Orgullo y Prejuicio (Jane Austen) – Capítulo 4

Journaling, day 62.

Bilingual Post.

Capítulo Cuatro

Cuando Jane y Elizabeth se quedaron a solas, la primera, que hasta entonces había medido sus palabras de elogio al señor Bingley, comentó a su hermana lo mucho que le agradaba.

—Es exactamente como debe ser un joven —dijo—: sensato, alegre, afable; y ¡nunca he visto unos modales más impecables! Se comporta con tanta naturalidad, y su educación es tan exquisita…

—Y además es muy apuesto —exclamó Elizabeth—, algo que debería ser todo joven que se precie. Parece un dechado de perfecciones.

—Me sentí tan halagada cuando me sacó a bailar por segunda vez… No esperaba semejante cumplido.

—¿De veras? Pues a mí no me extrañó nada. Pero ésa es una gran diferencia entre nosotras. A ti los cumplidos te sorprenden siempre; a mí, nunca. Que te sacara a bailar es lo más normal del mundo. ¿Cómo no iba a darse cuenta de que eras cinco veces más hermosa que las demás jóvenes? No le agradezcas esa galantería. Bueno, la verdad es que es muy simpático y te doy permiso para que te guste. De hecho, te han gustado personas peores.

—¡Mi querida Lizzy!

—Tienes una gran tendencia a que te guste la gente, ya lo sabes. Nunca ves defectos en nadie. Para ti todo el mundo es bondadoso y amable. En mi vida te he oído criticar a un ser humano.

—No quisiera precipitarme a la hora de censurar a alguien; pero siempre digo lo que pienso.

—Lo sé; y eso es lo que me maravilla. Que, a pesar de tu buen juicio, no veas las locuras y necedades de los demás. Hacerse el ingenuo es muy normal; lo vemos por todas partes. Pero ser ingenuo sin ostentación ni segundas intenciones, fijarse en lo bueno de cada uno, mejorarlo incluso y no decir nada de lo malo… es algo muy propio de ti. Así que supongo que también te gustan las hermanas del señor Bingley, ¿no? Aunque sus modales no sean tan buenos como los de él…

—No, desde luego que no; al menos, al principio. Pero son muy simpáticas cuando hablas con ellas. La señorita Bingley va a vivir con su hermano y se ocupará del gobierno de la casa; y no creo equivocarme al decir que será una vecina encantadora.

Elizabeth la escuchaba en silencio, pero no estaba nada convencida; el comportamiento de las dos damas en el baile había sido, en general, bastante displicente. Más perspicaz y menos dúctil que su hermana, y capaz de analizar aquel asunto con mayor frialdad, puesto que no habían sido nada amables con ella, se sentía muy poco dispuesta a darles su aprobación. Es cierto que eran unas jóvenes muy distinguidas, que no les faltaba buen humor cuando estaban contentas, y que podían ser agradables si querían; pero eran orgullosas y engreídas.

Eran bastante bien parecidas, se habían educado en uno de los internados femeninos más exclusivos de Londres, tenían una fortuna de veinte mil libras, estaban acostumbradas a gastar más de lo que debían y se codeaban con la flor y nata de la sociedad; en consecuencia, se mirara como se mirara, estaban en su derecho a tener mejor opinión de sí mismas “que de los demás. Eran de una familia respetable del norte de Inglaterra; una circunstancia mucho más grabada en su memoria que el hecho de que el origen de su fortuna y la de su hermano estuviera en el comercio[*].

El señor Bingley heredó cerca de cien mil libras esterlinas[*] de su padre, que murió antes de comprar una mansión en el campo como era su idea. El señor Bingley tenía la misma intención, y más de una vez se decidió por un condado; pero, como ahora disponía de una magnífica casa y del derecho a cazar en las tierras que la rodeaban, muchos de los que conocían su buen carácter pensaban que tal vez pasara el resto de sus días en Netherfield y dejara para la siguiente generación la compra de unas tierras.

Sus hermanas ardían en deseos de que ya las tuviera, pero, aunque por el momento no fuera más que un arrendatario, ni la señorita Bingley se mostraba reacia a presidir su mesa, ni la señora Hurst, casada con un hombre más distinguido que acaudalado, tenía el menor inconveniente en considerar Netherfield su hogar siempre que le venía en gana. Apenas hacía dos años que el señor Bingley había alcanzado la mayoría de edad[**] cuando, de manera casual, le recomendaron que visitara Netherfield House. Vio la mansión por dentro y por fuera durante media hora, le gustó su emplazamiento, así como las habitaciones principales, y le complacieron las alabanzas que el propietario dedicó a la casa, así que la arrendó de inmediato.

Entre Darcy y él existía una firme amistad, a pesar de lo dispares que eran sus caracteres. Darcy se había encariñado con Bingley por su simpatía, franqueza y ductilidad, aunque fuera difícil imaginar un temperamento más opuesto al suyo y él pareciera satisfecho con su forma de ser. Bingley estaba seguro de lo mucho que le apreciaba su amigo, y admiraba su buen juicio. Darcy era el más inteligente de los dos. No es que Bingley fuera torpe en absoluto, pero Darcy era un hombre brillante. También era altanero, reservado y exigente, y sus modales, aunque corteses, distantes y fríos. En ese aspecto, su amigo era muy superior. Bingley tenía la certeza de caer bien allí donde aparecía, Darcy se las arreglaba siempre para hacer algún desaire.

