atenciones y excelentes amistades que Meryton les ha proporcionado. El trato con la gente, lo reconozco, me es muy necesario. Soy un hombre que ha sufrido decepciones, y mi estado de ánimo no soporta la soledad. Debo tener trabajo y vida social. No estaba destinado a la vida militar, pero las circunstancias la han hecho aconsejable para mí. La Iglesia tendría que haber sido mi profesión; me educaron para entrar en su seno, y a estas alturas podría disfrutar de un importante cargo si así lo hubiera querido el caballero del que acabamos de hablar.
—¿De veras?
—Sí; el difunto señor Darcy me legó, cuando quedase vacante, el mejor beneficio eclesiástico de sus tierras. Era mi padrino y estaba muy encariñado conmigo. No encuentro palabras para expresar su bondad. Quería asegurar mi porvenir, y creyó haberlo hecho. Pero, cuando el cargo quedó libre, lo ocupó otra persona.
—¡Santo cielo! —exclamó Elizabeth—. Pero ¿qué ocurrió? ¿Cómo pudo ignorarse su voluntad? ¿Acaso no solicitó usted ayuda legal?
—Había ciertas deficiencias formales en el testamento que truncaron cualquier esperanza de conseguir algo en los tribunales. Un hombre de honor no habría dudado de la intención del finado, pero el señor Darcy prefirió ponerla en tela de juicio… o tratarla como una simple recomendación condicional, asegurando que yo había perdido todo derecho a ella debido a mi desenfreno e imprudencia; en pocas palabras, por todo o por nada. Lo cierto es que el beneficio eclesiástico quedó vacante hace dos años, cuando yo tenía edad para ocuparlo, y se lo confiaron a otro hombre; e igual de cierto es que no puedo acusarme de haber hecho nada para perderlo. Tengo un carácter apasionado e imprudente, y quizá a veces me haya tomado demasiadas libertades al hablar de él y con él. No recuerdo nada peor. Pero el hecho es que somos dos hombres muy diferentes, y que él me odia.
—¡Me parece vergonzoso! Merecería ser desacreditado en público.
—Antes o después alguien lo hará, pero no seré yo. Mientras su padre siga presente en mi memoria, jamás me enfrentaré a él ni lo pondré en evidencia.
Elizabeth alabó sus sentimientos, y encontró al señor Wickham más atractivo que nunca.
—Pero ¿cuáles eran sus motivos? —preguntó, tras unos instantes de silencio—.
¿Qué pudo inducirle a comportarse con tanta crueldad?
—La profunda aversión que le inspiro… una aversión que, hasta cierto punto, sólo puedo atribuir a los celos. Si el difunto señor Darcy me hubiera querido menos, su hijo se habría llevado mejor conmigo; pero el extraordinario cariño que su padre sentía por mí le molestó desde muy pequeño. No podía soportar el hecho de competir conmigo… ni que yo fuera a menudo el predilecto de su padre.
—No creía que el señor Darcy pudiera ser tan malo; no es santo de mi devoción, desde luego, pero nunca habría imaginado algo parecido. Suponía que despreciaba a sus congéneres en general, pero ¡jamás sospeché que pudiera rebajarse a semejante venganza, a semejantes extremos de injusticia y crueldad!
Después de unos momentos de reflexión, sin embargo, Elizabeth prosiguió:
—Recuerdo que un día se vanaglorió en Netherfield de cuán implacable era en sus resentimientos, de su incapacidad para el perdón. Debe de ser un hombre terrible.
—Prefiero no hablar de eso —respondió Wickham—, me costaría mucho ser justo con él.
Elizabeth volvió a enfrascarse en sus pensamientos y, al cabo de algún tiempo, exclamó:

