Desengaño – Meditaciones

Día 149

Bilingual Post.

El mayor desengaño para el desprecio de la muerte es la consideración de que aun la menospreciaron también aquellos que juzgaban el deleite por bueno y el trabajo por malo.

-Marco Aurelio.

15 de septiembre del 2021


Escribe en tu diario cuál fue la última vez que algo te entusiasmó.

¡Gracias por leer!

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The enormous disappointment in the arrogance of death is the appreciation that even those who judged delight as good and work as bad also detested it.

-Marcus Aurelius

September, 15th 2021

Write in your journal the last time something excited you.

Thanks for reading!

Orgullo y Prejuicio – Capítulo 17. Jane Austen

Día 148

Al día siguiente, Elizabeth le contó a Jane su conversación con el señor Wickham. Jane la escuchó inquieta y sorprendida; le costaba creer que el señor Darcy fuera tan indigno del afecto del señor Bingley; y, sin embargo, no era propio de ella cuestionar la sinceridad de un joven que parecía tan agradable como Wickham.
La posibilidad de que hubiera sido maltratado de ese modo bastó para despertar su ternura; y lo único que pudo hacer, en consecuencia, fue pensar bien de los dos, defender la conducta de ambos, y considerar accidente o error lo que no podía explicarse de otra forma.
—Supongo que, de un modo u otro, los dos han sido engañados, —dijo Jane—, no sabemos cómo. Incluso es posible que haya personas que quieran enemistarlos. Así que no está en nuestras manos hacer conjeturas sobre las causas o circunstancias que, sin que ninguno de los dos sea culpable, han podido distanciarles.
—Cierto, muy cierto; y ahora, mi querida Jane, ¿qué puedes decir en defensa de esas terceras personas que probablemente han intervenido en este asunto? Tendrás que demostrar también su inocencia, o nos veremos obligados a pensar mal de alguien.
—Ríete cuanto quieras, pero no conseguirás que cambie de opinión. Mi querida Lizzy, piensa en el papel tan vergonzoso que haría el señor Darcy si tratara de ese modo a alguien tan querido por su padre… alguien a quien éste había prometido asegurar el porvenir. Es imposible. Ninguna persona con un mínimo de humanidad, ningún hombre al que preocupe su reputación sería capaz de hacerlo. ¿Cómo podría engañar hasta tal punto a sus mejores amigos? ¡Es inconcebible!
—Me resulta mucho más fácil creer que el señor Bingley no sabe nada, que acusar al señor Wickham de inventar una historia como la que me contó ayer por la noche; con nombres, hechos… y sin andarse con rodeos. Si no es cierto, dejemos que el señor Darcy lo contradiga. Además, el señor Wickham parecía tan sincero…

—Es realmente difícil, y doloroso. No sabe uno qué pensar.
—Perdona… para mí está muy claro.
Pero Jane sólo tenía una certeza: que el señor Bingley, si había sido engañado, sufriría mucho cuando aquel asunto saliera a la luz.
La llegada de algunas de las personas sobre las que estaban hablando obligó a las dos jóvenes a abandonar el jardín: el señor Bingley y sus hermanas venían a invitarles personalmente al tan esperado baile de Netherfield, que se celebraría el martes siguiente. Las dos damas se mostraron encantadas de volver a ver a su querida amiga, dijeron que había pasado un siglo desde su último encuentro, y le preguntaron repetidas veces qué había hecho desde entonces. Apenas prestaron atención al resto de la familia; hicieron todo lo posible por evitar a la señora Bennet, hablaron muy poco con Elizabeth y nada en absoluto con los demás. No tardaron en marcharse: se levantaron de sus asientos con una brusquedad que sorprendió a su hermano, y salieron a toda prisa como si estuvieran impacientes por librarse de los cumplidos de la señora Bennet.
La perspectiva del baile en Netherfield fascinaba a todas las mujeres de la familia. La señora Bennet decidió que se celebraba en honor de su hija mayor, y le halagó sobremanera que el señor Bingley se acercara personalmente a Longbourn, en lugar de mandarles una invitación protocolaria. Jane imaginaba una velada muy feliz en compañía de sus dos amigas, y con las atenciones que le dedicaría el hermano de éstas; y Elizabeth pensaba con placer en bailar mucho con el señor Wickham, y ver confirmadas todas sus acusaciones en las miradas y los actos del señor Darcy. La felicidad con que soñaban Catherine y Lydia dependía menos de un único acontecimiento o de una persona determinada, pues, aunque las dos, al igual que Elizabeth, pretendían bailar la mitad de la velada con el señor Wickham, éste no era ni mucho menos la única pareja que podría satisfacerles, y, en cualquier caso, un baile siempre era un baile. Incluso Mary aseguró a su familia que no le disgustaba la idea.
—Mientras pueda disponer de las mañanas para mí —dijo—, es suficiente. No me parece un sacrificio asistir de vez en cuando a esas veladas. La vida social tiene derechos sobre nosotros; y yo declaro ser una de esas personas que consideran beneficiosos para todo el mundo ciertos intervalos de recreo y distracción.
Elizabeth estaba tan animada con el baile que, aunque sólo hablaba con el señor Collins cuando era estrictamente necesario, no pudo evitar preguntarle si pensaba aceptar la invitación del señor Bingley y, de ser así, si le parecía correcto participar en ese tipo de diversiones nocturnas; y se quedó bastante sorprendida al descubrir que el joven clérigo no albergaba el menor escrúpulo al respecto, y que estaba muy lejos de temer una reprimenda del arzobispo[*] o de lady Catherine de Bourgh por atreverse a bailar.
—Le aseguro que no soy de la opinión —dijo el señor Collins— de que un baile de esta naturaleza, ofrecido por un joven de buena reputación a gente muy respetable, pueda resultar pecaminoso; y estoy tan lejos de censurarlo que espero tener el honor de bailar con todas mis hermosas primas en el transcurso de la velada, por lo que aprovecho la oportunidad, señorita Elizabeth, para rogarle que me conceda las dos primeras danzas, una preferencia que confío en que mi prima Jane atribuya al motivo correcto y no considere una falta de respeto.

Elizabeth comprendió que no tenía escapatoria. Se había propuesto bailar con el señor Wickham aquellas dos primeras piezas, y ¡tendría que hacerlo en su lugar con el señor Collins! Sus ganas de bromear le habían salido caras. Pero ya no tenía remedio. Su felicidad y la del señor Wickham tendrían que esperar forzosamente un poco, y aceptó la propuesta del señor Collins con la mayor gentileza posible.
Tampoco le agradó su galantería, pues parecía sugerir algo más. Por primera vez se le pasó por la imaginación que tal vez fuera ella la hermana elegida para convertirse en señora de la rectoría de Hunsford y completar una mesa de cuatrillo en Rosings cuando lady Catherine no encontrara a nadie mejor. La idea no tardó en ser una convicción, al ver cómo aumentaban sus muestras de cortesía y la frecuencia con que intentaba alabar su viveza y su ingenio; y, aunque a Elizabeth le sorprendiera más que halagara el efecto de sus encantos, su madre no tardó en darle a entender que la posibilidad de una boda con el señor Collins le alegraba sobremanera. Elizabeth, sin embargo, prefirió no darse por aludida, consciente de que cualquier respuesta desataría una fuerte discusión. Tal vez el señor Collins jamás llegara a pedir su mano y, hasta que lo hiciera, no tenía sentido pelearse.
Si no se hubiera celebrado en Netherfield un baile para el que prepararse y del que hablar, Catherine y Lydia Bennet habrían sido muy desgraciadas, ya que, desde el día de la invitación, llovió con tanta intensidad que no pudieron ir ni una sola vez a Meryton. Así que no hubo tía, ni oficiales, ni noticias nuevas; e incluso se vieron obligadas a encargar las rosas de tela que adornarían sus zapatos de baile. El mal tiempo puso también a prueba la paciencia de Elizabeth, al impedir que progresara su amistad con el señor Wickham; y, sólo gracias al baile del martes, Lydia y Kitty encontraron soportables el viernes, el sábado, el domingo y el lunes.

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Pride and Prejudice

Chapter 17

Elizabeth related to Jane the next day what had passed between Mr. Wickham and herself. Jane listened with astonishment and concern; she knew not how to believe that Mr. Darcy could be so unworthy of Mr. Bingley’s regard; and yet, it was not in her nature to question the veracity of a young man of such amiable appearance as Wickham. The possibility of his having endured such unkindness, was enough to interest all her tender feelings; and nothing remained therefore to be done, but to think well of them both, to defend the conduct of each, and throw into the account of accident or mistake whatever could not be otherwise explained.

“They have both,” said she, “been deceived, I dare say, in some way or other, of which we can form no idea. Interested people have perhaps misrepresented each to the other. It is, in short, impossible for us to conjecture the causes or circumstances which may have alienated them, without actual blame on either side.”

“Very true, indeed; and now, my dear Jane, what have you got to say on behalf of the interested people who have probably been concerned in the business? Do clear them too, or we shall be obliged to think ill of somebody.”

“Laugh as much as you choose, but you will not laugh me out of my opinion. My dearest Lizzy, do but consider in what a disgraceful light it places Mr. Darcy, to be treating his father’s favourite in such a manner, one whom his father had promised to provide for. It is impossible. No man of common humanity, no man who had any value for his character, could be capable of it. Can his most intimate friends be so excessively deceived in him? Oh! no.”

“I can much more easily believe Mr. Bingley’s being imposed on, than that Mr. Wickham should invent such a history of himself as he gave me last night; names, facts, everything mentioned without ceremony. If it be not so, let Mr. Darcy contradict it. Besides, there was truth in his looks.”

“It is difficult indeed—it is distressing. One does not know what to think.”

“I beg your pardon; one knows exactly what to think.”

But Jane could think with certainty on only one point—that Mr. Bingley, if he had been imposed on, would have much to suffer when the affair became public.

The two young ladies were summoned from the shrubbery, where this conversation passed, by the arrival of the very persons of whom they had been speaking; Mr. Bingley and his sisters came to give their personal invitation for the long-expected ball at Netherfield, which was fixed for the following Tuesday. The two ladies were delighted to see their dear friend again, called it an age since they had met, and repeatedly asked what she had been doing with herself since their separation. To the rest of the family they paid little attention; avoiding Mrs. Bennet as much as possible, saying not much to Elizabeth, and nothing at all to the others. They were soon gone again, rising from their seats with an activity which took their brother by surprise, and hurrying off as if eager to escape from Mrs. Bennet’s civilities.

The prospect of the Netherfield ball was extremely agreeable to every female of the family. Mrs. Bennet chose to consider it as given in compliment to her eldest daughter, and was particularly flattered by receiving the invitation from Mr. Bingley himself, instead of a ceremonious card. Jane pictured to herself a happy evening in the society of her two friends, and the attentions of her brother; and Elizabeth thought with pleasure of dancing a great deal with Mr. Wickham, and of seeing a confirmation of everything in Mr. Darcy’s look and behaviour. The happiness anticipated by Catherine and Lydia depended less on any single event, or any particular person, for though they each, like Elizabeth, meant to dance half the evening with Mr. Wickham, he was by no means the only partner who could satisfy them, and a ball was, at any rate, a ball. And even Mary could assure her family that she had no disinclination for it.

“While I can have my mornings to myself,” said she, “it is enough—I think it is no sacrifice to join occasionally in evening engagements. Society has claims on us all; and I profess myself one of those who consider intervals of recreation and amusement as desirable for everybody.”

Elizabeth’s spirits were so high on this occasion, that though she did not often speak unnecessarily to Mr. Collins, she could not help asking him whether he intended to accept Mr. Bingley’s invitation, and if he did, whether he would think it proper to join in the evening’s amusement; and she was rather surprised to find that he entertained no scruple whatever on that head, and was very far from dreading a rebuke either from the Archbishop, or Lady Catherine de Bourgh, by venturing to dance.

“I am by no means of the opinion, I assure you,” said he, “that a ball of this kind, given by a young man of character, to respectable people, can have any evil tendency; and I am so far from objecting to dancing myself, that I shall hope to be honoured with the hands of all my fair cousins in the course of the evening; and I take this opportunity of soliciting yours, Miss Elizabeth, for the two first dances especially, a preference which I trust my cousin Jane will attribute to the right cause, and not to any disrespect for her.”

Elizabeth felt herself completely taken in. She had fully proposed being engaged by Mr. Wickham for those very dances; and to have Mr. Collins instead! her liveliness had never been worse timed. There was no help for it, however. Mr. Wickham’s happiness and her own were perforce delayed a little longer, and Mr. Collins’s proposal accepted with as good a grace as she could. She was not the better pleased with his gallantry from the idea it suggested of something more. It now first struck her, that she was selected from among her sisters as worthy of being mistress of Hunsford Parsonage, and of assisting to form a quadrille table at Rosings, in the absence of more eligible visitors. The idea soon reached to conviction, as she observed his increasing civilities toward herself, and heard his frequent attempt at a compliment on her wit and vivacity; and though more astonished than gratified herself by this effect of her charms, it was not long before her mother gave her to understand that the probability of their marriage was extremely agreeable to her. Elizabeth, however, did not choose to take the hint, being well aware that a serious dispute must be the consequence of any reply. Mr. Collins might never make the offer, and till he did, it was useless to quarrel about him.