Los comentarios de ambos sobre el baile de Meryton fueron un fiel reflejo de sus caracteres. Bingley nunca había visto a unas personas más encantadoras ni a unas jóvenes más bonitas; todo el mundo había sido muy amable y atento con él, no había habido formalidad ni envaramiento, y en seguida tuvo la impresión de conocer a todos los presentes. En cuanto a la señorita Bennet[*], era incapaz de imaginar un ángel más hermoso. Darcy, por el contrario, había visto a una colección de personas de escaso atractivo y ninguna elegancia, que no lograron despertar su interés, ni se mostraron atentos o complacientes con él. Admitió que la señorita Bennet era muy hermosa, pero la joven sonreía demasiado.

La señora Hurst y su hermana estuvieron de acuerdo con él en este último punto, pero reconocieron, asimismo, que les gustaba, y que era una muchacha adorable a la que no tendrían inconveniente en tratar. La señorita Bennet fue calificada de adorable, lo que autorizó al señor Bingley a pensar en ella con entera libertad.

……………………………………………..

Pride and Prejudice

Chapter 4

When Jane and Elizabeth were alone, the former, who had been cautious in her praise of Mr. Bingley before, expressed to her sister just how very much she admired him.

«He is just what a young man ought to be,» said she, «sensible, good-humoured, lively; and I never saw such happy manners!—so much ease, with such perfect good breeding!»

«He is also handsome,» replied Elizabeth, «which a young man ought likewise to be, if he possibly can. His character is thereby complete.

“I was very much flattered by his asking me to dance a second time. I did not expect such a compliment.»

«Did not you? I did for you. But that is one great difference between us. Compliments always take you by surprise, and me never. What could be more natural than his asking you again? He could not help seeing that you were about five times as pretty as every other woman in the room. No thanks to his gallantry for that. Well, he certainly is very agreeable, and I give you leave to like him. You have liked many a stupider person.»

«Dear Lizzy!»

«Oh! you are a great deal too apt, you know, to like people in general. You never see a fault in

anybody. All the world are good and agreeable in your eyes. I never heard you speak ill of a human being in your life.»

«I would not wish to be hasty in censuring anyone; but I always speak what I think.»

«I know you do; and it is that which makes the wonder. With your good sense, to be so honestly blind to the follies and nonsense of others! Affectation of candour is common enough—one meets with it everywhere. But to be candid without ostentation or design—to take the good of everybody’s character and make it still better, and say nothing of the bad—belongs to you alone. And so you like this man’s sisters, too, do you? Their manners are not equal to his. “Certainly not—at first. But they are very pleasing women when you converse with them. Miss Bingley is to live with her brother, and keep his house; and I am much mistaken if we shall not find a very charming neighbour in her.»

Elizabeth listened in silence, but was not convinced; their behaviour at the assembly had not been calculated to please in general; and with more quickness of observation and less pliancy of temper than her sister, and with a judgement too unassailed by any attention to herself, she was very little disposed to approve them. They were in fact very fine ladies; not deficient in good humour when they were pleased, nor in the power of making themselves agreeable when they chose it, but proud and conceited. They were rather handsome, had been educated in one of the first private seminaries in town, had a fortune of twenty thousand pounds, were in the habit of spending more than they ought, and of associating with people of rank, and were therefore in every respect entitled to think well of themselves, and meanly of others. They were of a respectable family in the north of England; a circumstance more deeply impressed on their memories than that their brother’s fortune and their own had been acquired by trade.

Mr. Bingley inherited property to the amount of nearly a hundred thousand pounds from his father, who had intended to purchase an estate, but did not live to do it. Mr. Bingley intended it like wise, and sometimes made choice of his county; but as he was now provided with a good house and the liberty of a manor, it was doubtful to many of those who best knew the easiness of his temper, whether he might not spend the remainder of his days at Netherfield, and leave the next generation to purchase.

His sisters were anxious for his having an estate of his own; but, though he was now only established as a tenant, Miss Bingley was by no means unwilling to preside at his table—nor was Mrs. Hurst, who had married a man of more fashion than fortune, less disposed to consider his house as her home when it suited her. Mr. Bingley had not been of age two years, when he was tempted by an accidental recommendation to look at Netherfield House. He did look at it, and into it for half-an-hour—was pleased with the situation and the principal rooms, satisfied with what the owner said in its praise, and took it immediately.

Between him and Darcy there was a very steady friendship, in spite of great opposition of character. Bingley was endeared to Darcy by the easiness, openness, and ductility of his temper, though no disposition could offer a greater contrast to his own, and though with his own he never appeared dissatisfied. On the strength of Darcy’s regard, Bingley had the firmest reliance, and of his judgement the highest opinion. In understanding, Darcy was the superior. Bingley was by no means deficient, but Darcy was clever. He was at the same time haughty, reserved, and fastidious, and his manners, though well-bred, were not inviting. In that respect his friend had greatly the advantage. Bingley was sure of being liked wherever he appeared, Darcy was continually giving offense.

The manner in which they spoke of the Meryton assembly was sufficiently characteristic. Bingley had never met with more pleasant people or prettier girls in his life; everybody had been most kind and attentive to him; there had been no formality, no stiffness; he had soon felt acquainted with all the room; and, as to Miss Bennet, he could not conceive an angel more beautiful. Darcy, on the contrary, had seen a collection of people in whom there was little beauty and no fashion, for none of whom he had felt the smallest interest, and from none received either attention or pleasure. Miss Bennet he acknowledged to be pretty, but she smiled too much.

Mrs. Hurst and her sister allowed it to be so—but still they admired her and liked her, and pronounced her to be a sweet girl, and one whom they would not object to know more of. Miss Bennet was therefore established as a sweet girl, and their brother felt authorized by such commendation to think of her as he chose.

Publicado por Soy el Mal

🌱🧠💜Vegana, bruja lectora y sirena de nacimiento. Poesía, filosofía, dibujo y matemáticas son mis pasatiempos. Soy Yediht Cazarín. ¿Y tú?

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Comenzar
A %d blogueros les gusta esto: