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Orgullo y Prejuicio (Jane Austen) Capítulo 6

Journaling, day 74.

Bilingual Post.

Las damas de Longbourn no tardaron en presentar sus respetos a las de Netherfield. Y éstas devolvieron la visita tal como estipulaba la etiqueta. Los encantadores modales de la señorita Bennet conquistaron la simpatía de la señora Hurst y de la señorita Bingley; y, aunque la madre les pareció insoportable y las hermanas pequeñas indignas de su trato, hicieron saber a las dos mayores que deseaban cultivar su amistad. Jane recibió esta atención con infinito placer, pero Elizabeth, que seguía percibiendo la altanería de sus nuevas vecinas con todo el mundo, incluida Jane, no las tenía todas consigo; aunque la amabilidad que dispensaban a Jane tuviera su origen, seguramente, en la admiración que ésta inspiraba en su hermano. Cada vez que se encontraban, resultaba evidente que al señor Bingley le gustaba Jane; y para Elizabeth era igualmente ostensible que Jane, cediendo a la predilección que desde el principio había sentido por él, empezaba a enamorarse del señor Bingley. Con todo, le alegraba pensar que nadie se enteraría, ya que en Jane la intensidad de los sentimientos iba unida a un temperamento sereno y alegre que la protegería de las sospechas de los más entrometidos. Le comentó esto a su amiga la señorita Lucas.

—Quizá sea acertado —señaló Charlotte— engañar a la gente en un caso así, pero tanta discreción tiene a veces sus inconvenientes. Si una mujer oculta con tanta habilidad sus sentimientos al destinatario de su cariño, puede perder la oportunidad de asegurarse su amor; ¡qué triste consuelo sería entonces haberlos ocultado a los demás! Hay una parte tan grande de gratitud o vanidad en la mayoría de los afectos que es arriesgado dejarles obrar con independencia. Todos podemos empezar con espontaneidad: una ligera predilección es bastante natural; pero muy pocos tenemos suficiente corazón para enamorarnos de verdad sin que nos den alas. En nueve de cada diez casos, conviene que la mujer muestre más afecto del que siente. Es indudable que a Bingley le gusta tu hermana, pero puede que sus sentimientos no pasen de ahí si Jane no le ayuda un poco.

—Pero ella lo hace, hasta donde se lo permite su naturaleza. Si a mí no se me escapa lo que mi hermana siente por él, muy necio tendría que ser Bingley para no adivinarlo.

—Recuerda, Eliza, que no conoce a tu hermana tan bien como tú.

—Pero, cuando una mujer siente debilidad por un hombre y no hace nada por ocultarlo, tiene que descubrirlo él.

—Quizá, pero sólo si se ven lo suficiente. Y, aunque Bingley y Jane coincidan con frecuencia, nunca pasan mucho tiempo juntos. Además, están siempre rodeados de personas de ambos sexos, así que ¿cómo van a tener largas conversaciones? Jane tendría que aprovechar al máximo todas las medias horas en que pueda monopolizar su atención. Cuando esté segura de haberlo conquistado, tendrá todo el tiempo del mundo para enamorarse.

—Tu plan es bueno —respondió Elizabeth— cuando lo único que se pretende es hacer una buena boda; y, si yo estuviera decidida a pescar un marido rico, o un marido cualquiera, supongo que lo pondría en práctica. Pero ésos no son los sentimientos de Jane; sus actos no son calculados. Todavía no puede siquiera estar segura de la profundidad de su afecto, ni de si éste es razonable. Sólo hace dos semanas que conoce a Bingley. Bailó cuatro piezas con él en Meryton; lo vio una mañana en Netherfield y, desde entonces, ha cenado cuatro veces con él y otros invitados. No creo que eso baste para conocer realmente a nadie.

—Si las cosas fueran como tú dices, no. Si Jane se hubiera limitado a cenar con él, quizá habría descubierto únicamente cómo andaba de apetito; pero recuerda que también han pasado cuatro veladas juntos… y cuatro veladas pueden dar mucho de sí.

—Sí, esas cuatro veladas les han permitido constatar que a los dos les gusta más jugar al vingt-un que al commerce[*]; pero no creo que les hayan servido para descubrir ninguna otra faceta importante de su carácter.