—¡Tratar de ese modo al ahijado, al amigo, al preferido de su padre! —y podría haber añadido: «A un joven, además, como usted, cuyo semblante da fe de su buen carácter», pero se contentó con decir—: Y a una persona, además, con la que creció desde la infancia y a la que, creo que ha dicho usted, estuvo muy unido.
—Nacimos en la misma parroquia, dentro de la misma heredad, y pasamos juntos casi toda nuestra infancia y juventud; habitantes de la misma casa, compartimos las mismas distracciones y recibimos los mismos cuidados paternales. Mi padre empezó a trabajar en la misma profesión a la que su tío, el señor Philips, da tanto prestigio, pero lo dejó todo para servir de ayuda al difunto señor Darcy, y consagrar todo su tiempo al cuidado de Pemberley. El señor Darcy le apreciaba muchísimo, y lo consideraba su mejor amigo y confidente. Reconocía a menudo estar en deuda con él por el modo en que administraba sus bienes, y cuando, justo antes de la muerte de mi padre, el señor Darcy le prometió ocuparse de mí, estoy seguro de que lo hizo no sólo para mostrarle su agradecimiento sino también por el cariño que me tenía.

—¡Qué extraño! —exclamó Elizabeth—. ¡Y qué abominable! Me sorprende que el propio orgullo del señor Darcy no le empujara a ser justo con usted. A falta de otro motivo más noble, el orgullo tendría que haberle impedido ser injusto… pues eso sólo puede considerarse falta de justicia.
—Resulta asombroso —contestó Wickham—, porque casi todos sus actos los dicta el orgullo; y el orgullo ha sido con frecuencia su mejor amigo. Sin duda le ha acercado más a la virtud que cualquier otro sentimiento. Pero nadie es consecuente; y en su comportamiento conmigo existieron impulsos más fuertes que el orgullo.
—¿Acaso puede un orgullo tan execrable como el suyo tener un efecto beneficioso?
—Sí. A menudo le ha empujado a ser liberal y generoso: a dar dinero a manos llenas, a mostrarse hospitalario, a ayudar a sus arrendatarios y a socorrer a los pobres. El orgullo familiar, así como el filial, pues se siente muy orgulloso de su padre, le han inducido a obrar de ese modo. No deshonrar a su familia, ni mermar su prestigio, ni perder la influencia de Pemberley son motivos muy poderosos. Tiene, asimismo, un orgullo fraternal, que unido a cierto cariño, le convierte en un tutor de su hermana sumamente responsable y afectuoso; ya verá cómo todo el mundo lo considera el mejor y más atento de los hermanos.
—¿Cómo es la señorita Darcy?
El señor Wickham movió la cabeza.
—Ojalá pudiera decir que es una joven amable. Me duele tener que hablar mal de un Darcy. Pero se parece demasiado a su hermano, y es terriblemente orgullosa. De niña era afectuosa y adorable, y estaba muy encariñada conmigo; he jugado con ella cientos de horas. Pero ahora no significa nada para mí. Es una hermosa muchacha de quince o dieciséis años, llena de cualidades, según tengo entendido. Desde la muerte de su padre reside en Londres, donde vive con una dama que se encarga de su educación.
Después de muchas pausas y muchas tentativas de hablar de otras cosas, Elizabeth no pudo sino volver al mismo tema.
—¡No comprendo que pueda ser íntimo del señor Bingley! —dijo—. ¿Cómo es posible que el señor Bingley, que parece personificar el buen humor y es, estoy convencida, el colmo de la amabilidad, sea tan amigo de un hombre así? ¿Qué pueden tener en común? ¿Conoce usted al señor Bingley?
—En absoluto.
—Es un joven afable y encantador. No creo que sepa cómo es el señor Darcy.
—Probablemente no; pero el señor Darcy sabe ser muy agradable cuando quiere.
No le faltan cualidades. Puede ser muy ameno si considera que merece la pena. Entre sus iguales se comporta de un modo muy diferente que entre personas menos prósperas. El orgullo nunca le abandona; pero con los ricos es un hombre de mentalidad abierta, justo, sincero, racional, honrado y tal vez simpático, aunque en ello colaboren la fortuna y el rango.
El grupo que jugaba al whist no tardó en acabar la partida, y los jugadores se congregaron alrededor de la otra mesa; el señor Collins se colocó entre su prima Elizabeth y la señora Philips. Esta última le hizo las preguntas de rigor sobre el resultado del juego. No había tenido mucha suerte: había perdido todas las bazas; pero, cuando la señora Philips empezó a expresarle su pesar, el señor Collins le aseguró con la mayor seriedad que no tenía la menor importancia, que consideraba el dinero una nimiedad, y le rogó que dejara de preocuparse.
—Sé muy bien, señora —dijo—, que, cuando una persona se sienta ante una mesa de juego, debe afrontar ciertos riesgos; por fortuna, cinco chelines no significan nada para un hombre de mi posición. No creo que haya mucha gente que pueda decir lo mismo, pero, gracias a lady Catherine de Bourgh, estoy muy lejos de tener que fijarme en semejantes minucias.
Sus palabras llamaron la atención del señor Wickham, que, tras observar unos instantes al señor Collins, preguntó a Elizabeth en voz baja si su pariente conocía mucho a la familia De Bourgh.
—Lady Catherine de Bourgh —respondió la joven— le ha concedido hace poco un beneficio eclesiástico. Ignoro quién recomendó al señor Collins para ese puesto, pero estoy segura de que acaban casi de conocerse.
—Supongo que sabe que lady Catherine de Bourgh y lady Anne Darcy eran hermanas; y que, por ese motivo, ella es tía del actual señor Darcy.


