Orgullo y Prejuicio. Capítulo 2 (Jane Austen)

Journaling, day 30

Bilingual post.

El señor Bennet fue uno de los primeros en presentar sus respetos al señor Bingley. Siempre había tenido ese propósito, aunque hubiera asegurado lo contrario a su mujer hasta el último momento; y ella no se enteró de su visita hasta la velada del día siguiente. El hecho salió a la luz cuando el señor Bennet dijo de pronto a su segunda

hija, al verla adornando un sombrero:

—Espero que al señor Bingley le guste Lizzy.

—¿Cómo vamos a saber lo que le gusta al señor Bingley —exclamó su mujer, con resentimiento— si no pensamos visitarlo?

—Pero, mamá —dijo Elizabeth—, no olvide usted que nos encontraremos con él en bailes y reuniones, y que la señora Long ha prometido presentárnoslo.

—Me extrañaría mucho que lo hiciera. Tiene dos sobrinas casaderas. Es una mujer hipócrita y egoísta, y no creo que sea de fiar.

-Yo tampoco —añadió el señor Bennet—; me alegra ver que no esperas nada de ella.

La señora Bennet no se dignó responder; pero, incapaz de contenerse, empezó a regañar a una de sus hijas.

—¡Deja de toser, Kitty, por lo que más quieras! Ten piedad de mis nervios. Vas a acabar con ellos.

—Kitty debería toser con más juicio —dijo su padre—; nunca sabe hacerlo en el momento oportuno.

—Ni que tosiera por diversión —respondió Kitty, quejumbrosa.

—¿Cuándo es el próximo baile, Lizzy?

—De mañana en quince días.

—En efecto —exclamó su madre—, y la señora Long no volverá hasta la víspera,

así que no podrá presentarnos al señor Bingley porque aún no lo conocerá.

—En ese caso, querida, podrás adelantarte a ella y presentárselo tú.

—Imposible, señor Bennet, imposible, ¿cómo voy a hacerlo si no le conozco? No te burles de mí…

—Tu circunspección me parece encomiable. Es cierto que quince días es muy poco tiempo en una relación. No se puede saber cómo es un hombre en dos semanas. Pero si nosotros no damos el paso, otros lo harán; después de todo, la señora Long y sus sobrinas merecen una oportunidad. A ella le parecerá un acto de cortesía, así que, si te niegas a presentárselo tú, tendré que hacerlo yo.

Las jóvenes clavaron la mirada en su padre. La señora Bennet se limitó a decir:

—¡Menudo disparate!

—¿Y a qué viene esa exclamación tan categórica? —quiso saber su marido—.

¿Acaso te parecen una tontería las fórmulas de presentación y la importancia que se les concede? No puedo coincidir contigo en eso. ¿Qué opinas tú, Mary? Al fin y al cabo, eres una joven amante de la reflexión, que lee libros de lo más voluminosos y copia pasajes para memorizarlos.

Mary quiso decir algo muy sensato, pero no supo cómo.

—Mientras Mary aclara sus ideas —prosiguió él—, volvamos al señor Bingley.

¡Estoy harta del señor Bingley! —protestó su mujer.

—Lamento oír eso; pero ¿por qué no me lo has dicho antes? De haberlo sabido esta mañana, no habría ido a visitarlo. ¡Qué mala suerte! El caso es que, como le he presentado mis respetos, ya no podemos eludir su trato.

Sorprender a las damas era justo lo que pretendía. Es posible que el asombro de la señora Bennet fuera mayor que el de sus hijas, pero, una vez superada la primera explosión de alegría, empezó a decir que era lo que siempre había esperado de su marido.

—Mi querido señor Bennet, ¡qué generoso por tu parte! Aunque sabía que acabaría convenciéndote. Quieres demasiado a tus hijas para descuidar una amistad así. ¡Me siento tan dichosa! ¡Mira que gastarnos la broma de ir a verle por la mañana y no decirnos nada hasta ahora!

—Y ahora, Kitty, puedes toser cuanto quieras —exclamó el señor Bennet; y, mientras decía estas palabras, salió de la estancia, cansado de las muestras de júbilo de su mujer.

—¡Que padre tan maravilloso tenéis, hijas mías! —dijo la señora Bennet en cuanto se hubo cerrado la puerta—. Nunca podréis agradecerle lo amable que es con vosotras; ni a mí tampoco, a decir verdad. A nuestra edad no resulta tan agradable, os lo aseguro, entablar nuevas amistades todos los días; pero haríamos cualquier cosa por vosotras. Lydia, tesoro, aunque seas la más pequeña, no me sorprendería que el señor Bingley te sacara a bailar en la próxima fiesta.