If there had not been a Netherfield ball to prepare for and talk of, the younger Miss Bennets would have been in a very pitiable state at this time, for from the day of the invitation, to the day of the ball, there was such a succession of rain as prevented their walking to Meryton once. No aunt, no officers, no news could be sought after—the very shoe-roses for Netherfield were got by proxy. Even Elizabeth might have found some trial of her patience in weather which totally suspended the improvement of her acquaintance with Mr. Wickham; and nothing less than a dance on Tuesday, could have made such a Friday, Saturday, Sunday, and Monday endurable to Kitty and Lydia.

Psithurisma (griego)

Día 147

¡Hola, demoniuras y preciosuras!

Se acerca la época más hermosa del año, al menos para mí, que adoro el otoño y el invierno. Me encanta ese ambiente un tanto nostálgico, las tardes con esa quietud que permite sentir el viento y escuchar su murmullo. Me fascina tomar un té o café y ver los colores del atardecer que estás estaciones nos muestran. Y justamente encontré una de esas palabras sin traducción un tanto extrañas y con un gran significado. Y quise compartirla con ustedes. La palabra es:

Psithurisma del griego, y significa, susurro de las hojas con el viento.

Espero tengas un excelente fin de semana.

4 de septiembre del 2021

Si pudieras involucrarte completamente en una causa, ¿cuál sería? Por favor escríbelo en tu diario.

¡Gracias por leer!

Naturaleza Oscura – Poema de Yediht Cazarín

Día 146.

Ella era lo que no añore jamás, ella era CLARIDAD
la tomé temblando y probé su gelidez descomunal.

Nunca un ser en este mundo experimentó
tan siniestra realidad.

Son sus ojos tan oscuros, y sólo veo verdad,
sólo encuentro en su reflejo su grandeza y mi maldad.

Ella era todo lo que yo podía amar,
ella, ella era OSCURIDAD.

3 de septiembre del 2021

Primer plano
Elige a los protagonistas de la película de tu vida. Escribe su perfil en tu diario.

¡Gracias por leer!

Ciao!

Australiantis – Poema de Ali Cobby Eckermann

Día 145.

Ali Cobby Eckermann (nacida en 1963) es una poeta Australians. Mujer Yankunytjatjara / Kokatha nacida en la tierra de Kaurna en Australia del Sur.

En 2017, ganó el Premio Internacional de Literatura de Poesía Windham-Campbell.

Australantis

Entre lo que ha sido y lo que será
hay un océano entero colmado de arena

Donde a los peces crecen alas para llegar el cielo
y los pájaros regresan a la tierra

Un lienzo rígido desprovisto de vistas
ninguna duna ningún árbol

Solo una concha suspendida más allá del horizonte
derramando el ruido de lo entremetido

1 septiembre del 2021


En la película Atrapado en el tiempo, Bill Murray vivía el mismo día una y otra vez, atrapado en un bucle temporal hasta que fue capaz de tener un día “perfecto”. ¿Qué día elegirías para que se repitiera hasta que lo hicieses todo bien? ¿Crees que es posible conseguir una vida “perfecta”?
Por favor, escríbelo en tu diario.

¡Gracias por leer!

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Ali Cobby Eckermann (born 1963) is an Australian poet. Yankunytjatjara / Kokatha woman born in the land of Kaurna in South Australia.

In 2017, she won the Windham-Campbell International Literature Prize for Poetry.

Australantis

There’s a whole ocean filled with sand
between what was and what will be

Where fish grows wings to climb the sky
and water birds revert to earth

A stark canvas devoid of view
not a sand dune not a tree

Only a shell hangs beyond the skyline
spilling the noise of the in-betwwen

September 1st 2021

In the movie Groundhog Day, Bill Murray lived the same day repeatedly, trapped in a time loop until he was able to have a “perfect” day. What day would you choose to repeat until you did everything right? Do you think it is possible to achieve a “perfect” life? Please write it down in your journal.

Thanks for reading!

Cuando escuches el trueno me recordarás (poema) – Anna Ajmátova

Día 144

Cuando escuches el trueno me recordarás
Y tal vez pienses que amaba la tormenta…
El rayado del cielo se verá fuertemente carmesí
Y el corazón, como entonces, estará en el fuego.

Esto sucederá un día en Moscú
Cuando abandone la ciudad para siempre
Y me precipite hacia el puerto deseado
Dejando entre ustedes apenas mi sombra.

25 de agosto del 2021

Supongamos que cuando hay luna llena, te conviertes en una persona completamente diferente de la que eres normalmente. Por favor describe en tu diario tu nuevo yo.

Спасибо за прочтение (Spasibo za prochteniye)

¡Gracias por leer!

Dibujo a lápiz con un toque de color.

Día 143

¡Saludos, demoniuras y preciosuras!

En este post verás el dibujo que realicé el día de hoy, con un toque de color para variar y subir un poco el nivel. Acepto que me sigue encantando como se ve el dibujo en lápiz únicamente, ¡pero tenía que intentarlo! Les comparto algunos dibujos más, ya que llevo algunos días practicando esta nueva actividad que me fascina, y trato de alternarla con el resto de actividades a las que yo sola me sumo.

Espero tengan un maravilloso fin de semana.

20 de agosto del 2021

Todos necesitamos mantener un equilibrio entre las cosas que hacemos: bloguear, hacer ejercicio, leer, cocinar… ¿Cuál es tu caso?
Por favor escríbelo en tu diario.

¡Gracias por leer!

Orgullo y Prejuicio – Capítulo 16 – Jane Austen

Día 142

Bilingual Post.

Como no se puso ninguna objeción al compromiso de las jóvenes con su tía, y todos los escrúpulos del señor Collins —que se resistía a abandonar al señor y a la señora Bennet por las tardes— fueron vencidos, el carruaje los llevó a él y a sus cinco primas a Meryton, a la hora prevista; y las muchachas tuvieron la satisfacción de oír, al entrar en el salón, que el señor Wickham había aceptado la invitación de su tío, y se encontraba en casa de los Philips.
Una vez obtenida esa información, los recién llegados se sentaron, y el señor Collins pudo admirar con tranquilidad cuanto había a su alrededor; la amplitud y el mobiliario de la estancia le impresionaron de tal modo que, según dijo, podría haber estado en la salita de desayuno que utilizaban los veranos en Rosings. La comparación no suscitó al principio demasiado entusiasmo; pero, cuando la señora Philips supo cómo era Rosings y quién era su propietaria, cuando escuchó la descripción de uno de los salones de lady Catherine y se enteró de que sólo la chimenea había costado ochocientas libras, comprendió el valor del cumplido, y no le habría molestado una comparación con el cuarto del ama de llaves.
Hasta que los caballeros se reunieron con ellos, el señor Collins lo pasó en grande describiendo todo el esplendor de lady Catherine y su mansión, y haciendo alguna que otra digresión para alabar su humilde morada y las reformas que estaba emprendiendo. Encontró en la señora Philips una magnífica oyente, cada vez más convencida de la importancia de su invitado y dispuesta a contárselo todo a sus vecinas en cuanto tuviera ocasión. A las jóvenes Bennet, que no escuchaban a su primo, y que no tenían nada que hacer salvo echar de menos un piano y contemplar sus mediocres imitaciones de porcelana sobre la repisa de la chimenea, la espera se les hizo interminable. Pero acabó llegando a su fin. Los caballeros se acercaron, y, cuando el señor Wickham entró en la habitación, a Elizabeth no le pareció exagerado el interés que éste le había suscitado. Los oficiales del condado eran, por lo general, personas respetables y educadas, y los mejores se encontraban en casa de los Philips; pero el señor Wickham superaba a todos en porte, semblante, apariencia y andares, del mismo modo que los demás superaban al tío Philips, con su rostro ancho y abotargado y su olor a oporto, que entró en la sala tras los oficiales.
El señor Wickham fue el hombre afortunado hacia el que se volvieron casi todas las miradas femeninas, y Elizabeth la mujer afortunada junto a la que finalmente se sentó; y la naturalidad con que empezó a conversar, aunque sólo fuera de la humedad de la noche y de las probabilidades de una estación lluviosa, convencieron a la joven de que el tema más vulgar, trillado y aburrido podría resultar interesante gracias al ingenio del conversador.
Ante unos rivales como el señor Wickham y los demás oficiales, el señor Collins pareció hundirse en la insignificancia; es cierto que las damiselas lo consideraban un cero a la izquierda, pero seguía teniendo a intervalos una amable oyente en la señora Philips, que no dejó de obsequiarle con café y bizcochos.
Cuando colocaron las mesas de juego, tuvo oportunidad de agradecerle su cortesía uniéndose a la partida de whist.

—Apenas conozco las reglas —dijo—, pero me encantará aprender. Dada mi posición…
La señora Philips le dio las gracias por su buena disposición, pero no esperó a escuchar sus explicaciones.
El señor Wickham no jugaba al whist, y fue acogido con verdadero placer en la otra mesa, donde se sentó entre Elizabeth y Lydia. Al principio pareció existir el peligro de que esta última acaparara toda su atención, pues era muy habladora; pero, como también era muy aficionada a la lotería, no tardó en enfrascarse en el juego, demasiado ávida de hacer apuestas y ponerse a gritar tras los aciertos para estar pendiente de una sola persona. Habida cuenta de la facilidad del juego, el señor Wickham tuvo ocasión de hablar con Elizabeth, y ella le escuchó encantada, aunque no abrigara la menor esperanza de que le contase lo que más deseaba oír: la historia de su relación con el señor Darcy. Ni siquiera se atrevía a mencionar a ese caballero. Su curiosidad, sin embargo, se vio inesperadamente satisfecha. El mismo señor Wickham fue quien sacó el tema. Quiso saber a qué distancia estaba Netherfield de Meryton; y, al escuchar la respuesta, le preguntó vacilante cuánto tiempo llevaba allí el señor Darcy.
—Alrededor de un mes —dijo Elizabeth; y, acto seguido, resistiéndose a abandonar el tema, añadió—: es dueño de una extensa heredad en Derbyshire, según tengo entendido.
—En efecto —contestó Wickham—; tiene una mansión espléndida y muchísimas tierras. Y una renta de diez mil libras anuales. No encontrará usted a nadie que pueda informarle mejor sobre ese asunto, pues, desde mi infancia, he tenido una relación muy especial con su familia.
Elizabeth fue incapaz de disimular su sorpresa.
—Comprendo que mis palabras la sorprendan, señorita Bennet, después de haber visto ayer, tal como creo, la frialdad de nuestro encuentro. ¿Conoce mucho al señor Darcy?
—Lo conozco más que suficiente —exclamó Elizabeth con vehemencia—. He pasado cuatro días en la misma casa que él, y me parece un hombre muy desagradable.
—No tengo derecho a opinar —dijo Wickham— sobre si es agradable o no. No estoy en condiciones de hacerlo. Lo conozco desde hace demasiado tiempo y demasiado bien para ser un buen juez. No podría ser imparcial. Pero creo que todo el mundo se asombraría al conocer su opinión… Aunque es posible que no la expresara con tanto ardor en otro lugar. Aquí está rodeada de su familia.
—Le aseguro que no he dicho nada aquí que no hubiera dicho en cualquier casa de la vecindad, si exceptuamos Netherfield. El señor Darcy no goza de demasiadas simpatías en Hertfordshire. Todo el mundo detesta su orgullo. No encontrará a nadie que le hable mejor de él.
—No seré yo quién lamente —señaló Wickham, tras unos instantes de silencio— que a él, o a cualquier otra persona, se le estime en función de sus méritos; pero no creo que en su caso ocurra muy a menudo. Deslumbra al mundo con su fortuna y su posición social, y lo intimida con sus modales altivos y palaciegos; la gente sólo lo ve como él desea ser visto.
—Tengo la impresión, aunque apenas lo he tratado, de que es un hombre de muy mal carácter.
Wickham se limitó a mover la cabeza.

