Reto superado

Día 167

¡Saludos, demoniuras y preciosuras!

Hoy he logrado terminar exitosamente con mi reto de dibujar diariamente durante treinta y dos días.

¡Me encuentro entusiasmada y orgullosa de lograr un reto!

Sin embargo el verdadero propósito es no abandonar el hábito de dibujar diariamente, así que verán muchos dibujos más y espero sean de alta calidad, ya que dibujar diariamente es el propósito, pero ya no lo es tener un dibujo por día, así que puedo tener resultados más profesionales, dedicándole mayor tiempo a un sólo dibujo.

¡Gracias por leer!

Día 32
Día 31
Día 30
Día 29
Día 28

Reto casi superado

Día 166

¡Saludos, preciosuras y demoniuras!

En este post les comparto los dibujos más recientes y lo contenta que me encuentro de estar a punto de lograr el reto de dibujar por treinta y dos días seguidos. Cabe mencionar que el motivo de este reto es adquirir hábitos en mi vida diaria, y que sean permanentes, pues aunque según algunos estudios uno tarda entre dieciocho y doscientos cincuenta y cuatro días para adquirir un hábito, yo me puse este reto con esa finalidad, la de no dejar de dibujar el resto de mi vida y por supuesto mejorar constantemente.

Cuéntame si tienes algún hábito que desees adquirir y no soltar.

¡Que tengas una excelente semana, gracias por leer!

Día 27
Día 26
Día 25
Día 24
Día 23
Día 22

Axolote mexicano

Día 165

¡Saludos, demoniuras y preciosuras!

El día de hoy además de compartir mi dibujo número veintiuno quise traerles información extra acerca del axolote mexicano ya que me parece interesante. Todo lo que están a punto de leer son datos tomados de la revista National Geographic.

El axolote mexicano o ajolote, es una salamandra con la característica poco habitual de conservar sus rasgos larvales en su vida adulta. Esta condición, que se conoce como neotenia, significa que conserva su aleta dorsal de renacuajo -que recorre casi la totalidad de su cuerpo- y sus branquias externas, que sobresalen de la parte trasera de su ancha cabeza en forma de plumas.

Este singular anfibio se encuentra en peligro crítico de extinción según la lista roja de la Unión Internacional por la Conservación de la Naturaleza, debido a la pérdida de hábitat, la introducción de especies invasoras en su hábitat, la sobreexplotación, la contaminación y su consumo como alimento. El axolote se encuentra únicamente en el complejo lacustre de Xochimilco (pronunciado Sochimilco), cercano a la ciudad de México, y difiere de la mayoría de las salamandras en que vive permanentemente en el agua. En casos extremadamente raros, el axolote madura y sale del agua, pero en la mayoría de los casos prefieren permanecer en el fondo de los lagos y canales de Xochimilco.

El axolote, pariente cercano de la salamandra tigre, puede ser bastante grande y alcanza longitudes de hasta 30 centímetros, aunque su tamaño medio es de 15 cm. El axolote suele ser negro o marrón moteado, aunque también son relativamente comunes las variedades albinas y blancas, especialmente entre especímenes criados en cautividad.

El axolote es longevo, alcanza hasta 15 años de edad alimentándose de moluscos, gusanos, larvas de insectos, crustáceos y algún pez. Esta especie, acostumbrada al papel de predador en su hábitat, ha empezado a padecer la introducción de grandes peces en su hábitat lacustre. Entre las amenazas naturales se cuentan las aves de presa como las garzas. 

Su población está en declive, ya que la demanda de la cercana ciudad de México ha llevado a drenar y contaminar buena parte de las aguas del complejo lacustre de Xochimilco. También es muy común utilizarlo en el comercio de acuarios y el axolote asado se considera un manjar en México, lo que ha llevado a que su número se reduzca aun más.

¡Gracias por leer!

Día 21.
Axolote hecho con el video – tutorial del canal de YouTube JonaRodriguezArt

Acrílicas y acuarelas

Día 164

¡Hola, preciosuras y demoniuras!

Espero estén pasando un hermoso fin de semana, yo estoy a punto de hacer algunas compras navideñas para ya poner el hogar en ambiente.

Pero antes de hacerlo quería compartirles los dos últimos días del reto. Por fin utilicé mis pinturas acrílicas en la pintura de hoy, y repetí la técnica de acuarela y marcadores con la pintura del día de ayer. En ambos días he quedado contenta con los resultados y por animarme a seguir intentando técnicas nuevas.

Ahora sí, los dejo continuar con su día.

Au revoir!

Día 20.
Pintura hecha con las clases del canal de YouTube Elsa Weib/Bekolli
Día 19.
Pintura hecha siguiendo la clase en vivo de RoxanArte

Entre retos y lecturas

Día 163

¡Saludos, demoniuras y preciosuras!

¿Recuerdan que les conté de mi club de lectura El Club de Lilith?

Pues ayer tuvimos nuestro primer LIVE en YouTube y no quería pasar por alto esta oportunidad para que me conozcan un poco más, si gustan. Así que les dejo el link del canal para que vean nuestra Reseña Conjunta del libro del mes de octubre.

https://youtu.be/yJrvz6tSux4

Además de compartirles los últimos dibujos del reto de dibujar diariamente por 32 días.

Que tengan un gran día.

¡Gracias por leer!

Día 18. Mándala hecha con la clase del canal de YouTube Dibujando con Delein.
Día 17. Japanese Koi Fish
I made it followed the video at Tattoodo Channel.
Día 16. Dibujo de ponía hecho con el tutorial del canal de YouTube, The Happy Ever Crafter “How to draw a peony flower.”

Nuevas técnicas – Reto dibujando diariamente

Día 162

Saludos, preciosuras y demoniuras. Aquí sigo compartiendo mis avances en este maravilloso mundo del arte. Con nuevas técnicas como la acuarela en agua, uso de plumones y bolígrafo y un toque de acrílico.

¡Gracias por siempre estar!

Día 15. Dibujo realizado con el tutorial del canal de RoxanArte
Día 14. Dibujo hecho, gracias al tutorial de Tiempo de Arte
Día 13. Dibujo hecho gracias a las clases de Arte Vivo y Divertido

Reto de dibujo diario

Día 161

Hola hermosuras, espero que estos dos últimos meses del año sean muy productivos, gratificantes y llenos de sorpresas. Por favor no olviden que la constancia trae como resultado el éxito. Yo me lo recuerdo a diario, intento con gran esfuerzo y entusiasmo lograr mis metas trazadas.

Todos los dibujos son hechos siguiendo tutoriales en YouTube. Ninguno excepto mi autorretrato, el cual puse en un post anterior, son míos.

¡Éxito en todo!

Día 7. Dibujo hecho siguiendo las clases del canal de YouTube Arte Vivo y Divertido

Día 8. Dibujo hecho siguiendo el tutorial del canal de Kenny Brito

Día 9. Dibujo hecho con las clases del canal Arte Vivo y Divertido
Día 10. Dibujo copiado de un tutorial del canal Arte Vivo y Divertido
Día 11. Dibujo realizado siguiendo las instrucciones en vivo de Roxanarte
Día 12. Marina copiada de un tutorial de Arte Vivo y Divertido

Día 4, 5 y 6 Art Challenge

Día 160

Día 6. Dibujo realizado siguiendo el tutorial del canal de YouTube The Maxi Arte
Día 5. Dibujo copiado del canal de Roxanarte
Día 4. Dibujo copiado del canal de Roxanarte

30 de octubre del 2021

¿Cuál es el rasgo de tu carácter que admiras más? Por favor escribe la respuesta en tu diario.

Yo en estos momento admiro mi perseverancia.

Que tengas un excelente fin de semana.

¡Gracias por leer!

Día 3 Artist Journal – Art challenge

Día 159

Buenas tardes preciosuras y demoniuras.

Como ya han notado, me encuentro en un reto de arte de treinta días, consiste en dibujar diariamente durante ese período. Es una de las actividades que más me apasionan y trasmiten calma a la vez. Puedo enfocarme únicamente en lo que estoy haciendo, y ver el trabajo realizado me provoca una enorme satisfacción. Al finalizar los dibujos mi hijo más pequeño me otorga caritas según le guste o no el dibujo. Imagínense lo feliz que me pone cuando me da tres o cinco caritas.

Dibujo hecho siguiendo el tutorial de Roxanarte

No obstante sigue el reto vigente de postear durante trescientos sesenta y cinco días, es por eso que puedes notar ambos conteos en cada post.