—No, no estaba al tanto de las relaciones familiares de lady Catherine. Jamás había oído hablar de ella hasta anteayer.
—Su hija, la señorita De Bourgh, heredará una gran fortuna, y se cree que ella y su primo unirán sus patrimonios.
Elizabeth no pudo sino sonreír al recordar a la pobre señorita Bingley. Cuán vanas serían sus atenciones, cuán vanos e inútiles su afecto por la hermana y sus elogios de aquel hombre si el señor Darcy estaba ya destinado a otra mujer.
—El señor Collins —dijo— cuenta maravillas de lady Catherine y de su hija; pero, por algunos detalles que se le han escapado sobre la primera, sospecho que su gratitud le engaña y que, a pesar de ser su benefactora, es una dama arrogante y vanidosa.
—Creo que merece ambos calificativos, y en sumo grado —respondió Wickham—; hace muchos años que no la veo, pero recuerdo que nunca me gustó, y que sus maneras eran insolentes y autoritarias. Tiene fama de ser extraordinariamente razonable e inteligente; pero creo que su gloria se debe en parte a su rango y a su fortuna; en parte a sus modales dictatoriales; y en parte al orgullo de su sobrino, decidido a que todas las personas relacionadas con él tengan un intelecto de primera fila.
A Elizabeth le pareció muy lógica la explicación, y los dos continuaron su animada charla hasta que la cena puso fin a los naipes y ofreció la oportunidad a las demás damas de disfrutar de las atenciones del señor Wickham. Había demasiado alboroto para conversar, pero sus maneras conquistaron a todo el mundo. Cualquier cosa que decía, la decía bien; y cualquier cosa que hacía, la hacía con elegancia. Elizabeth se marchó de Meryton con la cabeza llena del señor Wickham. Mientras volvía a casa, no pudo pensar en nada que no fuera él, o las palabras que él había pronunciado; aunque no tuvo ocasión de nombrarlo durante el trayecto, pues Lydia y el señor Collins hablaron por los codos. Lydia hizo toda clase de comentarios sobre la lotería, y las fichas que había ganado y perdido, y el señor Collins necesitó más tiempo del que tardaron los caballos en detenerse ante la entrada de Longbourn House para describir la cortesía de los señores Philips, declarar cuán poco le importaban sus pérdidas en el whist, enumerar todos los platos de la cena, y expresar repetidamente sus temores de ocupar demasiado espacio en el carruaje y dejar sin sitio a sus primas.

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Pride and Prejudice



Chapter 16

As no objection was made to the young people’s engagement with their aunt, and all Mr. Collins’s scruples of leaving Mr. and Mrs. Bennet for a single evening during his visit were most steadily resisted, the coach conveyed him and his five cousins at a suitable hour to Meryton; and the girls had the pleasure of hearing, as they entered the drawing-room, that Mr. Wickham had accepted their uncle’s invitation, and was then in the house.