—Me gustaría saber —exclamó, en cuanto pudo volver a hablar— si se quedará mucho más tiempo en la región.
—No tengo ni idea; pero nadie habló de que fuera a marcharse mientras estuve en Netherfield. Espero que sus planes en favor de nuestro condado no se vean afectados por el hecho de que él viva en la zona.
—¡Oh, no! No permitiré que el señor Darcy me espante. Si no quiere verme, tendrá que marcharse él. Nuestras relaciones no son amistosas, y siempre me resulta doloroso encontrarme con él, pero los motivos que tengo para evitarlo los podría proclamar ante el mundo: la sensación de haber sido tratado injustamente, y un gran pesar de que sea el hombre que es. Su padre, el difunto señor Darcy, fue una de las mejores personas que han existido, señorita Bennet, y el amigo más fiel que he tenido jamás; y no puedo estar en presencia del actual señor Darcy sin sentir una profunda aflicción por el gran número de emotivos recuerdos que me embargan. Su comportamiento conmigo ha sido escandaloso; pero estoy convencido de que podría perdonarle cualquier cosa… todo… menos que defraudara las expectativas de su padre y deshonrara su memoria.
Elizabeth, cada vez más interesada, escuchaba con la mayor atención; pero, al tratarse de un tema tan delicado, prefirió no hacer más preguntas.
El señor Wickham empezó a hablar de otros asuntos más generales, como Meryton, el vecindario, la sociedad local; y, sumamente complacido al parecer con lo que había visto, se refirió a esta última con una galantería discreta pero evidente.
—Ha sido la perspectiva de disfrutar de una buena vida social, y con gente de posición —añadió—, lo que más me ha empujado a enrolarme en la milicia del condado[*]. Sabía que era un cuerpo muy respetable y hospitalario, y mi amigo Denny acabó de convencerme con la descripción de su actual acuartelamiento, y de las múltiples atenciones y excelentes amistades que Meryton les ha proporcionado. El trato con la gente, lo reconozco, me es muy necesario. Soy un hombre que ha sufrido decepciones, y mi estado de ánimo no soporta la soledad. Debo tener trabajo y vida social. No estaba destinado a la vida militar, pero las circunstancias la han hecho aconsejable para mí. La Iglesia tendría que haber sido mi profesión; me educaron para entrar en su seno, y a estas alturas podría disfrutar de un importante cargo si así lo hubiera querido el caballero del que acabamos de hablar.
—¿De veras?
—Sí; el difunto señor Darcy me legó, cuando quedase vacante, el mejor beneficio eclesiástico de sus tierras. Era mi padrino y estaba muy encariñado conmigo. No encuentro palabras para expresar su bondad. Quería asegurar mi porvenir, y creyó haberlo hecho. Pero, cuando el cargo quedó libre, lo ocupó otra persona.
—¡Santo cielo! —exclamó Elizabeth—. Pero ¿qué ocurrió? ¿Cómo pudo ignorarse su voluntad? ¿Acaso no solicitó usted ayuda legal?
—Había ciertas deficiencias formales en el testamento que truncaron cualquier esperanza de conseguir algo en los tribunales. Un hombre de honor no habría dudado de la intención del finado, pero el señor Darcy prefirió ponerla en tela de juicio… o tratarla como una simple recomendación condicional, asegurando que yo había perdido todo derecho a ella debido a mi desenfreno e imprudencia; en pocas palabras, por todo o por nada. Lo cierto es que el beneficio eclesiástico quedó vacante hace dos años, cuando yo tenía edad para ocuparlo, y se lo confiaron a otro hombre; e igual de cierto es que no puedo acusarme de haber hecho nada para perderlo. Tengo un carácter apasionado e imprudente, y quizá a veces me haya tomado demasiadas libertades al hablar de él y con él. No recuerdo nada peor. Pero el hecho es que somos dos hombres muy diferentes, y que él me odia.
—¡Me parece vergonzoso! Merecería ser desacreditado en público.
—Antes o después alguien lo hará, pero no seré yo. Mientras su padre siga presente en mi memoria, jamás me enfrentaré a él ni lo pondré en evidencia.
Elizabeth alabó sus sentimientos, y encontró al señor Wickham más atractivo que nunca.
—Pero ¿cuáles eran sus motivos? —preguntó, tras unos instantes de silencio—.
¿Qué pudo inducirle a comportarse con tanta crueldad?
—La profunda aversión que le inspiro… una aversión que, hasta cierto punto, sólo puedo atribuir a los celos. Si el difunto señor Darcy me hubiera querido menos, su hijo se habría llevado mejor conmigo; pero el extraordinario cariño que su padre sentía por mí le molestó desde muy pequeño. No podía soportar el hecho de competir conmigo… ni que yo fuera a menudo el predilecto de su padre.
—No creía que el señor Darcy pudiera ser tan malo; no es santo de mi devoción, desde luego, pero nunca habría imaginado algo parecido. Suponía que despreciaba a sus congéneres en general, pero ¡jamás sospeché que pudiera rebajarse a semejante venganza, a semejantes extremos de injusticia y crueldad!
Después de unos momentos de reflexión, sin embargo, Elizabeth prosiguió:
—Recuerdo que un día se vanaglorió en Netherfield de cuán implacable era en sus resentimientos, de su incapacidad para el perdón. Debe de ser un hombre terrible.
—Prefiero no hablar de eso —respondió Wickham—, me costaría mucho ser justo con él.
Elizabeth volvió a enfrascarse en sus pensamientos y, al cabo de algún tiempo, exclamó:

—¡Tratar de ese modo al ahijado, al amigo, al preferido de su padre! —y podría haber añadido: «A un joven, además, como usted, cuyo semblante da fe de su buen carácter», pero se contentó con decir—: Y a una persona, además, con la que creció desde la infancia y a la que, creo que ha dicho usted, estuvo muy unido.
—Nacimos en la misma parroquia, dentro de la misma heredad, y pasamos juntos casi toda nuestra infancia y juventud; habitantes de la misma casa, compartimos las mismas distracciones y recibimos los mismos cuidados paternales. Mi padre empezó a trabajar en la misma profesión a la que su tío, el señor Philips, da tanto prestigio, pero lo dejó todo para servir de ayuda al difunto señor Darcy, y consagrar todo su tiempo al cuidado de Pemberley. El señor Darcy le apreciaba muchísimo, y lo consideraba su mejor amigo y confidente. Reconocía a menudo estar en deuda con él por el modo en que administraba sus bienes, y cuando, justo antes de la muerte de mi padre, el señor Darcy le prometió ocuparse de mí, estoy seguro de que lo hizo no sólo para mostrarle su agradecimiento sino también por el cariño que me tenía.

—¡Qué extraño! —exclamó Elizabeth—. ¡Y qué abominable! Me sorprende que el propio orgullo del señor Darcy no le empujara a ser justo con usted. A falta de otro motivo más noble, el orgullo tendría que haberle impedido ser injusto… pues eso sólo puede considerarse falta de justicia.
—Resulta asombroso —contestó Wickham—, porque casi todos sus actos los dicta el orgullo; y el orgullo ha sido con frecuencia su mejor amigo. Sin duda le ha acercado más a la virtud que cualquier otro sentimiento. Pero nadie es consecuente; y en su comportamiento conmigo existieron impulsos más fuertes que el orgullo.
—¿Acaso puede un orgullo tan execrable como el suyo tener un efecto beneficioso?
—Sí. A menudo le ha empujado a ser liberal y generoso: a dar dinero a manos llenas, a mostrarse hospitalario, a ayudar a sus arrendatarios y a socorrer a los pobres. El orgullo familiar, así como el filial, pues se siente muy orgulloso de su padre, le han inducido a obrar de ese modo. No deshonrar a su familia, ni mermar su prestigio, ni perder la influencia de Pemberley son motivos muy poderosos. Tiene, asimismo, un orgullo fraternal, que unido a cierto cariño, le convierte en un tutor de su hermana sumamente responsable y afectuoso; ya verá cómo todo el mundo lo considera el mejor y más atento de los hermanos.
—¿Cómo es la señorita Darcy?
El señor Wickham movió la cabeza.
—Ojalá pudiera decir que es una joven amable. Me duele tener que hablar mal de un Darcy. Pero se parece demasiado a su hermano, y es terriblemente orgullosa. De niña era afectuosa y adorable, y estaba muy encariñada conmigo; he jugado con ella cientos de horas. Pero ahora no significa nada para mí. Es una hermosa muchacha de quince o dieciséis años, llena de cualidades, según tengo entendido. Desde la muerte de su padre reside en Londres, donde vive con una dama que se encarga de su educación.
Después de muchas pausas y muchas tentativas de hablar de otras cosas, Elizabeth no pudo sino volver al mismo tema.
—¡No comprendo que pueda ser íntimo del señor Bingley! —dijo—. ¿Cómo es posible que el señor Bingley, que parece personificar el buen humor y es, estoy convencida, el colmo de la amabilidad, sea tan amigo de un hombre así? ¿Qué pueden tener en común? ¿Conoce usted al señor Bingley?
—En absoluto.
—Es un joven afable y encantador. No creo que sepa cómo es el señor Darcy.
—Probablemente no; pero el señor Darcy sabe ser muy agradable cuando quiere.
No le faltan cualidades. Puede ser muy ameno si considera que merece la pena. Entre sus iguales se comporta de un modo muy diferente que entre personas menos prósperas. El orgullo nunca le abandona; pero con los ricos es un hombre de mentalidad abierta, justo, sincero, racional, honrado y tal vez simpático, aunque en ello colaboren la fortuna y el rango.
El grupo que jugaba al whist no tardó en acabar la partida, y los jugadores se congregaron alrededor de la otra mesa; el señor Collins se colocó entre su prima Elizabeth y la señora Philips. Esta última le hizo las preguntas de rigor sobre el resultado del juego. No había tenido mucha suerte: había perdido todas las bazas; pero, cuando la señora Philips empezó a expresarle su pesar, el señor Collins le aseguró con la mayor seriedad que no tenía la menor importancia, que consideraba el dinero una nimiedad, y le rogó que dejara de preocuparse.
—Sé muy bien, señora —dijo—, que, cuando una persona se sienta ante una mesa de juego, debe afrontar ciertos riesgos; por fortuna, cinco chelines no significan nada para un hombre de mi posición. No creo que haya mucha gente que pueda decir lo mismo, pero, gracias a lady Catherine de Bourgh, estoy muy lejos de tener que fijarme en semejantes minucias.
Sus palabras llamaron la atención del señor Wickham, que, tras observar unos instantes al señor Collins, preguntó a Elizabeth en voz baja si su pariente conocía mucho a la familia De Bourgh.
—Lady Catherine de Bourgh —respondió la joven— le ha concedido hace poco un beneficio eclesiástico. Ignoro quién recomendó al señor Collins para ese puesto, pero estoy segura de que acaban casi de conocerse.
—Supongo que sabe que lady Catherine de Bourgh y lady Anne Darcy eran hermanas; y que, por ese motivo, ella es tía del actual señor Darcy.


—No, no estaba al tanto de las relaciones familiares de lady Catherine. Jamás había oído hablar de ella hasta anteayer.
—Su hija, la señorita De Bourgh, heredará una gran fortuna, y se cree que ella y su primo unirán sus patrimonios.
Elizabeth no pudo sino sonreír al recordar a la pobre señorita Bingley. Cuán vanas serían sus atenciones, cuán vanos e inútiles su afecto por la hermana y sus elogios de aquel hombre si el señor Darcy estaba ya destinado a otra mujer.
—El señor Collins —dijo— cuenta maravillas de lady Catherine y de su hija; pero, por algunos detalles que se le han escapado sobre la primera, sospecho que su gratitud le engaña y que, a pesar de ser su benefactora, es una dama arrogante y vanidosa.
—Creo que merece ambos calificativos, y en sumo grado —respondió Wickham—; hace muchos años que no la veo, pero recuerdo que nunca me gustó, y que sus maneras eran insolentes y autoritarias. Tiene fama de ser extraordinariamente razonable e inteligente; pero creo que su gloria se debe en parte a su rango y a su fortuna; en parte a sus modales dictatoriales; y en parte al orgullo de su sobrino, decidido a que todas las personas relacionadas con él tengan un intelecto de primera fila.
A Elizabeth le pareció muy lógica la explicación, y los dos continuaron su animada charla hasta que la cena puso fin a los naipes y ofreció la oportunidad a las demás damas de disfrutar de las atenciones del señor Wickham. Había demasiado alboroto para conversar, pero sus maneras conquistaron a todo el mundo. Cualquier cosa que decía, la decía bien; y cualquier cosa que hacía, la hacía con elegancia. Elizabeth se marchó de Meryton con la cabeza llena del señor Wickham. Mientras volvía a casa, no pudo pensar en nada que no fuera él, o las palabras que él había pronunciado; aunque no tuvo ocasión de nombrarlo durante el trayecto, pues Lydia y el señor Collins hablaron por los codos. Lydia hizo toda clase de comentarios sobre la lotería, y las fichas que había ganado y perdido, y el señor Collins necesitó más tiempo del que tardaron los caballos en detenerse ante la entrada de Longbourn House para describir la cortesía de los señores Philips, declarar cuán poco le importaban sus pérdidas en el whist, enumerar todos los platos de la cena, y expresar repetidamente sus temores de ocupar demasiado espacio en el carruaje y dejar sin sitio a sus primas.

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Pride and Prejudice



Chapter 16

As no objection was made to the young people’s engagement with their aunt, and all Mr. Collins’s scruples of leaving Mr. and Mrs. Bennet for a single evening during his visit were most steadily resisted, the coach conveyed him and his five cousins at a suitable hour to Meryton; and the girls had the pleasure of hearing, as they entered the drawing-room, that Mr. Wickham had accepted their uncle’s invitation, and was then in the house.

