Orgullo y Prejuicio – Capítulo 10. Jane Austen

Día 107.

Post bilingüe.

El día siguiente transcurrió de un modo muy similar. La señora Hurst y la señorita Bingley pasaron varias horas con la enferma, que seguía mejorando, aunque lentamente; y, por la noche, Elizabeth se unió al señor Bingley y sus invitados en el salón. No vio, sin embargo, la mesa de jugar al loo. El señor Darcy escribía una carta y la señorita Bingley, sentada a su lado, observaba los progresos de su misiva y le interrumpía constantemente con algún mensaje para su hermana. El señor Hurst y el señor Bingley estaban enfrascados en el juego de los cientos[*], y la señora Hurst seguía la partida.

Elizabeth sacó sus labores y prestó atención, divertida, a lo que se decían Darcy y su vecina. Los continuos elogios de la dama a la hermosa letra, la escritura rectilínea y la longitud de la carta, así como la total indiferencia con que su interlocutor recibía esas alabanzas, constituían un curioso diálogo que armonizaba muy bien con la opinión que Elizabeth tenía de ambos.

—¡Qué contenta estará la señorita Darcy de recibir una carta así!

Él no contestó.

—Escribe usted increíblemente deprisa.

—Se equivoca. Lo hago más bien despacio.

—¡Cuántas cartas tendrá ocasión de escribir a lo largo de un año! ¡Y también por cuestiones de negocios! ¡A mí me resultaría odioso!

—Es una suerte, entonces, que sea yo quien tiene que escribirlas.

—Por favor, dígale a su hermana que tengo muchas ganas de verla.

—Ya se lo he dicho, a petición suya.

—Me temo que no está satisfecho con su pluma. Déjeme que se la corte y afile. Lo hago de maravilla.

—Se lo agradezco, pero me gusta hacerlo personalmente.

—¿Cómo se las arregla para que sus trazos sean tan uniformes?

Darcy guardó silencio.

—Dígale a su hermana que estoy encantada de saber cuánto ha progresado con el arpa… Y cuéntele, por favor, lo entusiasmada que estoy con su precioso diseño para una mesa, y que me parece infinitamente mejor que el de la señorita Grantley.

—¿Le importaría que dejase todas sus efusiones para la próxima carta? No me queda sitio en ésta para tratarlas como merecen.

—Oh, no se preocupe. La veré en enero. Pero ¿le escribe siempre unas cartas tan largas y tan bonitas, señor Darcy?

—Suelen ser largas; pero, si son bonitas o no, es algo que a mí no me incumbe decir.

—Estoy convencida de que, si una persona escribe cartas largas con facilidad, no puede hacerlo mal.

—¡Menudo cumplido para Darcy, Caroline! —exclamó su hermano—. No puede decirse que escriba con facilidad. Se empeña en buscar palabras de muchas sílabas.

¿No es así, Darcy?

—Mi estilo es muy diferente al tuyo.

—En efecto —dijo la señorita Bingley—. Charles no puede ser más descuidado a la hora de escribir. Se come la mitad de las palabras, y emborrona el resto.

—Mis ideas fluyen con tanta rapidez que no tengo tiempo de expresarlas; de ahí que mis cartas a veces no transmitan nada a mis corresponsales.

—Su humildad, señor Bingley —dijo Elizabeth—, sin duda desarma a sus detractores.

—No hay nada más engañoso —dijo Darcy— que la falsa modestia. Cuando no es despreocupación por las opiniones, es una manera indirecta de pavonearse.

—¿Y a cuál de las dos categorías pertenecería mi reciente despliegue de modestia?

—A la segunda… No negarás que te enorgulleces de tus defectos al escribir, pues los consideras el resultado de un pensamiento rápido y una ejecución descuidada, algo que, si no admirable, te parece al menos interesante. Todo aquel que posee la capacidad de hacer las cosas con rapidez se siente orgulloso de ello, y no suele prestar atención a las imperfecciones de la ejecución. Cuando esta mañana le has dicho a la señora Bennet que, si alguna vez decidías marcharte de Netherfield, lo harías en cinco minutos, lo has hecho como si fuera una especie de panegírico, un cumplido a ti mismo… y, sin embargo, ¿qué puede haber de admirable en una precipitación que dejará a medias cosas muy importantes y no resultará ventajosa en realidad ni para ti ni para nadie?