Espero que estén pasando por una etapa productiva y fascinante en sus vidas. No olviden nunca rendirse.

¡Gracias por leer!

Orgullo y Prejuicio – Capítulo 18 – Jane Austen

Día 154

Hasta que entró en el salón de Netherfield y buscó en vano al señor Wickham entre el grupo de casacas rojas allí reunidas, a Elizabeth ni se le pasó por la imaginación que no fuera a estar presente. La seguridad de encontrarse con él no se había visto enturbiada por ningún recuerdo que pudiera, y no sin fundamento, haberla alarmado. Se había vestido con mayor esmero del habitual, y se había preparado, con el mejor de los ánimos, para conquistar la parte aún insumisa del corazón de ese caballero, confiando en que no fuera demasiado grande para dominarla en el curso de la velada. Pero de pronto le asaltó la terrible sospecha de que, para complacer al señor Darcy, Bingley hubiera omitido su nombre en la invitación enviada a los oficiales; y, aunque ése no era exactamente el caso, su amigo, el señor Denny, a quien Lydia se apresuró a recurrir, confirmó el hecho irrefutable de su ausencia, y les explicó que Wickham se había visto obligado a atender unos asuntos en Londres el día anterior y aún no había regresado. Con una sonrisa muy significativa, el oficial añadió:
—Supongo que esos asuntos no le hubieran hecho ausentarse justo ahora si no hubiera querido evitar a cierto caballero aquí presente.
Lydia no alcanzó a oír ese comentario, pero Elizabeth sí, y le confirmó que Darcy era tan responsable de la ausencia de Wickham como había supuesto en un principio; y la antipatía que el primero le inspiraba se agudizó hasta tal punto por la desilusión que acababa de sufrir que apenas pudo contestar con cortesía a las amables preguntas que, instantes después, éste le dirigió. La atención, la tolerancia, la paciencia con Darcy eran un agravio a Wickham. Elizabeth decidió no conversar con él, y se alejó tan irritada que ni siquiera recuperó su buen humor al hablar con el señor Bingley, cuya ciega parcialidad la exasperaba.
Pero Elizabeth tenía demasiado buen carácter; y, aunque se hubieran malogrado sus planes para la velada, su enfado no podía ser duradero; y, después de contarle sus penas a Charlotte Lucas, a quien no había visto en una semana, empezó a hablarle de las peculiaridades de su primo, sobre el que deseaba llamar su atención. Los dos primeros bailes, sin embargo, volvieron a sumirla en la pesadumbre; fueron danzas de mortificación. El señor Collins, torpe y solemne, pidiendo disculpas en vez de prestar atención, moviéndose a destiempo sin darse cuenta, le ocasionó toda la vergüenza y el sufrimiento que una desagradable pareja de baile puede infligir. Cuando consiguió librarse de él, se puso eufórica.
Luego bailó con un oficial, que le brindó el consuelo de hablarle del señor Wickham y de lo mucho que todo el mundo lo apreciaba. Cuando terminaron las dos piezas de rigor, volvió con Charlotte Lucas, y estaba conversando con ella cuando, inesperadamente, el señor Darcy le pidió que fuera su próxima pareja; Elizabeth se quedó tan desconcertada que, sin saber lo que hacía, aceptó. El señor Darcy se alejó de inmediato, y ella se quedó reprochándose su falta de serenidad. Charlotte intentó consolarla.
—Seguro que te parece encantador.
—¡Dios me libre! ¡Sería la mayor de las desgracias! ¡Encontrar encantador a un hombre a quien se ha decidido odiar! No me desees semejante castigo.

Cuando se reanudó la música, sin embargo, y Darcy se acercó a ella, Charlotte le susurró que no cometiera la torpeza de permitir que su debilidad por Wickham la hiciera desagradable a ojos de un hombre diez veces más importante. Elizabeth no contestó, y ocupó su puesto en la pista de baile, asombrada de la dignidad que le otorgaba el hecho de ser pareja del señor Darcy, y percibiendo ese mismo asombro en las miradas de sus vecinos. Bailaron algún tiempo sin decir nada, y Elizabeth empezó a pensar que aquel silencio se prolongaría hasta el final de las dos piezas. Al principio decidió respetarlo, pero de pronto se le ocurrió que no habría peor castigo para el señor Darcy que obligarlo a hablar, e hizo una observación trivial sobre el baile. Él le respondió y volvió a quedarse callado. Después de unos minutos de silencio, Elizabeth se dirigió a él por segunda vez:
—Le toca a usted decir algo, señor Darcy. Yo he hablado del baile, y usted debería hacer algún comentario sobre el tamaño de la sala, o el número de parejas.
Él sonrió, y le aseguró que diría lo que ella quisiera.

—Muy bien. Esta respuesta es suficiente por el momento. Quizá yo diga dentro de poco que los bailes privados son mucho más agradables que los públicos. Pero ahora podemos guardar silencio.
—¿Sigue usted unas normas para hablar mientras baila?
—Algunas veces. Hay que decir algo, ya lo sabe. Sería muy extraño que dos personas pasaran media hora juntas sin despegar los labios; aunque, para contentar a algunos, la conversación debería organizarse de tal modo que apenas tuvieran que decir nada.
—¿Está hablando de sus sentimientos o cree satisfacer los míos?
—Las dos cosas —replicó Elizabeth con picardía—; pues siempre he percibido una gran semejanza entre nuestras formas de ser. Ambos somos poco sociables y taciturnos, y estamos poco dispuestos a hablar a no ser que esperemos decir algo que asombre a todo el mundo y que pase a la posteridad con el lustre de un proverbio.
—No me parece una descripción nada acertada de su carácter —dijo Darcy—. Y hasta qué punto se parece al mío, es algo que no estoy en condiciones de decir. No hay duda de que usted lo considera un fiel retrato.
—No soy la más indicada para juzgarlo.
Él no contestó, y los dos volvieron a guardar silencio hasta que el baile les permitió detenerse de nuevo. Darcy le preguntó entonces si sus hermanas y ella iban a menudo a Meryton. Elizabeth le respondió que sí e, incapaz de resistir la tentación, agregó:
—Cuando nos vio usted allí el otro día, acababan de presentarnos a un oficial.
El efecto fue inmediato. Una expresión de desdén endureció el rostro de Darcy, pero no dijo nada, y Elizabeth, aunque lamentando su debilidad, fue incapaz de seguir.
—El señor Wickham —dijo finalmente el joven, forzado por las circunstancias— tiene tanto encanto que no es raro que haga amigos; lo que no es tan seguro es que sea capaz de conservarlos.
—Ha tenido la desgracia de perder su amistad —repuso Elizabeth, haciendo hincapié en el posesivo—, y de un modo que probablemente le hará sufrir toda la vida.

Darcy no respondió, y pareció deseoso de cambiar de tema. En aquel momento apareció junto a ellos sir William Lucas, con el propósito de llegar a través del grupo de bailarines al otro lado de la sala; pero, al ver al señor Darcy, se detuvo con una ceremoniosa inclinación de cabeza y le felicitó no sólo por su destreza en el baile, sino también por su pareja.
—No quepo en mí de gozo, mi querido señor. No es frecuente ver bailar con tanta maestría. Es obvio que pertenece usted a los círculos más elegantes. Permítame decirle, sin embargo, que su preciosa acompañante no le desmerece, y confío en que este placer se repita a menudo, especialmente cuando cierto acontecimiento muy deseable, mi querida señorita Eliza —miró a Jane y al señor Bingley—, tenga lugar.
¡Entonces lloverán las felicitaciones! Apelo al señor Darcy… pero no le molestaré más, señor… No quiero interrumpir su encantadora conversación con esta joven, cuyos brillantes ojos también me están censurando.
Darcy apenas escuchó la última parte de su discurso, pero la alusión de sir William a su amigo pareció impresionarle mucho, y miró con extraordinaria seriedad a Bingley y a Jane, que estaban bailando juntos. Recobrando al punto la serenidad, sin embargo, se volvió hacia su pareja y dijo:
—La interrupción de sir William me ha hecho olvidar de qué estábamos hablando.
—No creo que estuviéramos diciendo nada. Sir William no podría haber interrumpido a dos personas en este salón que tuvieran menos que decirse. Hemos intentado dos o tres temas sin éxito, y no logro imaginar de qué podríamos hablar a continuación.
—¿Qué opina de los libros? —preguntó él, sonriendo.
—¿De los libros? Oh, no… Estoy segura de que jamás leemos los mismos, o de que no nos inspiran los mismos sentimientos.
—Es una lástima que piense así; pero, de ser cierto, al menos no nos faltaría tema de conversación. Podríamos comparar nuestras opiniones.
—No… no puedo hablar de libros en un salón de baile; mi cabeza esta llena de otras cosas.
—El presente ocupa toda su imaginación en esas circunstancias, ¿no es así? —
dijo él, con cierto escepticismo.
—En efecto —replicó Elizabeth, sin saber lo que decía, pues sus pensamientos habían tomado otros derroteros, como se vio poco después cuando súbitamente exclamó—: Recuerdo que en una ocasión le oí decir, señor Darcy, que usted casi nunca perdonaba, que su rencor era implacable. Supongo que será muy cauto antes de permitir que ese sentimiento le domine.
—Lo soy —contestó él con firmeza.
—¿Y nunca se deja cegar por los prejuicios?
—Espero que no.
—Quienes jamás cambian de opinión tienen que estar muy seguros de juzgar correctamente al principio.
—¿Qué pretende usted con estas preguntas?
—Solamente ilustrarme sobre su carácter —dijo ella, tratando de restar gravedad a sus palabras—. Intento comprenderlo.
—¿Y lo consigue?
Elizabeth movió la cabeza.
—En absoluto. Oigo opiniones tan diferentes sobre usted que no sé qué pensar.

