Orgullo y Prejuicio – Capítulo 18 – Jane Austen

Día 154

Hasta que entró en el salón de Netherfield y buscó en vano al señor Wickham entre el grupo de casacas rojas allí reunidas, a Elizabeth ni se le pasó por la imaginación que no fuera a estar presente. La seguridad de encontrarse con él no se había visto enturbiada por ningún recuerdo que pudiera, y no sin fundamento, haberla alarmado. Se había vestido con mayor esmero del habitual, y se había preparado, con el mejor de los ánimos, para conquistar la parte aún insumisa del corazón de ese caballero, confiando en que no fuera demasiado grande para dominarla en el curso de la velada. Pero de pronto le asaltó la terrible sospecha de que, para complacer al señor Darcy, Bingley hubiera omitido su nombre en la invitación enviada a los oficiales; y, aunque ése no era exactamente el caso, su amigo, el señor Denny, a quien Lydia se apresuró a recurrir, confirmó el hecho irrefutable de su ausencia, y les explicó que Wickham se había visto obligado a atender unos asuntos en Londres el día anterior y aún no había regresado. Con una sonrisa muy significativa, el oficial añadió:
—Supongo que esos asuntos no le hubieran hecho ausentarse justo ahora si no hubiera querido evitar a cierto caballero aquí presente.
Lydia no alcanzó a oír ese comentario, pero Elizabeth sí, y le confirmó que Darcy era tan responsable de la ausencia de Wickham como había supuesto en un principio; y la antipatía que el primero le inspiraba se agudizó hasta tal punto por la desilusión que acababa de sufrir que apenas pudo contestar con cortesía a las amables preguntas que, instantes después, éste le dirigió. La atención, la tolerancia, la paciencia con Darcy eran un agravio a Wickham. Elizabeth decidió no conversar con él, y se alejó tan irritada que ni siquiera recuperó su buen humor al hablar con el señor Bingley, cuya ciega parcialidad la exasperaba.
Pero Elizabeth tenía demasiado buen carácter; y, aunque se hubieran malogrado sus planes para la velada, su enfado no podía ser duradero; y, después de contarle sus penas a Charlotte Lucas, a quien no había visto en una semana, empezó a hablarle de las peculiaridades de su primo, sobre el que deseaba llamar su atención. Los dos primeros bailes, sin embargo, volvieron a sumirla en la pesadumbre; fueron danzas de mortificación. El señor Collins, torpe y solemne, pidiendo disculpas en vez de prestar atención, moviéndose a destiempo sin darse cuenta, le ocasionó toda la vergüenza y el sufrimiento que una desagradable pareja de baile puede infligir. Cuando consiguió librarse de él, se puso eufórica.
Luego bailó con un oficial, que le brindó el consuelo de hablarle del señor Wickham y de lo mucho que todo el mundo lo apreciaba. Cuando terminaron las dos piezas de rigor, volvió con Charlotte Lucas, y estaba conversando con ella cuando, inesperadamente, el señor Darcy le pidió que fuera su próxima pareja; Elizabeth se quedó tan desconcertada que, sin saber lo que hacía, aceptó. El señor Darcy se alejó de inmediato, y ella se quedó reprochándose su falta de serenidad. Charlotte intentó consolarla.
—Seguro que te parece encantador.
—¡Dios me libre! ¡Sería la mayor de las desgracias! ¡Encontrar encantador a un hombre a quien se ha decidido odiar! No me desees semejante castigo.

Cuando se reanudó la música, sin embargo, y Darcy se acercó a ella, Charlotte le susurró que no cometiera la torpeza de permitir que su debilidad por Wickham la hiciera desagradable a ojos de un hombre diez veces más importante. Elizabeth no contestó, y ocupó su puesto en la pista de baile, asombrada de la dignidad que le otorgaba el hecho de ser pareja del señor Darcy, y percibiendo ese mismo asombro en las miradas de sus vecinos. Bailaron algún tiempo sin decir nada, y Elizabeth empezó a pensar que aquel silencio se prolongaría hasta el final de las dos piezas. Al principio decidió respetarlo, pero de pronto se le ocurrió que no habría peor castigo para el señor Darcy que obligarlo a hablar, e hizo una observación trivial sobre el baile. Él le respondió y volvió a quedarse callado. Después de unos minutos de silencio, Elizabeth se dirigió a él por segunda vez:
—Le toca a usted decir algo, señor Darcy. Yo he hablado del baile, y usted debería hacer algún comentario sobre el tamaño de la sala, o el número de parejas.
Él sonrió, y le aseguró que diría lo que ella quisiera.

—Muy bien. Esta respuesta es suficiente por el momento. Quizá yo diga dentro de poco que los bailes privados son mucho más agradables que los públicos. Pero ahora podemos guardar silencio.
—¿Sigue usted unas normas para hablar mientras baila?
—Algunas veces. Hay que decir algo, ya lo sabe. Sería muy extraño que dos personas pasaran media hora juntas sin despegar los labios; aunque, para contentar a algunos, la conversación debería organizarse de tal modo que apenas tuvieran que decir nada.
—¿Está hablando de sus sentimientos o cree satisfacer los míos?
—Las dos cosas —replicó Elizabeth con picardía—; pues siempre he percibido una gran semejanza entre nuestras formas de ser. Ambos somos poco sociables y taciturnos, y estamos poco dispuestos a hablar a no ser que esperemos decir algo que asombre a todo el mundo y que pase a la posteridad con el lustre de un proverbio.
—No me parece una descripción nada acertada de su carácter —dijo Darcy—. Y hasta qué punto se parece al mío, es algo que no estoy en condiciones de decir. No hay duda de que usted lo considera un fiel retrato.
—No soy la más indicada para juzgarlo.
Él no contestó, y los dos volvieron a guardar silencio hasta que el baile les permitió detenerse de nuevo. Darcy le preguntó entonces si sus hermanas y ella iban a menudo a Meryton. Elizabeth le respondió que sí e, incapaz de resistir la tentación, agregó:
—Cuando nos vio usted allí el otro día, acababan de presentarnos a un oficial.
El efecto fue inmediato. Una expresión de desdén endureció el rostro de Darcy, pero no dijo nada, y Elizabeth, aunque lamentando su debilidad, fue incapaz de seguir.
—El señor Wickham —dijo finalmente el joven, forzado por las circunstancias— tiene tanto encanto que no es raro que haga amigos; lo que no es tan seguro es que sea capaz de conservarlos.
—Ha tenido la desgracia de perder su amistad —repuso Elizabeth, haciendo hincapié en el posesivo—, y de un modo que probablemente le hará sufrir toda la vida.