When this information was given, and they had all taken their seats, Mr. Collins was at leisure to look around him and admire, and he was so much struck with the size and furniture of the apartment, that he declared he might almost have supposed himself in the small summer breakfast parlour at Rosings; a comparison that did not at first convey much gratification; but when Mrs. Phillips understood from him what Rosings was, and who was its proprietor—when she had listened to the description of only one of Lady Catherine’s drawing-rooms, and found that the chimney-piece alone had cost eight hundred pounds, she felt all the force of the compliment, and would hardly have resented a comparison with the housekeeper’s room.

In describing to her all the grandeur of Lady Catherine and her mansion, with occasional digressions in praise of his own humble abode, and the improvements it was receiving, he was happily employed until the gentlemen joined them; and he found in Mrs. Phillips a very attentive listener, whose opinion of his consequence increased with what she heard, and who was resolving to retail it all among her neighbours as soon as she could. To the girls, who could not listen to their cousin, and who had nothing to do but to wish for an instrument, and examine their own indifferent imitations of china on the mantelpiece, the interval of waiting appeared very long. It was over at last, however. The gentlemen did approach, and when Mr. Wickham walked into the room, Elizabeth felt that she had neither been seeing him before, nor thinking of him since, with the smallest degree of unreasonable admiration. The officers of the ——shire were in general a very creditable, gentlemanlike set, and the best of them were of the present party; but Mr. Wickham was as far beyond them all in person, countenance, air, and walk, as they were superior to the broad-faced, stuffy uncle Phillips, breathing port wine, who followed them into the room.

Mr. Wickham was the happy man towards whom almost every female eye was turned, and Elizabeth was the happy woman by whom he finally seated himself; and the agreeable manner in which he immediately fell into conversation, though it was only on its being a wet night, made her feel that the commonest, dullest, most threadbare topic might be rendered interesting by the skill of the speaker.

With such rivals for the notice of the fair as Mr. Wickham and the officers, Mr. Collins seemed to sink into insignificance; to the young ladies he certainly was nothing; but he had still at intervals a kind listener in Mrs. Phillips, and was by her watchfulness, most abundantly supplied with coffee and muffin. When the card-tables were placed, he had the opportunity of obliging her in turn, by sitting down to whist.

“I know little of the game at present,” said he, “but I shall be glad to improve myself, for in my situation in life—” Mrs. Phillips was very glad for his compliance, but could not wait for his reason.

Mr. Wickham did not play at whist, and with ready delight was he received at the other table between Elizabeth and Lydia. At first there seemed danger of Lydia’s engrossing him entirely, for she was a most determined talker; but being likewise extremely fond of lottery tickets, she soon grew too much interested in the game, too eager in making bets and exclaiming after prizes to have attention for anyone in particular. Allowing for the common demands of the game, Mr. Wickham was therefore at leisure to talk to Elizabeth, and she was very willing to hear him, though what she chiefly wished to hear she could not hope to be told—the history of his acquaintance with Mr. Darcy. She dared not even mention that gentleman. Her curiosity, however, was unexpectedly relieved. Mr. Wickham began the subject himself. He inquired how far Netherfield was from Meryton; and, after receiving her answer, asked in a hesitating manner how long Mr. Darcy had been staying there.

“About a month,” said Elizabeth; and then, unwilling to let the subject drop, added, “He is a man of very large property in Derbyshire, I understand.”

“Yes,” replied Mr. Wickham; “his estate there is a noble one. A clear ten thousand per annum. You could not have met with a person more capable of giving you certain information on that head than myself, for I have been connected with his family in a particular manner from my infancy.”

Elizabeth could not but look surprised.

“You may well be surprised, Miss Bennet, at such an assertion, after seeing, as you probably might, the very cold manner of our meeting yesterday. Are you much acquainted with Mr. Darcy?”

“As much as I ever wish to be,” cried Elizabeth very warmly. “I have spent four days in the same house with him, and I think him very disagreeable.”