—Bueno —dijo Charlotte—, deseo de todo corazón que a Jane le vaya bien; y supongo que, si mañana contrajera matrimonio con Bingley, tendría las mismas posibilidades de ser feliz que si pasara un año entero estudiando su naturaleza. La felicidad en el matrimonio es sólo cuestión de suerte. El hecho de que los novios se conozcan bien o sepan que sus temperamentos son afines no asegura en absoluto su felicidad. Los dos acabarán distanciándose lo suficiente para pagar su cuota de sufrimiento; y es mejor saber lo menos posible de los defectos de la persona con quien vas a pasar la vida.

—Me haces reír, Charlotte; pero eso no es cierto, y tú lo sabes. Jamás harías una cosa así.

Ocupada en observar las atenciones que el señor Bingley dispensaba a su hermana, Elizabeth estaba lejos de sospechar que se había convertido en objeto de interés para su amigo. Al verla por primera vez, el señor Darcy se había resistido a admitir que fuera bonita; en el baile la contempló con indiferencia; y, cuando volvieron a verse, se fijó en ella sólo para sacarle defectos. Pero, en cuanto dejó bien claro a sus amigos y a sí mismo que no había un solo rasgo destacable en el rostro de Elizabeth, empezó a comprender que sus hermosos ojos oscuros le daban una maravillosa expresión de inteligencia. A ese hallazgo siguieron otros igualmente incómodos. Aunque su mirada crítica hubiera percibido más de un error de simetría en sus facciones, se vio obligado a reconocer que su figura era esbelta y armoniosa; y, pese a haber afirmado que sus modales no eran el colmo del refinamiento, le cautivaron su naturalidad y buen humor. Ella ignoraba todo eso; para la joven, él no era más que el hombre que se mostraba desagradable en todas partes, y que no la había considerado lo bastante hermosa para sacarla a bailar.

Darcy empezó a querer saber más de ella, y el primer paso que dio para acercarse a Elizabeth fue escuchar sus conversaciones con los demás. Esto no pasó inadvertido a la joven. Se percató en casa de sir William Lucas, donde se había reunido un grupo muy numeroso de vecinos.

—¿Por qué habrá escuchado el señor Darcy mi conversación con el coronel Forster? —preguntó a Charlotte.

—Eso es algo que sólo sabe el señor Darcy.

—Pues, como vuelva a espiarme, pienso reprochárselo. Es un hombre muy sarcástico, y, si no empiezo a mostrarme impertinente con él, no tardará en darme miedo.

Cuando Darcy se acercó poco después, aunque no pareciera tener intención de dirigirse a ellas, la señorita Lucas desafió a su amiga a hablarle del asunto, algo que Elizabeth hizo de inmediato “—Señor Darcy —dijo, volviéndose hacia él—, ¿verdad que me he expresado muy bien cuando hace unos instantes he importunado al coronel Forster para que organizara un baile en Meryton?

—Con mucha contundencia… Pero ése es un tema que apasiona a las mujeres.

—Es usted muy severo con nosotras.

—Pronto será ella la importunada —dijo la señorita Lucas—. Voy a abrir el piano, Eliza; ya sabes lo que te espera.

—¿Sabes que, como amiga, eres muy extraña? ¡Siempre te empeñas en que toque y cante delante de quien sea! Si mi vanidad se inclinara por la música, no tendrías precio, pero, como no es así, preferiría no tener que sentarme al piano ante personas que deben de estar acostumbradas a escuchar a los mejores intérpretes.

Al ver que la señorita Lucas insistía, sin embargo, añadió:

—Muy bien; si no hay otro remedio… —y, muy circunspecta, exclamó mirando al señor Darcy—: Hay un viejo y sabio refrán que aquí todo el mundo conoce, por supuesto: «Reserva el aliento para enfriar tus gachas». Pues yo reservaré el mío para dar calor a mi canción.

Su interpretación fue deliciosa, aunque no tuviera nada de extraordinaria. Después de una canción o dos, y antes de que pudiera satisfacer la petición de algunos invitados de que siguiera cantando, se sentó al piano su hermana Mary, que, al ser la menos agraciada de la familia, trabajaba con ahínco para instruirse y estaba siempre deseosa de lucir sus habilidades.