When this information was given, and they had all taken their seats, Mr. Collins was at leisure to look around him and admire, and he was so much struck with the size and furniture of the apartment, that he declared he might almost have supposed himself in the small summer breakfast parlour at Rosings; a comparison that did not at first convey much gratification; but when Mrs. Phillips understood from him what Rosings was, and who was its proprietor—when she had listened to the description of only one of Lady Catherine’s drawing-rooms, and found that the chimney-piece alone had cost eight hundred pounds, she felt all the force of the compliment, and would hardly have resented a comparison with the housekeeper’s room.

In describing to her all the grandeur of Lady Catherine and her mansion, with occasional digressions in praise of his own humble abode, and the improvements it was receiving, he was happily employed until the gentlemen joined them; and he found in Mrs. Phillips a very attentive listener, whose opinion of his consequence increased with what she heard, and who was resolving to retail it all among her neighbours as soon as she could. To the girls, who could not listen to their cousin, and who had nothing to do but to wish for an instrument, and examine their own indifferent imitations of china on the mantelpiece, the interval of waiting appeared very long. It was over at last, however. The gentlemen did approach, and when Mr. Wickham walked into the room, Elizabeth felt that she had neither been seeing him before, nor thinking of him since, with the smallest degree of unreasonable admiration. The officers of the ——shire were in general a very creditable, gentlemanlike set, and the best of them were of the present party; but Mr. Wickham was as far beyond them all in person, countenance, air, and walk, as they were superior to the broad-faced, stuffy uncle Phillips, breathing port wine, who followed them into the room.

Mr. Wickham was the happy man towards whom almost every female eye was turned, and Elizabeth was the happy woman by whom he finally seated himself; and the agreeable manner in which he immediately fell into conversation, though it was only on its being a wet night, made her feel that the commonest, dullest, most threadbare topic might be rendered interesting by the skill of the speaker.

With such rivals for the notice of the fair as Mr. Wickham and the officers, Mr. Collins seemed to sink into insignificance; to the young ladies he certainly was nothing; but he had still at intervals a kind listener in Mrs. Phillips, and was by her watchfulness, most abundantly supplied with coffee and muffin. When the card-tables were placed, he had the opportunity of obliging her in turn, by sitting down to whist.

“I know little of the game at present,” said he, “but I shall be glad to improve myself, for in my situation in life—” Mrs. Phillips was very glad for his compliance, but could not wait for his reason.

Mr. Wickham did not play at whist, and with ready delight was he received at the other table between Elizabeth and Lydia. At first there seemed danger of Lydia’s engrossing him entirely, for she was a most determined talker; but being likewise extremely fond of lottery tickets, she soon grew too much interested in the game, too eager in making bets and exclaiming after prizes to have attention for anyone in particular. Allowing for the common demands of the game, Mr. Wickham was therefore at leisure to talk to Elizabeth, and she was very willing to hear him, though what she chiefly wished to hear she could not hope to be told—the history of his acquaintance with Mr. Darcy. She dared not even mention that gentleman. Her curiosity, however, was unexpectedly relieved. Mr. Wickham began the subject himself. He inquired how far Netherfield was from Meryton; and, after receiving her answer, asked in a hesitating manner how long Mr. Darcy had been staying there.

“About a month,” said Elizabeth; and then, unwilling to let the subject drop, added, “He is a man of very large property in Derbyshire, I understand.”

“Yes,” replied Mr. Wickham; “his estate there is a noble one. A clear ten thousand per annum. You could not have met with a person more capable of giving you certain information on that head than myself, for I have been connected with his family in a particular manner from my infancy.”

Elizabeth could not but look surprised.

“You may well be surprised, Miss Bennet, at such an assertion, after seeing, as you probably might, the very cold manner of our meeting yesterday. Are you much acquainted with Mr. Darcy?”

“As much as I ever wish to be,” cried Elizabeth very warmly. “I have spent four days in the same house with him, and I think him very disagreeable.”

“I have no right to give my opinion,” said Wickham, “as to his being agreeable or otherwise. I am not qualified to form one. I have known him too long and too well to be a fair judge. It is impossible for me to be impartial. But I believe your opinion of him would in general astonish—and perhaps you would not express it quite so strongly anywhere else. Here you are in your own family.”

“Upon my word, I say no more here than I might say in any house in the neighbourhood, except Netherfield. He is not at all liked in Hertfordshire. Everybody is disgusted with his pride. You will not find him more favourably spoken of by anyone.”

“I cannot pretend to be sorry,” said Wickham, after a short interruption, “that he or that any man should not be estimated beyond their deserts; but with him I believe it does not often happen. The world is blinded by his fortune and consequence, or frightened by his high and imposing manners, and sees him only as he chooses to be seen.”

“I should take him, even on my slight acquaintance, to be an ill-tempered man.” Wickham only shook his head.

“I wonder,” said he, at the next opportunity of speaking, “whether he is likely to be in this country much longer.”

“I do not at all know; but I heard nothing of his going away when I was at Netherfield. I hope your plans in favour of the ——shire will not be affected by his being in the neighbourhood.”

“Oh! no—it is not for me to be driven away by Mr. Darcy. If he wishes to avoid seeing me, he must go. We are not on friendly terms, and it always gives me pain to meet him, but I have no reason for avoiding him but what I might proclaim before all the world, a sense of very great ill-usage, and most painful regrets at his being what he is. His father, Miss Bennet, the late Mr. Darcy, was one of the best men that ever breathed, and the truest friend I ever had; and I can never be in company with this Mr. Darcy without being grieved to the soul by a thousand tender recollections. His behaviour to myself has been scandalous; but I verily believe I could forgive him anything and everything, rather than his disappointing the hopes and disgracing the memory of his father.”

Elizabeth found the interest of the subject increase, and listened with all her heart; but the delicacy of it prevented further inquiry.

Mr. Wickham began to speak on more general topics, Meryton, the neighbourhood, the society, appearing highly pleased with all that he had yet seen, and speaking of the latter with gentle but very intelligible gallantry.

“It was the prospect of constant society, and good society,” he added, “which was my chief inducement to enter the ——shire. I knew it to be a most respectable, agreeable corps, and my friend Denny tempted me further by his account of their present quarters, and the very great attentions and excellent acquaintances Meryton had procured them. Society, I own, is necessary to me. I have been a disappointed man, and my spirits will not bear solitude. I must have employment and society. A military life is not what I was intended for, but circumstances have now made it eligible. The church ought to have been my profession—I was brought up for the church, and I should at this time have been in possession of a most valuable living, had it pleased the gentleman we were speaking of just now.”

“Indeed!”

“Yes—the late Mr. Darcy bequeathed me the next presentation of the best living in his gift. He was my godfather, and excessively attached to me. I cannot do justice to his kindness. He meant to provide for me amply, and thought he had done it; but when the living fell, it was given elsewhere.”

“Good heavens!” cried Elizabeth; “but how could that be? How could his will be disregarded? Why did you not seek legal redress?”

“There was just such an informality in the terms of the bequest as to give me no hope from law. A man of honour could not have doubted the intention, but Mr. Darcy chose to doubt it—or to treat it as a merely conditional recommendation, and to assert that I had forfeited all claim to it by extravagance, imprudence—in short anything or nothing. Certain it is, that the living became vacant two years ago, exactly as I was of an age to hold it, and that it was given to another man; and no less certain is it, that I cannot accuse myself of having really done anything to deserve to lose it. I have a warm, unguarded temper, and I may have spoken my opinion of him, and to him, too freely. I can recall nothing worse. But the fact is, that we are very different sort of men, and that he hates me.”

“This is quite shocking! He deserves to be publicly disgraced.”

“Some time or other he will be—but it shall not be by me. Till I can forget his father, I can never defy or expose him.”

Elizabeth honoured him for such feelings, and thought him handsomer than ever as he expressed them.

“But what,” said she, after a pause, “can have been his motive? What can have induced him to behave so cruelly?”

“A thorough, determined dislike of me—a dislike which I can not but attribute in some measure to jealousy. Had the late Mr. Darcy liked me less, his son might have borne with me better; but his father’s uncommon attachment to me irritated him, I believe, very early in life. He had not a temper to bear the sort of competition in which we stood—the sort of preference which was often given me.”

“I had not thought Mr. Darcy so bad as this—though I have never liked him. I had not thought so very ill of him. I had supposed him to be despising his fellow-creatures in general, but did not suspect him of descending to such malicious revenge, such injustice, such inhumanity as this.”

After a few minutes’ reflection, however, she continued, “I do remember his boasting one day, at

Netherfield, of the implacability of his resentments, of his having an unforgiving temper. His disposition must be dreadful.”

“I will not trust myself on the subject,” replied Wickham; “I can hardly be just to him.”

Elizabeth was again deep in thought, and after a time exclaimed, “To treat in such a manner the godson, the friend, the favourite of his father!” She could have added, “A young man, too, like you, whose very countenance may vouch for your being amiable”—but she contented herself with, “and one, too, who had probably been his companion from childhood, connected together, as I think you said, in the closest manner!

“We were born in the same parish, within the same park; the greatest part of our youth was passed together; inmates of the same house, sharing the same amusements, objects of the same parental care. My father began life in the profession which your uncle, Mr. Phillips, appears to do so much credit to—but he gave up everything to be of use to the late Mr. Darcy and devoted all his time to the care of the Pemberley property. He was most highly esteemed by Mr. Darcy, a most intimate, confidential friend. Mr. Darcy often acknowledged himself to be under the greatest obligations to my father’s active superintendence, and when, immediately before my father’s death, Mr. Darcy gave him a voluntary promise of providing for me, I am convinced that he felt it to be as much a debt of gratitude to him, as of his affection to myself.”

“How strange!” cried Elizabeth. “How abominable! I wonder that the very pride of this Mr. Darcy has not made him just to you! If from no better motive, that he should not have been too proud to be dishonest—for dishonesty I must call it.”

“It is wonderful,” replied Wickham, “for almost all his actions may be traced to pride; and pride had often been his best friend. It has connected him nearer with virtue than with any other feeling. But we are none of us consistent, and in his behaviour to me there were stronger impulses even than pride.

“Can such abominable pride as his have ever done him good?”

“Yes. It has often led him to be liberal and generous, to give his money freely, to display hospitality, to assist his tenants, and relieve the poor. Family pride, and filial pride—for he is very proud of what his father was—have done this. Not to appear to disgrace his family, to degenerate from the popular qualities, or lose the influence of the Pemberley House, is a powerful motive. He has also brotherly pride, which, with some brotherly affection, makes him a very kind and careful guardian of his sister, and you will hear him generally cried up as the most attentive and best of brothers.”

“What sort of girl is Miss Darcy?”

He shook his head. “I wish I could call her amiable. It gives me pain to speak ill of a Darcy. But she is too much like her brother—very, very proud. As a child, she was affectionate and pleasing, and extremely fond of me; and I have devoted hours and hours to her amusement. But she is nothing to me now. She is a handsome girl, about fifteen or sixteen, and, I understand, highly accomplished. Since her father’s death, her home has been London, where a lady lives with her, and superintends her education.”

After many pauses and many trials of other subjects, Elizabeth could not help reverting once more to the first, and saying:

“I am astonished at his intimacy with Mr. Bingley! How can Mr. Bingley, who seems good humour itself, and is, I really believe, truly amiable, be in friendship with such a man? How can they suit each other? Do you know Mr. Bingley?”

“Not at all.”

“He is a sweet-tempered, amiable, charming man. He cannot know what Mr. Darcy is.”

“Probably not; but Mr. Darcy can please where he chooses. He does not want abilities. He can be a conversible companion if he thinks it worth his while. Among those who are at all his equals in consequence, he is a very different man from what he is to the less prosperous. His pride never deserts him; but with the rich he is liberal-minded, just, sincere, rational, honourable, and perhaps agreeable—allowing something for fortune and figure.”

The whist party soon afterwards breaking up, the players gathered round the other table and Mr. Collins took his station between his cousin Elizabeth and Mrs. Phillips. The usual inquiries as to his success was made by the latter. It had not been very great; he had lost every point; but when Mrs. Phillips began to express her concern thereupon, he assured her with much earnest gravity that it was not of the least importance, that he considered the money as a mere trifle, and begged that she would not make herself uneasy.

“I know very well, madam,” said he, “that when persons sit down to a card-table, they must take their chances of these things, and happily I am not in such circumstances as to make five shillings any object. There are undoubtedly many who could not say the same, but thanks to Lady Catherine de Bourgh, I am removed far beyond the necessity of regarding little matters.”

Mr. Wickham’s attention was caught; and after observing Mr. Collins for a few moments, he asked Elizabeth in a low voice whether her relation was very intimately acquainted with the family of de Bourgh.

“Lady Catherine de Bourgh,” she replied, “has very lately given him a living. I hardly know how Mr. Collins was first introduced to her notice, but he certainly has not known her long.”

“You know of course that Lady Catherine de Bourgh and Lady Anne Darcy were sisters; consequently that she is aunt to the present Mr. Darcy.”

“No, indeed, I did not. I knew nothing at all of Lady Catherine’s connections. I never heard of her existence till the day before yesterday.”

