Orgullo y Prejuicio – Capítulo 13. Jane Austen

Día 129.

Post bilingüe.

Confío, querida —dijo al día siguiente el señor Bennet a su mujer mientras desayunaban—, en que hayas organizado un buen almuerzo para hoy, pues tengo motivos para creer que alguien se sumará al grupo familiar.
—¿A qué te refieres, querido? Que yo sepa, no viene nadie; a no ser que Charlotte Lucas pase a visitarnos, y espero que mis comidas sean lo bastante buenas para ella. No creo que en su casa coma así muy a menudo.
—La persona de quien hablo es un caballero de fuera.
Los ojos de la señora Bennet se iluminaron.
—¿Un caballero de fuera? ¡Seguro que es el señor Bingley! Desde luego, Jane,
¡eres de lo que no hay! ¡Mira que no decirnos nada! Bueno, en cualquier caso, me alegraré muchísimo de ver al señor Bingley. Aunque, ¡qué mala suerte! Hoy no se puede conseguir pescado. Lydia, tesoro, toca la campanilla. Tengo que hablar inmediatamente con Hill.
—No se trata del señor Bingley —dijo su marido—; es una persona que no he visto en mi vida.
Aquello suscitó el asombro general; y el señor Bennet vio con placer cómo su mujer y sus cinco hijas le asediaban a preguntas.
Después de divertirse un rato a costa de su curiosidad, les explicó lo siguiente:
—Hace aproximadamente un mes recibí esta carta, que contesté hace unos quince días, pues me pareció una cuestión bastante delicada que no debía demorar[*]. El remitente era mi primo, el señor Collins, quien, tras mi muerte, podrá echaros de esta casa en cuanto le venga en gana.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó su mujer—. No soporto que se mencione ese asunto. Te ruego que no me hables de ese hombre tan odioso. No hay nada más cruel en este mundo que privar a unos hijos de una herencia que debería ser suya; si hubiera estado en tu lugar, habría tratado de arreglarlo hace mucho.

Jane y Elizabeth se esforzaron por explicar a su madre la naturaleza de un dominio vinculado. No era la primera vez que lo intentaban, pero, sobre ese particular, la señora Bennet se negaba a entrar en razón; de modo que continuó despotricando contra la crueldad de arrebatar tierras y bienes a una familia de cinco hijas para entregárselas a un hombre que le tenía sin cuidado a todo el mundo.
—Es cierto que es sumamente injusto —dijo el señor Bennet—, y el señor Collins
siempre será culpable por heredar Longbourn. Pero, si escucharas su carta, tal vez te ablandara un poco lo que dice.
—¡Imposible! Además, creo que ha sido muy impertinente al escribirte, y muy hipócrita. Detesto a esos amigos engañosos. ¿Por qué pretende hacer las paces contigo, en lugar de seguir el ejemplo de su padre?
—Bueno, parece haber tenido algunos escrúpulos filiales, como vas a oír.
Hunsford, cerca de Westerham, Kent
15 de octubre

Querido señor:

Las diferencias entre usted y mi difunto padre me causaron siempre una profunda desazón y, desde que tuve la desgracia de perderlo, he deseado con frecuencia nuestra reconciliación; durante algún tiempo, sin embargo, me detuvieron mis propias dudas, pues temía que resultara poco respetuoso para su memoria que yo estuviera a bien con una persona con la que él siempre quiso estar enemistado.
—¿Lo ves, señora Bennet? —exclamó, interrumpiendo su lectura.
Pero ya he tomado una decisión al respecto, pues, tras recibir las órdenes sagradas en Pascua, he tenido la fortuna y la distinción de verme apadrinado por la excelentísima lady Catherine de Bourgh, viuda de sir Lewis de Bourgh, cuya generosidad y benevolencia la han llevado a adjudicarme la valiosa rectoría de esta parroquia, donde no ahorraré esfuerzos para mostrar mi respeto y agradecimiento a mi benefactora, y estaré siempre dispuesto a celebrar cuantos ritos y ceremonias haya instituido la Iglesia anglicana. Como clérigo, sin embargo, juzgo mi deber promover y mantener la paz, esa bendición divina, entre todas las familias al alcance de mi influencia; considero, por ese motivo, muy encomiable mi actual oferta de hacer las paces, y espero que tenga usted la amabilidad de olvidar mi condición de heredero de Longbourn y no rechace la rama de olivo que le tiendo. No puede sino inquietarme el hecho de ser quien perjudicará a sus encantadoras hijas y, además de pedirle disculpas por ello, le aseguro que haré cuanto esté en mi mano por desagraviarlas; pero ya hablaremos de eso más adelante. Si no tiene inconveniente en recibirme en su casa, tendré el placer de presentarles mis respetos a usted y a su familia el lunes, 18 de noviembre, hacia las cuatro de la tarde, y probablemente abusaré de su hospitalidad hasta el sábado de la semana siguiente, algo que nada me impide hacer, pues lady Catherine está de acuerdo en que me ausente de vez en cuando los domingos, siempre que algún otro clérigo se ocupe de los servicios religiosos del día. Quedo suyo, pues, estimado señor, con mis saludos respetuosos a su esposa e hijas y mis mejores deseos para usted.
Su amigo,
WILLIAM COLLINS