– No crea que me preocupa -exclamó Lydia, con resolución-; aunque sea la menor, soy la más alta de las hermanas.

Pasaron el resto de la velada hacienda conjeturas sabre cuánto tardaría el nuevo vecino en devolver la visita del sefior Bennet, y decidiendo cuándo debían invitarle a cenar.

……………………………………………

Mr. Bennet was among the earliest of those who waited on Mr. Bingley. He had always intended to visit him, though to the last always assuring his wife that he should not go; and till the evening after the visit was paid she had no knowledge of it. It was then disclosed in the following manner. Observing his second daughter employed in trimming a hat, he suddenly addressed her with:

«I hope Mr. Bingley will like it, Lizzy.»

«We are not in a way to know what Mr. Bingley likes,» said her mother resentfully, «since we are not to visit.»

«But you forget, mamma,» said Elizabeth, «that we shall meet him at the assemblies, and that Mrs. Long promised to introduce him.»

«I do not believe Mrs. Long will do any such thing. She has two nieces of her own. She is a selfish, hypocritical woman, and I have no opinion of her.»

«No more have I,» said Mr. Bennet; «and I am glad to find that you do not depend on her serving you.»

Mrs. Bennet deigned not to make any reply, but, unable to contain herself, began scolding one of her daughters.

“Don’t keep coughing so, Kitty, for Heaven’s sake! Have a little compassion on my nerves. You tear them to pieces.»

«Kitty has no discretion in her coughs,» said her father; «she times them ill.»

«I do not cough for my own amusement,» replied Kitty fretfully. «When is your next ball to be, Lizzy?»

«To-morrow fortnight.»

«Aye, so it is,» cried her mother, «and Mrs. Long does not come back till the day before; so it will be impossible for her to introduce him, for she will not know him herself.»

«Then, my dear, you may have the advantage of your friend and introduce Mr. Bingley to her.»

«Impossible, Mr. Bennet, impossible, when I am not acquainted with him myself; how can you be so teasing?»

«I honour your circumspection. A fortnight’s acquaintance is certainly very little. One cannot know what a man really is by the end of a fortnight. But if we do not venture somebody else will; and after all, Mrs. Long and her daughters must stand their chance; and, therefore, as she will think it an act of kindness, if you decline the office, I will take it on myself.»

The girls stared at their father. Mrs. Bennet said only, «Nonsense, nonsense!»

«What can be the meaning of that emphatic exclamation?» cried he. «Do you consider the forms of introduction, and the stress that is laid on them, as nonsense? I cannot quite agree with you there. What say you, Mary? For you are a young lady of deep reflection, I know, and read great books and make extracts.»

Mary wished to say something sensible, but knew not how.

«While Mary is adjusting her ideas,» he continued, «let us return to Mr. Bingley.»

«I am sick of Mr. Bingley,» cried his wife.

«I am sorry to hear that; but why did not you tell me that before? If I had known as much this morning I certainly would not have called on him. It is very unlucky; but as I have actually

paid the visit, we cannot escape the acquaintance now.»

The astonishment of the ladies was just what he wished; that of Mrs. Bennet perhaps surpassing the rest; though, when the first tumult of joy was over, she began to declare that it was what she had expected all the while.

«How good it was in you, my dear Mr. Bennet! But I knew I should persuade you at last. I was sure you loved your girls too well to neglect such an acquaintance. Well, how pleased I am! and it is such a good joke, too, that you should have gone this morning and never said a word about it till now.»

«Now, Kitty, you may cough as much as you choose,» said Mr. Bennet; and, as he spoke, he left the room, fatigued with the raptures of his wife.

«What an excellent father you have, girls!» said she, when the door was shut. «I do not know how you will ever make him amends for his kindness; or me, either, for that matter. At our time of life it is not so pleasant, I can tell you, to be making new acquaintances every day; but for your sakes, we would do anything. Lydia, my love, though you are the youngest, I dare say Mr. Bingley will dance with you at the next ball.»

«Oh!» said Lydia stoutly, «I am not afraid; for though I am the youngest, I’m the tallest.»

The rest of the evening was spent in conjecturing how soon he would return Mr. Bennet’s visit, and determining when they should ask him to dinner.

Publicado por Soy el Mal

🌱🧠💜Vegana, bruja lectora y sirena de nacimiento. Poesía, filosofía, dibujo y matemáticas son mis pasatiempos. Soy Yediht Cazarín. ¿Y tú?

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