—Seguro que se dicen las cosas más opuestas de mí —respondió muy serio—; y preferiría, señorita Bennet, que en estos momentos se olvidara de mi carácter: me temo que su interpretación no nos favorecería a ninguno de los dos.
—Pero, si no lo estudio ahora, quizá no se me presente nunca otra oportunidad.
—No quisiera en absoluto privarla de ningún placer —contestó Darcy fríamente. Elizabeth no dijo nada más y, cuando terminaron de bailar la segunda pieza, se separaron en silencio; los dos disgustados, aunque no de igual modo, pues en el pecho de Darcy anidaban unos sentimientos bastante poderosos que en seguida le hicieron perdonar a la joven y dirigir toda su ira contra otra persona.
Poco después de separarse, la señorita Bingley se acercó a Elizabeth y le dijo con un aire cortésmente displicente:
—He oído, señorita Eliza, que está encantada con George Wickham. Su hermana Jane me ha hablado de él, y me ha hecho cientos de preguntas; y he descubierto que el joven olvidó decirle, entre sus muchas confidencias, que era hijo del viejo Wickham, el administrador del difunto señor Darcy. Permítame recomendarle, como amiga, que no crea a pie juntillas todas sus afirmaciones, pues es completamente falso que el señor Darcy lo haya maltratado. Por el contrario, ha sido siempre extremadamente amable con él, aunque George Wickham se haya portado de un modo infame con el señor Darcy. No conozco los detalles, pero sé muy bien que el señor Darcy no es culpable de nada, que no soporta oír el nombre de George Wickham, y que, aunque mi hermano se vio obligado a invitarle con el resto de los oficiales, se alegró sobremanera cuando se enteró de su marcha a Londres. El hecho de que haya venido a esta zona es una auténtica insolencia, y me gustaría saber cómo puede atreverse a hacerlo. Lamento, señorita Eliza, que tenga que descubrir así las flaquezas de su querido amigo; pero, teniendo en cuenta sus orígenes, no podía esperarse nada mejor.
—No parece haber diferencia para usted entre las flaquezas y los orígenes del señor Wickham —exclamó Elizabeth, irritada—, porque sólo le ha acusado de ser hijo del administrador del señor Darcy, algo que me comunicó él mismo, se lo aseguro.
—Le ruego que me disculpe —dijo la señorita Bingley, alejándose con una mueca de desprecio—. Perdone la intromisión… Mis intenciones eran buenas.
«¡Insolente! —pensó Elizabeth—. Te equivocas si piensas que puedes influir en mí con un ataque tan mezquino. Lo único que veo en él es tu ignorancia deliberada y la maldad del señor Darcy.»
Después fue en busca de su hermana mayor, que había prometido interrogar a Bingley sobre el mismo asunto. La sonrisa de Jane era tan dulce y apacible, y su expresión de alegría tan grande, que resultaba evidente el placer le causaba la velada. Elizabeth adivinó al instante sus sentimientos, y en aquel momento la preocupación por Wickham, la hostilidad a sus enemigos, y todo lo demás, cedieron ante la esperanza de que Jane estuviera más cerca de alcanzar la felicidad.
—Me gustaría saber —preguntó Elizabeth, con un rostro tan sonriente como el de su hermana— qué has averiguado sobre el señor Wickham. Aunque tal vez estés divirtiéndote demasiado para pensar en otra persona; en ese caso, estarías perdonada.
—No —contestó Jane—, no me he olvidado de él; pero no tengo nada halagüeño que decirte. El señor Bingley no conoce toda la historia, e ignora las circunstancias que ofendieron especialmente al señor Darcy; pero pondría la mano en el fuego por el buen comportamiento, la rectitud y el honor de su amigo, y está convencido de que el señor Wickham se merecía muchas menos atenciones de las que le ha dispensado el señor Darcy. Lamento añadir que, según sus comentarios y los de su hermana, el señor Wickham no es un joven respetable en absoluto. Me temo que ha cometido muchas imprudencias y que no es digno del afecto del señor Darcy.
—¿El señor Bingley no conoce personalmente al señor Wickham?
—No; lo vio por primera vez el otro día en Meryton.
—Entonces te ha contado la versión del señor Darcy. Ahora lo entiendo… Pero ¿qué dice del beneficio eclesiástico?
—No recuerda con exactitud las circunstancias, aunque el señor Darcy se las haya contado más de una vez, pero cree que sólo se le prometió de manera condicional.
—No dudo de la sinceridad del señor Bingley —dijo Elizabeth con vehemencia—; pero tendrás que perdonar que sus palabras no me convenzan. Supongo que el señor Bingley ha defendido muy bien a su amigo, pero los únicos detalles que conoce de la historia se los ha dado precisamente él, así que correré el riesgo de seguir pensando lo mismo de los dos caballeros.
Después eligió un tema de conversación más agradable para las dos, y sobre el que no existieran desacuerdos. Elizabeth escuchó con placer las felices, aunque modestas, aspiraciones que abrigaba Jane con respecto a Bingley, y dijo cuanto pudo para acrecentar su confianza. Al unirse a ellas el propio señor Bingley, Elizabeth se marchó con la señorita Lucas; y acababa de responder a sus preguntas sobre el señor Darcy como pareja de baile cuando el señor Collins se les acercó para comunicarles, exultante, que había tenido la suerte de hacer un descubrimiento importantísimo.
—Me he enterado por una extraña casualidad —explicó— que en estos momentos hay en la sala un pariente muy cercano de mi benefactora. No he podido evitar oír cómo ese caballero mencionaba los nombres de su prima, la señorita De Bourgh, y de la madre de ésta, lady Catherine, a la joven que hace los honores[*]. ¡Es increíble que sucedan estas cosas! ¡Jamás se me pasó por la cabeza que pudiera encontrarme con un sobrino de lady Catherine de Bourgh en esta fiesta! Agradezco sobremanera no haberlo descubierto demasiado tarde para presentarle mis respetos, algo que me dispongo a hacer en este instante, y confío en que me disculpe por no haberlo hecho antes. Mi completa ignorancia del parentesco me servirá de excusa.
—¿Se presentará usted mismo al señor Darcy?
—Por supuesto. Le rogaré que me perdone por no haberlo hecho antes. Como es el sobrino de lady Catherine, podré decirle lo bien que se encontraba su tía hace ocho días.
Elizabeth intentó por todos los medios disuadirlo, asegurándole que el señor Darcy consideraría una impertinencia, en lugar de un cumplido para su tía, que se dirigiera a él sin que nadie los presentara antes; que no había ninguna necesidad de que se conocieran, y que, en todo caso, debía ser el señor Darcy, el más importante de los dos, quien tomara la iniciativa. El señor Collins la escuchó como si no pensara dar su brazo a torcer y, cuando ella dejó de hablar, le contestó lo siguiente:
—Mi querida señorita Elizabeth, tengo una opinión inmejorable sobre la excelencia de su juicio en cuantas materias domine su intelecto, pero permítame decirle que existe una gran diferencia entre las fórmulas de cortesía que rigen la vida de los laicos, y las que rigen la vida de los clérigos; porque permítame decirle que la posición de eclesiástico, en cuanto a dignidad, me parece comparable al más alto rango del reino, siempre que se observe al mismo tiempo la debida humildad en el comportamiento. Por ese motivo, déjeme seguir los dictados de mi conciencia, que en esta ocasión me empujan a cumplir con lo que considero mi deber. Perdóneme por desatender sus consejos, que en cualquier otro asunto serán mi guía constante, ya que en el caso que nos ocupa me considero, por educación y por el rigor de mis estudios, más preparado que una joven dama como usted para decidir lo que está bien.
Y, con una ligera inclinación, se alejó de Elizabeth para abalanzarse sobre el señor Darcy, mientras su prima observaba atentamente la perplejidad con que éste recibía su avance. El joven clérigo inició su discurso con una solemne reverencia, y, aunque no oyera nada, Elizabeth tuvo la sensación de escuchar todas y cada una de sus palabras, y leyó en sus labios los vocablos «disculpa», «Hunsford» y «lady Catherine de Bourgh». Le molestó que hiciera el ridículo ante un hombre así. El señor Darcy lo contemplaba con acuciante asombro y, cuando finalmente el señor Collins le permitió hablar, respondió con aire de distante cortesía. Pero esto no desanimó a su interlocutor, que volvió a dirigirse a él; y el desprecio del señor Darcy pareció aumentar con creces ante la extensión de su segundo discurso. Al final de éste, se limitó a alejarse del clérigo inclinando levemente la cabeza. El señor Collins regresó entonces al lado de Elizabeth.
—No tengo ningún motivo, se lo aseguro —dijo—, para sentirme decepcionado con su acogida. El señor Darcy parecía muy complacido con la atención que le he dispensado. Me ha contestado con la mayor educación, e incluso ha tenido la delicadeza de decirme que está tan convencido del buen criterio de lady Catherine que tiene la seguridad de que ella jamás concedería un privilegio a nadie que no lo mereciera. Una idea muy hermosa. En general, estoy muy satisfecho de nuestro encuentro.
Como aquel asunto ya no suscitaba su interés, Elizabeth dirigió casi por completo su atención hacia su hermana y el señor Bingley; y la secuencia de agradables pensamientos que nacieron de su observación le hicieron sentirse casi tan dichosa como Jane. Imaginó a ésta instalada en aquella misma casa, con toda la felicidad que puede proporcionar un matrimonio basado en el verdadero afecto; y se sintió capaz, en tales circunstancias, de hacer un esfuerzo para que le gustaran incluso las hermanas del señor Bingley. Vio con claridad que los pensamientos de su madre seguían el mismo derrotero que los suyos, y prefirió no acercarse a ella por temor a que dijera alguna indiscreción. Cuando fueron a cenar, en consecuencia, le pareció muy desafortunado que sólo se sentara una persona entre ambas, y le contrarió profundamente que su madre hablara únicamente a ésta (lady Lucas), y sin el menor recato, de sus esperanzas de que Jane no tardara en contraer matrimonio con el señor Bingley. Era un tema apasionante, y la señora Bennet no se cansaba de enumerar las ventajas de la boda. El hecho de que fuera un joven tan encantador, y tan rico, y de que viviera a menos de cinco kilómetros de ellos, eran los puntos que más celebraba; y era reconfortante pensar en el cariño que las dos hermanas del señor Bingley sentían por Jane, y tener la certeza de que deseaban aquel enlace tanto como ella. Resultaba, por otra parte, algo muy prometedor para sus demás hijas, pues el hecho de que Jane hiciera tan buena boda les ayudaría a conocer a otros hombres acaudalados; y, finalmente, era tan conveniente a su edad poder confiar el cuidado de sus hijas solteras a la hermana mayor, y no tener que acompañarlas a todas las fiestas y reuniones. Era necesario convertir esta circunstancia en un motivo de alegría, ya que así lo dictaban las buenas costumbres, aunque no hubiera nadie menos propenso que ella a quedarse en casa, fuera cual fuera su edad. La señora Bennet concluyó deseando que lady Lucas tuviera pronto la misma suerte, aunque el aire triunfal de sus palabras pusiera de manifiesto su convencimiento de que no existía la menor esperanza de que esto ocurriera.
Elizabeth se esforzó en vano por atemperar la locuacidad de su madre, o persuadirla para que manifestara su felicidad con un susurro menos audible; para su inenarrable humillación, se dio cuenta de que casi todo lo que decía llegaba a oídos del señor Darcy, sentado frente a ellas.