—A las cuatro en punto, por consiguiente, es muy probable que recibamos la visita de este caballero tan conciliador —dijo el señor Bennet, doblando la carta—. A fe mía que parece un joven de lo más serio y educado; y no hay duda de que resultará una amistad muy valiosa, especialmente si lady Catherine se muestra lo bastante indulgente para permitir que vuelva a visitarnos.
—No es ninguna tontería, sin embargo, lo que dice de nuestras hijas; y, si está dispuesto a compensarlas, no seré yo quien lo desanime.
—Aunque sea muy difícil adivinar —señaló Jane— de qué manera pretende desagraviarnos, su deseo es ciertamente encomiable.
Lo que más sorprendió a Elizabeth del señor Collins fue su extraordinaria deferencia con lady Catherine, y su amable propósito de bautizar, casar y enterrar a sus feligreses siempre que fuera necesario.
—Debe de ser un bicho raro —comentó—. No tiene sentido lo que dice. Hay algo muy pomposo en su estilo. Y ¿a qué viene disculparse por ser el heredero de Longbourn? No podría evitarlo aunque quisiera. ¿Cree usted que será un hombre sensato, padre?

—No, querida; la verdad es que no lo creo. Tengo grandes esperanzas de que sea todo lo contrario. Hay una mezcla de servilismo y de engreimiento en su carta que resulta muy prometedora. Estoy impaciente por conocerlo.
—Por lo que concierne a su redacción —dijo Mary—, me parece muy correcta. La idea de la rama de olivo es posible que no sea nueva, pero, en mi opinión, está bien expresada.
Para Catherine y Lydia ni la carta ni su autor tenían el menor interés. Era prácticamente imposible que su primo apareciera con una casaca roja, y hacía varias semanas que no les procuraba placer alguno la compañía de un hombre ataviado de otro color. En cuanto a la señora Bennet, la carta del señor Collins mitigó en gran medida la antipatía que sentía por él, y se dispuso a recibirlo con una presencia de ánimo que asombró a su marido y a sus hijas.
El señor Collins llegó a la hora anunciada, y la familia en pleno le dio la bienvenida. El señor Bennet habló muy poco, pero las damas estaban deseosas de conversar, y el señor Collins no pareció necesitar que nadie le animara ni tener inclinación al silencio. Era un joven alto y corpulento de veinticinco años. Su aspecto era grave y majestuoso, y sus modales humamente afectados. No tardó en felicitar a la señora Bennet por tener unas hijas tan hermosas: había oído elogiar mucho su belleza, pero, en aquella ocasión, la fama no hacía justicia a la realidad; después añadió que estaba seguro de que acabaría viéndolas a todas muy bien casadas. Esta galantería no agradó demasiado a algunas de sus oyentes, pero la señora Bennet, que jamás ponía reparos a ningún cumplido, se apresuró a contestar:
—Es usted muy amable, señor Collins. Ojalá sus palabras resultaran ciertas; de lo contrario, mis hijas se quedarán en la indigencia. Las cosas están tan mal dispuestas…
—¿Alude usted, quizá, a la sujeción de esta casa y sus tierras a determinada sucesión?
—¡Ah, señor Collins! En efecto, en efecto. Ha de reconocer usted que es un asunto penoso para mis pobres hijas. No es mi intención meterme con usted por ello, pues sé que estas cosas dependen del azar. Es imposible saber qué pasará cuando una sucesión se vincula a herederos varones.
—Soy muy sensible, señora Bennet, a las dificultades de mis hermosas primas, y podría hablar largo y tendido sobre el caso, pero no quiero pecar de atrevido ni obrar con precipitación. Con todo, puedo asegurar a sus hijas que he venido dispuesto a admirar sus cualidades. Por el momento, no diré más, pero tal vez cuando nos conozcamos mejor…
El señor Collins vio interrumpidas sus palabras por el anuncio del almuerzo; y las jóvenes se sonrieron unas a otras. No eran el único objeto de interés del invitado. El vestíbulo, el comedor y todo su mobiliario fueron examinados y elogiados; y las alabanzas del clérigo habrían emocionado a la señora Bennet de no haber sido por la humillante suposición de que lo contemplaba todo como su futuro propietario. La comida fue, asimismo, muy ponderada; y el señor Collins quiso saber cuál de sus preciosas primas era la artífice de aquellos manjares. Pero la señora Bennet se apresuró a sacarle de su error, asegurándole con cierta aspereza que la familia tenía una buena cocinera, y sus hijas no tenían nada que hacer entre los fogones. El señor Collins se disculpó por haberla contrariado. Ella le aseguró en un tono más amable que no estaba ofendida, pero él siguió rogando que le perdonara alrededor de un cuarto de hora.