Darcy no respondió, y pareció deseoso de cambiar de tema. En aquel momento apareció junto a ellos sir William Lucas, con el propósito de llegar a través del grupo de bailarines al otro lado de la sala; pero, al ver al señor Darcy, se detuvo con una ceremoniosa inclinación de cabeza y le felicitó no sólo por su destreza en el baile, sino también por su pareja.
—No quepo en mí de gozo, mi querido señor. No es frecuente ver bailar con tanta maestría. Es obvio que pertenece usted a los círculos más elegantes. Permítame decirle, sin embargo, que su preciosa acompañante no le desmerece, y confío en que este placer se repita a menudo, especialmente cuando cierto acontecimiento muy deseable, mi querida señorita Eliza —miró a Jane y al señor Bingley—, tenga lugar.
¡Entonces lloverán las felicitaciones! Apelo al señor Darcy… pero no le molestaré más, señor… No quiero interrumpir su encantadora conversación con esta joven, cuyos brillantes ojos también me están censurando.
Darcy apenas escuchó la última parte de su discurso, pero la alusión de sir William a su amigo pareció impresionarle mucho, y miró con extraordinaria seriedad a Bingley y a Jane, que estaban bailando juntos. Recobrando al punto la serenidad, sin embargo, se volvió hacia su pareja y dijo:
—La interrupción de sir William me ha hecho olvidar de qué estábamos hablando.
—No creo que estuviéramos diciendo nada. Sir William no podría haber interrumpido a dos personas en este salón que tuvieran menos que decirse. Hemos intentado dos o tres temas sin éxito, y no logro imaginar de qué podríamos hablar a continuación.
—¿Qué opina de los libros? —preguntó él, sonriendo.
—¿De los libros? Oh, no… Estoy segura de que jamás leemos los mismos, o de que no nos inspiran los mismos sentimientos.
—Es una lástima que piense así; pero, de ser cierto, al menos no nos faltaría tema de conversación. Podríamos comparar nuestras opiniones.
—No… no puedo hablar de libros en un salón de baile; mi cabeza esta llena de otras cosas.
—El presente ocupa toda su imaginación en esas circunstancias, ¿no es así? —
dijo él, con cierto escepticismo.
—En efecto —replicó Elizabeth, sin saber lo que decía, pues sus pensamientos habían tomado otros derroteros, como se vio poco después cuando súbitamente exclamó—: Recuerdo que en una ocasión le oí decir, señor Darcy, que usted casi nunca perdonaba, que su rencor era implacable. Supongo que será muy cauto antes de permitir que ese sentimiento le domine.
—Lo soy —contestó él con firmeza.
—¿Y nunca se deja cegar por los prejuicios?
—Espero que no.
—Quienes jamás cambian de opinión tienen que estar muy seguros de juzgar correctamente al principio.
—¿Qué pretende usted con estas preguntas?
—Solamente ilustrarme sobre su carácter —dijo ella, tratando de restar gravedad a sus palabras—. Intento comprenderlo.
—¿Y lo consigue?
Elizabeth movió la cabeza.
—En absoluto. Oigo opiniones tan diferentes sobre usted que no sé qué pensar.