“Her daughter, Miss de Bourgh, will have a very large fortune, and it is believed that she and her cousin will unite the two estates.”

This information made Elizabeth smile, as she thought of poor Miss Bingley. Vain indeed must be all her attentions, vain and useless her affection for his sister and her praise of himself, if he were already self-destined for another.

“Mr. Collins,” said she, “speaks highly both of Lady Catherine and her daughter; but from some particulars that he has related of her ladyship, I suspect his gratitude misleads him, and that in spite of her being his patroness, she is an arrogant, conceited woman.”

“I believe her to be both in a great degree,” replied Wickham; “I have not seen her for many years, but I very well remember that I never liked her, and that her manners were dictatorial and insolent. She has the reputation of being remarkably sensible and clever; but I rather believe she derives part of her abilities from her rank and fortune, part from her authoritative manner, and the rest from the pride for her nephew, who chooses that everyone connected with him should have an understanding of the first class.”

Elizabeth allowed that he had given a very rational account of it, and they continued talking together, with mutual satisfaction till supper put an end to cards, and gave the rest of the ladies their share of Mr. Wickham’s attentions. There could be no conversation in the noise of Mrs. Phillips’s supper party, but his manners recommended him to everybody. Whatever he said, was said well; and whatever he did, done gracefully. Elizabeth went away with her head full of him. She could think of nothing but of Mr. Wickham, and of what he had told her, all the way home; but there was not time for her even to mention his name as they went, for neither Lydia nor Mr. Collins were once silent. Lydia talked incessantly of lottery tickets, of the fish she had lost and the fish she had won; and Mr. Collins in describing the civility of Mr. and Mrs. Phillips, protesting that he did not in the least regard his losses at whist, enumerating all the dishes at supper, and repeatedly fearing that he crowded his cousins, had more to say than he could well manage before the carriage stopped at Longbourn House.

La extraña luz – poema de Fina García Marruz

Día 141.

Yo para siempre, y tan sólo oscuras conversaciones, a la extraña luz del alma. Yo para siempre y sólo noche y no la noche clara.

Yo para siempre, y sólo para esto yo para nunca, y tanto, y tan poco tanto, el mar termina en ave, el tiempo en nieve, ¿en quién mi llanto?

Yo para siempre y solamente lluvia, almacenando pobres amistades, sombríos tesoros, hasta que llegue la muerte a mi memoria y se lo lleve todo.

Fina García Marruz

13 de agosto del 2021

¿Qué es lo que más te gusta cuando visitas un lugar nuevo? ¿La comida? ¿La arquitectura? ¿Observar a la gente? Por favor escríbelo en tu diario.

¡Gracias por leer!

Arigata-meiwaku (japonés)

Día 140.

Bilingual Post.

¡Saludos preciosuras y demoniuras!

¿Les ha pasado alguna vez que no quieren ayuda de alguien, pero esa persona insiste en ayudar?

Debo aceptar que soy de ese tipo de persona que denominan “orgullosa” por eso la palabra que hoy les traigo en japonés habla de ello. Es una de esas palabras que no tienen traducción, con un significado bastante interesante, a mi parecer.

Hablo de: Arigata-meiwaku

La palabra le da significado a una situación en la que alguien hace algo por nosotros que no queríamos que hiciera y que intentamos evitar a toda costa, pero que, al hacerlo, terminamos debiéndole un favor y, por educación, hasta “las gracias.”

Claro que la ayuda bien intencionada siempre debe ser bienvenida, yo creo que a veces sólo queremos esforzarnos un poco más para lograrlo, ya que esa sensación de triunfo es invaluable. Tú, ¿qué opinas?

11 de agosto del 2021

¿Has ido alguna vez a un sitio nuevo o has probado una nueva experiencia y te has dicho: “No lo haré nunca más”. Por favor describe en tu diario esa experiencia.

Yonde kurete arigatō (¡Gracias por leer!)

読んでくれてありがとう

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Greetings beauties and devils!

Has it ever happened to you that you don’t want help from someone, but that person insists on helping?

I have to accept that I am the type of person called “independent,” that is why the word that I bring you today in Japanese speaks of it. It is one of those words that have no translation, with a pretty exciting meaning, in my opinion.

I’m talking about: Arigata-meiwaku

The word gives meaning to a situation in which someone does something for us that we did not want them to do and that we try to avoid at all costs, but in doing so, we end up owing them a favor and, out of politeness, even “thank you.”

Of course, well-intentioned help should always be welcome, and I think sometimes we want to try a little harder to achieve it since that feeling of triumph is invaluable. What do you think?

August 11th 2021

Have you ever gone to a new place or tried a unique experience and told yourself: “I will never do it again.” Would you please describe that experience in your journal?

Yonde kurete arigatō (thanks for reading!)

読んでくれてありがとう

Aprisionada por la espuma (poema) de Eunice Odio

Día 139

 

Yolanda Eunice Odio Infante (San José, Costa Rica, 18 de octubre de 1919 – Distrito Federal, México, 23 de marzo de 1974).

APRISIONADA POR LA ESPUMA

I

Aprisionada en cárceles de espuma,
en la medida de tu cuerpo,
no veo pasar la noche,
sólo veo el día
que entra por tus axilas transparentes
y te desnuda.

Veo, amor mío,
el lecho donde estamos
y compartimos
las dádivas,
los cielos…
Todo lo que nos negó y afirmó como lo que somos:
mil años de alegría corporal
y materia sin sombra
y palabras
que se dicen diurnamente porque vienen del aire
y hay que oírlas y decirlas
a través de los árboles
y en lo que no se escribe porque aún no se inventa su
nombre;
porque su júbilo
todavía no ha sido descubierto
y las flores de su alrededor
aún no son cosas del viento
(aún no han ido a un invierno ni regresado a la primavera).

II

Voy a tu cuerpo igual que ir a los ríos,
igual que van los ríos a los pájaros
y ellos al espacio desatado y florido.

Vengo de ti a la era
donde todo es de todos:
los que llegan, los que se han ido,
los que aún no han venido,
los que no volverán…

Porque eso es tu cuerpo:
un adentro, un afuera compartido
por mí y por el viento,
por el mar y los seres que lo guardan;
por el color y las embestidas del otoño,
y las andanzas del verano
¡que viste cosas silvestres
y es custodio de las abejas
y funde las hierbas en un crisol matutino,
en una prolongación de azucenas.

10 de agosto del 2021

Por favor describe en tu diario la última vez que algo hermoso te hizo llorar.

¡Gracias por leer!

Orgullo y Prejuicio – Capítulo 15 – Jane Austen

Día 138.

Bilingual Post.

El señor Collins no era un hombre juicioso, y la educación y la sociedad apenas habían contribuido a mejorar sus deficiencias naturales; había pasado casi toda su vida bajo la férula de un padre mezquino e ignorante; y, aunque se había formado en una de las universidades[], se había limitado a pasar allí el tiempo necesario, sin entablar ninguna relación que le sirviera de algo. La sumisión en que le había educado su padre había agudizado al principio su humildad; pero ahora ésta se veía contrarrestada por la vanidad de una cabeza hueca, una vida retirada y los sentimientos inspirados por una prosperidad tan temprana como inesperada. Una afortunada coincidencia hizo que lady Catherine de Bourgh pensara en él cuando quedó vacante el beneficio[*] de Hunsford; y el respeto que el señor Collins sentía por su elevada posición social, y la veneración que le inspiraba como protectora, combinados con la excelente opinión que tenía de sí mismo, de su autoridad como clérigo y de sus privilegios como rector, habían hecho de él una mezcla de orgullo y servilismo, engreimiento y humildad.
Ahora que disponía de una buena casa y de una renta más que suficiente, había decidido casarse; y, al buscar la reconciliación con la familia de Longbourn, tenía una mujer en mente, pues se había propuesto elegir a una de sus primas, siempre que éstas resultaran tan hermosas y simpáticas como se decía.
Su plan no varió al conocerlas. El rostro angelical de la señorita Bennet confirmó sus expectativas, y reforzó su idea de que las primogénitas deben ser las primeras en casarse; así que durante la primera velada Jane fue su elegida. La mañana siguiente, sin embargo, trajo consigo un cambio; en un tête-à-tête de un cuarto de hora con la señora Bennet antes del desayuno, una conversación en la que el señor Collins empezó hablando de la casa rectoral y acabó confesando abiertamente el deseo de encontrar esposa en Longbourn, su anfitriona, entre sonrisas de complacencia y de aliento, dejó caer que no se fijara en Jane. «Respecto a sus hijas pequeñas, la señora Bennet no se atrevía a decir nada, no podía dar respuesta categórica, pues no sabía de nadie que las cortejara; en cuanto a su hija mayor, tenía que admitir, era su deber insinuar que probablemente estaría muy pronto comprometida.»
El señor Collins sólo tenía que cambiar a Jane por Elizabeth; y se apresuró a hacerlo, mientras la señora Bennet atizaba el fuego. Elizabeth, que seguía a Jane tanto en edad como en belleza, pasó a ocupar, como es natural, el lugar de su hermana.
La señora Bennet atesoró aquella confidencia, esperando tener muy pronto dos hijas casadas; y el hombre con el que no quería siquiera hablar la víspera se convirtió en una bendición para ella.
El propósito de Lydia de ir andando a Meryton no cayó en el olvido, y todas las hermanas menos Mary se sumaron al paseo. El señor Collins accedió a acompañarlas, a petición del señor Bennet, que estaba impaciente por librarse de su invitado y tener la biblioteca para él solo; el señor Collins le había seguido después del desayuno, y parecía encantado de estar con él, enfrascado en teoría en uno de los infolios más voluminosos de la colección, pero hablando sin parar, en la práctica, de su casa y de su jardín de Hunsford. Aquello resultaba de lo más perturbador para el señor Bennet. Siempre había tenido la seguridad de encontrar ocio y tranquilidad en su biblioteca y, aunque estuviera preparado, como le explicó a Elizabeth, para tropezarse con la estupidez y la vanidad en las demás habitaciones de la casa, se había acostumbrado a librarse de ellas en su sanctasanctórum; de ahí que extremara su cortesía al pedir al señor Collins que paseara con sus hijas; el clérigo, mucho más dotado para la marcha que para la lectura, cerró encantado el voluminoso libro para acompañar a sus primas.
Entre pomposas naderías por su parte, y corteses asentimientos por parte de las Bennet, el grupo llegó a Meryton, donde Kitty y Lydia parecieron olvidarse de él. Las dos jóvenes empezaron a recorrer con la mirada la calle principal en busca de los oficiales, y sólo la visión en algún escaparate de un sombrero muy elegante o de una muselina realmente innovadora lograron desviar su interés.
Pero no tardó en captar la atención de todas las damas un joven desconocido, de aspecto elegante, que paseaba por la acera de enfrente con un oficial. Este último les hizo una pequeña reverencia al verlas, y resultó ser el mismísimo señor Denny, aquel cuyo regreso de Londres Lydia deseaba investigar. A todas les impresionó el porte del forastero, y se preguntaron quién podría ser. Kitty y Lydia, decididas a averiguarlo si era posible, cruzaron la calle simulando haber visto algo en una tienda del otro lado y, al llegar a la acera, tuvieron la suerte de coincidir con los dos caballeros, que se habían dado la vuelta. El señor Denny se apresuró a dirigirse a ellas y les pidió permiso para presentarles a su amigo, el señor Wickham, con quien había regresado de Londres el día anterior, y que, le alegraba decir, había aceptado un destino en su regimiento. Así pues, todo estaba en regla; pues a aquel joven sólo le faltaba un uniforme para ser completamente encantador. Su físico no podía ayudarle más; lo adornaban todas las prendas de la belleza, pues su rostro era hermoso y su figura esbelta, y se expresaba de un modo muy agradable. Tras la presentación, vino el descubrimiento de su elocuencia: una elocuencia a un tiempo correcta y sin pretensiones; y todo el grupo seguía conversando animadamente cuando el ruido de unos cascos de caballo atrajo su atención, y vieron aparecer a Darcy y a Bingley cabalgando juntos por la calle. Al reconocer a las damas, los dos caballeros se acercaron a ellas para intercambiar los saludos de rigor. Bingley fue más locuaz que su amigo, y la señorita Bennet el principal objeto de sus atenciones. Explicó que iba camino de Longbourn para interesarse por su salud. El señor Darcy lo confirmó con una inclinación de cabeza, y estaba tomando la decisión de no mirar a la segunda de las Bennet cuando sus ojos se tropezaron con el señor Wickham; Elizabeth vio por casualidad la expresión de ambos, y se quedó atónita ante el efecto que les causó aquel encuentro. Los dos cambiaron de color: uno palideció y el otro se puso rojo. El señor Wickham tardó unos instantes en llevarse la mano al sombrero, un saludo que el señor Darcy a duras penas se dignó responder. ¿Qué podría significar todo aquello? Era imposible imaginarlo; y era imposible no tener ganas de saberlo.
Al cabo de un minuto, el señor Bingley, que no parecía consciente de lo ocurrido, se despidió y se alejó a caballo con su amigo.
El señor Denny y el señor Wickham acompañaron a las jóvenes hasta la casa del señor Philips, y allí se despidieron de ellas, a pesar de las repetidas súplicas de la señorita Lydia para que entraran, e incluso a pesar de que la señora Philips decidiera abrir la ventana del salón para secundar a gritos la invitación.
La señora Philips se alegraba siempre de ver a sus sobrinas, y las dos mayores, debido a su reciente ausencia, fueron especialmente bienvenidas. Mientras estaba explicándoles con entusiasmo lo mucho que le había sorprendido su repentino regreso a Longbourn, del que no habría sabido nada —puesto que no las había recogido el carruaje familiar— de no haberse encontrado en la calle con el mancebo del señor Jones, quien le había dicho que ya no tenían que enviar pócimas a Netherfield porque las señoritas Bennet habían vuelto a casa, Jane la interrumpió para presentarle al señor Collins. Ella lo recibió con grandes muestras de cortesía, que él le devolvió con creces, disculpándose por aparecer allí sin haberle presentado antes sus respetos, aunque esperaba que su parentesco con aquellas jóvenes damas justificase su atrevimiento. A la señora Philips le impresionó su exquisita educación; pero su interés por el clérigo desconocido cedió ante las exclamaciones y preguntas de sus sobrinas acerca del nuevo oficial. Lo único que pudo contarles de éste, sin embargo, ya lo sabían: que Denny, y que sería nombrado teniente en la milicia del condado. La señora Philips les dijo que llevaba una hora observándolo mientras subía y bajaba la calle, y lo cierto es que, si el señor Wickham hubiera vuelto a aparecer, Kitty y Lydia habrían seguido su ejemplo; pero, desgraciadamente, sólo pasaron por delante de las ventanas unos cuantos oficiales que, en comparación con el recién llegado, les parecieron «feos y aburridos». Algunos de ellos comerían con los Philips al día siguiente, y la tía les prometió que su marido visitaría al señor Wickham y le invitaría al almuerzo si la familia de Longbourn se unía más tarde al grupo. Todos estuvieron de acuerdo, y la señora Philips prometió organizar un bullicioso juego de lotería[*], y ofrecer luego a sus invitados una cena ligera. Ante la perspectiva de tantas diversiones, todos se despidieron muy animados. El señor Collins volvió a pedirle disculpas al abandonar el salón, y la señora Philips le aseguró con incansable cortesía que no tenía nada que perdonarle.
Mientras volvían andando a casa, Elizabeth le contó a Jane lo sucedido entre el señor Darcy y el señor Wickham; y, aunque Jane estuviera dispuesta a defender a cualquiera de los dos, o a ambos, fue tan incapaz como Elizabeth de explicarse su comportamiento.
El señor Collins, al regresar a Longbourn, hizo las delicias de la señora Bennet elogiando los modales y la cortesía de la señora Philips. Declaró que, a excepción de lady Catherine y su hija, nunca había conocido a una mujer tan elegante; pues no sólo le había recibido con la mayor gentileza, sino que también le había incluido deliberadamente en su invitación del día siguiente, pese a ser la primera vez que lo veía en su vida. Suponía que su parentesco con los Bennet tendría algo que ver, pero lo cierto es que jamás le habían tratado con tanta deferencia.