—¡Esto es demasiado! —exclamó Bingley—. ¡Tener que recordar por la noche todas las tonterías que se han dicho por la mañana! Y, sin embargo, os aseguro que creía a pie juntillas en lo que decía, y lo sigo creyendo ahora. Al menos puedo decir en mi defensa que no me arrogué toda esa superflua precipitación sólo para presumir delante de las damas.

—Supongo que lo creías de veras; pero no estoy del todo convencido de que te marchases con tanta celeridad. Tus actos dependerían del azar, como dependen los de todos los hombres que conozco; y, si al subir a tu caballo un amigo te dijera: «Bingley, convendría que te quedaras hasta la próxima semana», es muy probable que retrasaras la partida. Y no tendría que insistir mucho para que te quedaras un mes.

—Lo único que demuestran sus palabras, señor Darcy —dijo Elizabeth—, es que el señor Bingley fue demasiado duro al hablar de sí mismo. Usted ha sido mucho más generoso con él.

—Le agradezco muchísimo —repuso Bingley— que convierta lo que ha dicho mi amigo en un elogio de mi buen carácter. Pero me temo que no le ha interpretado exactamente como él quería: el señor Darcy tendría mucho mejor opinión de mí si, en esas circunstancias, yo me alejara galopando después de haberme negado rotundamente a quedarme en Netherfield.

—¿Acaso para el señor Darcy el hecho de que usted se empeñara en partir disculparía su precipitación inicial?

—Le aseguro que no sé explicárselo mejor; tendrá que preguntárselo a Darcy.

—Pretende que justifique unas opiniones que usted considera mías, pero que yo no he tenido nunca. Suponiendo, sin embargo, que las cosas fueran como usted dice, ha de recordar, señorita Bennet, que el amigo que hipotéticamente deseaba que Bingley se quedara en casa y retrasara su marcha, lo deseaba porque sí, sin esgrimir ningún argumento.

—Ceder de buena gana, con facilidad, a los intentos de persuasión de un amigo no es ningún mérito para usted.

—Ceder sin convicción no es un cumplido a la inteligencia de nadie.

—Tengo la sensación, señor Darcy, de que usted no concede ningún valor a la influencia de la amistad y del afecto. Cuando apreciamos a alguien, a menudo cedemos gustosamente a sus peticiones sin necesidad de que nos convenza con argumentos. Y no me refiero a un caso como el que acaba de imaginar con el señor Bingley. Tal vez deberíamos esperar a que se dieran las circunstancias antes de discutir la sensatez de su posterior comportamiento. Pero, en las situaciones más corrientes, cuando un amigo le pide a otro que cambie una decisión de poca importancia, ¿le parece mal que éste acceda a su deseo sin escuchar ningún razonamiento?

—¿No sería aconsejable, antes de seguir con este tema, determinar con mayor

precisión el grado de importancia que ha de darse a la petición, así como el grado de intimidad existente entre los dos implicados?

—¡Por supuesto! —exclamó Bingley—. Oigamos todos los detalles, sin olvidar la estatura y el tamaño de ambos; pues eso tendrá más peso del que usted imagina, señorita Bennet. Le aseguro que, si Darcy no fuera tan grande ni tan alto en comparación conmigo, lo trataría con menos deferencia. Confieso que no conozco nada más temible que Darcy en determinadas ocasiones y en determinados lugares; en su casa especialmente, y los domingos por la tarde cuando no tiene nada que hacer.

El señor Darcy sonrió; pero Elizabeth creyó advertir que se había ofendido un poco, por lo que contuvo la risa. A la señorita Bingley le pareció indignante que trataran así a Darcy, y reprochó a su hermano que dijera aquellas tonterías.