—Seguro que se dicen las cosas más opuestas de mí —respondió muy serio—; y preferiría, señorita Bennet, que en estos momentos se olvidara de mi carácter: me temo que su interpretación no nos favorecería a ninguno de los dos.
—Pero, si no lo estudio ahora, quizá no se me presente nunca otra oportunidad.
—No quisiera en absoluto privarla de ningún placer —contestó Darcy fríamente. Elizabeth no dijo nada más y, cuando terminaron de bailar la segunda pieza, se separaron en silencio; los dos disgustados, aunque no de igual modo, pues en el pecho de Darcy anidaban unos sentimientos bastante poderosos que en seguida le hicieron perdonar a la joven y dirigir toda su ira contra otra persona.
Poco después de separarse, la señorita Bingley se acercó a Elizabeth y le dijo con un aire cortésmente displicente:
—He oído, señorita Eliza, que está encantada con George Wickham. Su hermana Jane me ha hablado de él, y me ha hecho cientos de preguntas; y he descubierto que el joven olvidó decirle, entre sus muchas confidencias, que era hijo del viejo Wickham, el administrador del difunto señor Darcy. Permítame recomendarle, como amiga, que no crea a pie juntillas todas sus afirmaciones, pues es completamente falso que el señor Darcy lo haya maltratado. Por el contrario, ha sido siempre extremadamente amable con él, aunque George Wickham se haya portado de un modo infame con el señor Darcy. No conozco los detalles, pero sé muy bien que el señor Darcy no es culpable de nada, que no soporta oír el nombre de George Wickham, y que, aunque mi hermano se vio obligado a invitarle con el resto de los oficiales, se alegró sobremanera cuando se enteró de su marcha a Londres. El hecho de que haya venido a esta zona es una auténtica insolencia, y me gustaría saber cómo puede atreverse a hacerlo. Lamento, señorita Eliza, que tenga que descubrir así las flaquezas de su querido amigo; pero, teniendo en cuenta sus orígenes, no podía esperarse nada mejor.
—No parece haber diferencia para usted entre las flaquezas y los orígenes del señor Wickham —exclamó Elizabeth, irritada—, porque sólo le ha acusado de ser hijo del administrador del señor Darcy, algo que me comunicó él mismo, se lo aseguro.
—Le ruego que me disculpe —dijo la señorita Bingley, alejándose con una mueca de desprecio—. Perdone la intromisión… Mis intenciones eran buenas.
«¡Insolente! —pensó Elizabeth—. Te equivocas si piensas que puedes influir en mí con un ataque tan mezquino. Lo único que veo en él es tu ignorancia deliberada y la maldad del señor Darcy.»
Después fue en busca de su hermana mayor, que había prometido interrogar a Bingley sobre el mismo asunto. La sonrisa de Jane era tan dulce y apacible, y su expresión de alegría tan grande, que resultaba evidente el placer le causaba la velada. Elizabeth adivinó al instante sus sentimientos, y en aquel momento la preocupación por Wickham, la hostilidad a sus enemigos, y todo lo demás, cedieron ante la esperanza de que Jane estuviera más cerca de alcanzar la felicidad.
—Me gustaría saber —preguntó Elizabeth, con un rostro tan sonriente como el de su hermana— qué has averiguado sobre el señor Wickham. Aunque tal vez estés divirtiéndote demasiado para pensar en otra persona; en ese caso, estarías perdonada.
—No —contestó Jane—, no me he olvidado de él; pero no tengo nada halagüeño que decirte. El señor Bingley no conoce toda la historia, e ignora las circunstancias que ofendieron especialmente al señor Darcy; pero pondría la mano en el fuego por el buen comportamiento, la rectitud y el honor de su amigo, y está convencido de que el señor Wickham se merecía muchas menos atenciones de las que le ha dispensado el señor Darcy. Lamento añadir que, según sus comentarios y los de su hermana, el señor Wickham no es un joven respetable en absoluto. Me temo que ha cometido muchas imprudencias y que no es digno del afecto del señor Darcy.
—¿El señor Bingley no conoce personalmente al señor Wickham?
—No; lo vio por primera vez el otro día en Meryton.
—Entonces te ha contado la versión del señor Darcy. Ahora lo entiendo… Pero ¿qué dice del beneficio eclesiástico?
—No recuerda con exactitud las circunstancias, aunque el señor Darcy se las haya contado más de una vez, pero cree que sólo se le prometió de manera condicional.
—No dudo de la sinceridad del señor Bingley —dijo Elizabeth con vehemencia—; pero tendrás que perdonar que sus palabras no me convenzan. Supongo que el señor Bingley ha defendido muy bien a su amigo, pero los únicos detalles que conoce de la historia se los ha dado precisamente él, así que correré el riesgo de seguir pensando lo mismo de los dos caballeros.
Después eligió un tema de conversación más agradable para las dos, y sobre el que no existieran desacuerdos. Elizabeth escuchó con placer las felices, aunque modestas, aspiraciones que abrigaba Jane con respecto a Bingley, y dijo cuanto pudo para acrecentar su confianza. Al unirse a ellas el propio señor Bingley, Elizabeth se marchó con la señorita Lucas; y acababa de responder a sus preguntas sobre el señor Darcy como pareja de baile cuando el señor Collins se les acercó para comunicarles, exultante, que había tenido la suerte de hacer un descubrimiento importantísimo.
—Me he enterado por una extraña casualidad —explicó— que en estos momentos hay en la sala un pariente muy cercano de mi benefactora. No he podido evitar oír cómo ese caballero mencionaba los nombres de su prima, la señorita De Bourgh, y de la madre de ésta, lady Catherine, a la joven que hace los honores[*]. ¡Es increíble que sucedan estas cosas! ¡Jamás se me pasó por la cabeza que pudiera encontrarme con un sobrino de lady Catherine de Bourgh en esta fiesta! Agradezco sobremanera no haberlo descubierto demasiado tarde para presentarle mis respetos, algo que me dispongo a hacer en este instante, y confío en que me disculpe por no haberlo hecho antes. Mi completa ignorancia del parentesco me servirá de excusa.
—¿Se presentará usted mismo al señor Darcy?
—Por supuesto. Le rogaré que me perdone por no haberlo hecho antes. Como es el sobrino de lady Catherine, podré decirle lo bien que se encontraba su tía hace ocho días.
Elizabeth intentó por todos los medios disuadirlo, asegurándole que el señor Darcy consideraría una impertinencia, en lugar de un cumplido para su tía, que se dirigiera a él sin que nadie los presentara antes; que no había ninguna necesidad de que se conocieran, y que, en todo caso, debía ser el señor Darcy, el más importante de los dos, quien tomara la iniciativa. El señor Collins la escuchó como si no pensara dar su brazo a torcer y, cuando ella dejó de hablar, le contestó lo siguiente:
—Mi querida señorita Elizabeth, tengo una opinión inmejorable sobre la excelencia de su juicio en cuantas materias domine su intelecto, pero permítame decirle que existe una gran diferencia entre las fórmulas de cortesía que rigen la vida de los laicos, y las que rigen la vida de los clérigos; porque permítame decirle que la posición de eclesiástico, en cuanto a dignidad, me parece comparable al más alto rango del reino, siempre que se observe al mismo tiempo la debida humildad en el comportamiento. Por ese motivo, déjeme seguir los dictados de mi conciencia, que en esta ocasión me empujan a cumplir con lo que considero mi deber. Perdóneme por desatender sus consejos, que en cualquier otro asunto serán mi guía constante, ya que en el caso que nos ocupa me considero, por educación y por el rigor de mis estudios, más preparado que una joven dama como usted para decidir lo que está bien.
Y, con una ligera inclinación, se alejó de Elizabeth para abalanzarse sobre el señor Darcy, mientras su prima observaba atentamente la perplejidad con que éste recibía su avance. El joven clérigo inició su discurso con una solemne reverencia, y, aunque no oyera nada, Elizabeth tuvo la sensación de escuchar todas y cada una de sus palabras, y leyó en sus labios los vocablos «disculpa», «Hunsford» y «lady Catherine de Bourgh». Le molestó que hiciera el ridículo ante un hombre así. El señor Darcy lo contemplaba con acuciante asombro y, cuando finalmente el señor Collins le permitió hablar, respondió con aire de distante cortesía. Pero esto no desanimó a su interlocutor, que volvió a dirigirse a él; y el desprecio del señor Darcy pareció aumentar con creces ante la extensión de su segundo discurso. Al final de éste, se limitó a alejarse del clérigo inclinando levemente la cabeza. El señor Collins regresó entonces al lado de Elizabeth.
—No tengo ningún motivo, se lo aseguro —dijo—, para sentirme decepcionado con su acogida. El señor Darcy parecía muy complacido con la atención que le he dispensado. Me ha contestado con la mayor educación, e incluso ha tenido la delicadeza de decirme que está tan convencido del buen criterio de lady Catherine que tiene la seguridad de que ella jamás concedería un privilegio a nadie que no lo mereciera. Una idea muy hermosa. En general, estoy muy satisfecho de nuestro encuentro.
Como aquel asunto ya no suscitaba su interés, Elizabeth dirigió casi por completo su atención hacia su hermana y el señor Bingley; y la secuencia de agradables pensamientos que nacieron de su observación le hicieron sentirse casi tan dichosa como Jane. Imaginó a ésta instalada en aquella misma casa, con toda la felicidad que puede proporcionar un matrimonio basado en el verdadero afecto; y se sintió capaz, en tales circunstancias, de hacer un esfuerzo para que le gustaran incluso las hermanas del señor Bingley. Vio con claridad que los pensamientos de su madre seguían el mismo derrotero que los suyos, y prefirió no acercarse a ella por temor a que dijera alguna indiscreción. Cuando fueron a cenar, en consecuencia, le pareció muy desafortunado que sólo se sentara una persona entre ambas, y le contrarió profundamente que su madre hablara únicamente a ésta (lady Lucas), y sin el menor recato, de sus esperanzas de que Jane no tardara en contraer matrimonio con el señor Bingley. Era un tema apasionante, y la señora Bennet no se cansaba de enumerar las ventajas de la boda. El hecho de que fuera un joven tan encantador, y tan rico, y de que viviera a menos de cinco kilómetros de ellos, eran los puntos que más celebraba; y era reconfortante pensar en el cariño que las dos hermanas del señor Bingley sentían por Jane, y tener la certeza de que deseaban aquel enlace tanto como ella. Resultaba, por otra parte, algo muy prometedor para sus demás hijas, pues el hecho de que Jane hiciera tan buena boda les ayudaría a conocer a otros hombres acaudalados; y, finalmente, era tan conveniente a su edad poder confiar el cuidado de sus hijas solteras a la hermana mayor, y no tener que acompañarlas a todas las fiestas y reuniones. Era necesario convertir esta circunstancia en un motivo de alegría, ya que así lo dictaban las buenas costumbres, aunque no hubiera nadie menos propenso que ella a quedarse en casa, fuera cual fuera su edad. La señora Bennet concluyó deseando que lady Lucas tuviera pronto la misma suerte, aunque el aire triunfal de sus palabras pusiera de manifiesto su convencimiento de que no existía la menor esperanza de que esto ocurriera.
Elizabeth se esforzó en vano por atemperar la locuacidad de su madre, o persuadirla para que manifestara su felicidad con un susurro menos audible; para su inenarrable humillación, se dio cuenta de que casi todo lo que decía llegaba a oídos del señor Darcy, sentado frente a ellas.

