Orgullo y Prejuicio – Capítulo 15 – Jane Austen

Día 138.

Bilingual Post.

El señor Collins no era un hombre juicioso, y la educación y la sociedad apenas habían contribuido a mejorar sus deficiencias naturales; había pasado casi toda su vida bajo la férula de un padre mezquino e ignorante; y, aunque se había formado en una de las universidades[], se había limitado a pasar allí el tiempo necesario, sin entablar ninguna relación que le sirviera de algo. La sumisión en que le había educado su padre había agudizado al principio su humildad; pero ahora ésta se veía contrarrestada por la vanidad de una cabeza hueca, una vida retirada y los sentimientos inspirados por una prosperidad tan temprana como inesperada. Una afortunada coincidencia hizo que lady Catherine de Bourgh pensara en él cuando quedó vacante el beneficio[*] de Hunsford; y el respeto que el señor Collins sentía por su elevada posición social, y la veneración que le inspiraba como protectora, combinados con la excelente opinión que tenía de sí mismo, de su autoridad como clérigo y de sus privilegios como rector, habían hecho de él una mezcla de orgullo y servilismo, engreimiento y humildad.
Ahora que disponía de una buena casa y de una renta más que suficiente, había decidido casarse; y, al buscar la reconciliación con la familia de Longbourn, tenía una mujer en mente, pues se había propuesto elegir a una de sus primas, siempre que éstas resultaran tan hermosas y simpáticas como se decía.
Su plan no varió al conocerlas. El rostro angelical de la señorita Bennet confirmó sus expectativas, y reforzó su idea de que las primogénitas deben ser las primeras en casarse; así que durante la primera velada Jane fue su elegida. La mañana siguiente, sin embargo, trajo consigo un cambio; en un tête-à-tête de un cuarto de hora con la señora Bennet antes del desayuno, una conversación en la que el señor Collins empezó hablando de la casa rectoral y acabó confesando abiertamente el deseo de encontrar esposa en Longbourn, su anfitriona, entre sonrisas de complacencia y de aliento, dejó caer que no se fijara en Jane. «Respecto a sus hijas pequeñas, la señora Bennet no se atrevía a decir nada, no podía dar respuesta categórica, pues no sabía de nadie que las cortejara; en cuanto a su hija mayor, tenía que admitir, era su deber insinuar que probablemente estaría muy pronto comprometida.»
El señor Collins sólo tenía que cambiar a Jane por Elizabeth; y se apresuró a hacerlo, mientras la señora Bennet atizaba el fuego. Elizabeth, que seguía a Jane tanto en edad como en belleza, pasó a ocupar, como es natural, el lugar de su hermana.
La señora Bennet atesoró aquella confidencia, esperando tener muy pronto dos hijas casadas; y el hombre con el que no quería siquiera hablar la víspera se convirtió en una bendición para ella.
El propósito de Lydia de ir andando a Meryton no cayó en el olvido, y todas las hermanas menos Mary se sumaron al paseo. El señor Collins accedió a acompañarlas, a petición del señor Bennet, que estaba impaciente por librarse de su invitado y tener la biblioteca para él solo; el señor Collins le había seguido después del desayuno, y parecía encantado de estar con él, enfrascado en teoría en uno de los infolios más voluminosos de la colección, pero hablando sin parar, en la práctica, de su casa y de su jardín de Hunsford. Aquello resultaba de lo más perturbador para el señor Bennet. Siempre había tenido la seguridad de encontrar ocio y tranquilidad en su biblioteca y, aunque estuviera preparado, como le explicó a Elizabeth, para tropezarse con la estupidez y la vanidad en las demás habitaciones de la casa, se había acostumbrado a librarse de ellas en su sanctasanctórum; de ahí que extremara su cortesía al pedir al señor Collins que paseara con sus hijas; el clérigo, mucho más dotado para la marcha que para la lectura, cerró encantado el voluminoso libro para acompañar a sus primas.
Entre pomposas naderías por su parte, y corteses asentimientos por parte de las Bennet, el grupo llegó a Meryton, donde Kitty y Lydia parecieron olvidarse de él. Las dos jóvenes empezaron a recorrer con la mirada la calle principal en busca de los oficiales, y sólo la visión en algún escaparate de un sombrero muy elegante o de una muselina realmente innovadora lograron desviar su interés.