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Pride and Prejudice

Chapter 15

Mr. Collins was not a sensible man, and the deficiency of nature had been but little assisted by education or society; the greatest part of his life having been spent under the guidance of an illiterate and miserly father; and though he belonged to one of the universities, he had merely kept the necessary terms, without forming at it any useful acquaintance. The subjection in which his father had brought him up had given him originally great humility of manner; but it was now a good deal counteracted by the self-conceit of a weak head, living in retirement, and the consequential feelings of early and unexpected prosperity. A fortunate chance had recommended him to Lady Catherine de Bourgh when the living of Hunsford was vacant; and the respect which he felt for her high rank, and his veneration for her as his patroness, mingling with a very good opinion of himself, of his authority as a clergyman, and his right as a rector, made him altogether a mixture of pride and obsequiousness, self-importance and humility. Having now a good house and a very sufficient income, he intended to marry; and in seeking a reconciliation with the Longbourn family he had a wife in view, as he meant to choose one of the daughters, if he found them as handsome and amiable as they were represented by common report. This was his plan of amends—of atonement—for inheriting their father’s estate; and he thought it an excellent one, full of eligibility and suitableness, and excessively generous and disinterested on his own part.

His plan did not vary on seeing them. Miss Bennet’s lovely face confirmed his views, and established all his strictest notions of what was due to seniority; and for the first evening she was his settled choice. The next morning, however, made an alteration; for in a quarter of an hour’s tete-a-tete with Mrs. Bennet before breakfast, a conversation beginning with his parsonage-house, and leading naturally to the avowal of his hopes, that a mistress might be found for it at Longbourn, produced from her, amid very complaisant smiles and general encouragement, a caution against the very Jane he had fixed on. “As to her younger daughters, she could not take upon her to say—she could not positively answer—but she did not know of any prepossession; her eldest daughter, she must just mention—she felt it incumbent on her to hint, was likely to be very soon engaged.”

Mr. Collins had only to change from Jane to Elizabeth—and it was soon done—done while Mrs. Bennet was stirring the fire. Elizabeth, equally next to Jane in birth and beauty, succeeded her of course.

Mrs. Bennet treasured up the hint, and trusted that she might soon have two daughters married; and the man whom she could not bear to speak of the day before was now high in her good graces.

Lydia’s intention of walking to Meryton was not forgotten; every sister except Mary agreed to go with her; and Mr. Collins was to attend them, at the request of Mr. Bennet, who was most anxious to get rid of him, and have his library to himself; for thither Mr. Collins had followed him after breakfast; and there he would continue, nominally engaged with one of the largest folios in the collection, but really talking to Mr. Bennet, with little cessation, of his house and garden at Hunsford. Such doings discomposed Mr. Bennet exceedingly. In his library he had been always sure of leisure and tranquillity; and though prepared, as he told Elizabeth, to meet with folly and conceit in every other room of the house, he was used to be free from them there; his civility, therefore, was most prompt in inviting Mr. Collins to join his daughters in their walk; and Mr. Collins, being in fact much better fitted for a walker than a reader, was extremely pleased to close his large book, and go.

In pompous nothings on his side, and civil assents on that of his cousins, their time passed till they entered Meryton. The attention of the younger ones was then no longer to be gained by him. Their eyes were immediately wandering up in the street in quest of the officers, and nothing less than a very smart bonnet indeed, or a really new muslin in a shop window, could recall them.

But the attention of every lady was soon caught by a young man, whom they had never seen before, of most gentlemanlike appearance, walking with another officer on the other side of the way. The officer was the very Mr. Denny concerning whose return from London Lydia came to inquire, and he bowed as they passed. All were struck with the stranger’s air, all wondered who he could be; and Kitty and Lydia, determined if possible to find out, led the way across the street, under pretense of wanting something in an opposite shop, and fortunately had just gained the pavement when the two gentlemen, turning back, had reached the same spot. Mr. Denny addressed them directly, and entreated permission to introduce his friend, Mr. Wickham, who had returned with him the day before from town, and he was happy to say had accepted a commission in their corps. This was exactly as it should be; for the young man wanted only regimentals to make him completely charming. His appearance was greatly in his favour; he had all the best part of beauty, a fine countenance, a good figure, and very pleasing address. The introduction was followed up on his side by a happy readiness of conversation—a readiness at the same time perfectly correct and unassuming; and the whole party were still standing and talking together very agreeably, when the sound of horses drew their notice, and Darcy and Bingley were seen riding down the street. On distinguishing the ladies of the group, the two gentlemen came directly towards them, and began the usual civilities. Bingley was the principal spokesman, and Miss Bennet the principal object. He was then, he said, on his way to Longbourn on purpose to inquire after her. Mr. Darcy corroborated it with a bow, and was beginning to determine not to fix his eyes on Elizabeth, when they were suddenly arrested by the sight of the stranger, and Elizabeth happening to see the countenance of both as they looked at each other, was all astonishment at the effect of the meeting. Both changed colour, one looked white, the other red. Mr. Wickham, after a few moments, touched his hat—a salutation which Mr. Darcy just deigned to return. What could be the meaning of it? It was impossible to imagine; it was impossible not to long to know.

In another minute, Mr. Bingley, but without seeming to have noticed what passed, took leave and rode on with his friend.

Mr. Denny and Mr. Wickham walked with the young ladies to the door of Mr. Phillip’s house, and then made their bows, in spite of Miss Lydia’s pressing entreaties that they should come in, and even in spite of Mrs. Phillips’s throwing up the parlour window and loudly seconding the invitation.

Mrs. Phillips was always glad to see her nieces; and the two eldest, from their recent absence, were particularly welcome, and she was eagerly expressing her surprise at their sudden return home, which, as their own carriage had not fetched them, she should have known nothing about, if she had not happened to see Mr. Jones’s shop-boy in the street, who had told her that they were not to send any more draughts to Netherfield because the Miss Bennets were come away, when her civility was claimed towards Mr. Collins by Jane’s introduction of him. She received him with her very best politeness, which he returned with as much more, apologising for his intrusion, without any previous acquaintance with her, which he could not help flattering himself, however, might be justified by his relationship to the young ladies who introduced him to her notice. Mrs. Phillips was quite awed by such an excess of good breeding; but her contemplation of one stranger was soon put to an end by exclamations and inquiries about the other; of whom, however, she could only tell her nieces what they already knew, that Mr. Denny had brought him from London, and that he was to have a lieutenant’s commission in the ——shire. She had been watching him the last hour, she said, as he walked up and down the street, and had Mr. Wickham appeared, Kitty and Lydia would certainly have continued the occupation, but unluckily no one passed windows now except a few of the officers, who, in comparison with the stranger, were become “stupid, disagreeable fellows.” Some of them were to dine with the Phillipses the next day, and their aunt promised to make her husband call on Mr. Wickham, and give him an invitation also, if the family from Longbourn would come in the evening. This was agreed to, and Mrs. Phillips protested that they would have a nice comfortable noisy game of lottery tickets, and a little bit of hot supper afterwards. The prospect of such delights was very cheering, and they parted in mutual good spirits. Mr. Collins repeated his apologies in quitting the room, and was assured with unwearying civility that they were perfectly needless.

As they walked home, Elizabeth related to Jane what she had seen pass between the two gentlemen; but though Jane would have defended either or both, had they appeared to be in the wrong, she could no more explain such behaviour than her sister.

Mr. Collins on his return highly gratified Mrs. Bennet by admiring Mrs. Phillips’s manners and politeness. He protested that, except Lady Catherine and her daughter, he had never seen a more elegant woman; for she had not only received him with the utmost civility, but even pointedly included him in her invitation for the next evening, although utterly unknown to her before. Something, he supposed, might be attributed to his connection with them, but yet he had never met with so much attention in the whole course of his life.

Dibujando, día dos

Día 137.

Bilingual Post.

¡Hola preciosuras y demoniuras! ¡espero estén pasando un día estupendo!

Yo vine a contarles que estoy tan entusiasmada de haberme animado a intentar mis dibujos a lápiz que ya no puedo parar. Amanecí con mucha energía y ganas de continuar intentándolo.

Debo confesarles que lo hago siguiendo un tutorial en YouTube.

Hasta hace poco sólo hacia auto-retratos y era apoyada de toda la tecnología de mi tableta, así que estos pequeños avances me llenan de alegría. Y quiero compartirles mis dibujos de hoy, espero muy pronto estar dibujando rostros completos.

4 de agosto del 2021

Por favor escribe en tu diario si pudieses tomarte un respiro y volver al colegio para aprender bien una materia, ¿cuál sería?

¡Hasta mañana!

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Hello, pretties and devils! I hope you are having a great day!

I came to tell you that I am so excited to have encouraged myself to try the pencil drawings that I can no longer stop. I woke up with a lot of energy and want to continue trying.

I must confess that I do it by following a tutorial on YouTube.

Until recently, I only did self-portraits and was supported by all the technology of my tablet, so these small advances fill me with joy. And I want to share my drawings for today; I hope very soon to be drawing full faces.

August 4th 2021

Please write in your journal if you could take a break and go back to school to learn a subject well, what would it be?

Thanks for reading!

Primer dibujo a lápiz

Día 136

Post bilingüe.

¡Saludos, preciosuras y demoniuras!

Es agosto, YAY! Este año va a prisa y con mucha productividad. Quizá no he logrado todo lo que me he propuesto, pero es seguro que lo sigo intentando. Continuo con mis lecturas, el mes de agosto lo enfocaré casi por completo en mis lecturas en inglés, es decir, no entraré a ninguna Lectura Conjunta del club de libros en español.

Saben… hablando de todo un poco. Es la primera vez en lo que va de la pandemia que me enfermo tan fuertemente. Estuve tres días en cama, solo quería dormir, pero me aseguraba de ingerir suficientes líquidos y comer a mis horas. No tengan pendiente que ya me siento mucho mejor, casi al cien.