Su madre se limitó a reñirla por decir tonterías.
—¿Y por qué habría de temer yo al señor Darcy? Estoy segura de que no le debemos ninguna atención especial que nos impida decir cosas que a él no le agraden.
—Por favor, mamá, hable más bajo. ¿Qué provecho puede sacar de ofender al señor Darcy? De ese modo jamás causará buena impresión a su amigo.
Nada de lo que dijo, sin embargo, tuvo la menor influencia sobre su madre, que siguió hablando de sus aspiraciones sin bajar la voz. Elizabeth enrojeció una y otra vez, avergonzada y humillada. No podía sino mirar con frecuencia al señor Darcy, aunque mirarlo sólo confirmara sus temores; pues, aunque el joven no tuviera la vista clavada en la señora Bennet, sin lugar a dudas ésta acaparaba toda su atención. La expresión de su rostro pasó poco a poco del indignado desdén a una tranquila gravedad.
A la larga, sin embargo, la señora Bennet no tuvo nada más que decir; y lady Lucas, que llevaba mucho tiempo bostezando ante la repetición de maravillas que ella no tenía posibilidad de compartir, se entregó al consuelo de los fiambres de pollo y jamón. Elizabeth empezó a recobrar la serenidad. Pero su tranquilidad no duró mucho; pues, al terminar la cena, llegó el momento de cantar, y vio avergonzada cómo Mary, sin que nadie insistiera, se disponía a complacer a los invitados. Trató de impedir esa prueba de obsequiosidad con miradas significativas y súplicas silenciosas, pero resultó inútil; Mary no se dio por aludida: una oportunidad semejante para lucirse no podía desperdiciarla, y empezó a cantar. Los ojos de Elizabeth se clavaron angustiados en su hermana, y siguió su progreso a lo largo de varias estrofas con una impaciencia que al final se vio muy mal recompensada, pues Mary, al escuchar entre las muestras de agradecimiento la insinuación de que siguiera deleitando a los presentes, tardó medio minuto en entonar otra canción. El talento de Mary dejaba mucho que desear; apenas tenía voz y sus modos eran afectados. Elizabeth empezó a desesperarse. Miró a Jane, para ver si lo soportaba; pero ésta conversaba tranquilamente con Bingley. Miró a las dos hermanas del joven y vio los gestos burlones que se intercambiaban, y a Darcy, que seguía, sin embargo, con el rostro serio e impenetrable. Miró a su padre para suplicarle que interviniera, a fin de evitar que Mary siguiera al piano toda la noche. El señor Bennet comprendió su petición, y, cuando Mary terminó de cantar, dijo en voz alta:
—Está bien, hija mía. Ya nos has deleitado lo suficiente. Deja que otras jóvenes se luzcan.
Mary simuló que no le oía, pero se quedó un tanto desconcertada. Elizabeth lo sintió por ella y lamentó las sarcásticas palabras de su padre, temiendo que su desasosiego no hubiera beneficiado a nadie. Se invitó a tocar a otros miembros del grupo.
—Si yo tuviera la fortuna de saber cantar —dijo el señor Collins—, estaría encantado de interpretar una danza popular para complacer a todos los presentes, porque considero la música una diversión muy inocente y perfectamente compatible con la profesión de clérigo. No pretendo decir con esto, sin embargo, que podamos dedicar demasiado tiempo a este arte, ya que tenemos otras muchas obligaciones. El rector de una parroquia está siempre muy ocupado. Lo primero que ha de hacer es llegar a un acuerdo para que el cobro de los diezmos sea beneficioso para él sin resultar gravoso para su patrón. Debe escribir también sus propios sermones; y no le sobrará mucho tiempo para sus deberes parroquiales, y el cuidado y reforma de su residencia, que inexcusablemente ha de ser lo más cómoda posible. Tampoco carece de importancia que sea atento y conciliador con todo el mundo, especialmente con aquellos a quienes debe su cargo. No se le puede eximir de ese deber; desde luego yo no podría tener una buena opinión de nadie que desaprovechara la ocasión de presentar sus respetos a un miembro de esa familia.
Y, con una reverencia al señor Darcy, acabó aquel discurso, pronunciado casi a voz en cuello para que la mitad de los invitados lo oyeran. Muchos lo miraron fijamente. Muchos sonrieron; pero nadie pareció tan divertido como el señor Bennet, mientras su mujer alababa seriamente al señor Collins por la sensatez de sus comentarios, y explicaba en voz baja a lady Lucas la extraordinaria inteligencia y bondad del joven clérigo.
Elizabeth tenía la sensación de que, si su familia se hubiera puesto de acuerdo para hacer el mayor de los ridículos en el curso de la velada, no podrían haber interpretado mejor sus papeles y cosechado más éxito; y le alegró que Bingley y su hermana Jane no hubieran seguido todo aquel espectáculo, y que los sentimientos del primero no parecieran demasiado susceptibles de cambiar por los desatinos que sin duda había presenciado. Que sus dos hermanas y el señor Darcy, sin embargo, disfrutaran de semejante oportunidad para burlarse de sus familiares era suficientemente horrible, y Elizabeth fue incapaz de decidir si le resultaba más intolerable el mudo desprecio del caballero o las sonrisas insolentes de las damas.
Apenas se divirtió lo que quedaba de velada. El señor Collins la abrumó con sus atenciones, e insistió en quedarse a su lado y, aunque no logró convencerla para que volviera a bailar con él, impidió que otros caballeros la sacaran. Elizabeth le suplicó en vano que buscase otra pareja, y se ofreció a presentarle a la joven que quisiera. El señor Collins aseguró que bailar le era indiferente; que su principal objetivo consistía en rodearla de delicadas atenciones para ganarse su buena opinión, por lo que se proponía seguir a su lado hasta el final de la fiesta. No tenía sentido discutir semejante idea. El único consuelo de Elizabeth fue su amiga la señorita Lucas, que se unía a menudo a ellos y conversaba afablemente con el señor Collins.
Al menos se vio libre de que el señor Darcy le hiciera la afrenta de dirigirse nuevamente a ella; aunque pasó bastante tiempo muy cerca, completamente solo, en ningún momento se acercó a hablarle. Elizabeth achacó el silencio a sus alusiones al señor Wickham, y se alegró de haberlas hecho.
El grupo de Longbourn fue el último en partir; cuando se despidieron todos los invitados, gracias a una maniobra de la señora Bennet, tuvieron que esperar un cuarto de hora a que llegaran los carruajes, lo que les permitió ver hasta qué punto deseaban que se fueran algunos miembros de la familia anfitriona. La señora Hurst y su hermana únicamente abrieron la boca para quejarse de lo cansadas que estaban, y no disimularon su impaciencia por quedarse solas. Evitaron cualquier intento de conversación de la señora Bennet, consiguiendo que todo el mundo se sintiera incómodo; las largas parrafadas del señor Collins, felicitando al señor Bingley y a sus hermanas por la elegancia de la fiesta y por su hospitalidad y cortesía, salvaron un poco la situación. Darcy no dijo nada. El señor Bennet, igual de silencioso, disfrutaba de la escena. El señor Bingley y Jane seguían juntos, algo apartados de los demás, y hablaban entre sí. Elizabeth estaba tan callada como la señora Hurst o la señorita Bingley; e incluso Lydia se sentía demasiado exhausta para exclamar algo que no fuera: «¡Dios mío, qué agotada estoy!», acompañado de un sonoro bostezo.
Cuando finalmente se levantaron para irse, la señora Bennet repitió mil veces su deseo de ver muy pronto en Longbourn a toda la familia; y se dirigió de manera especial al señor Bingley para asegurarle lo felices que serían si algún día almorzaba con ellos sin la ceremonia de una invitación formal. Bingley, complacido, le expresó su gratitud, y se comprometió a visitarlos en cuanto regresara de Londres, donde tenía que trasladarse al día siguiente por poco tiempo.
La señora Bennet se sintió plenamente satisfecha; y abandonó la casa con la maravillosa certeza de que, habida cuenta de los preparativos para la boda, los carruajes nuevos y el vestido de novia, vería a su hija instalada en Netherfield al cabo de tres o cuatro meses. Pensaba con idéntica seguridad, y con considerable alegría, aunque ésta no fuera tan intensa, en el matrimonio de otra de sus hijas con el señor Collins. Elizabeth era la menos afín a su progenitora; y, aunque el pretendiente y el enlace fueran lo bastante buenos para ella, el valor de ambos quedaba eclipsado por el señor Bingley y Netherfield.