…………………………………..

Pride and Prejudice

Chapter 13

“I hope, my dear,” said Mr. Bennet to his wife, as they were at breakfast the next morning, “that you have ordered a good dinner to-day, because I have reason to expect an addition to our family party.”

“Who do you mean, my dear? I know of nobody that is coming, I am sure, unless Charlotte Lucas should happen to call in—and I hope my dinners are good enough for her. I do not believe she often sees such at home.”

“The person of whom I speak is a gentleman, and a stranger.”

Mrs. Bennet’s eyes sparkled. “A gentleman and a stranger! It is Mr. Bingley, I am sure! Well, I am sure I shall be extremely glad to see Mr. Bingley. But—good Lord! how unlucky! There is not a bit of fish to be got to-day. Lydia, my love, ring the bell—I must speak to Hill this moment.”

“It is not Mr. Bingley,” said her husband; “it is a person whom I never saw in the whole course of my life.”

This roused a general astonishment; and he had the pleasure of being eagerly questioned by his wife and his five daughters at once.

After amusing himself some time with their curiosity, he thus explained:

“About a month ago I received this letter; and about a fortnight ago I answered it, for I thought it a case of some delicacy, and requiring early attention. It is from my cousin, Mr. Collins, who, when I am dead, may turn you all out of this house as soon as he pleases.”

“Oh! my dear,” cried his wife, “I cannot bear to hear that mentioned. Pray do not talk of that odious man. I do think it is the hardest thing in the world, that your estate should be entailed away from your own children; and I am sure, if I had been you, I should have tried long ago to do something or other about it.”

Jane and Elizabeth tried to explain to her the nature of an entail. They had often attempted to do it before, but it was a subject on which Mrs. Bennet was beyond the reach of reason, and she continued to rail bitterly against the cruelty of settling an estate away from a family of five daughters, in favour of a man whom nobody cared anything about.

“It certainly is a most iniquitous affair,” said Mr. Bennet, “and nothing can clear Mr. Collins from the guilt of inheriting Longbourn. But if you will listen to his letter, you may perhaps be a little softened by his manner of expressing himself.”

“No, that I am sure I shall not; and I think it is very impertinent of him to write to you at all, and very hypocritical. I hate such false friends. Why could he not keep on quarreling with you, as his father did before him?”

“Why, indeed; he does seem to have had some filial scruples on that head, as you will hear.”

“Hunsford, near Westerham, Kent, 15th October.

“Dear Sir,—

“The disagreement subsisting between yourself and my late honoured father always gave me much uneasiness, and since I have had the misfortune to lose him, I have frequently wished to heal the breach; but for some time I was kept back by my own doubts, fearing lest it might seem disrespectful to his memory for me to be on good terms with anyone with whom it had always pleased him to be at variance.—’There, Mrs. Bennet.’—My mind, however, is now made up on the subject, for having received ordination at Easter, I have been so fortunate as to be distinguished by the patronage of the Right Honourable Lady Catherine de Bourgh, widow of Sir Lewis de Bourgh, whose bounty and beneficence has preferred me to the valuable rectory of this parish, where it shall be my earnest endeavour to demean myself with grateful respect towards her ladyship, and be ever ready to perform those rites and ceremonies which are instituted by the Church of England. As a clergyman, moreover, I feel it my duty to promote and establish the blessing of peace in all families within the reach of my influence; and on these grounds I flatter myself that my present overtures are highly commendable, and that the circumstance of my being next in the entail of Longbourn estate will be kindly overlooked on your side, and not lead you to reject the offered olive-branch. I cannot be otherwise than concerned at being the means of injuring your amiable daughters, and beg leave to apologise for it, as well as to assure you of my readiness to make them every possible amends—but of this hereafter. If you should have no objection to receive me into your house, I propose myself the satisfaction of waiting on you and your family, Monday, November 18th, by four o’clock, and shall probably trespass on your hospitality till the Saturday se’ennight following, which I can do without any inconvenience, as Lady Catherine is far from objecting to my occasional absence on a Sunday, provided that some other clergyman is engaged to do the duty of the day.—I remain, dear sir, with respectful compliments to your lady and daughters, your well-wisher and friend,

“WILLIAM COLLINS”
“At four o’clock, therefore, we may expect this peace-making gentleman,” said Mr. Bennet, as he folded up the letter. “He seems to be a most conscientious and polite young man, upon my word, and I doubt not will prove a valuable acquaintance, especially if Lady Catherine should be so indulgent as to let him come to us again.”