Mary carecía de talento y de buen gusto para la música; y, aunque la vanidad le hubiera dado perseverancia, ésta iba unida a una pedantería y a un engreimiento que habrían empañado incluso un grado de excelencia superior al suyo. Todo el mundo había disfrutado más escuchando a Elizabeth, mucho más sencilla y natural, aunque no tocara tan bien como su hermana; y Mary, después de un largo concierto, se sintió feliz de arrancar unos aplausos por las danzas escocesas e irlandesas que interpretó a petición de sus dos hermanas menores, que, con algunos de los Lucas y dos o tres oficiales, empezaron a bailar alegremente en un extremo del salón.

El señor Darcy se quedó cerca de ellos en silencio, indignado ante un modo de pasar la velada que excluía toda conversación, y estaba tan enfrascado en sus pensamientos que no reparó en la proximidad de sir William Lucas hasta que éste empezó a decir:

—¡Qué diversión tan encantadora para los jóvenes, señor Darcy! No hay nada como el baile, después de todo. En mi opinión, es uno de los mayores refinamientos de las sociedades cultivadas.

—En efecto, sir William; y además tiene la ventaja de estar de moda entre las sociedades menos cultivadas. Todos los salvajes bailan.

Su anfitrión se limitó a sonreír.

—Su amigo baila de maravilla —comentó tras unos instantes de silencio, al ver que Bingley se unía al grupo—; y seguro que usted, señor Darcy, es un maestro en ese arte.

—Supongo, sir William, que me vio bailar en Meryton.

—Así es, y me causó un gran placer. ¿Baila usted a menudo en el palacio de St. James?

—Jamás.

—¿No cree que es algo de rigor en ese lugar?

—Yo no lo haría en ninguna parte si pudiera evitarlo.

—Deduzco que tiene usted una casa en la ciudad…

El señor Darcy asintió con la cabeza.

—Hubo un tiempo en que se me pasó por la cabeza fijar mi residencia en Londres, porque me gusta codearme con la mejor sociedad; pero pensé que el aire de Londres no le sentaría bien a lady Lucas.

Sir William hizo una pausa con la esperanza de que Darcy le respondiera, pero éste no pareció dispuesto a hacerlo; y, al ver que Elizabeth se acercaba, exclamó con galantería:

—Mi querida señorita Eliza, ¿por qué no baila? Señor Darcy, permítame que le presente a esta joven como una extraordinaria pareja de baile. Estoy seguro de que no podrá negarse a bailar con esta beldad que tiene delante.

Cogió la mano de Elizabeth y, cuando se disponía a entregársela al señor Darcy

—que, a pesar de su sorpresa, la habría aceptado—, la joven retrocedió y dijo a Sir William con cierta turbación:

—Lo cierto es que no tengo la menor intención de bailar. No piense que he venido hasta aquí en busca de pareja, se lo ruego.

El señor Darcy, con suma corrección, pidió que le concediera el honor de bailar con él; pero fue inútil. Elizabeth se aferró a su decisión; y los esfuerzos por convencerla de Sir William tampoco surtieron ningún efecto.

—Baila usted tan bien, señorita Eliza, que es una crueldad negarme el placer de contemplarla; y, aunque a este caballero no le gusten las diversiones, estoy seguro de que no se opondrá a concedernos media hora de su tiempo.

—El señor Darcy es un modelo de cortesía —dijo Elizabeth, sonriendo.

—Lo es, no cabe duda… aunque teniendo en cuenta los alicientes, mi querida señorita Elizabeth, no podemos sorprendernos de su amabilidad. Pues ¿quién pondría reparos a una pareja así?

Elizabeth les miró divertida antes de alejarse. Su negativa no disgustó al señor Darcy, que seguía pensando en ella con agrado cuando la señorita Bingley se dirigió a él.

—Adivino el objeto de sus ensoñaciones.

—No lo creo.