—Adivino tus intenciones, Bingley —dijo su amigo—. No te gustan las discusiones, y pretendes zanjar ésta.

—Es muy posible. Las discusiones se parecen demasiado a las peleas. Si la señorita Bennet y tú posponéis ésta hasta que yo salga de la habitación, os lo agradeceré mucho; y entonces podréis decir lo que queráis de mí.

—Lo que nos pide —respondió Elizabeth— no exige ningún sacrificio por mi parte; y al señor Darcy le convendría terminar su carta.

El señor Darcy siguió su consejo y terminó su carta.

Acto seguido rogó a la señorita Bingley y a Elizabeth que le deleitaran con un poco de música. La señorita Bingley se acercó con presteza al piano y, después de pedir cortésmente a Elizabeth que tocara antes que ella, algo que ésta declinó con idéntica cortesía y mayor franqueza, se dispuso a tocar unas piezas.

La señora Hurst empezó a cantar con su hermana, y Elizabeth no pudo sino observar, mientras hojeaba unas partituras que había sobre el piano, la frecuencia con que la mirada del señor Darcy se clavaba en ella. Le costaba creer que un hombre tan distinguido pudiera admirarla; pero le parecía aún más extraño que la contemplara de aquel modo si le desagradaba. Decidió al fin que debía de atraer su atención porque veía en ella algo peor y más reprensible, según su concepto del bien y del mal, que en el resto de los presentes. Aquella suposición no le dolió. El señor Darcy no le agradaba lo suficiente para necesitar su aprobación.

Después de tocar unas canciones italianas[*], la señorita Bingley empezó a interpretar una alegre danza escocesa.

—¿No le apetece aprovechar esta oportunidad de bailar un reel, señorita Bennet?— inquirió el señor Darcy, acercándose a ella.

Elizabeth sonrió, pero no dijo nada. Él repitió la pregunta, extrañado de su silencio.

—Le he oído antes —contestó la joven—; pero tenía que pensar un poco en mi respuesta. Usted deseaba que le dijera «sí» para darse el placer de despreciar mi

afición por un baile tan poco refinado; pero detesto seguir esa clase de juegos, y me gusta privar a las personas de un desdén preconcebido. Por ese motivo, he decidido contestarle que no deseo en absoluto bailar un reel; y ahora puede despreciarme, si se atreve.

—Por supuesto que no me atrevo.

A Elizabeth, que esperaba más bien haberlo ofendido, le sorprendió su galantería. Pero había una mezcla de dulzura e ingenio en las maneras de la joven que hacían muy difícil que molestara a nadie; y Darcy nunca se había sentido tan fascinado por una mujer. Era consciente de que, si la familia de Elizabeth hubiera sido más distinguida, habría corrido cierto peligro de enamorarse de ella.

La señorita Bingley vio, o sospechó, lo suficiente para tener celos; y el deseo de librarse de Elizabeth aumentó sus ansias de ver restablecida a su querida amiga Jane.

Intentó varias veces que Darcy aborreciera a Elizabeth, hablando de la posibilidad de que se casaran y planeando su felicidad después del enlace.

—Espero que, cuando ocurra tan fausto acontecimiento —le dijo al día siguiente, mientras paseaban juntos por el jardín—, dé algunos consejos a su suegra sobre las ventajas de guardar silencio; y, si tiene autoridad, meta en cintura a las hermanas menores para que no persigan a los oficiales. Y, si se me permite mencionar un tema muy delicado, trate de frenar ese algo indescriptible, al borde del engreimiento y de la impertinencia, que posee su dama.

—¿Tiene algo más que proponer para la felicidad de mi hogar?

—¡Desde luego! Cuelgue los retratos del tío y de la tía Philips en la galería de Pemberley, y póngalos junto al de su tío abuelo, el juez. Ya sabe que pertenecen a la misma profesión, aunque sus especialidades sean muy diferentes[*]. En cuanto al retrato de su Elizabeth, será mejor que no lo encargue, pues ¿qué pintor podría hacer justicia a unos ojos tan hermosos?