“There is some sense in what he says about the girls, however, and if he is disposed to make them any amends, I shall not be the person to discourage him.”

“Though it is difficult,” said Jane, “to guess in what way he can mean to make us the atonement he thinks our due, the wish is certainly to his credit.”

Elizabeth was chiefly struck by his extraordinary deference for Lady Catherine, and his kind intention of christening, marrying, and burying his parishioners whenever it were required.

“He must be an oddity, I think,” said she. “I cannot make him out.—There is something very pompous in his style.—And what can he mean by apologising for being next in the entail?—We cannot suppose he would help it if he could.—Could he be a sensible man, sir?”

“No, my dear, I think not. I have great hopes of finding him quite the reverse. There is a mixture of servility and self-importance in his letter, which promises well. I am impatient to see him.”

“In point of composition,” said Mary, “the letter does not seem defective. The idea of the olive-branch perhaps is not wholly new, yet I think it is well expressed.”

To Catherine and Lydia, neither the letter nor its writer were in any degree interesting. It was next to impossible that their cousin should come in a scarlet coat, and it was now some weeks since they had received pleasure from the society of a man in any other colour. As for their mother, Mr. Collins’s letter had done away much of her ill-will, and she was preparing to see him with a degree of composure which astonished her husband and daughters.

Mr. Collins was punctual to his time, and was received with great politeness by the whole family. Mr. Bennet indeed said little; but the ladies were ready enough to talk, and Mr. Collins seemed neither in need of encouragement, nor inclined to be silent himself. He was a tall, heavy-looking young man of five-and-twenty. His air was grave and stately, and his manners were very formal. He had not been long seated before he complimented Mrs. Bennet on having so fine a family of daughters; said he had heard much of their beauty, but that in this instance fame had fallen short of the truth; and added, that he did not doubt her seeing them all in due time disposed of in marriage. This gallantry was not much to the taste of some of his hearers; but Mrs. Bennet, who quarreled with no compliments, answered most readily.

“You are very kind, I am sure; and I wish with all my heart it may prove so, for else they will be destitute enough. Things are settled so oddly.”

“You allude, perhaps, to the entail of this estate.”

“Ah! sir, I do indeed. It is a grievous affair to my poor girls, you must confess. Not that I mean to find fault with you, for such things I know are all chance in this world. There is no knowing how estates will go when once they come to be entailed.”

“I am very sensible, madam, of the hardship to my fair cousins, and could say much on the subject, but that I am cautious of appearing forward and precipitate. But I can assure the young ladies that I come prepared to admire them. At present I will not say more; but, perhaps, when we are better acquainted—”

He was interrupted by a summons to dinner; and the girls smiled on each other. They were not the only objects of Mr. Collins’s admiration. The hall, the dining-room, and all its furniture, were examined and praised; and his commendation of everything would have touched Mrs. Bennet’s heart, but for the mortifying supposition of his viewing it all as his own future property. The dinner too in its turn was highly admired; and he begged to know to which of his fair cousins the excellency of its cooking was owing. But he was set right there by Mrs. Bennet, who assured him with some asperity that they were very well able to keep a good cook, and that her daughters had nothing to do in the kitchen. He begged pardon for having displeased her. In a softened tone she declared herself not at all offended; but he continued to apologise for about a quarter of an hour.

Publicado por Soy el Mal

Soy el Mal, en Inglés : ‘I’m evil.’ Bruja y Sirena de nacimiento; no creo que el dinero o los ricos sean el problema, sólo creo que alguien malo lo es en cualquier nivel social, o sea... soy ambiciosa. Estudiante de lento aprendizaje, poco talentosa y muy optimista, creo que en un nivel altamente tóxico pues sigo intentando aprender algo nuevo cada día. Actualmente interesada en la Literatura, y la Filosofía; aspirante a Estoica, digamos que espero encontrar en lo que aprendo, mi integración a la sociedad como individuo funcional y medianamente confiable. P.D. Me amo muchísimo, no lo dudes. Ajá... narcisista e hija de Seuz. Soy Yediht Cazarín. ¿Y tú?

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