Su madre se limitó a reñirla por decir tonterías.
—¿Y por qué habría de temer yo al señor Darcy? Estoy segura de que no le debemos ninguna atención especial que nos impida decir cosas que a él no le agraden.
—Por favor, mamá, hable más bajo. ¿Qué provecho puede sacar de ofender al señor Darcy? De ese modo jamás causará buena impresión a su amigo.
Nada de lo que dijo, sin embargo, tuvo la menor influencia sobre su madre, que siguió hablando de sus aspiraciones sin bajar la voz. Elizabeth enrojeció una y otra vez, avergonzada y humillada. No podía sino mirar con frecuencia al señor Darcy, aunque mirarlo sólo confirmara sus temores; pues, aunque el joven no tuviera la vista clavada en la señora Bennet, sin lugar a dudas ésta acaparaba toda su atención. La expresión de su rostro pasó poco a poco del indignado desdén a una tranquila gravedad.
A la larga, sin embargo, la señora Bennet no tuvo nada más que decir; y lady Lucas, que llevaba mucho tiempo bostezando ante la repetición de maravillas que ella no tenía posibilidad de compartir, se entregó al consuelo de los fiambres de pollo y jamón. Elizabeth empezó a recobrar la serenidad. Pero su tranquilidad no duró mucho; pues, al terminar la cena, llegó el momento de cantar, y vio avergonzada cómo Mary, sin que nadie insistiera, se disponía a complacer a los invitados. Trató de impedir esa prueba de obsequiosidad con miradas significativas y súplicas silenciosas, pero resultó inútil; Mary no se dio por aludida: una oportunidad semejante para lucirse no podía desperdiciarla, y empezó a cantar. Los ojos de Elizabeth se clavaron angustiados en su hermana, y siguió su progreso a lo largo de varias estrofas con una impaciencia que al final se vio muy mal recompensada, pues Mary, al escuchar entre las muestras de agradecimiento la insinuación de que siguiera deleitando a los presentes, tardó medio minuto en entonar otra canción. El talento de Mary dejaba mucho que desear; apenas tenía voz y sus modos eran afectados. Elizabeth empezó a desesperarse. Miró a Jane, para ver si lo soportaba; pero ésta conversaba tranquilamente con Bingley. Miró a las dos hermanas del joven y vio los gestos burlones que se intercambiaban, y a Darcy, que seguía, sin embargo, con el rostro serio e impenetrable. Miró a su padre para suplicarle que interviniera, a fin de evitar que Mary siguiera al piano toda la noche. El señor Bennet comprendió su petición, y, cuando Mary terminó de cantar, dijo en voz alta:
—Está bien, hija mía. Ya nos has deleitado lo suficiente. Deja que otras jóvenes se luzcan.
Mary simuló que no le oía, pero se quedó un tanto desconcertada. Elizabeth lo sintió por ella y lamentó las sarcásticas palabras de su padre, temiendo que su desasosiego no hubiera beneficiado a nadie. Se invitó a tocar a otros miembros del grupo.
—Si yo tuviera la fortuna de saber cantar —dijo el señor Collins—, estaría encantado de interpretar una danza popular para complacer a todos los presentes, porque considero la música una diversión muy inocente y perfectamente compatible con la profesión de clérigo. No pretendo decir con esto, sin embargo, que podamos dedicar demasiado tiempo a este arte, ya que tenemos otras muchas obligaciones. El rector de una parroquia está siempre muy ocupado. Lo primero que ha de hacer es llegar a un acuerdo para que el cobro de los diezmos sea beneficioso para él sin resultar gravoso para su patrón. Debe escribir también sus propios sermones; y no le sobrará mucho tiempo para sus deberes parroquiales, y el cuidado y reforma de su residencia, que inexcusablemente ha de ser lo más cómoda posible. Tampoco carece de importancia que sea atento y conciliador con todo el mundo, especialmente con aquellos a quienes debe su cargo. No se le puede eximir de ese deber; desde luego yo no podría tener una buena opinión de nadie que desaprovechara la ocasión de presentar sus respetos a un miembro de esa familia.
Y, con una reverencia al señor Darcy, acabó aquel discurso, pronunciado casi a voz en cuello para que la mitad de los invitados lo oyeran. Muchos lo miraron fijamente. Muchos sonrieron; pero nadie pareció tan divertido como el señor Bennet, mientras su mujer alababa seriamente al señor Collins por la sensatez de sus comentarios, y explicaba en voz baja a lady Lucas la extraordinaria inteligencia y bondad del joven clérigo.
Elizabeth tenía la sensación de que, si su familia se hubiera puesto de acuerdo para hacer el mayor de los ridículos en el curso de la velada, no podrían haber interpretado mejor sus papeles y cosechado más éxito; y le alegró que Bingley y su hermana Jane no hubieran seguido todo aquel espectáculo, y que los sentimientos del primero no parecieran demasiado susceptibles de cambiar por los desatinos que sin duda había presenciado. Que sus dos hermanas y el señor Darcy, sin embargo, disfrutaran de semejante oportunidad para burlarse de sus familiares era suficientemente horrible, y Elizabeth fue incapaz de decidir si le resultaba más intolerable el mudo desprecio del caballero o las sonrisas insolentes de las damas.
Apenas se divirtió lo que quedaba de velada. El señor Collins la abrumó con sus atenciones, e insistió en quedarse a su lado y, aunque no logró convencerla para que volviera a bailar con él, impidió que otros caballeros la sacaran. Elizabeth le suplicó en vano que buscase otra pareja, y se ofreció a presentarle a la joven que quisiera. El señor Collins aseguró que bailar le era indiferente; que su principal objetivo consistía en rodearla de delicadas atenciones para ganarse su buena opinión, por lo que se proponía seguir a su lado hasta el final de la fiesta. No tenía sentido discutir semejante idea. El único consuelo de Elizabeth fue su amiga la señorita Lucas, que se unía a menudo a ellos y conversaba afablemente con el señor Collins.
Al menos se vio libre de que el señor Darcy le hiciera la afrenta de dirigirse nuevamente a ella; aunque pasó bastante tiempo muy cerca, completamente solo, en ningún momento se acercó a hablarle. Elizabeth achacó el silencio a sus alusiones al señor Wickham, y se alegró de haberlas hecho.
El grupo de Longbourn fue el último en partir; cuando se despidieron todos los invitados, gracias a una maniobra de la señora Bennet, tuvieron que esperar un cuarto de hora a que llegaran los carruajes, lo que les permitió ver hasta qué punto deseaban que se fueran algunos miembros de la familia anfitriona. La señora Hurst y su hermana únicamente abrieron la boca para quejarse de lo cansadas que estaban, y no disimularon su impaciencia por quedarse solas. Evitaron cualquier intento de conversación de la señora Bennet, consiguiendo que todo el mundo se sintiera incómodo; las largas parrafadas del señor Collins, felicitando al señor Bingley y a sus hermanas por la elegancia de la fiesta y por su hospitalidad y cortesía, salvaron un poco la situación. Darcy no dijo nada. El señor Bennet, igual de silencioso, disfrutaba de la escena. El señor Bingley y Jane seguían juntos, algo apartados de los demás, y hablaban entre sí. Elizabeth estaba tan callada como la señora Hurst o la señorita Bingley; e incluso Lydia se sentía demasiado exhausta para exclamar algo que no fuera: «¡Dios mío, qué agotada estoy!», acompañado de un sonoro bostezo.
Cuando finalmente se levantaron para irse, la señora Bennet repitió mil veces su deseo de ver muy pronto en Longbourn a toda la familia; y se dirigió de manera especial al señor Bingley para asegurarle lo felices que serían si algún día almorzaba con ellos sin la ceremonia de una invitación formal. Bingley, complacido, le expresó su gratitud, y se comprometió a visitarlos en cuanto regresara de Londres, donde tenía que trasladarse al día siguiente por poco tiempo.
La señora Bennet se sintió plenamente satisfecha; y abandonó la casa con la maravillosa certeza de que, habida cuenta de los preparativos para la boda, los carruajes nuevos y el vestido de novia, vería a su hija instalada en Netherfield al cabo de tres o cuatro meses. Pensaba con idéntica seguridad, y con considerable alegría, aunque ésta no fuera tan intensa, en el matrimonio de otra de sus hijas con el señor Collins. Elizabeth era la menos afín a su progenitora; y, aunque el pretendiente y el enlace fueran lo bastante buenos para ella, el valor de ambos quedaba eclipsado por el señor Bingley y Netherfield.

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Pride and Prejudice

Chapter 18

Till Elizabeth entered the drawing-room at Netherfield, and looked in vain for Mr. Wickham among the cluster of red coats there assembled, a doubt of his being present had never occurred to her. The certainty of meeting him had not been checked by any of those recollections that might not unreasonably have alarmed her. She had dressed with more than usual care, and prepared in the highest spirits for the conquest of all that remained unsubdued of his heart, trusting that it was not more than might be won in the course of the evening. But in an instant arose the dreadful suspicion of his being purposely omitted for Mr. Darcy’s pleasure in the Bingleys’ invitation to the officers; and though this was not exactly the case, the absolute fact of his absence was pronounced by his friend Denny, to whom Lydia eagerly applied, and who told them that Wickham had been obliged to go to town on business the day before, and was not yet returned; adding, with a significant smile, “I do not imagine his business would have called him away just now, if he had not wanted to avoid a certain gentleman here.”

This part of his intelligence, though unheard by Lydia, was caught by Elizabeth, and, as it assured her that Darcy was not less answerable for Wickham’s absence than if her first surmise had been just, every feeling of displeasure against the former was so sharpened by immediate disappointment, that she could hardly reply with tolerable civility to the polite inquiries which he directly afterwards approached to make. Attendance, forbearance, patience with Darcy, was injury to Wickham. She was resolved against any sort of conversation with him, and turned away with a degree of ill-humour which she could not wholly surmount even in speaking to Mr. Bingley, whose blind partiality provoked her.

But Elizabeth was not formed for ill-humour; and though every prospect of her own was destroyed for the evening, it could not dwell long on her spirits; and having told all her griefs to Charlotte Lucas, whom she had not seen for a week, she was soon able to make a voluntary transition to the oddities of her cousin, and to point him out to her particular notice. The first two dances, however, brought a return of distress; they were dances of mortification. Mr. Collins, awkward and solemn, apologising instead of attending, and often moving wrong without being aware of it, gave her all the shame and misery which a disagreeable partner for a couple of dances can give. The moment of her release from him was ecstasy.

She danced next with an officer, and had the refreshment of talking of Wickham, and of hearing that he was universally liked. When those dances were over, she returned to Charlotte Lucas, and was in conversation with her, when she found herself suddenly addressed by Mr. Darcy who took her so much by surprise in his application for her hand, that, without knowing what she did, she accepted him. He walked away again immediately, and she was left to fret over her own want of presence of mind; Charlotte tried to console her:

“I dare say you will find him very agreeable.”

“Heaven forbid! That would be the greatest misfortune of all! To find a man agreeable whom one is determined to hate! Do not wish me such an evil.”

When the dancing recommenced, however, and Darcy approached to claim her hand, Charlotte could not help cautioning her in a whisper, not to be a simpleton, and allow her fancy for Wickham to make her appear unpleasant in the eyes of a man ten times his consequence. Elizabeth made no answer, and took her place in the set, amazed at the dignity to which she was arrived in being allowed to stand opposite to Mr. Darcy, and reading in her neighbours’ looks, their equal amazement in beholding it. They stood for some time without speaking a word; and she began to imagine that their silence was to last through the two dances, and at first was resolved not to break it; till suddenly fancying that it would be the greater punishment to her partner to oblige him to talk, she made some slight observation on the dance. He replied, and was again silent. After a pause of some minutes, she addressed him a second time with:—”It is your turn to say something now, Mr. Darcy. I talked about the dance, and you ought to make some sort of remark on the size of the room, or the number of couples.”

He smiled, and assured her that whatever she wished him to say should be said.

“Very well. That reply will do for the present. Perhaps by and by I may observe that private balls are much pleasanter than public ones. But now we may be silent.”

“Do you talk by rule, then, while you are dancing?”

“Sometimes. One must speak a little, you know. It would look odd to be entirely silent for half an hour together; and yet for the advantage of some, conversation ought to be so arranged, as that they may have the trouble of saying as little as possible.”

“Are you consulting your own feelings in the present case, or do you imagine that you are gratifying mine?”

“Both,” replied Elizabeth archly; “for I have always seen a great similarity in the turn of our minds. We are each of an unsocial, taciturn disposition, unwilling to speak, unless we expect to say something that will amaze the whole room, and be handed down to posterity with all the eclat of a proverb.”

“This is no very striking resemblance of your own character, I am sure,” said he. “How near it may be to mine, I cannot pretend to say. You think it a faithful portrait undoubtedly.”

“I must not decide on my own performance.”

He made no answer, and they were again silent till they had gone down the dance, when he asked her if she and her sisters did not very often walk to Meryton. She answered in the affirmative, and, unable to resist the temptation, added, “When you met us there the other day, we had just been forming a new acquaintance.”

The effect was immediate. A deeper shade of hauteur overspread his features, but he said not a word, and Elizabeth, though blaming herself for her own weakness, could not go on. At length Darcy spoke, and in a constrained manner said, “Mr. Wickham is blessed with such happy manners as may ensure his making friends —whether he may be equally capable of retaining them, is less certain.”

“He has been so unlucky as to lose your friendship,” replied Elizabeth with emphasis, “and in a manner which he is likely to suffer from all his life.”