“I have no right to give my opinion,” said Wickham, “as to his being agreeable or otherwise. I am not qualified to form one. I have known him too long and too well to be a fair judge. It is impossible for me to be impartial. But I believe your opinion of him would in general astonish—and perhaps you would not express it quite so strongly anywhere else. Here you are in your own family.”

“Upon my word, I say no more here than I might say in any house in the neighbourhood, except Netherfield. He is not at all liked in Hertfordshire. Everybody is disgusted with his pride. You will not find him more favourably spoken of by anyone.”

“I cannot pretend to be sorry,” said Wickham, after a short interruption, “that he or that any man should not be estimated beyond their deserts; but with him I believe it does not often happen. The world is blinded by his fortune and consequence, or frightened by his high and imposing manners, and sees him only as he chooses to be seen.”

“I should take him, even on my slight acquaintance, to be an ill-tempered man.” Wickham only shook his head.

“I wonder,” said he, at the next opportunity of speaking, “whether he is likely to be in this country much longer.”

“I do not at all know; but I heard nothing of his going away when I was at Netherfield. I hope your plans in favour of the ——shire will not be affected by his being in the neighbourhood.”

“Oh! no—it is not for me to be driven away by Mr. Darcy. If he wishes to avoid seeing me, he must go. We are not on friendly terms, and it always gives me pain to meet him, but I have no reason for avoiding him but what I might proclaim before all the world, a sense of very great ill-usage, and most painful regrets at his being what he is. His father, Miss Bennet, the late Mr. Darcy, was one of the best men that ever breathed, and the truest friend I ever had; and I can never be in company with this Mr. Darcy without being grieved to the soul by a thousand tender recollections. His behaviour to myself has been scandalous; but I verily believe I could forgive him anything and everything, rather than his disappointing the hopes and disgracing the memory of his father.”

Elizabeth found the interest of the subject increase, and listened with all her heart; but the delicacy of it prevented further inquiry.

Mr. Wickham began to speak on more general topics, Meryton, the neighbourhood, the society, appearing highly pleased with all that he had yet seen, and speaking of the latter with gentle but very intelligible gallantry.

“It was the prospect of constant society, and good society,” he added, “which was my chief inducement to enter the ——shire. I knew it to be a most respectable, agreeable corps, and my friend Denny tempted me further by his account of their present quarters, and the very great attentions and excellent acquaintances Meryton had procured them. Society, I own, is necessary to me. I have been a disappointed man, and my spirits will not bear solitude. I must have employment and society. A military life is not what I was intended for, but circumstances have now made it eligible. The church ought to have been my profession—I was brought up for the church, and I should at this time have been in possession of a most valuable living, had it pleased the gentleman we were speaking of just now.”

“Indeed!”

“Yes—the late Mr. Darcy bequeathed me the next presentation of the best living in his gift. He was my godfather, and excessively attached to me. I cannot do justice to his kindness. He meant to provide for me amply, and thought he had done it; but when the living fell, it was given elsewhere.”

“Good heavens!” cried Elizabeth; “but how could that be? How could his will be disregarded? Why did you not seek legal redress?”

“There was just such an informality in the terms of the bequest as to give me no hope from law. A man of honour could not have doubted the intention, but Mr. Darcy chose to doubt it—or to treat it as a merely conditional recommendation, and to assert that I had forfeited all claim to it by extravagance, imprudence—in short anything or nothing. Certain it is, that the living became vacant two years ago, exactly as I was of an age to hold it, and that it was given to another man; and no less certain is it, that I cannot accuse myself of having really done anything to deserve to lose it. I have a warm, unguarded temper, and I may have spoken my opinion of him, and to him, too freely. I can recall nothing worse. But the fact is, that we are very different sort of men, and that he hates me.”

“This is quite shocking! He deserves to be publicly disgraced.”

“Some time or other he will be—but it shall not be by me. Till I can forget his father, I can never defy or expose him.”

Elizabeth honoured him for such feelings, and thought him handsomer than ever as he expressed them.