Pero no tardó en captar la atención de todas las damas un joven desconocido, de aspecto elegante, que paseaba por la acera de enfrente con un oficial. Este último les hizo una pequeña reverencia al verlas, y resultó ser el mismísimo señor Denny, aquel cuyo regreso de Londres Lydia deseaba investigar. A todas les impresionó el porte del forastero, y se preguntaron quién podría ser. Kitty y Lydia, decididas a averiguarlo si era posible, cruzaron la calle simulando haber visto algo en una tienda del otro lado y, al llegar a la acera, tuvieron la suerte de coincidir con los dos caballeros, que se habían dado la vuelta. El señor Denny se apresuró a dirigirse a ellas y les pidió permiso para presentarles a su amigo, el señor Wickham, con quien había regresado de Londres el día anterior, y que, le alegraba decir, había aceptado un destino en su regimiento. Así pues, todo estaba en regla; pues a aquel joven sólo le faltaba un uniforme para ser completamente encantador. Su físico no podía ayudarle más; lo adornaban todas las prendas de la belleza, pues su rostro era hermoso y su figura esbelta, y se expresaba de un modo muy agradable. Tras la presentación, vino el descubrimiento de su elocuencia: una elocuencia a un tiempo correcta y sin pretensiones; y todo el grupo seguía conversando animadamente cuando el ruido de unos cascos de caballo atrajo su atención, y vieron aparecer a Darcy y a Bingley cabalgando juntos por la calle. Al reconocer a las damas, los dos caballeros se acercaron a ellas para intercambiar los saludos de rigor. Bingley fue más locuaz que su amigo, y la señorita Bennet el principal objeto de sus atenciones. Explicó que iba camino de Longbourn para interesarse por su salud. El señor Darcy lo confirmó con una inclinación de cabeza, y estaba tomando la decisión de no mirar a la segunda de las Bennet cuando sus ojos se tropezaron con el señor Wickham; Elizabeth vio por casualidad la expresión de ambos, y se quedó atónita ante el efecto que les causó aquel encuentro. Los dos cambiaron de color: uno palideció y el otro se puso rojo. El señor Wickham tardó unos instantes en llevarse la mano al sombrero, un saludo que el señor Darcy a duras penas se dignó responder. ¿Qué podría significar todo aquello? Era imposible imaginarlo; y era imposible no tener ganas de saberlo.
Al cabo de un minuto, el señor Bingley, que no parecía consciente de lo ocurrido, se despidió y se alejó a caballo con su amigo.
El señor Denny y el señor Wickham acompañaron a las jóvenes hasta la casa del señor Philips, y allí se despidieron de ellas, a pesar de las repetidas súplicas de la señorita Lydia para que entraran, e incluso a pesar de que la señora Philips decidiera abrir la ventana del salón para secundar a gritos la invitación.
La señora Philips se alegraba siempre de ver a sus sobrinas, y las dos mayores, debido a su reciente ausencia, fueron especialmente bienvenidas. Mientras estaba explicándoles con entusiasmo lo mucho que le había sorprendido su repentino regreso a Longbourn, del que no habría sabido nada —puesto que no las había recogido el carruaje familiar— de no haberse encontrado en la calle con el mancebo del señor Jones, quien le había dicho que ya no tenían que enviar pócimas a Netherfield porque las señoritas Bennet habían vuelto a casa, Jane la interrumpió para presentarle al señor Collins. Ella lo recibió con grandes muestras de cortesía, que él le devolvió con creces, disculpándose por aparecer allí sin haberle presentado antes sus respetos, aunque esperaba que su parentesco con aquellas jóvenes damas justificase su atrevimiento. A la señora Philips le impresionó su exquisita educación; pero su interés por el clérigo desconocido cedió ante las exclamaciones y preguntas de sus sobrinas acerca del nuevo oficial. Lo único que pudo contarles de éste, sin embargo, ya lo sabían: que Denny, y que sería nombrado teniente en la milicia del condado. La señora Philips les dijo que llevaba una hora observándolo mientras subía y bajaba la calle, y lo cierto es que, si el señor Wickham hubiera vuelto a aparecer, Kitty y Lydia habrían seguido su ejemplo; pero, desgraciadamente, sólo pasaron por delante de las ventanas unos cuantos oficiales que, en comparación con el recién llegado, les parecieron «feos y aburridos». Algunos de ellos comerían con los Philips al día siguiente, y la tía les prometió que su marido visitaría al señor Wickham y le invitaría al almuerzo si la familia de Longbourn se unía más tarde al grupo. Todos estuvieron de acuerdo, y la señora Philips prometió organizar un bullicioso juego de lotería[*], y ofrecer luego a sus invitados una cena ligera. Ante la perspectiva de tantas diversiones, todos se despidieron muy animados. El señor Collins volvió a pedirle disculpas al abandonar el salón, y la señora Philips le aseguró con incansable cortesía que no tenía nada que perdonarle.
Mientras volvían andando a casa, Elizabeth le contó a Jane lo sucedido entre el señor Darcy y el señor Wickham; y, aunque Jane estuviera dispuesta a defender a cualquiera de los dos, o a ambos, fue tan incapaz como Elizabeth de explicarse su comportamiento.
El señor Collins, al regresar a Longbourn, hizo las delicias de la señora Bennet elogiando los modales y la cortesía de la señora Philips. Declaró que, a excepción de lady Catherine y su hija, nunca había conocido a una mujer tan elegante; pues no sólo le había recibido con la mayor gentileza, sino que también le había incluido deliberadamente en su invitación del día siguiente, pese a ser la primera vez que lo veía en su vida. Suponía que su parentesco con los Bennet tendría algo que ver, pero lo cierto es que jamás le habían tratado con tanta deferencia.