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Pride and Prejudice

Chapter 18

Till Elizabeth entered the drawing-room at Netherfield, and looked in vain for Mr. Wickham among the cluster of red coats there assembled, a doubt of his being present had never occurred to her. The certainty of meeting him had not been checked by any of those recollections that might not unreasonably have alarmed her. She had dressed with more than usual care, and prepared in the highest spirits for the conquest of all that remained unsubdued of his heart, trusting that it was not more than might be won in the course of the evening. But in an instant arose the dreadful suspicion of his being purposely omitted for Mr. Darcy’s pleasure in the Bingleys’ invitation to the officers; and though this was not exactly the case, the absolute fact of his absence was pronounced by his friend Denny, to whom Lydia eagerly applied, and who told them that Wickham had been obliged to go to town on business the day before, and was not yet returned; adding, with a significant smile, «I do not imagine his business would have called him away just now, if he had not wanted to avoid a certain gentleman here.»

This part of his intelligence, though unheard by Lydia, was caught by Elizabeth, and, as it assured her that Darcy was not less answerable for Wickham’s absence than if her first surmise had been just, every feeling of displeasure against the former was so sharpened by immediate disappointment, that she could hardly reply with tolerable civility to the polite inquiries which he directly afterwards approached to make. Attendance, forbearance, patience with Darcy, was injury to Wickham. She was resolved against any sort of conversation with him, and turned away with a degree of ill-humour which she could not wholly surmount even in speaking to Mr. Bingley, whose blind partiality provoked her.

But Elizabeth was not formed for ill-humour; and though every prospect of her own was destroyed for the evening, it could not dwell long on her spirits; and having told all her griefs to Charlotte Lucas, whom she had not seen for a week, she was soon able to make a voluntary transition to the oddities of her cousin, and to point him out to her particular notice. The first two dances, however, brought a return of distress; they were dances of mortification. Mr. Collins, awkward and solemn, apologising instead of attending, and often moving wrong without being aware of it, gave her all the shame and misery which a disagreeable partner for a couple of dances can give. The moment of her release from him was ecstasy.

She danced next with an officer, and had the refreshment of talking of Wickham, and of hearing that he was universally liked. When those dances were over, she returned to Charlotte Lucas, and was in conversation with her, when she found herself suddenly addressed by Mr. Darcy who took her so much by surprise in his application for her hand, that, without knowing what she did, she accepted him. He walked away again immediately, and she was left to fret over her own want of presence of mind; Charlotte tried to console her:

«I dare say you will find him very agreeable.»

«Heaven forbid! That would be the greatest misfortune of all! To find a man agreeable whom one is determined to hate! Do not wish me such an evil.»

When the dancing recommenced, however, and Darcy approached to claim her hand, Charlotte could not help cautioning her in a whisper, not to be a simpleton, and allow her fancy for Wickham to make her appear unpleasant in the eyes of a man ten times his consequence. Elizabeth made no answer, and took her place in the set, amazed at the dignity to which she was arrived in being allowed to stand opposite to Mr. Darcy, and reading in her neighbours’ looks, their equal amazement in beholding it. They stood for some time without speaking a word; and she began to imagine that their silence was to last through the two dances, and at first was resolved not to break it; till suddenly fancying that it would be the greater punishment to her partner to oblige him to talk, she made some slight observation on the dance. He replied, and was again silent. After a pause of some minutes, she addressed him a second time with:—»It is your turn to say something now, Mr. Darcy. I talked about the dance, and you ought to make some sort of remark on the size of the room, or the number of couples.»

He smiled, and assured her that whatever she wished him to say should be said.

«Very well. That reply will do for the present. Perhaps by and by I may observe that private balls are much pleasanter than public ones. But now we may be silent.»

«Do you talk by rule, then, while you are dancing?»