“But what,” said she, after a pause, “can have been his motive? What can have induced him to behave so cruelly?”

“A thorough, determined dislike of me—a dislike which I can not but attribute in some measure to jealousy. Had the late Mr. Darcy liked me less, his son might have borne with me better; but his father’s uncommon attachment to me irritated him, I believe, very early in life. He had not a temper to bear the sort of competition in which we stood—the sort of preference which was often given me.”

“I had not thought Mr. Darcy so bad as this—though I have never liked him. I had not thought so very ill of him. I had supposed him to be despising his fellow-creatures in general, but did not suspect him of descending to such malicious revenge, such injustice, such inhumanity as this.”

After a few minutes’ reflection, however, she continued, “I do remember his boasting one day, at

Netherfield, of the implacability of his resentments, of his having an unforgiving temper. His disposition must be dreadful.”

“I will not trust myself on the subject,” replied Wickham; “I can hardly be just to him.”

Elizabeth was again deep in thought, and after a time exclaimed, “To treat in such a manner the godson, the friend, the favourite of his father!” She could have added, “A young man, too, like you, whose very countenance may vouch for your being amiable”—but she contented herself with, “and one, too, who had probably been his companion from childhood, connected together, as I think you said, in the closest manner!

“We were born in the same parish, within the same park; the greatest part of our youth was passed together; inmates of the same house, sharing the same amusements, objects of the same parental care. My father began life in the profession which your uncle, Mr. Phillips, appears to do so much credit to—but he gave up everything to be of use to the late Mr. Darcy and devoted all his time to the care of the Pemberley property. He was most highly esteemed by Mr. Darcy, a most intimate, confidential friend. Mr. Darcy often acknowledged himself to be under the greatest obligations to my father’s active superintendence, and when, immediately before my father’s death, Mr. Darcy gave him a voluntary promise of providing for me, I am convinced that he felt it to be as much a debt of gratitude to him, as of his affection to myself.”

“How strange!” cried Elizabeth. “How abominable! I wonder that the very pride of this Mr. Darcy has not made him just to you! If from no better motive, that he should not have been too proud to be dishonest—for dishonesty I must call it.”

“It is wonderful,” replied Wickham, “for almost all his actions may be traced to pride; and pride had often been his best friend. It has connected him nearer with virtue than with any other feeling. But we are none of us consistent, and in his behaviour to me there were stronger impulses even than pride.

“Can such abominable pride as his have ever done him good?”

“Yes. It has often led him to be liberal and generous, to give his money freely, to display hospitality, to assist his tenants, and relieve the poor. Family pride, and filial pride—for he is very proud of what his father was—have done this. Not to appear to disgrace his family, to degenerate from the popular qualities, or lose the influence of the Pemberley House, is a powerful motive. He has also brotherly pride, which, with some brotherly affection, makes him a very kind and careful guardian of his sister, and you will hear him generally cried up as the most attentive and best of brothers.”

“What sort of girl is Miss Darcy?”

He shook his head. “I wish I could call her amiable. It gives me pain to speak ill of a Darcy. But she is too much like her brother—very, very proud. As a child, she was affectionate and pleasing, and extremely fond of me; and I have devoted hours and hours to her amusement. But she is nothing to me now. She is a handsome girl, about fifteen or sixteen, and, I understand, highly accomplished. Since her father’s death, her home has been London, where a lady lives with her, and superintends her education.”

After many pauses and many trials of other subjects, Elizabeth could not help reverting once more to the first, and saying:

“I am astonished at his intimacy with Mr. Bingley! How can Mr. Bingley, who seems good humour itself, and is, I really believe, truly amiable, be in friendship with such a man? How can they suit each other? Do you know Mr. Bingley?”

“Not at all.”

“He is a sweet-tempered, amiable, charming man. He cannot know what Mr. Darcy is.”

“Probably not; but Mr. Darcy can please where he chooses. He does not want abilities. He can be a conversible companion if he thinks it worth his while. Among those who are at all his equals in consequence, he is a very different man from what he is to the less prosperous. His pride never deserts him; but with the rich he is liberal-minded, just, sincere, rational, honourable, and perhaps agreeable—allowing something for fortune and figure.”