—No sería nada fácil captar la expresión, pero podrían copiarse el color y la forma, así como sus larguísimas pestañas.

En aquel momento se encontraron con la señora Hurst y con la propia Elizabeth, que venían por otro camino.

—Ignoraba que quisierais pasear —dijo la señorita Bingley con cierta turbación, temiendo que la hubieran oído.

—Has sido odiosa con nosotras —protestó la señora Hurst—, ¡mira que salir sin avisarnos!

Y, tomando el brazo libre del señor Darcy, dejó a Elizabeth sola. En el sendero no cabían más de tres personas. El señor Darcy advirtió su descortesía, y dijo al punto:

—Esta senda es demasiado estrecha para nuestro grupo. Será mejor que vayamos a la avenida.

Pero Elizabeth, que no tenía el menor deseo de seguir con ellos, contestó riendo:

– No, no; quédense ahí, forman ustedes un grupo encantador. Una cuarta figura estropearía lo pintoresco de la escena. Adiós.

Se alejó feliz; y, mientras paseaba, acarició la esperanza de regresar a casa al cabo de uno o dos días. Aquella noche, Jane se sintió lo bastante bien para salir de su habitación un par de horas.

11 de mayo del 2021

…………………………………………

Chapter 10

The day passed much as the day before had done. Mrs. Hurst and Miss Bingley had spent some hours of the morning with the invalid, who continued, though slowly, to mend; and in the evening Elizabeth joined their party in the drawing-room. The loo-table, however, did not appear. Mr. Darcy was writing, and Miss Bingley, seated near him, was watching the progress of his letter and repeatedly calling off his attention by messages to his sister. Mr. Hurst and Mr. Bingley were at piquet, and Mrs. Hurst was observing their game.

Elizabeth took up some needlework, and was sufficiently amused in attending to what passed between Darcy and his companion. The perpetual commendations of the lady, either on his handwriting, or on the evenness of his lines, or on the length of his letter, with the perfect unconcern with which her praises were received, formed a curious dialogue, and was exactly in union with her opinion of each.

«How delighted Miss Darcy will be to receive such a letter!»

He made no answer.

«You write uncommonly fast.»

«You are mistaken. I write rather slowly.”

“How many letters you must have occasion to write in the course of a year! Letters of business, too! How odious I should think them!»

«It is fortunate, then, that they fall to my lot instead of yours.»

«Pray tell your sister that I long to see her.»

«I have already told her so once, by your desire.»

«I am afraid you do not like your pen. Let me mend it for you. I mend pens remarkably well.»

«Thank you—but I always mend my own.»

«How can you contrive to write so even?”

He was silent.

«Tell your sister I am delighted to hear of her improvement on the harp; and pray let her know that I am quite in raptures with her beautiful little design for a table, and I think it infinitely superior to Miss Grantley’s.»

«Will you give me leave to defer your raptures till I write again? At present I have not room to do them justice.»

«Oh! it is of no consequence. I shall see her in January. But do you always write such charming long letters to her, Mr. Darcy?»

«They are generally long; but whether always charming it is not for me to determine.”

“It is a rule with me, that a person who can write a long letter with ease, cannot write ill.»

«That will not do for a compliment to Darcy, Caroline,» cried her brother, «because he does not write with ease. He studies too much for words of four syllables. Do not you, Darcy?»

«My style of writing is very different from yours.»

«Oh!» cried Miss Bingley, «Charles writes in the most careless way imaginable. He leaves out half his words, and blots the rest.»

«My ideas flow so rapidly that I have not time to express them—by which means my letters sometimes convey no ideas at all to my correspondents.”

“Your humility, Mr. Bingley,» said Elizabeth, «must disarm reproof.»

«Nothing is more deceitful,» said Darcy, «than the appearance of humility. It is often only carelessness of opinion, and sometimes an indirect boast.»

«And which of the two do you call my little recent piece of modesty?»