Darcy made no answer, and seemed desirous of changing the subject. At that moment, Sir William Lucas appeared close to them, meaning to pass through the set to the other side of the room; but on perceiving Mr. Darcy, he stopped with a bow of superior courtesy to compliment him on his dancing and his partner.

“I have been most highly gratified indeed, my dear sir. Such very superior dancing is not often seen. It is evident that you belong to the first circles. Allow me to say, however, that your fair partner does not disgrace you, and that I must hope to have this pleasure often repeated, especially when a certain desirable event, my dear Eliza (glancing at her sister and Bingley) shall take place. What congratulations will then flow in! I appeal to Mr. Darcy:—but let me not interrupt you, sir. You will not thank me for detaining you from the bewitching converse of that young lady, whose bright eyes are also upbraiding me.”

The latter part of this address was scarcely heard by Darcy; but Sir William’s allusion to his friend seemed to strike him forcibly, and his eyes were directed with a very serious expression towards Bingley and Jane, who were dancing together. Recovering himself, however, shortly, he turned to his partner, and said, “Sir William’s interruption has made me forget what we were talking of.”

“I do not think we were speaking at all. Sir William could not have interrupted two people in the room who had less to say for themselves. We have tried two or three subjects already without success, and what we are to talk of next I cannot imagine.”

“What think you of books?” said he, smiling.

“Books—oh! no. I am sure we never read the same, or not with the same feelings.”

“I am sorry you think so; but if that be the case, there can at least be no want of subject. We may compare our different opinions.”

“No—I cannot talk of books in a ball-room; my head is always full of something else.”

“The present always occupies you in such scenes—does it?” said he, with a look of doubt.

“Yes, always,” she replied, without knowing what she said, for her thoughts had wandered far from the subject, as soon afterwards appeared by her suddenly exclaiming, “I remember hearing you once say, Mr. Darcy, that you hardly ever forgave, that your resentment once created was unappeasable. You are very cautious, I suppose, as to its being created.”

“I am,” said he, with a firm voice.

“And never allow yourself to be blinded by prejudice?”

“I hope not.”

“It is particularly incumbent on those who never change their opinion, to be secure of judging properly at first.”

“May I ask to what these questions tend?”

“Merely to the illustration of your character,” said she, endeavouring to shake off her gravity. “I am trying to make it out.”

“And what is your success?”

She shook her head. “I do not get on at all. I hear such different accounts of you as puzzle me exceedingly.”

“I can readily believe,” answered he gravely, “that reports may vary greatly with respect to me; and I could wish, Miss Bennet, that you were not to sketch my character at the present moment, as there is reason to fear that the performance would reflect no credit on either.”

“But if I do not take your likeness now, I may never have another opportunity.”

“I would by no means suspend any pleasure of yours,” he coldly replied. She said no more, and they went down the other dance and parted in silence; and on each side dissatisfied, though not to an equal degree, for in Darcy’s breast there was a tolerable powerful feeling towards her, which soon procured her pardon, and directed all his anger against another.

They had not long separated, when Miss Bingley came towards her, and with an expression of civil disdain accosted her:

“So, Miss Eliza, I hear you are quite delighted with George Wickham! Your sister has been talking to me about him, and asking me a thousand questions; and I find that the young man quite forgot to tell you, among his other communication, that he was the son of old Wickham, the late Mr. Darcy’s steward. Let me recommend you, however, as a friend, not to give implicit confidence to all his assertions; for as to Mr. Darcy’s using him ill, it is perfectly false; for, on the contrary, he has always been remarkably kind to him, though George Wickham has treated Mr. Darcy in a most infamous manner. I do not know the particulars, but I know very well that Mr. Darcy is not in the least to blame, that he cannot bear to hear George Wickham mentioned, and that though my brother thought that he could not well avoid including him in his invitation to the officers, he was excessively glad to find that he had taken himself out of the way. His coming into the country at all is a most insolent thing, indeed, and I wonder how he could presume to do it. I pity you, Miss Eliza, for this discovery of your favourite’s guilt; but really, considering his descent, one could not expect much better.”

“His guilt and his descent appear by your account to be the same,” said Elizabeth angrily; “for I have heard you accuse him of nothing worse than of being the son of Mr. Darcy’s steward, and of that, I can assure you, he informed me himself.”

“I beg your pardon,” replied Miss Bingley, turning away with a sneer. “Excuse my interference—it was kindly meant.”

“Insolent girl!” said Elizabeth to herself. “You are much mistaken if you expect to influence me by such a paltry attack as this. I see nothing in it but your own wilful ignorance and the malice of Mr. Darcy.” She then sought her eldest sister, who has undertaken to make inquiries on the same subject of Bingley. Jane met her with a smile of such sweet complacency, a glow of such happy expression, as sufficiently marked how well she was satisfied with the occurrences of the evening. Elizabeth instantly read her feelings, and at that moment solicitude for Wickham, resentment against his enemies, and everything else, gave way before the hope of Jane’s being in the fairest way for happiness.

“I want to know,” said she, with a countenance no less smiling than her sister’s, “what you have learnt about Mr. Wickham. But perhaps you have been too pleasantly engaged to think of any third person; in which case you may be sure of my pardon.”

“No,” replied Jane, “I have not forgotten him; but I have nothing satisfactory to tell you. Mr. Bingley does not know the whole of his history, and is quite ignorant of the circumstances which have principally offended Mr. Darcy; but he will vouch for the good conduct, the probity, and honour of his friend, and is perfectly convinced that Mr. Wickham has deserved much less attention from Mr. Darcy than he has received; and I am sorry to say by his account as well as his sister’s, Mr. Wickham is by no means a respectable young man. I am afraid he has been very imprudent, and has deserved to lose Mr. Darcy’s regard.”

“Mr. Bingley does not know Mr. Wickham himself?”

“No; he never saw him till the other morning at Meryton.”

“This account then is what he has received from Mr. Darcy. I am satisfied. But what does he say of the living?”

“He does not exactly recollect the circumstances, though he has heard them from Mr. Darcy more than once, but he believes that it was left to him conditionally only.”

“I have not a doubt of Mr. Bingley’s sincerity,” said Elizabeth warmly; “but you must excuse my not being convinced by assurances only. Mr. Bingley’s defense of his friend was a very able one, I dare say; but since he is unacquainted with several parts of the story, and has learnt the rest from that friend himself, I shall venture to still think of both gentlemen as I did before.”

She then changed the discourse to one more gratifying to each, and on which there could be no difference of sentiment. Elizabeth listened with delight to the happy, though modest hopes which Jane entertained of Mr. Bingley’s regard, and said all in her power to heighten her confidence in it. On their being joined by Mr. Bingley himself, Elizabeth withdrew to Miss Lucas; to whose inquiry after the pleasantness of her last partner she had scarcely replied, before Mr. Collins came up to them, and told her with great exultation that he had just been so fortunate as to make a most important discovery.