—Está pensando en lo insoportable que sería pasar muchas veladas así… en semejante compañía. Y desde luego comparto su opinión. ¡Jamás me había aburrido tanto! Tanta insipidez y tanto ruido; y toda esta gente insignificante dándose importancia… ¡Daría cualquier cosa por saber lo que piensa de ellos!

—Sus conjeturas son totalmente erróneas, se lo aseguro. Pensaba en cosas mucho más agradables. He estado meditando sobre el enorme placer que pueden proporcionar unos ojos hermosos en el rostro de una mujer bonita.

La señorita Bingley clavó su mirada en él, y quiso saber qué dama le inspiraba tales reflexiones.

—La señorita Elizabeth Bennet —respondió intrépidamente el señor Darcy.

—¡La señorita Elizabeth Bennet! —repitió la señorita Bingley—. No puedo creérmelo. ¿Desde cuándo se ha convertido en el objeto de sus desvelos? Y, dígame, ¿cuándo podré darle la enhorabuena?

—Ésa es exactamente la pregunta que esperaba de usted. La imaginación de las damas es vertiginosa; en unos segundos pasa de la admiración al amor, y del amor al matrimonio. Estaba seguro de que me daría la enhorabuena.

—Habla usted con tanta seriedad del asunto que lo daré por zanjado. Tendrá una suegra realmente encantadora… y, cómo no, estará siempre en Pemberley con ustedes.

Darcy la escuchó imperturbable mientras ella se explayaba; y, como su flema la convenció de que no existia ningun peligro, la señorita Bingley siguió derrochando ingenio un largo rato.

………………………………………

Pride and Prejudice

Chapter 6

The ladies of Longbourn soon waited on those of Netherfield. The visit was soon returned in due form. Miss Bennet’s pleasing manners grew on the goodwill of Mrs. Hurst and Miss Bingley; and though the mother was found to be intolerable, and the younger sisters not worth speaking to, a wish of being better acquainted with them was expressed towards the two eldest. By Jane, this attention was received with the greatest pleasure, but Elizabeth still saw superciliousness in their treatment of everybody, hardly excepting even her sister, and could not like them; though their kindness to Jane, such as it was, had a value as arising in all probability from the influence of their brother’s admiration. It was generally evident whenever they met, that he did admire her and to her it was equally evident that Jane was yielding to the preference which she had begun to entertain for him from the first, and was in a way to be very much in love; but she considered with pleasure that it was not likely to be discovered by the world in general, since Jane united, with great strength of feeling, a composure of temper and a uniform cheerfulness of manner which would guard her from the suspicions of the impertinent. She mentioned this to her friend Miss Lucas.

«It may perhaps be pleasant,» replied Charlotte, “to be able to impose on the public in such a case; but it is sometimes a disadvantage to be so very guarded. If a woman conceals her affection with the same skill from the object of it, she may lose the opportunity of fixing him; and it will then be but poor consolation to believe the world equally in the dark. There is so much of gratitude or vanity in almost every attachment, that it is not safe to leave any to itself. We can all begin freely—a slight preference is natural enough; but there are very few of us who have heart enough to be really in love without encouragement. In nine cases out of ten a women had better show more affection than she feels. Bingley likes your sister undoubtedly; but he may never do more than like her, if she does not help him on.

“But she does help him on, as much as her nature will allow. If I can perceive her regard for him, he must be a simpleton, indeed, not to discover it too.»

«Remember, Eliza, that he does not know Jane’s disposition as you do.»

«But if a woman is partial to a man, and does not endeavour to conceal it, he must find it out.»

«Perhaps he must, if he sees enough of her. But, though Bingley and Jane meet tolerably often, it is never for many hours together; and, as they always see each other in large mixed parties, it is impossible that every moment should be employed in conversing together. Jane should therefore make the most of every half-hour in which she can command his attention. When she is secure of him, there will be more leisure for falling in love as much as she chooses.»

«Your plan is a good one,» replied Elizabeth, «where nothing is in question but the desire of being well married, and if I were determined to get a rich husband, or any husband, I dare say I should adopt it. But these are not Jane’s feelings; she is not acting by design. As yet, she cannot even be certain of the degree of her own regard nor of its reasonableness. She has known him only a fortnight. She danced four dances with him at Meryton; she saw him one morning at his own house, and has since dined with him in company four times. This is not quite enough to make her understand his character.»