«The indirect boast; for you are really proud of your defects in writing, because you consider them as proceeding from a rapidity of thought and carelessness of execution, which, if not estimable, you think at least highly interesting. The power of doing anything with quickness is always prized much by the possessor, and often without any attention to the imperfection of the performance. When you told Mrs. Bennet this morning that if you ever resolved upon quitting Netherfield you should be gone in five minutes, you meant it to be a sort of panegyric, of compliment to yourself—and yet what is there so very laudable in a precipitance which must leave very necessary business undone, and can be of no real advantage to yourself or anyone else?»

«Nay,» cried Bingley, «this is too much, to remember at night all the foolish things that were said in the morning. And yet, upon my honour, I believe what I said of myself to be true, and I believe it at this moment. At least, therefore, I did not assume the character of needless precipitance merely to show off before the ladies.”

“I dare say you believed it; but I am by no means convinced that you would be gone with such celerity. Your conduct would be quite as dependent on chance as that of any man I know; and if, as you were mounting your horse, a friend were to say, ‘Bingley, you had better stay till next week,’ you would probably do it, you would probably not go—and at another word, might stay a month.»

«You have only proved by this,» cried Elizabeth, «that Mr. Bingley did not do justice to his own disposition. You have shown him off now much more than he did himself.»

«I am exceedingly gratified,» said Bingley, «by your converting what my friend says into a compliment on the sweetness of my tem per. But I am afraid you are giving it a turn which that gentleman did by no means intend; for he would certainly think better of me, if under such a circumstance I were to give a flat denial, and ride off as fast as I could.»

«Would Mr. Darcy then consider the rashness of your original intentions as atoned for by your obstinacy in adhering to it?»

«Upon my word, I cannot exactly explain the matter; Darcy must speak for himself.»

«You expect me to account for opinions which you choose to call mine, but which I have never acknowledged. Allowing the case, however, to stand according to your representation, you must remember, Miss Bennet, that the friend who is supposed to desire his return to the house, and the delay of his plan, has merely desired it, asked it without offering one argument in favour of its propriety.»

«To yield readily—easily—to the persuasion of a friend is no merit with you.»

«To yield without conviction is no compliment to the understanding of either.»

«You appear to me, Mr. Darcy, to allow nothing for the influence of friendship and affection. A regard for the requester would often make one readily yield to a request, without waiting for arguments to reason one into it. I am not particularly speaking of such a case as you have supposed about Mr. Bingley. We may as well wait, perhaps, till the circumstance occurs before we discuss the discretion of his behaviour thereupon. But in general and ordinary cases between friend and friend, where one of them is desired by the other to change a resolution of no very great moment, should you think ill of that person for complying with the desire, without waiting to be argued into it?»

«Will it not be advisable, before we proceed on this subject, to arrange with rather more precision the degree of importance which is to appertain to this request, as well as the degree of intimacy subsisting between the parties?»

«By all means,» cried Bingley; «let us hear all the particulars, not forgetting their comparative height and size; for that will have more weight in the argument, Miss Bennet, than you may be aware of. I assure you, that if Darcy were not such a great tall fellow, in comparison with myself, I should not pay him half so much deference. I declare I do not know a more awful object than Darcy, on particular occasions, and in particular places; at his own house especially, and of a Sunday evening, when he has nothing to do.»

Mr. Darcy smiled; but Elizabeth thought she could perceive that he was rather offended, and therefore checked her laugh. Miss Bingley warmly resented the indignity he had received, in an expostulation with her brother for talking such nonsense.

“I see your design, Bingley,» said his friend. «You dislike an argument, and want to silence this.»

«Perhaps I do. Arguments are too much like disputes. If you and Miss Bennet will defer yours till I am out of the room, I shall be very thankful; and then you may say whatever you like of me.»

«What you ask,» said Elizabeth, «is no sacrifice on my side; and Mr. Darcy had much better finish his letter.»

Mr. Darcy took her advice, and did finish his letter.