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Pride and Prejudice

Chapter 15

Mr. Collins was not a sensible man, and the deficiency of nature had been but little assisted by education or society; the greatest part of his life having been spent under the guidance of an illiterate and miserly father; and though he belonged to one of the universities, he had merely kept the necessary terms, without forming at it any useful acquaintance. The subjection in which his father had brought him up had given him originally great humility of manner; but it was now a good deal counteracted by the self-conceit of a weak head, living in retirement, and the consequential feelings of early and unexpected prosperity. A fortunate chance had recommended him to Lady Catherine de Bourgh when the living of Hunsford was vacant; and the respect which he felt for her high rank, and his veneration for her as his patroness, mingling with a very good opinion of himself, of his authority as a clergyman, and his right as a rector, made him altogether a mixture of pride and obsequiousness, self-importance and humility. Having now a good house and a very sufficient income, he intended to marry; and in seeking a reconciliation with the Longbourn family he had a wife in view, as he meant to choose one of the daughters, if he found them as handsome and amiable as they were represented by common report. This was his plan of amends—of atonement—for inheriting their father’s estate; and he thought it an excellent one, full of eligibility and suitableness, and excessively generous and disinterested on his own part.

His plan did not vary on seeing them. Miss Bennet’s lovely face confirmed his views, and established all his strictest notions of what was due to seniority; and for the first evening she was his settled choice. The next morning, however, made an alteration; for in a quarter of an hour’s tete-a-tete with Mrs. Bennet before breakfast, a conversation beginning with his parsonage-house, and leading naturally to the avowal of his hopes, that a mistress might be found for it at Longbourn, produced from her, amid very complaisant smiles and general encouragement, a caution against the very Jane he had fixed on. “As to her younger daughters, she could not take upon her to say—she could not positively answer—but she did not know of any prepossession; her eldest daughter, she must just mention—she felt it incumbent on her to hint, was likely to be very soon engaged.”

Mr. Collins had only to change from Jane to Elizabeth—and it was soon done—done while Mrs. Bennet was stirring the fire. Elizabeth, equally next to Jane in birth and beauty, succeeded her of course.

Mrs. Bennet treasured up the hint, and trusted that she might soon have two daughters married; and the man whom she could not bear to speak of the day before was now high in her good graces.

Lydia’s intention of walking to Meryton was not forgotten; every sister except Mary agreed to go with her; and Mr. Collins was to attend them, at the request of Mr. Bennet, who was most anxious to get rid of him, and have his library to himself; for thither Mr. Collins had followed him after breakfast; and there he would continue, nominally engaged with one of the largest folios in the collection, but really talking to Mr. Bennet, with little cessation, of his house and garden at Hunsford. Such doings discomposed Mr. Bennet exceedingly. In his library he had been always sure of leisure and tranquillity; and though prepared, as he told Elizabeth, to meet with folly and conceit in every other room of the house, he was used to be free from them there; his civility, therefore, was most prompt in inviting Mr. Collins to join his daughters in their walk; and Mr. Collins, being in fact much better fitted for a walker than a reader, was extremely pleased to close his large book, and go.

In pompous nothings on his side, and civil assents on that of his cousins, their time passed till they entered Meryton. The attention of the younger ones was then no longer to be gained by him. Their eyes were immediately wandering up in the street in quest of the officers, and nothing less than a very smart bonnet indeed, or a really new muslin in a shop window, could recall them.