“I have found out,” said he, “by a singular accident, that there is now in the room a near relation of my patroness. I happened to overhear the gentleman himself mentioning to the young lady who does the honours of the house the names of his cousin Miss de Bourgh, and of her mother Lady Catherine. How wonderfully these sort of things occur! Who would have thought of my meeting with, perhaps, a nephew of Lady Catherine de Bourgh in this assembly! I am most thankful that the discovery is made in time for me to pay my respects to him, which I am now going to do, and trust he will excuse my not having done it before. My total ignorance of the connection must plead my apology.”

“You are not going to introduce yourself to Mr. Darcy!”

“Indeed I am. I shall entreat his pardon for not having done it earlier. I believe him to be Lady

Catherine’s nephew. It will be in my power to assure him that her ladyship was quite well yesterday se’nnight.”

Elizabeth tried hard to dissuade him from such a scheme, assuring him that Mr. Darcy would consider his addressing him without introduction as an impertinent freedom, rather than a compliment to his aunt; that it was not in the least necessary there should be any notice on either side; and that if it were, it must belong to Mr. Darcy, the superior in consequence, to begin the acquaintance. Mr. Collins listened to her with the determined air of following his own inclination, and, when she ceased speaking, replied thus:

“My dear Miss Elizabeth, I have the highest opinion in the world in your excellent judgement in all matters within the scope of your understanding; but permit me to say, that there must be a wide difference between the established forms of ceremony amongst the laity, and those which regulate the clergy; for, give me leave to observe that I consider the clerical office as equal in point of dignity with the highest rank in the kingdom—provided that a proper humility of behaviour is at the same time maintained. You must therefore allow me to follow the dictates of my conscience on this occasion, which leads me to perform what I look on as a point of duty. Pardon me for neglecting to profit by your advice, which on every other subject shall be my constant guide, though in the case before us I consider myself more fitted by education and habitual study to decide on what is right than a young lady like yourself.” And with a low bow he left her to attack Mr. Darcy, whose reception of his advances she eagerly watched, and whose astonishment at being so addressed was very evident. Her cousin prefaced his speech with a solemn bow and though she could not hear a word of it, she felt as if hearing it all, and saw in the motion of his lips the words “apology,” “Hunsford,” and “Lady Catherine de Bourgh.” It vexed her to see him expose himself to such a man. Mr. Darcy was eyeing him with unrestrained wonder, and when at last Mr. Collins allowed him time to speak, replied with an air of distant civility. Mr. Collins, however, was not discouraged from speaking again, and Mr. Darcy’s contempt seemed abundantly increasing with the length of his second speech, and at the end of it he only made him a slight bow, and moved another way. Mr. Collins then returned to Elizabeth.

“I have no reason, I assure you,” said he, “to be dissatisfied with my reception. Mr. Darcy seemed much pleased with the attention. He answered me with the utmost civility, and even paid me the compliment of saying that he was so well convinced of Lady Catherine’s discernment as to be certain she could never bestow a favour unworthily. It was really a very handsome thought. Upon the whole, I am much pleased with him.”

As Elizabeth had no longer any interest of her own to pursue, she turned her attention almost

entirely on her sister and Mr. Bingley; and the train of agreeable reflections which her observations gave birth to, made her perhaps almost as happy as Jane. She saw her in idea settled in that very house, in all the felicity which a marriage of true affection could bestow; and she felt capable, under such circumstances, of endeavouring even to like Bingley’s two sisters. Her mother’s thoughts she plainly saw were bent the same way, and she determined not to venture near her, lest she might hear too much. When they sat down to supper, therefore, she considered it a most unlucky perverseness which placed them within one of each other; and deeply was she vexed to find that her mother was talking to that one person (Lady Lucas) freely, openly, and of nothing else but her expectation that Jane would soon be married to Mr. Bingley. It was an animating subject, and Mrs. Bennet seemed incapable of fatigue while enumerating the advantages of the match. His being such a charming young man, and so rich, and living but three miles from them, were the first points of self-gratulation; and then it was such a comfort to think how fond the two sisters were of Jane, and to be certain that they must desire the connection as much as she could do. It was, moreover, such a promising thing for her younger daughters, as Jane’s marrying so greatly must throw them in the way of other rich men; and lastly, it was so pleasant at her time of life to be able to consign her single daughters to the care of their sister, that she might not be obliged to go into company more than she liked.

It was necessary to make this circumstance a matter of pleasure, because on such occasions it is the etiquette; but no one was less likely than Mrs. Bennet to find comfort in staying home at any period of her life. She concluded with many good wishes that Lady Lucas might soon be equally fortunate, though evidently and triumphantly believing there was no chance of it.

In vain did Elizabeth endeavour to check the rapidity of her mother’s words, or persuade her to describe her felicity in a less audible whisper; for, to her inexpressible vexation, she could perceive that the chief of it was overheard by Mr. Darcy, who sat opposite to them. Her mother only scolded her for being nonsensical.

“What is Mr. Darcy to me, pray, that I should be afraid of him? I am sure we owe him no such particular civility as to be obliged to say nothing he may not like to hear.”

“For heaven’s sake, madam, speak lower. What advantage can it be for you to offend Mr. Darcy? You will never recommend yourself to his friend by so doing!”

Nothing that she could say, however, had any influence. Her mother would talk of her views in the same intelligible tone. Elizabeth blushed and blushed again with shame and vexation. She could not help frequently glancing her eye at Mr. Darcy, though every glance convinced her of what she dreaded; for though he was not always looking at her mother, she was convinced that his attention was invariably fixed by her. The expression of his face changed gradually from indignant contempt to a composed and steady gravity.

At length, however, Mrs. Bennet had no more to say; and Lady Lucas, who had been long yawning at the repetition of delights which she saw no likelihood of sharing, was left to the comforts of cold ham and chicken. Elizabeth now began to revive. But not long was the interval of tranquillity; for, when supper was over, singing was talked of, and she had the mortification of seeing Mary, after very little entreaty, preparing to oblige the company. By many significant looks and silent entreaties, did she endeavour to prevent such a proof of complaisance, but in vain; Mary would not understand them; such an opportunity of exhibiting was delightful to her, and she began her song. Elizabeth’s eyes were fixed on her with most painful sensations, and she watched her progress through the several stanzas with an impatience which was very ill rewarded at their close; for Mary, on receiving, amongst the thanks of the table, the hint of a hope that she might be prevailed on to favour them again, after the pause of half a minute began another. Mary’s powers were by no means fitted for such a display; her voice was weak, and her manner affected. Elizabeth was in agonies. She looked at Jane, to see how she bore it; but Jane was very composedly talking to Bingley. She looked at his two sisters, and saw them making signs of derision at each other, and at Darcy, who continued, however, imperturbably grave. She looked at her father to entreat his interference, lest Mary should be singing all night. He took the hint, and when Mary had finished her second song, said aloud, “That will do extremely well, child. You have delighted us long enough. Let the other young ladies have time to exhibit.”

Mary, though pretending not to hear, was somewhat disconcerted; and Elizabeth, sorry for her, and sorry for her father’s speech, was afraid her anxiety had done no good. Others of the party were now applied to.