«Not as you represent it. Had she merely dined with him, she might only have discovered whether he had a good appetite; but you must remember that four evenings have also been spent together—and four evenings may do a great deal.»

«Yes; these four evenings have enabled them to ascertain that they both like Vingt-un better than Commerce; but with respect to any other leading characteristic, I do not imagine that much has been unfolded.»

«Well,» said Charlotte, «I wish Jane success with all my heart; and if she were married to him to-morrow, I should think she had as good a chance of happiness as if she were to be studying his character for a twelvemonth. Happiness in marriage is entirely a matter of chance. If the dispositions of the parties are ever so well known to each other or ever so similar beforehand, it does not advance their felicity in the least. They always continue to grow sufficiently unlike afterwards to have their share of vexation; and it is better to know as little as possible of the defects of the person with whom you are to pass your life.»

«You make me laugh, Charlotte; but it is not sound. You know it is not sound, and that you would never act in this way yourself.»

Occupied in observing Mr. Bingley’s attentions to her sister, Elizabeth was far from suspecting

that she was herself becoming an object of some interest in the eyes of his friend. Mr. Darcy had at first scarcely allowed her to be pretty; he had looked at her without admiration at the ball; and when they next met, he looked at her only to criticise. But no sooner had he made it clear to himself and his friends that she hardly had a good feature in her face, than he began to find it was rendered uncommonly intelligent by the beautiful expression of her dark eyes. To this discovery succeeded some others equally mortifying. Though he had detected with a critical eye more than one failure of perfect symmetry in her form, he was forced to acknowledge her figure to be light and pleasing; and in spite of his asserting that her manners were not those of the fashionable world, he was caught by their easy playfulness. Of this she was perfectly unaware; to her he was only the man who made himself agreeable nowhere, and who had not thought her handsome enough to dance with.

He began to wish to know more of her, and as a step towards conversing with her himself, attended to her conversation with others. His doing so drew her notice. It was at Sir William Lucas’s, where a large party were assembled.

«What does Mr. Darcy mean,» said she to Charlotte, «by listening to my conversation with Colonel Forster?»

«That is a question which Mr. Darcy only can answer.”

But if he does it any more I shall certainly let him know that I see what he is about. He has a very satirical eye, and if I do not begin by being impertinent myself, I shall soon grow afraid of him.»

On his approaching them soon afterwards, though without seeming to have any intention of speaking, Miss Lucas defied her friend to mention such a subject to him; which immediately provoking Elizabeth to do it, she turned to him and said:

«Did you not think, Mr. Darcy, that I expressed myself uncommonly well just now, when I was teasing Colonel Forster to give us a ball at Meryton?»

«With great energy; but it is always a subject which makes a lady energetic.»

«You are severe on us.»

«It will be her turn soon to be teased,» said Miss Lucas. «I am going to open the instrument, Eliza, and you know what follows.»

«You are a very strange creature by way of a friend!—always wanting me to play and sing before anybody and everybody! If my vanity had taken a musical turn, you would have been invaluable; but as it is, I would really rather not sit down before those who must be in the habit of hearing the very best performers.» On Miss Lucas’s persevering, however, she added, «Very well, if it must be so, it must.» And gravely glancing at Mr. Darcy, «There is a fine old saying, which everybody here is of course familiar with: ‘Keep your breath to cool your porridge’; and I shall keep mine to swell my song.»

Her performance was pleasing, though by no means capital. After a song or two, and before she could reply to the entreaties of several that she would sing again, she was eagerly succeeded at the instrument by her sister Mary, who having, in consequence of being the only plain one in the family, worked hard for knowledge and accomplishments, was always impatient for display.

Mary had neither genius nor taste; and though vanity had given her application, it had given her likewise a pedantic air and conceited manner, which would have injured a higher degree of excellence than she had reached. Elizabeth, easy and unaffected, had been listened to with much more pleasure, though not playing half so well; and Mary, at the end of a long concerto, was glad to purchase praise and gratitude by Scotch and Irish airs, at the request of her younger sisters, who, with some of the Lucases, and two or three officers, joined eagerly in dancing at one end of the room.