«Sometimes. One must speak a little, you know. It would look odd to be entirely silent for half an hour together; and yet for the advantage of some, conversation ought to be so arranged, as that they may have the trouble of saying as little as possible.”

“Are you consulting your own feelings in the present case, or do you imagine that you are gratifying mine?»

«Both,» replied Elizabeth archly; «for I have always seen a great similarity in the turn of our minds. We are each of an unsocial, taciturn disposition, unwilling to speak, unless we expect to say something that will amaze the whole room, and be handed down to posterity with all the eclat of a proverb.»

«This is no very striking resemblance of your own character, I am sure,» said he. «How near it may be to mine, I cannot pretend to say. You think it a faithful portrait undoubtedly.”

“I must not decide on my own performance.»

He made no answer, and they were again silent till they had gone down the dance, when he asked her if she and her sisters did not very often walk to Meryton. She answered in the affirmative, and, unable to resist the temptation, added, «When you met us there the other day, we had just been forming a new acquaintance.»

The effect was immediate. A deeper shade of hauteur overspread his features, but he said not a word, and Elizabeth, though blaming herself for her own weakness, could not go on. At length Darcy spoke, and in a constrained manner said, «Mr. Wickham is blessed with such happy manners as may ensure his making friends —whether he may be equally capable of retaining them, is less certain.»

«He has been so unlucky as to lose your friendship,» replied Elizabeth with emphasis, «and in a manner which he is likely to suffer from all his life.»

Darcy made no answer, and seemed desirous of changing the subject. At that moment, Sir William Lucas appeared close to them, meaning to pass through the set to the other side of the room; but on perceiving Mr. Darcy, he stopped with a bow of superior courtesy to compliment him on his dancing and his partner.

«I have been most highly gratified indeed, my dear sir. Such very superior dancing is not often seen. It is evident that you belong to the first circles. Allow me to say, however, that your fair partner does not disgrace you, and that I must hope to have this pleasure often repeated, especially when a certain desirable event, my dear Eliza (glancing at her sister and Bingley) shall take place. What congratulations will then flow in! I appeal to Mr. Darcy:—but let me not interrupt you, sir. You will not thank me for detaining you from the bewitching converse of that young lady, whose bright eyes are also upbraiding me.»

The latter part of this address was scarcely heard by Darcy; but Sir William’s allusion to his friend seemed to strike him forcibly, and his eyes were directed with a very serious expression towards Bingley and Jane, who were dancing together. Recovering himself, however, shortly, he turned to his partner, and said, «Sir William’s interruption has made me forget what we were talking of.»

«I do not think we were speaking at all. Sir William could not have interrupted two people in the room who had less to say for themselves. We have tried two or three subjects already without success, and what we are to talk of next I cannot imagine.»

«What think you of books?» said he, smiling.

«Books—oh! no. I am sure we never read the same, or not with the same feelings.»

«I am sorry you think so; but if that be the case, there can at least be no want of subject. We may compare our different opinions.»

«No—I cannot talk of books in a ball-room; my head is always full of something else.»

«The present always occupies you in such scenes—does it?» said he, with a look of doubt.

«Yes, always,» she replied, without knowing what she said, for her thoughts had wandered far from the subject, as soon afterwards appeared by her suddenly exclaiming, «I remember hearing you once say, Mr. Darcy, that you hardly ever forgave, that your resentment once created was unappeasable. You are very cautious, I suppose, as to its being created.»

«I am,» said he, with a firm voice.

“And never allow yourself to be blinded by prejudice?»

«I hope not.»

«It is particularly incumbent on those who never change their opinion, to be secure of judging properly at first.»

«May I ask to what these questions tend?»

«Merely to the illustration of your character,» said she, endeavouring to shake off her gravity. «I am trying to make it out.»

«And what is your success?»

She shook her head. «I do not get on at all. I hear such different accounts of you as puzzle me exceedingly.”

“I can readily believe,» answered he gravely, «that reports may vary greatly with respect to me; and I could wish, Miss Bennet, that you were not to sketch my character at the present moment, as there is reason to fear that the performance would reflect no credit on either.»

«But if I do not take your likeness now, I may never have another opportunity.»

«I would by no means suspend any pleasure of yours,» he coldly replied. She said no more, and they went down the other dance and parted in silence; and on each side dissatisfied, though not to an equal degree, for in Darcy’s breast there was a tolerable powerful feeling towards her, which soon procured her pardon, and directed all his anger against another.

They had not long separated, when Miss Bingley came towards her, and with an expression of civil disdain accosted her:

«So, Miss Eliza, I hear you are quite delighted with George Wickham! Your sister has been talking to me about him, and asking me a thousand questions; and I find that the young man quite forgot to tell you, among his other communication, that he was the son of old Wickham, the late Mr. Darcy’s steward. Let me recommend you, however, as a friend, not to give implicit confidence to all his assertions; for as to Mr. Darcy’s using him ill, it is perfectly false; for, on the contrary, he has always been remarkably kind to him, though George Wickham has treated Mr. Darcy in a most infamous manner. I do not know the particulars, but I know very well that Mr. Darcy is not in the least to blame, that he cannot bear to hear George Wickham mentioned, and that though my brother thought that he could not well avoid including him in his invitation to the officers, he was excessively glad to find that he had taken himself out of the way. His coming into the country at all is a most insolent thing, indeed, and I wonder how he could presume to do it. I pity you, Miss Eliza, for this discovery of your favourite’s guilt; but really, considering his descent, one could not expect much better.»

«His guilt and his descent appear by your account to be the same,» said Elizabeth angrily; «for I have heard you accuse him of nothing worse than of being the son of Mr. Darcy’s steward, and of that, I can assure you, he informed me himself.»

«I beg your pardon,» replied Miss Bingley, turning away with a sneer. «Excuse my interference—it was kindly meant.»

«Insolent girl!» said Elizabeth to herself. «You are much mistaken if you expect to influence me by such a paltry attack as this. I see nothing in it but your own wilful ignorance and the malice of Mr. Darcy.» She then sought her eldest sister, who has undertaken to make inquiries on the same subject of Bingley. Jane met her with a smile of such sweet complacency, a glow of such happy expression, as sufficiently marked how well she was satisfied with the occurrences of the evening. Elizabeth instantly read her feelings, and at that moment solicitude for Wickham, resentment against his enemies, and everything else, gave way before the hope of Jane’s being in the fairest way for happiness.

«I want to know,» said she, with a countenance no less smiling than her sister’s, «what you have learnt about Mr. Wickham. But perhaps you have been too pleasantly engaged to think of any third person; in which case you may be sure of my pardon.»

«No,» replied Jane, «I have not forgotten him; but I have nothing satisfactory to tell you. Mr. Bingley does not know the whole of his history, and is quite ignorant of the circumstances which have principally offended Mr. Darcy; but he will vouch for the good conduct, the probity, and honour of his friend, and is perfectly convinced that Mr. Wickham has deserved much less attention from Mr. Darcy than he has received; and I am sorry to say by his account as well as his sister’s, Mr. Wickham is by no means a respectable young man. I am afraid he has been very imprudent, and has deserved to lose Mr. Darcy’s regard.»

«Mr. Bingley does not know Mr. Wickham himself?»

«No; he never saw him till the other morning at Meryton.”

“This account then is what he has received from Mr. Darcy. I am satisfied. But what does he say of the living?»

«He does not exactly recollect the circumstances, though he has heard them from Mr. Darcy more than once, but he believes that it was left to him conditionally only.»

«I have not a doubt of Mr. Bingley’s sincerity,» said Elizabeth warmly; «but you must excuse my not being convinced by assurances only. Mr. Bingley’s defense of his friend was a very able one, I dare say; but since he is unacquainted with several parts of the story, and has learnt the rest from that friend himself, I shall venture to still think of both gentlemen as I did before.”

She then changed the discourse to one more gratifying to each, and on which there could be no difference of sentiment. Elizabeth listened with delight to the happy, though modest hopes which Jane entertained of Mr. Bingley’s regard, and said all in her power to heighten her confidence in it. On their being joined by Mr. Bingley himself, Elizabeth withdrew to Miss Lucas; to whose inquiry after the pleasantness of her last partner she had scarcely replied, before Mr. Collins came up to them, and told her with great exultation that he had just been so fortunate as to make a most important discovery.