When that business was over, he applied to Miss Bingley and Elizabeth for an indulgence of some music. Miss Bingley moved with some alacrity to the pianoforte; and, after a polite request that Elizabeth would lead the way which the other as politely and more earnestly negatived, she seated herself.

Mrs. Hurst sang with her sister, and while they were thus employed, Elizabeth could not help observing, as she turned over some music-books that lay on the instrument, how frequently Mr. Darcy’s eyes were fixed on her. She hardly knew how to suppose that she could be an object of admiration to so great a man; and yet that he should look at her because he disliked her, was still more strange. She could only imagine, however, at last that she drew his notice because there was something more wrong and reprehensible, according to his ideas of right, than in any other person present. The supposition did not pain her. She liked him too little to care for his approbation.

After playing some Italian songs, Miss Bingley varied the charm by a lively Scotch air; and soon afterwards Mr. Darcy, drawing near Elizabeth, said to her:

«Do not you feel a great inclination, Miss Bennet, to seize such an opportunity of dancing a reel?»

She smiled, but made no answer. He repeated the question, with some surprise at her silence.

«Oh!» said she, «I heard you before, but I could not immediately determine what to say in reply. You wanted me, I know, to say ‘Yes,’ that you might have the pleasure of despising my taste; but I always delight in overthrowing

those kind of schemes, and cheating a person of their premeditated contempt. I have, therefore, made up my mind to tell you, that I do not want to dance a reel at all—and now despise me if you dare.»

«Indeed I do not dare.»

Elizabeth, having rather expected to affront him, was amazed at his gallantry; but there was a mixture of sweetness and archness in her manner which made it difficult for her to affront anybody; and Darcy had never been so bewitched by any woman as he was by her. He really believed, that were it not for the inferiority of her connections, he should be in some danger.

Miss Bingley saw, or suspected enough to be jealous; and her great anxiety for the recovery of her dear friend Jane received some assistance from her desire of getting rid of Elizabeth.

She often tried to provoke Darcy into disliking her guest, by talking of their supposed marriage, and planning his happiness in such an alliance.

«I hope,» said she, as they were walking together in the shrubbery the next day, «you will give your mother-in-law a few hints, when this desirable event takes place, as to the advantage of holding her tongue; and if you can compass it, do cure the younger girls of running after officers. And, if I may mention so delicate a subject, endeavour to check that little something, bordering on conceit and impertinence, which your lady possesses.»

«Have you anything else to propose for my domestic felicity?»

«Oh! yes. Do let the portraits of your uncle and aunt Phillips be placed in the gallery at Pemberley. Put them next to your great-uncle the judge. They are in the same profession, you know, only in different lines. As for your Elizabeth’s picture, you must not have it taken, for what painter could do justice to those beautiful eyes?»

«It would not be easy, indeed, to catch their expression, but their colour and shape, and the eyelashes, so remarkably fine, might be copied.»

At that moment they were met from another walk by Mrs.

Hurst and Elizabeth herself.

«I did not know that you intended to walk,» said Miss Bingley, in some confusion, lest they had been overheard.

«You used us abominably ill,» answered Mrs. Hurst, «running away without telling us that you were coming out.»

Then taking the disengaged arm of Mr. Darcy, she left Elizabeth to walk by herself. The path just admitted three. Mr. Darcy felt their rudeness, and immediately said:

«This walk is not wide enough for our party. We had better go into the avenue.»

But Elizabeth, who had not the least inclination to remain with them, laughingly answered:

«No, no; stay where you are. You are charmingly grouped, and appear to uncommon advantage. The picturesque would be spoilt by admitting a fourth. Good-bye.»

She then ran gaily off, rejoicing as she rambled about, in the hope of being at home again in a day or two. Jane was already so much recovered as to intend leaving her room for a couple of hours that evening.

Publicado por Soy el Mal

🌱🧠💜Vegana, bruja lectora y sirena de nacimiento. Poesía, filosofía, dibujo y matemáticas son mis pasatiempos. Soy Yediht Cazarín. ¿Y tú?

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