Y hoy que decidí regresar a mi rincón favorito, sí, mi oficina. Y en vista de que mi “tablet” no tenemos para cuándo repararla, pues decidí tomar en mis manos el plan B. Es decir tomar mi libreta de dibujos y mi set de lápices y comenzar a dibujar. Para ser el primero no está del todo mal. Les dejaré la imagen para que ustedes juzguen.

Les deseo un mes sumamente productivo, interesante y cargado de agradables sorpresas.

¡Gracias por leer!

3 de agosto del 2021

Por favor escribe en tu diario un escrito que evalúe cómo te ha ido durante el primer semestre del año.

Now is the new later!

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Greetings, beauties, and demons!

It’s August, YAY! This year is going fast and with a lot of productivity. Perhaps I have not achieved everything I have set out to do, but I am sure to keep trying. I continue with my readings; In August, I will focus almost entirely on my readings in English. That is, I will not enter any Joint Reading of the Spanish book club.

You know, speaking of everything a little. It is the first time in the pandemic so far that I have become so seriously ill. I was in bed for three days, I just wanted to sleep, but I made sure I got enough fluids and ate at my own time. Do not be aware that I already feel much better, almost one hundred.

And today, I decided to return to my favorite corner, yes, my office. And because my “tablet” we do not have when to repair it, I decided to take plan B in my hands. That is to say, take my sketchbook and my set of pencils and start drawing. To be the first is not all bad. I will leave the image for you to judge.

I wish you an extremely productive, exciting month full of pleasant surprises.

Thank you for reading!

August 3rd 2021

Would you please write in your journal a letter that evaluates how you have done during the first semester of the year?

Now is the new later!

Aficiones – Meditaciones

Día 135.

Bilingual Post.

“No te olvides que lo que te agita y mueve a manera de un títere es una cierta fuerza dentro de ti oculta y reconcentrada; esta fuerza, que pende del resorte de las propias pasiones y aficiones, es para nosotros la elocuencia que persuade, es la vida que nos tira; es, si se puede decir así, todo el hombre. Jamás quieras juntar con esta idea del hombre la idea del cuerpo, vaso que contiene dentro de sí el alma; ni la idea de los miembros, instrumentos alrededor del alma fabricados, porque son muy parecidos a la azuela y sólo diferentes en cuanto ellos nacieron con nosotros a nuestro lado. Siendo así que todos estos miembros sin el alma, causa que los mueve y da vigor, no tendrían otro uso del que tiene la lanzadera para la tejedora, la pluma para el escribano y el látigo para el cochero.” -Marco Aurelio

25 de julio del 2021

Por favor escribe en tu diario esta frase y complétala: “Mi mejor amigo es…”

¡Gracias por leer!

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“Do not forget that what shakes you and moves you like a puppet is a certain hidden and concentrated force within you; This force, which hangs from the spring of our passions and hobbies, is for us the eloquence that persuades, it is the life that pulls us; it is if one can say so, the whole man. Never want to combine with this idea of man the idea of the body, a vessel that contains the soul within itself; nor the idea of the limbs unnatural instruments around the soul because they are very similar to the adze and only different insofar as they were born with us by our side. Since all these members without the soul, the cause that moves and gives them vigor, would have no other use than the shuttle for the weaver, the pen for the scribe, and the whip for the coachman.” -Marcus Aurelius

July 25th 2021

Please write this sentence in your journal and complete it: “My best friend is ….”

Thanks for reading!

Otoño (poema) – Claribel Alegría

Día 134.

Claribel Alegría (1924-2018) fue una poeta, escritora, ensayista, narradora y traductora nicaragüense, considerada un reflejo de la “Generación comprometida” debido a la denuncia social que imprimía en sus obras.

Otoño

Has entrado al otoño
me dijiste
y me sentí temblar
hoja encendida
que se aferra a su tallo
que se obstina
que es párpado amarillo
y luz de vela
danza de vida
y muerte
claridad suspendida
en el eterno instante
del presente.

16 de julio del 2021

Por favor escribe en tu diario sobre una cita de un libro o de una película, o bien la letra de una canción que no puedes sacarte de la cabeza esta semana.

¡Gracias por leer!

Fin de semana, entre libros te veas

Día 133.

Post bilingüe.

#MásGordoElAmor

¡Saludos, preciosuras y demoniuras!

Espero estén pasando un fantástico fin de semana, por aquí todo bien. Es un mes en el que he dicho si a varias lecturas conjuntas con el mejor club de lectura: La Orden del Fénix 🧡 Estoy encantada con mi decisión pues a surgido esa parte de lectora analítica que existe en mí. La primera lectura a la que dije sí, es #MásGordoElAmor de mi escritor Mexicano favorito Antonio Malpica, es una historia fascinante, fresca y llena de aventuras entre amigos que aunque ya están en la edad adulta, comparten aventuras desde la época de secundaria. La recomiendo por completo.

La segunda LC es Las Ventajas de ser Invisible de Stephen Chbosky y aquí es donde surgió esa parte analítica que ya les mencioné, no me ha emocionado el libro, y continuaré leyendo porque la historia no es del todo mala a mi parecer, sin embargo no me agrada el protagonista y todo el libro es narrado por él, además en formato de cartas, a mi parecer su manera de describir las cosas no me engancha con la historia. Igual quiero leerlo hasta el final, dudo que mi opinión cambie, pero no dejaré el libro a medias porque existen personajes en la historia que merecen crédito para hacer la historia un poco más interesante.

Y por último quiero contarles que encontré dos libros a los que no pude decirles que no en cuanto mi esposo me los enseñó en la librería, hablo de Chain of Gold y Chain of Iron de Cassandra Clare, una de mis escritoras favoritas y de las más brillantes que he leído. Estos en compañía de el libro del club de lectura Literati complementan mi fin de semana. Es un libro de Gita Mehta, y este mes no me lo quise perder así que reactivé mi suscripción al club, te hablo de A River Sutra.

Cassandra Clare
Gita Mehta

Cada uno de los escritores y libros mencionados merece una reseña individual. Espero traérselas muy pronto, quizá lo haga a través de YouTube.

¡Gracias por leer, que tengas un excelente fin de semana!

10 de julio del 2021

Por favor escribe en tu diario lo que signifique para ti ¿Ser “normal”, es bueno o malo? ¿Ninguna de las dos cosas?

Ciao!

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Greetings, beauties, and demons!

I hope you are having a fantastic weekend. Everything is fine around here. It is a month in which I have said yes, to several joint readings, with the best reading club: The Order of the Phoenix 🧡 I am delighted with my decision because that part of the analytical reader that exists in me has emerged. The first reading I said yes, is #MásGordoElAmor by my already favorite Mexican writer Antonio Malpica. It is a fascinating, fresh and adventurous story between friends who, although they are already in adulthood, share adventures since middle school; I thoroughly recommend it.

The second LC is The Perks of Being a Wallflower by Stephen Chbosky, and this is where that analytical part that I already mentioned came about. I did not love the book, and I will continue reading because the story is not all bad in my opinion, however not I like the protagonist, and the whole book is narrated by him, also in letters format. His way of describing things does not excite me. I still want to read it to the end, I doubt that my opinion will change, but I will not leave the book half because there are characters in the story who deserve credit for making the story in little more enjoyable.

And finally, I want to tell you that I found two books that I couldn’t say no to when my husband showed them to me in the bookstore Chain of Gold and Chain of Iron. Those are by Cassandra Clare, one of my favorite writers and one of the most brilliant I have read. Here I will leave you the images. Those are in the company of the book of the Literati reading club that complements my weekend. It’s a book by Gita Mehta, and this month I didn’t want to miss it, so I reactivated my subscription to the club; I’ll tell you about A River Sutra.

Each of the mentioned writers and books deserves an individual review. I hope to bring them to you very soon, and maybe I will do it through YouTube.

Thanks for reading, have a great weekend!

July 10th 2021

Would you please write in your journal what it means to you? Is being “normal” good or bad? Neither things?

Ciao!

Orgullo y Prejuicio- Capítulo 14

Día 132.

Post bilingüe.

El señor Bennet apenas habló durante la cena, pero, cuando los criados se retiraron, creyó llegado el momento de conversar con su huésped, por lo que decidió sacar un tema que despertase su verborrea y señaló cuán afortunado era al tener aquella benefactora.


El respeto de lady Catherine de Bourgh por sus deseos y por su comodidad le parecían extraordinarios, añadió. El señor Bennet no podía haber elegido tema mejor. El señor Collins se deshizo en elogios de su patrona. El asunto le hizo adoptar un aire más solemne aún y, con gran pomposidad, declaró que jamás había visto comportarse así a una persona de su rango: la afabilidad y la condescendencia con que le trataba lady Catherine eran tales… Había dado amablemente el visto bueno a los dos sermones que había tenido el honor de predicar en su presencia.

Le había invitado, asimismo, dos veces a comer en Rosings, y el sábado pasado le había enviado a buscar para que completara el grupo de jugadores de cuatrillo. Conocía a mucha gente que encontraba orgullosa a lady Catherine, pero con él se había mostrado siempre muy atenta. Le trataba como a cualquier otro caballero; no ponía la menor objeción a que se relacionara con los demás vecinos, ni a que abandonara su parroquia de vez en cuando una o dos semanas para visitar a sus parientes.

Incluso había tenido la deferencia de aconsejarle que se casara lo antes posible, siempre que eligiera con prudencia; y había visitado en una ocasión su humilde rectoría, donde había dado su total aprobación a los cambios que él había realizado, e incluso se había dignado sugerirle otro: la colocación de algunas estanterías en los armarios del piso superior.


—Todo eso es muy correcto y educado —dijo la señora Bennet—, y supongo que es una mujer muy agradable. Es una pena que las damas de abolengo en general no se parezcan más a ella. ¿Vive cerca de usted, señor Collins?
—El jardín donde se encuentra mi humilde morada sólo está separado por un camino de Rosings Park, la residencia de mi benefactora.

—Ha dicho usted que era viuda, ¿no es así? ¿Y tiene familia?
—Sólo una hija, la heredera de Rosings y otras muchas propiedades.
—¡Ah! —exclamó la señora Bennet, moviendo la cabeza—. Entonces es más pudiente que otras jóvenes. Y ¿cómo es? ¿Agraciada?
—Es una joven realmente encantadora. La propia lady Catherine dice que, en verdadera belleza, la señorita De Bourgh supera con creces a la más hermosa de su sexo; pues hay algo en sus facciones que sólo poseen las jóvenes de noble cuna.

Por desgracia, es de constitución enfermiza, lo que le ha impedido desarrollar muchas cualidades que, de lo contrario, habrían sido excepcionales; así me lo ha comunicado la dama que supervisa su educación y que sigue viviendo con ellas. Pero es una joven extraordinariamente amable, y a veces se digna aparecer en mi humilde morada en su pequeño faetón tirado por ponis.
—¿Ha sido presentada en sociedad? No recuerdo haber visto su nombre entre las damas de la corte.[*]
—Lamentablemente, su estado de salud no le permite vivir en Londres, lo que, como le dije un día a lady Catherine, ha privado a la corte británica de su joya más resplandeciente. A mi benefactora pareció agradarle esta idea; como pueden ustedes imaginar, me complace aprovechar cualquier ocasión para ofrecer esos pequeños y delicados cumplidos que tanto deleitan a las damas. En más de una ocasión le he comentado a lady Catherine que su encantadora hija parece nacida para ser duquesa, y que sería ella quien daría distinción al título y no al contrario. Esas nimiedades le encantan, y es el tipo de atenciones que me siento especialmente obligado a dedicarle.


—Tiene razón —dijo el señor Bennet—, y es una suerte que posea usted el talento de adular con tanta delicadeza. ¿Podría preguntarle si esas amables atenciones proceden del impulso del momento o han sido preparadas de antemano?
—Normalmente surgen de manera improvisada, y, aunque a veces me divierta idear esos pequeños y elegantes cumplidos para adaptarlos luego a las situaciones más ordinarias, intento darles siempre un aire muy espontáneo.


Todas las expectativas del señor Bennet se vieron confirmadas. Su primo era tan ridículo como imaginaba, y lo escuchó divertido, aunque sin perder en ningún momento la compostura y, salvo alguna mirada esporádica a Elizabeth, sin necesitar compartir con nadie su regocijo.
A la hora del té, sin embargo, su dosis del señor Collins había sido más que suficiente, y el señor Bennet se alegró de conducirlo nuevamente al salón; después del refrigerio, le invitó a que leyera en voz alta a las damas. Su invitado accedió de buen grado, y le dieron un libro; pero, al examinarlo (todo parecía indicar que procedía de una biblioteca circulante), dio un paso atrás y, disculpándose, declaró que nunca leía novelas. Kitty clavó su mirada en él, y Lydia soltó una exclamación. Sacaron otros libros y, tras unos instantes de reflexión, eligió los Sermones de Fordyce[*]. Lydia bostezó mientras el señor Collins abría el volumen, y, antes de que hubiera leído tres páginas con monótona solemnidad, le interrumpió diciendo:
—¿Sabe, mamá, que el tío Philips habla de despedir a Richard? Si lo hiciera, lo contrataría el coronel Forster. La tía me lo contó el sábado. Mañana me acercaré andando a Meryton para enterarme de todo, y para saber cuándo regresa el señor Denny de la ciudad.
Sus dos hermanas mayores le pidieron que se callara; pero el señor Collins, muy ofendido, dejó a un lado el libro y dijo:
—He observado a menudo lo poco que se interesan las mujeres jóvenes por los libros serios, aunque estén escritos únicamente en beneficio suyo. Confieso que me sorprende, pues no hay nada tan ventajoso para ellas como la instrucción. Pero no importunaré por más tiempo a la menor de mis primas.