«I have found out,» said he, «by a singular accident, that there is now in the room a near relation of my patroness. I happened to overhear the gentleman himself mentioning to the young lady who does the honours of the house the names of his cousin Miss de Bourgh, and of her mother Lady Catherine. How wonderfully these sort of things occur! Who would have thought of my meeting with, perhaps, a nephew of Lady Catherine de Bourgh in this assembly! I am most thankful that the discovery is made in time for me to pay my respects to him, which I am now going to do, and trust he will excuse my not having done it before. My total ignorance of the connection must plead my apology.»

«You are not going to introduce yourself to Mr. Darcy!»

«Indeed I am. I shall entreat his pardon for not having done it earlier. I believe him to be Lady

Catherine’s nephew. It will be in my power to assure him that her ladyship was quite well yesterday se’nnight.»

Elizabeth tried hard to dissuade him from such a scheme, assuring him that Mr. Darcy would consider his addressing him without introduction as an impertinent freedom, rather than a compliment to his aunt; that it was not in the least necessary there should be any notice on either side; and that if it were, it must belong to Mr. Darcy, the superior in consequence, to begin the acquaintance. Mr. Collins listened to her with the determined air of following his own inclination, and, when she ceased speaking, replied thus:

«My dear Miss Elizabeth, I have the highest opinion in the world in your excellent judgement in all matters within the scope of your understanding; but permit me to say, that there must be a wide difference between the established forms of ceremony amongst the laity, and those which regulate the clergy; for, give me leave to observe that I consider the clerical office as equal in point of dignity with the highest rank in the kingdom—provided that a proper humility of behaviour is at the same time maintained. You must therefore allow me to follow the dictates of my conscience on this occasion, which leads me to perform what I look on as a point of duty. Pardon me for neglecting to profit by your advice, which on every other subject shall be my constant guide, though in the case before us I consider myself more fitted by education and habitual study to decide on what is right than a young lady like yourself.» And with a low bow he left her to attack Mr. Darcy, whose reception of his advances she eagerly watched, and whose astonishment at being so addressed was very evident. Her cousin prefaced his speech with a solemn bow and though she could not hear a word of it, she felt as if hearing it all, and saw in the motion of his lips the words «apology,» «Hunsford,» and «Lady Catherine de Bourgh.» It vexed her to see him expose himself to such a man. Mr. Darcy was eyeing him with unrestrained wonder, and when at last Mr. Collins allowed him time to speak, replied with an air of distant civility. Mr. Collins, however, was not discouraged from speaking again, and Mr. Darcy’s contempt seemed abundantly increasing with the length of his second speech, and at the end of it he only made him a slight bow, and moved another way. Mr. Collins then returned to Elizabeth.

«I have no reason, I assure you,» said he, «to be dissatisfied with my reception. Mr. Darcy seemed much pleased with the attention. He answered me with the utmost civility, and even paid me the compliment of saying that he was so well convinced of Lady Catherine’s discernment as to be certain she could never bestow a favour unworthily. It was really a very handsome thought. Upon the whole, I am much pleased with him.»

As Elizabeth had no longer any interest of her own to pursue, she turned her attention almost

entirely on her sister and Mr. Bingley; and the train of agreeable reflections which her observations gave birth to, made her perhaps almost as happy as Jane. She saw her in idea settled in that very house, in all the felicity which a marriage of true affection could bestow; and she felt capable, under such circumstances, of endeavouring even to like Bingley’s two sisters. Her mother’s thoughts she plainly saw were bent the same way, and she determined not to venture near her, lest she might hear too much. When they sat down to supper, therefore, she considered it a most unlucky perverseness which placed them within one of each other; and deeply was she vexed to find that her mother was talking to that one person (Lady Lucas) freely, openly, and of nothing else but her expectation that Jane would soon be married to Mr. Bingley. It was an animating subject, and Mrs. Bennet seemed incapable of fatigue while enumerating the advantages of the match. His being such a charming young man, and so rich, and living but three miles from them, were the first points of self-gratulation; and then it was such a comfort to think how fond the two sisters were of Jane, and to be certain that they must desire the connection as much as she could do. It was, moreover, such a promising thing for her younger daughters, as Jane’s marrying so greatly must throw them in the way of other rich men; and lastly, it was so pleasant at her time of life to be able to consign her single daughters to the care of their sister, that she might not be obliged to go into company more than she liked.

It was necessary to make this circumstance a matter of pleasure, because on such occasions it is the etiquette; but no one was less likely than Mrs. Bennet to find comfort in staying home at any period of her life. She concluded with many good wishes that Lady Lucas might soon be equally fortunate, though evidently and triumphantly believing there was no chance of it.

In vain did Elizabeth endeavour to check the rapidity of her mother’s words, or persuade her to describe her felicity in a less audible whisper; for, to her inexpressible vexation, she could perceive that the chief of it was overheard by Mr. Darcy, who sat opposite to them. Her mother only scolded her for being nonsensical.

“What is Mr. Darcy to me, pray, that I should be afraid of him? I am sure we owe him no such particular civility as to be obliged to say nothing he may not like to hear.»

«For heaven’s sake, madam, speak lower. What advantage can it be for you to offend Mr. Darcy? You will never recommend yourself to his friend by so doing!»

Nothing that she could say, however, had any influence. Her mother would talk of her views in the same intelligible tone. Elizabeth blushed and blushed again with shame and vexation. She could not help frequently glancing her eye at Mr. Darcy, though every glance convinced her of what she dreaded; for though he was not always looking at her mother, she was convinced that his attention was invariably fixed by her. The expression of his face changed gradually from indignant contempt to a composed and steady gravity.

At length, however, Mrs. Bennet had no more to say; and Lady Lucas, who had been long yawning at the repetition of delights which she saw no likelihood of sharing, was left to the comforts of cold ham and chicken. Elizabeth now began to revive. But not long was the interval of tranquillity; for, when supper was over, singing was talked of, and she had the mortification of seeing Mary, after very little entreaty, preparing to oblige the company. By many significant looks and silent entreaties, did she endeavour to prevent such a proof of complaisance, but in vain; Mary would not understand them; such an opportunity of exhibiting was delightful to her, and she began her song. Elizabeth’s eyes were fixed on her with most painful sensations, and she watched her progress through the several stanzas with an impatience which was very ill rewarded at their close; for Mary, on receiving, amongst the thanks of the table, the hint of a hope that she might be prevailed on to favour them again, after the pause of half a minute began another. Mary’s powers were by no means fitted for such a display; her voice was weak, and her manner affected. Elizabeth was in agonies. She looked at Jane, to see how she bore it; but Jane was very composedly talking to Bingley. She looked at his two sisters, and saw them making signs of derision at each other, and at Darcy, who continued, however, imperturbably grave. She looked at her father to entreat his interference, lest Mary should be singing all night. He took the hint, and when Mary had finished her second song, said aloud, «That will do extremely well, child. You have delighted us long enough. Let the other young ladies have time to exhibit.”

Mary, though pretending not to hear, was somewhat disconcerted; and Elizabeth, sorry for her, and sorry for her father’s speech, was afraid her anxiety had done no good. Others of the party were now applied to.

«If I,» said Mr. Collins, «were so fortunate as to be able to sing, I should have great pleasure, I am sure, in obliging the company with an air; for I consider music as a very innocent diversion, and perfectly compatible with the profession of a clergyman. I do not mean, however, to assert that we can be justified in devoting too much of our time to music, for there are certainly other things to be attended to. The rector of a parish has much to do. In the first place, he must make such an agreement for tithes as may be beneficial to himself and not offensive to his patron. He must write his own sermons; and the time that remains will not be too much for his parish duties, and the care and improvement of his dwelling, which he cannot be excused from making as comfortable as possible. And I do not think it of light importance that he should have attentive and conciliatory manners towards everybody, especially towards those to whom he owes his preferment. I cannot acquit him of that duty; nor could I think well of the man who should omit an occasion of testifying his respect towards anybody connected with the family.» And with a bow to Mr. Darcy, he concluded his speech, which had been spoken so loud as to be heard by half the room. Many stared—many smiled; but no one looked more amused than Mr. Bennet himself, while his wife seriously commended Mr. Collins for having spoken so sensibly, and observed in a half-whisper to Lady Lucas, that he was a remarkably clever, good kind of young man.

To Elizabeth it appeared that, had her family made an agreement to expose themselves as much as they could during the evening, it would have been impossible for them to play their parts with more spirit or finer success; and happy did she think it for Bingley and her sister that some of the exhibition had escaped his notice, and that his feelings were not of a sort to be much distressed by the folly which he must have witnessed. That his two sisters and Mr. Darcy, however, should have such an opportunity of ridiculing her relations, was bad enough, and she could not determine whether the silent contempt of the gentleman, or the insolent smiles of the ladies, were more intolerable.