But the attention of every lady was soon caught by a young man, whom they had never seen before, of most gentlemanlike appearance, walking with another officer on the other side of the way. The officer was the very Mr. Denny concerning whose return from London Lydia came to inquire, and he bowed as they passed. All were struck with the stranger’s air, all wondered who he could be; and Kitty and Lydia, determined if possible to find out, led the way across the street, under pretense of wanting something in an opposite shop, and fortunately had just gained the pavement when the two gentlemen, turning back, had reached the same spot. Mr. Denny addressed them directly, and entreated permission to introduce his friend, Mr. Wickham, who had returned with him the day before from town, and he was happy to say had accepted a commission in their corps. This was exactly as it should be; for the young man wanted only regimentals to make him completely charming. His appearance was greatly in his favour; he had all the best part of beauty, a fine countenance, a good figure, and very pleasing address. The introduction was followed up on his side by a happy readiness of conversation—a readiness at the same time perfectly correct and unassuming; and the whole party were still standing and talking together very agreeably, when the sound of horses drew their notice, and Darcy and Bingley were seen riding down the street. On distinguishing the ladies of the group, the two gentlemen came directly towards them, and began the usual civilities. Bingley was the principal spokesman, and Miss Bennet the principal object. He was then, he said, on his way to Longbourn on purpose to inquire after her. Mr. Darcy corroborated it with a bow, and was beginning to determine not to fix his eyes on Elizabeth, when they were suddenly arrested by the sight of the stranger, and Elizabeth happening to see the countenance of both as they looked at each other, was all astonishment at the effect of the meeting. Both changed colour, one looked white, the other red. Mr. Wickham, after a few moments, touched his hat—a salutation which Mr. Darcy just deigned to return. What could be the meaning of it? It was impossible to imagine; it was impossible not to long to know.

In another minute, Mr. Bingley, but without seeming to have noticed what passed, took leave and rode on with his friend.

Mr. Denny and Mr. Wickham walked with the young ladies to the door of Mr. Phillip’s house, and then made their bows, in spite of Miss Lydia’s pressing entreaties that they should come in, and even in spite of Mrs. Phillips’s throwing up the parlour window and loudly seconding the invitation.

Mrs. Phillips was always glad to see her nieces; and the two eldest, from their recent absence, were particularly welcome, and she was eagerly expressing her surprise at their sudden return home, which, as their own carriage had not fetched them, she should have known nothing about, if she had not happened to see Mr. Jones’s shop-boy in the street, who had told her that they were not to send any more draughts to Netherfield because the Miss Bennets were come away, when her civility was claimed towards Mr. Collins by Jane’s introduction of him. She received him with her very best politeness, which he returned with as much more, apologising for his intrusion, without any previous acquaintance with her, which he could not help flattering himself, however, might be justified by his relationship to the young ladies who introduced him to her notice. Mrs. Phillips was quite awed by such an excess of good breeding; but her contemplation of one stranger was soon put to an end by exclamations and inquiries about the other; of whom, however, she could only tell her nieces what they already knew, that Mr. Denny had brought him from London, and that he was to have a lieutenant’s commission in the ——shire. She had been watching him the last hour, she said, as he walked up and down the street, and had Mr. Wickham appeared, Kitty and Lydia would certainly have continued the occupation, but unluckily no one passed windows now except a few of the officers, who, in comparison with the stranger, were become “stupid, disagreeable fellows.” Some of them were to dine with the Phillipses the next day, and their aunt promised to make her husband call on Mr. Wickham, and give him an invitation also, if the family from Longbourn would come in the evening. This was agreed to, and Mrs. Phillips protested that they would have a nice comfortable noisy game of lottery tickets, and a little bit of hot supper afterwards. The prospect of such delights was very cheering, and they parted in mutual good spirits. Mr. Collins repeated his apologies in quitting the room, and was assured with unwearying civility that they were perfectly needless.

As they walked home, Elizabeth related to Jane what she had seen pass between the two gentlemen; but though Jane would have defended either or both, had they appeared to be in the wrong, she could no more explain such behaviour than her sister.

Mr. Collins on his return highly gratified Mrs. Bennet by admiring Mrs. Phillips’s manners and politeness. He protested that, except Lady Catherine and her daughter, he had never seen a more elegant woman; for she had not only received him with the utmost civility, but even pointedly included him in her invitation for the next evening, although utterly unknown to her before. Something, he supposed, might be attributed to his connection with them, but yet he had never met with so much attention in the whole course of his life.

Publicado por Soy el Mal

Soy el Mal, en Inglés : ‘I’m evil.’ Bruja y Sirena de nacimiento; no creo que el dinero o los ricos sean el problema, sólo creo que alguien malo lo es en cualquier nivel social, o sea... soy ambiciosa. Estudiante de lento aprendizaje, poco talentosa y muy optimista, creo que en un nivel altamente tóxico pues sigo intentando aprender algo nuevo cada día. Actualmente interesada en la Literatura, el dibujo y la Filosofía; aspirante a Estoica, espero encontrar en lo que aprendo, mi integración a la sociedad como individuo funcional y medianamente confiable. P.D. Me amo muchísimo, no lo dudes. Ajá... narcisista e hija de Seuz. Soy Yediht Cazarín. ¿Y tú?

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