Entonces se volvió hacia el señor Bennet, y se ofreció a ser su adversario en el backgammon. Su anfitrión aceptó el desafío, alabando su prudencia por dejar que las jóvenes se entregaran a sus frívolas diversiones. La señora Bennet y sus hijas se disculparon con la mayor cortesía por la interrupción de Lydia, y prometieron que no volvería a ocurrir nada semejante si reanudaba la lectura; pero el señor Collins, después de asegurarles que no guardaba ningún rencor a su prima, y que jamás consideraría su comportamiento una afrenta, se sentó en otra mesa con el señor Bennet y se dispuso a jugar al backgammon.

9 de julio del 2021

Por favor escribe en tu diario. Si el mundo funcionase mediante un sistema de trueque, ¿cómo te iría? ¿Ofrecerías algún servicio? ¿Tendrías éxito o lo pasarías mal?

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Pride and Prejudice

Chapter 14

During dinner, Mr. Bennet scarcely spoke at all; but when the servants were withdrawn, he thought it time to have some conversation with his guest, and therefore started a subject in which he expected him to shine, by observing that he seemed very fortunate in his patroness. Lady Catherine de Bourgh’s attention to his wishes, and consideration for his comfort, appeared very remarkable. Mr. Bennet could not have chosen better. Mr. Collins was eloquent in her praise. The subject elevated him to more than usual solemnity of manner, and with a most important aspect he protested that “he had never in his life witnessed such behaviour in a person of rank—such affability and condescension, as he had himself experienced from Lady Catherine. She had been graciously pleased to approve of both of the discourses which he had already had the honour of preaching before her. She had also asked him twice to dine at Rosings, and had sent for him only the Saturday before, to make up her pool of quadrille in the evening. Lady Catherine was reckoned proud by many people he knew, but he had never seen anything but affability in her. She had always spoken to him as she would to any other gentleman; she made not the smallest objection to his joining in the society of the neighbourhood nor to his leaving the parish occasionally for a week or two, to visit his relations. She had even condescended to advise him to marry as soon as he could, provided he chose with discretion; and had once paid him a visit in his humble parsonage, where she had perfectly approved all the alterations he had been making, and had even vouchsafed to suggest some herself—some shelves in the closet up stairs.”

“That is all very proper and civil, I am sure,” said Mrs. Bennet, “and I dare say she is a very agreeable woman. It is a pity that great ladies in general are not more like her. Does she live near you, sir?”

“The garden in which stands my humble abode is separated only by a lane from Rosings Park, her ladyship’s residence.”

“I think you said she was a widow, sir? Has she any family?”

“She has only one daughter, the heiress of Rosings, and of very extensive property.”

“Ah!” said Mrs. Bennet, shaking her head, “then she is better off than many girls. And what sort of young lady is she? Is she handsome?”

“She is a most charming young lady indeed. Lady Catherine herself says that, in point of true beauty, Miss de Bourgh is far superior to the handsomest of her sex, because there is that in her features which marks the young lady of distinguished birth. She is unfortunately of a sickly constitution, which has prevented her from making that progress in many accomplishments which she could not have otherwise failed of, as I am informed by the lady who superintended her education, and who still resides with them. But she is perfectly amiable, and often condescends to drive by my humble abode in her little phaeton and ponies.”

“Has she been presented? I do not remember her name among the ladies at court.”

“Her indifferent state of health unhappily prevents her being in town; and by that means, as I told Lady Catherine one day, has deprived the British court of its brightest ornament. Her ladyship seemed pleased with the idea; and you may imagine that I am happy on every occasion to offer those little delicate compliments which are always acceptable to ladies. I have more than once observed to Lady Catherine, that her charming daughter seemed born to be a duchess, and that the most elevated rank, instead of giving her consequence, would be adorned by her. These are the kind of little things which please her ladyship, and it is a sort of attention which I conceive myself peculiarly bound to pay.”

“You judge very properly,” said Mr. Bennet, “and it is happy for you that you possess the talent of flattering with delicacy. May I ask whether these pleasing attentions proceed from the impulse of the moment, or are the result of previous study?”

“They arise chiefly from what is passing at the time, and though I sometimes amuse myself with suggesting and arranging such little elegant compliments as may be adapted to ordinary occasions, I always wish to give them as unstudied an air as possible.”

Mr. Bennet’s expectations were fully answered. His cousin was as absurd as he had hoped, and he listened to him with the keenest enjoyment, maintaining at the same time the most resolute composure of countenance, and, except in an occasional glance at Elizabeth, requiring no partner in his pleasure.

By tea-time, however, the dose had been enough, and Mr. Bennet was glad to take his guest into the drawing-room again, and, when tea was over, glad to invite him to read aloud to the ladies. Mr. Collins readily assented, and a book was produced; but, on beholding it (for everything announced it to be from a circulating library), he started back, and begging pardon, protested that he never read novels. Kitty stared at him, and Lydia exclaimed. Other books were produced, and after some deliberation he chose Fordyce’s Sermons. Lydia gaped as he opened the volume, and before he had, with very monotonous solemnity, read three pages, she interrupted him with:

“Do you know, mamma, that my uncle Phillips talks of turning away Richard; and if he does, Colonel Forster will hire him. My aunt told me so herself on Saturday. I shall walk to Meryton to-morrow to hear more about it, and to ask when Mr. Denny comes back from town.”

Lydia was bid by her two eldest sisters to hold her tongue; but Mr. Collins, much offended, laid aside his book, and said:

“I have often observed how little young ladies are interested by books of a serious stamp, though written solely for their benefit. It amazes me, I confess; for, certainly, there can be nothing so advantageous to them as instruction. But I will no longer importune my young cousin.”

Then turning to Mr. Bennet, he offered himself as his antagonist at backgammon. Mr. Bennet accepted the challenge, observing that he acted very wisely in leaving the girls to their own trifling amusements. Mrs. Bennet and her daughters apologised most civilly for Lydia’s interruption, and promised that it should not occur again, if he would resume his book; but Mr. Collins, after assuring them that he bore his young cousin no ill-will, and should never resent her behaviour as any affront, seated himself at another table with Mr. Bennet, and prepared for backgammon.”

July 9th 2021

Would you please write in your journal? If the world worked on a barter system, how would you do? Would you offer any service? Would you be successful, or would you have a wrong time?

Continuación del libro por Yediht Cazarín

Día 131.

Bilingual post.

¡Saludos, demoniuras y preciosuras!

Espero estén por iniciar una gran semana. Les quiero compartir un escrito que forma parte del libro que estoy escribiendo en el club de escritura. Este mes tocó realizar una carta, y quise continuar con parte del libro. Recuerda que si no entiendes el contexto tengo un post con el primer capítulo del libro en este blog.

¡Gracias por leer!

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Carta para el Consejo Universal.

 

Escribo ésta carta como petición de paz, y para ofrecer mi respaldo a la humanidad. Es mi deseo representarlos en esta cruenta guerra en la que no tienen amparo. No como afrenta al Consejo Universal, pero sí, como tutor y responsable de sus actos de hoy en adelante, si así se me permite.

Yo he visto millones de estrellas, un gran número de planetas, y cientos de especies… y jamás había presenciado la capacidad humana o de cualquier otra especie para la autodestrucción, y su sed de aniquilación a otros seres con tal pasión embriagadora, al grado de considerar ellos mismos un acto de heroísmo a tan nefasto y cruel proceder.

Tomé la decisión de resguardo absoluto, y paro de labores en mi galaxia, en un intento de enmienda ante tanta mortandad.

Los líderes humanos no entienden que no queremos conquistarlos, sin embargo, nuestra defensa está causando terror y muerte a sus tropas pese a los continuos intentos de paz.

Al parecer todo está perdido para dicha civilización, no existen palabras ni defensa alguna que los haga considerer una retirada, sus tropas siguen llegando a todas las galaxias, simplemente a perecer.

No podemos continuar con un proceder carente de intelegencia, y honor. Pido al Consejo Universal, el cese de defensa y que cada miembro active sus protocolos de resguardo para evitar mas enfrentamientos.

Los humanos siguen en la fase evolutiva de menor grado, lo sabemos desde cada vida y desde cada ciclo galáctico.

Yo, Sirus Makwana, líder de la Galaxia Atrona, pido al Consejo Universal que consideren la posibilidad de frenar tan despiadada guerra. Y acatar la tan deseada rendición que nos piden los humanos.

Imploro la retirada de tropas, y volver a anunciar que nuestra intención sigue siendo y siempre será… de paz. Busco y me comprometo a orientar a los humanos en su proceso de evolución ya que lo considero un deber.

No debemos traicionarnos ante sus actos, y responder de igual manera al darles muerte.

Es inaceptable dejar atrás nuestros preceptos de justicia e igualdad.

No hay honor en la guerra, ni en cada decisión tomada aún en posición de defensa, pese a ser el argumento de cada galaxia, “la corta evolución y casi nulo razonamiento de los seres humanos.”

Pongo mi cargo en sus manos, mi galaxia entera al mando del Consejo Universal, de fallar los intentos de paz y evolución. Enfrentaré el juicio universal, y acataré sus ordenes.

¡Así soy y así seré por todas las galaxias!

Sirus Makwana.

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Greetings, devils, and beauties!

I hope you are about to start a great week. I want to share a letter that is part of the book that I am writing in the writing club. This month I had to write a letter, and I wanted to continue with part of the book. Remember that if you don’t understand the context, I have a post with the book’s first chapter on this blog.

Thanks for reading!

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Letter to the Universal Council.

I write this letter as a request for peace and to offer my support to humanity. It is my wish to represent humans in this bloody war in which they have no protection. Not as an insult to the Universal Council, but yes, as a guardian and responsible for their actions from now on, if I may.


I have seen millions of stars, a significant number of planets, and hundreds of species … and I have never witnessed the human capacity or any other species for self-destruction.

Their thirst to annihilate other beings with such intoxicating passion, to the grade of consider themselves an act of heroism to such an infamous and cruel proceeding.


I decided for absolute protection, and I stopped work in my galaxy in an attempt to make amends in the face of so much mortality.


Human leaders do not understand that we do not want to conquer them. However, our defense is causing terror and death to their troops despite continuous attempts at peace.


All are losing for this civilization; no words or reason makes them consider a withdrawal. Their troops continue to arrive in all the galaxies to die.


We cannot continue with a course lacking in intelligence and honor. I ask the Universal Council, the cessation of defense, and that each member activate their protection protocols to avoid more confrontations.


Humans are still in the evolutionary phase to a minor degree. We know it from each life and each galactic cycle.


I, Sirus Makwana, leader of the Atrona Galaxy, ask the Universal Council to consider stopping such a ruthless war. And abide by the much-desired surrender that humans ask of us.


I implore troops’ withdrawal and re-announce that our intention remains and always will be … peace.

I seek and promise to guide humans in their evolutionary process as I consider it a duty.


We must not betray ourselves before their actions and responses in the same way by putting them to death.


It is unacceptable to leave behind our precepts of justice and equality.


There is no honor in war, nor in every decision made even in a defense position, despite being the argument of each galaxy, “the short evolution and almost no reasoning of human beings.”


I place my charge in your hands, my entire galaxy in command of the Universal Council, of failing attempts at peace and evolution.

I will face universal judgment, and I will abide by its orders.


That’s how I am, and that’s how I will be throughout the galaxies!


Sirus Makwana.

 

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Practice makes progress

Día 130.

Post bilingüe.

Debes acostumbrarte a ejercitarte aun en aquello con lo cual desconfías el poder salir, porque la mano izquierda, no siendo a propósito para otras acciones por falta de uso, con todo, mantiene las riendas más fuertemente que la derecha, por cuanto se acostumbró a ello. -Marco Aurelio

8 de junio del 2021

Por favor describe en tu diario qué pasa cuando no te sientes bien, ¿permites que otros se ocupen de ti o prefieres hacerte el valiente? ¿Qué supone para ti pedir ayuda?

Merci d’avoir lu!

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It would encourage if you got used to exercising even in what you distrust being able to go out, because the left hand, not being suitable for other actions due to lack of use, nevertheless, holds the reins more strongly than the right, because it got used to it. -Marcus Aurelius

June 8th 2021

Please describe in your journal what happens when you don’t feel well. Do you allow others to take care of you, or do you prefer to play the brave? What does it mean for you to ask for help?

Merci d’avoir lu