The rest of the evening brought her little amusement. She was teased by Mr. Collins, who continued most perseveringly by her side, and though he could not prevail on her to dance with him again, put it out of her power to dance with others. In vain did she entreat him to stand up with somebody else, and offer to introduce him to any young lady in the room. He assured her, that as to dancing, he was perfectly indifferent to it; that his chief object was by delicate attentions to recommend himself to her and that he should therefore make a point of remaining close to her the whole evening. There was no arguing upon such a project. She owed her greatest relief to her friend Miss Lucas, who often joined them, and good-naturedly engaged Mr. Collins’s conversation to herself.

She was at least free from the offense of Mr. Darcy’s further notice; though often standing within a very short distance of her, quite disengaged, he never came near enough to speak. She felt it to be the probable consequence of her allusions to Mr. Wickham, and rejoiced in it.

The Longbourn party were the last of all the company to depart, and, by a manoeuvre of Mrs. Bennet, had to wait for their carriage a quarter of an hour after everybody else was gone, which gave them time to see how heartily they were wished away by some of the family. Mrs. Hurst and her sister scarcely opened their mouths, except to complain of fatigue, and were evidently impatient to have the house to themselves. They repulsed every attempt of Mrs. Bennet at conversation, and by so doing threw a languor over the whole party, which was very little relieved by the long speeches of Mr. Collins, who was complimenting Mr. Bingley and his sisters on the elegance of their entertainment, and the hospitality and politeness which had marked their behaviour to their guests. Darcy said nothing at all. Mr. Bennet, in equal silence, was enjoying the scene. Mr. Bingley and Jane were standing together, a little detached from the rest, and talked only to each other. Elizabeth preserved as steady a silence as either Mrs. Hurst or Miss Bingley; and even Lydia was too much fatigued to utter more than the occasional exclamation of «Lord, how tired I am!» accompanied by a violent yawn.

When at length they arose to take leave, Mrs. Bennet was most pressingly civil in her hope of seeing the whole family soon at Longbourn, and addressed herself especially to Mr. Bingley, to assure him how happy he would make them by eating a family dinner with them at any time, without the ceremony of a formal invitation. Bingley was all grateful pleasure, and he readily engaged for taking the earliest opportunity of waiting on her, after his return from London, whither he was obliged to go the next day for a short time.

Mrs. Bennet was perfectly satisfied, and quitted the house under the delightful persuasion that, allowing for the necessary preparations of settlements, new carriages, and wedding clothes, she should undoubtedly see her daughter settled at Netherfield in the course of three or four months. Of having another daughter married to Mr. Collins, she thought with equal certainty, and with considerable, though not equal, pleasure. Elizabeth was the least dear to her of all her children; and though the man and the match were quite good enough for her, the worth of each was eclipsed by Mr. Bingley and Netherfield.

Habemus club de lectura

Día 153

¡Saludos, preciosuras y demoniuras!

Estaba sumamente emocionada e impaciente por compartir mi nuevo proyecto, me encuentro en la genial aventura de tener un club de lectura.

Estoy feliz y agradecida de la respuesta de los que hoy ya forman parte de mi club “El club de Lilith” lo creé el 21 de septiembre, y nuestra primera reunión fue este jueves 7 de octubre.

Habrá una lectura mensual y reuniones semanales vía Zoom para comentar y debatir los capítulos.

No crean que me tomó tanto tiempo decidirlo, fue algo que lo puse en mi mente e inmediatamente arranqué a armarlo, ya cuenta con página de Facebook, Instagram y Twitter.

Nuestra primera lectura comenzó este 3 de octubre con un gran libro de la periodista y escritora española, Sandra Sabatés, “Pelea como una Chica.”

Es una gran lectura feminista, pues la temática del club son lecturas de escritores, filósofos o personajes rebeldes. Suena muy a mi persona, ¿no lo creen? Habrá variedad de temas, y este mes comenzamos justamente con el feminismo. La finalidad del club es el aprendizaje, la comprensión de lectura y pensamiento crítico.

Este es el comienzo de un nuevo reto a su lado, nunca me cansaré de agradecer todo su apoyo y compañía, aquí compartiré reuniones, lecturas y reseñas mensuales.

Hasta el próximo post.

¡Gracias por leer!

Yugen (japonés)

Día 151

¡Saludos, demoniuras y preciosuras!

Hace unos días escuché una palabra en japonés y me maravilló su significado. Es una de esas palabras que no tienen traducción porque expresan un sentimiento. Y en este caso, la extraña y bella sensación de darnos cuenta de nuestra existencia y de lo complejo que es el universo. Es sentirte parte de un todo inmenso, y eso genera cierta melancolía, agradecimiento y comprensión del ser.

Yugen (Yumoto)

«Un sentido profundo y misterioso de la belleza del universo… y la triste belleza del sufrimiento humano».

24 de septiembre del 2021

¿Has experimentado ese sentimiento? Descríbelo en tu diario.

¡Gracias por leer!

ESTACIÓN EN LA TIERRA – Poema de Aída Cartagena Portalatín

Día 150

ESTACIÓN EN LA TIERRA

I

No creo que yo esté aquí demás.
Aquí hace falta una mujer, y esa mujer soy yo.
No regreso hecha llanto. No quiero conciliarme
con los hechos extraños.

Antiguamente tuve la inútil velada de levantar las tejas
para aplaudir los párrafos de la experiencia ajena.

Antiguamente no había despertado.
No era necesario despertar.

Sin embargo, he despertado de espalda a tus discursos,
definitivamente de frente a la verídica, sencilla y clara
necesidad de ir a mi encuentro.

Ahora puedo negarte. Retirarte mi voto.
Y puedo escuchar y gritar conmigo
irremisiblemente viva,
porque viva es la voz de las verdades,
porque viva es la voz del luminoso
salón del casamiento del ángel con la estrella.

Ahora puedo negarte. Toda soy de ventanas,
limpia, libre y clara de frente al campanario
de los oficios de los vivos y de los muertos.
Y siento la necesidad de las cosas pequeñas,
de esas cosas pequeñas que no trepan
como si tuvieran medido el sitio,
sino que se esparcen como los árboles ardidos.

Con esa pequeñez me desplazo por tu arquitectura
de galería sin fin.
siempre sin novedad, ni rosa, ni luna en su camino
y llego al fondo donde te descubro
en esas generaciones de familias inmovilizadas
que terminan con la última viga anciana
cuando ya no hay otro dueño y el mueble está gastado.

II

Esa infeliz dignidad de la rutina
está en el término donde la tontería
tiene la voz de las caricias para llamar a las bestias
y no significa nada para la voz de mis verdades.

Pensarán que he llegado demasiado temprano,
acaso un poco tarde. Tal vez no hubiera
llegado a ningún otro tiempo
para reemplazar mi turno.
Pero no creo que yo esté aquí demás,
y además prefiero estar aquí ahora,
y desatarme a veces,
y recoger las negaciones
para volver con la resignación,
el grito y el paso de la muerte.

Esto es regresar al sitio
donde los árboles rechazan a los desconocidos
y se prolonga el conversar de algunas estaciones.
Esto es ser como los otros
y volver mi alma vecina
igual a las de los vecinos,
y perder el temor de atravesarme totalmente
con el recuerdo del libro del recuerdo.

III

Prudentemente he cerrado el camino
y he dicho: estoy en tiempo puro.
Un tiempo que en la vida ha perdido el sentido.
Un tiempo que revela que la naturaleza de las cosas
está al revés de su corteza
y el alimento consiste en el estímulo.

Estación de verdad que me incorpora
y rechaza el propósito de descubrir el Código
que sentencia la vida detrás de tu cortina.

Desengaño – Meditaciones

Día 149

Bilingual Post.

El mayor desengaño para el desprecio de la muerte es la consideración de que aun la menospreciaron también aquellos que juzgaban el deleite por bueno y el trabajo por malo.

-Marco Aurelio.

15 de septiembre del 2021


Escribe en tu diario cuál fue la última vez que algo te entusiasmó.

¡Gracias por leer!

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The enormous disappointment in the arrogance of death is the appreciation that even those who judged delight as good and work as bad also detested it.

-Marcus Aurelius

September, 15th 2021

Write in your journal the last time something excited you.

Thanks for reading!