The whist party soon afterwards breaking up, the players gathered round the other table and Mr. Collins took his station between his cousin Elizabeth and Mrs. Phillips. The usual inquiries as to his success was made by the latter. It had not been very great; he had lost every point; but when Mrs. Phillips began to express her concern thereupon, he assured her with much earnest gravity that it was not of the least importance, that he considered the money as a mere trifle, and begged that she would not make herself uneasy.

“I know very well, madam,” said he, “that when persons sit down to a card-table, they must take their chances of these things, and happily I am not in such circumstances as to make five shillings any object. There are undoubtedly many who could not say the same, but thanks to Lady Catherine de Bourgh, I am removed far beyond the necessity of regarding little matters.”

Mr. Wickham’s attention was caught; and after observing Mr. Collins for a few moments, he asked Elizabeth in a low voice whether her relation was very intimately acquainted with the family of de Bourgh.

“Lady Catherine de Bourgh,” she replied, “has very lately given him a living. I hardly know how Mr. Collins was first introduced to her notice, but he certainly has not known her long.”

“You know of course that Lady Catherine de Bourgh and Lady Anne Darcy were sisters; consequently that she is aunt to the present Mr. Darcy.”

“No, indeed, I did not. I knew nothing at all of Lady Catherine’s connections. I never heard of her existence till the day before yesterday.”

“Her daughter, Miss de Bourgh, will have a very large fortune, and it is believed that she and her cousin will unite the two estates.”

This information made Elizabeth smile, as she thought of poor Miss Bingley. Vain indeed must be all her attentions, vain and useless her affection for his sister and her praise of himself, if he were already self-destined for another.

“Mr. Collins,” said she, “speaks highly both of Lady Catherine and her daughter; but from some particulars that he has related of her ladyship, I suspect his gratitude misleads him, and that in spite of her being his patroness, she is an arrogant, conceited woman.”

“I believe her to be both in a great degree,” replied Wickham; “I have not seen her for many years, but I very well remember that I never liked her, and that her manners were dictatorial and insolent. She has the reputation of being remarkably sensible and clever; but I rather believe she derives part of her abilities from her rank and fortune, part from her authoritative manner, and the rest from the pride for her nephew, who chooses that everyone connected with him should have an understanding of the first class.”

Elizabeth allowed that he had given a very rational account of it, and they continued talking together, with mutual satisfaction till supper put an end to cards, and gave the rest of the ladies their share of Mr. Wickham’s attentions. There could be no conversation in the noise of Mrs. Phillips’s supper party, but his manners recommended him to everybody. Whatever he said, was said well; and whatever he did, done gracefully. Elizabeth went away with her head full of him. She could think of nothing but of Mr. Wickham, and of what he had told her, all the way home; but there was not time for her even to mention his name as they went, for neither Lydia nor Mr. Collins were once silent. Lydia talked incessantly of lottery tickets, of the fish she had lost and the fish she had won; and Mr. Collins in describing the civility of Mr. and Mrs. Phillips, protesting that he did not in the least regard his losses at whist, enumerating all the dishes at supper, and repeatedly fearing that he crowded his cousins, had more to say than he could well manage before the carriage stopped at Longbourn House.

Publicado por Soy el Mal

Soy el Mal, en Inglés : ‘I’m evil.’ Bruja y Sirena de nacimiento; no creo que el dinero o los ricos sean el problema, sólo creo que alguien malo lo es en cualquier nivel social, o sea... soy ambiciosa. Estudiante de lento aprendizaje, poco talentosa y muy optimista, creo que en un nivel altamente tóxico pues sigo intentando aprender algo nuevo cada día. Actualmente interesada en la Literatura, el dibujo y la Filosofía; aspirante a Estoica, espero encontrar en lo que aprendo, mi integración a la sociedad como individuo funcional y medianamente confiable. P.D. Me amo muchísimo, no lo dudes. Ajá... narcisista e hija de Seuz. Soy Yediht Cazarín. ¿Y tú?

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