Mr. Darcy stood near them in silent indignation at such a mode of passing the evening, to the exclusion of all conversation, and was too much engrossed by his thoughts to perceive that Sir William Lucas was his neighbour, till Sir William thus began:

“What a charming amusement for young people this is, Mr. Darcy! There is nothing like dancing after all. I consider it as one of the first refinements of polished society.»

«Certainly, sir; and it has the advantage also of being in vogue amongst the less polished societies of the world. Every savage can dance.»

Sir William only smiled. «Your friend performs delightfully,» he continued after a pause, on seeing Bingley join the group; «and I doubt not that you are an adept in the science yourself, Mr. Darcy.»

«You saw me dance at Meryton, I believe, sir.”

“Yes, indeed, and received no inconsiderable pleasure from the sight. Do you often dance at St. James’s?»

«Never, sir.»

«Do you not think it would be a proper compliment to the place?»

«It is a compliment which I never pay to any place if I can avoid it.»

«You have a house in town, I conclude?»

Mr. Darcy bowed.

«I had once had some thought of fixing in town myself—for I am fond of superior society; but I did not feel quite certain that the air of London would agree with Lady Lucas.”

He paused in hopes of an answer; but his companion was not disposed to make any; and Elizabeth at that instant moving towards them, he was struck with the action of doing a very gallant thing, and called out to her:

«My dear Miss Eliza, why are you not dancing? Mr. Darcy, you must allow me to present this young lady to you as a very desirable partner. You cannot refuse to dance, I am sure when so much beauty is before you.» And, taking her hand, he would have given it to Mr. Darcy who, though extremely surprised, was not unwilling to receive it, when she instantly drew back, and said with some discomposure to Sir William:

“Indeed, sir, I have not the least intention of dancing. I entreat you not to suppose that I moved this way in order to beg for a partner.»

Mr. Darcy, with grave propriety, requested to be allowed the honour of her hand, but in vain. Elizabeth was determined; nor did Sir William at all shake her purpose by his attempt at persuasion.

«You excel so much in the dance, Miss Eliza, that it is cruel to deny me the happiness of seeing you; and though this gentleman dislikes the amusement in general, he can have no objection, I am sure, to oblige us for one half-hour.»

«Mr. Darcy is all politeness,» said Elizabeth, smiling.

“He is, indeed; but, considering the inducement, my dear Miss Eliza, we cannot wonder at his complaisance—for who would object to such a partner?»

Elizabeth looked archly, and turned away. Her resistance had not injured her with the gentleman, and he was thinking of her with some complacency, when thus accosted by Miss Bingley:

«I can guess the subject of your reverie.»

«I should imagine not.»

«You are considering how insupportable it would be to pass many evenings in this manner—in such society; and indeed I am quite of your opinion. I was never more annoyed! The insipidity, and yet the noise—the nothingness, and yet the self-importance of all those people! What would I give to hear your strictures on them!»

«Your conjecture is totally wrong, I assure you. My mind was more agreeably engaged. I have been meditating on the very great pleasure which a pair of fine eyes in the face of a pretty woman can bestow.»

Miss Bingley immediately fixed her eyes on his face, and desired he would tell her what lady had the credit of inspiring such reflections. Mr. Darcy replied with great intrepidity:

«Miss Elizabeth Bennet.»

«Miss Elizabeth Bennet!» repeated Miss Bingley. «I am all astonishment. How long has she been such a favourite?—and pray, when am I to wish you joy?»

«That is exactly the question which I expected you to ask. A lady’s imagination is very rapid; it jumps from admiration to love, from love to matrimony, in a moment. I knew you would be wishing me joy.»

«Nay, if you are serious about it, I shall consider the matter is absolutely settled. You will be having a charming mother-in-law, indeed; and, of course, she will always be at Pemberley with you.»

He listened to her with perfect indifference while she chose to entertain herself in this manner; and as his composure convinced her that all was safe, her wit flowed long.

Publicado por Soy el Mal

🌱🧠💜Vegana, bruja lectora y sirena de nacimiento. Poesía, filosofía, dibujo y matemáticas son mis pasatiempos. Soy Yediht Cazarín. ¿Y tú?

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