“If I,” said Mr. Collins, “were so fortunate as to be able to sing, I should have great pleasure, I am sure, in obliging the company with an air; for I consider music as a very innocent diversion, and perfectly compatible with the profession of a clergyman. I do not mean, however, to assert that we can be justified in devoting too much of our time to music, for there are certainly other things to be attended to. The rector of a parish has much to do. In the first place, he must make such an agreement for tithes as may be beneficial to himself and not offensive to his patron. He must write his own sermons; and the time that remains will not be too much for his parish duties, and the care and improvement of his dwelling, which he cannot be excused from making as comfortable as possible. And I do not think it of light importance that he should have attentive and conciliatory manners towards everybody, especially towards those to whom he owes his preferment. I cannot acquit him of that duty; nor could I think well of the man who should omit an occasion of testifying his respect towards anybody connected with the family.” And with a bow to Mr. Darcy, he concluded his speech, which had been spoken so loud as to be heard by half the room. Many stared—many smiled; but no one looked more amused than Mr. Bennet himself, while his wife seriously commended Mr. Collins for having spoken so sensibly, and observed in a half-whisper to Lady Lucas, that he was a remarkably clever, good kind of young man.

To Elizabeth it appeared that, had her family made an agreement to expose themselves as much as they could during the evening, it would have been impossible for them to play their parts with more spirit or finer success; and happy did she think it for Bingley and her sister that some of the exhibition had escaped his notice, and that his feelings were not of a sort to be much distressed by the folly which he must have witnessed. That his two sisters and Mr. Darcy, however, should have such an opportunity of ridiculing her relations, was bad enough, and she could not determine whether the silent contempt of the gentleman, or the insolent smiles of the ladies, were more intolerable.

The rest of the evening brought her little amusement. She was teased by Mr. Collins, who continued most perseveringly by her side, and though he could not prevail on her to dance with him again, put it out of her power to dance with others. In vain did she entreat him to stand up with somebody else, and offer to introduce him to any young lady in the room. He assured her, that as to dancing, he was perfectly indifferent to it; that his chief object was by delicate attentions to recommend himself to her and that he should therefore make a point of remaining close to her the whole evening. There was no arguing upon such a project. She owed her greatest relief to her friend Miss Lucas, who often joined them, and good-naturedly engaged Mr. Collins’s conversation to herself.

She was at least free from the offense of Mr. Darcy’s further notice; though often standing within a very short distance of her, quite disengaged, he never came near enough to speak. She felt it to be the probable consequence of her allusions to Mr. Wickham, and rejoiced in it.

The Longbourn party were the last of all the company to depart, and, by a manoeuvre of Mrs. Bennet, had to wait for their carriage a quarter of an hour after everybody else was gone, which gave them time to see how heartily they were wished away by some of the family. Mrs. Hurst and her sister scarcely opened their mouths, except to complain of fatigue, and were evidently impatient to have the house to themselves. They repulsed every attempt of Mrs. Bennet at conversation, and by so doing threw a languor over the whole party, which was very little relieved by the long speeches of Mr. Collins, who was complimenting Mr. Bingley and his sisters on the elegance of their entertainment, and the hospitality and politeness which had marked their behaviour to their guests. Darcy said nothing at all. Mr. Bennet, in equal silence, was enjoying the scene. Mr. Bingley and Jane were standing together, a little detached from the rest, and talked only to each other. Elizabeth preserved as steady a silence as either Mrs. Hurst or Miss Bingley; and even Lydia was too much fatigued to utter more than the occasional exclamation of “Lord, how tired I am!” accompanied by a violent yawn.

When at length they arose to take leave, Mrs. Bennet was most pressingly civil in her hope of seeing the whole family soon at Longbourn, and addressed herself especially to Mr. Bingley, to assure him how happy he would make them by eating a family dinner with them at any time, without the ceremony of a formal invitation. Bingley was all grateful pleasure, and he readily engaged for taking the earliest opportunity of waiting on her, after his return from London, whither he was obliged to go the next day for a short time.

Mrs. Bennet was perfectly satisfied, and quitted the house under the delightful persuasion that, allowing for the necessary preparations of settlements, new carriages, and wedding clothes, she should undoubtedly see her daughter settled at Netherfield in the course of three or four months. Of having another daughter married to Mr. Collins, she thought with equal certainty, and with considerable, though not equal, pleasure. Elizabeth was the least dear to her of all her children; and though the man and the match were quite good enough for her, the worth of each was eclipsed by Mr. Bingley and Netherfield.

Habemus club de lectura

Día 153

¡Saludos, preciosuras y demoniuras!

Estaba sumamente emocionada e impaciente por compartir mi nuevo proyecto, me encuentro en la genial aventura de tener un club de lectura.

Estoy feliz y agradecida de la respuesta de los que hoy ya forman parte de mi club “El club de Lilith” lo creé el 21 de septiembre, y nuestra primera reunión fue este jueves 7 de octubre.

Habrá una lectura mensual y reuniones semanales vía Zoom para comentar y debatir los capítulos.

No crean que me tomó tanto tiempo decidirlo, fue algo que lo puse en mi mente e inmediatamente arranqué a armarlo, ya cuenta con página de Facebook, Instagram y Twitter.

Nuestra primera lectura comenzó este 3 de octubre con un gran libro de la periodista y escritora española, Sandra Sabatés, “Pelea como una Chica.”

Es una gran lectura feminista, pues la temática del club son lecturas de escritores, filósofos o personajes rebeldes. Suena muy a mi persona, ¿no lo creen? Habrá variedad de temas, y este mes comenzamos justamente con el feminismo. La finalidad del club es el aprendizaje, la comprensión de lectura y pensamiento crítico.

Este es el comienzo de un nuevo reto a su lado, nunca me cansaré de agradecer todo su apoyo y compañía, aquí compartiré reuniones, lecturas y reseñas mensuales.

Hasta el próximo post.

¡Gracias por leer!

Yugen (japonés)

Día 151

¡Saludos, demoniuras y preciosuras!

Hace unos días escuché una palabra en japonés y me maravilló su significado. Es una de esas palabras que no tienen traducción porque expresan un sentimiento. Y en este caso, la extraña y bella sensación de darnos cuenta de nuestra existencia y de lo complejo que es el universo. Es sentirte parte de un todo inmenso, y eso genera cierta melancolía, agradecimiento y comprensión del ser.

Yugen (Yumoto)

«Un sentido profundo y misterioso de la belleza del universo… y la triste belleza del sufrimiento humano».

24 de septiembre del 2021

¿Has experimentado ese sentimiento? Descríbelo en tu diario.

¡Gracias por leer!

ESTACIÓN EN LA TIERRA – Poema de Aída Cartagena Portalatín

Día 150

ESTACIÓN EN LA TIERRA

I

No creo que yo esté aquí demás.
Aquí hace falta una mujer, y esa mujer soy yo.
No regreso hecha llanto. No quiero conciliarme
con los hechos extraños.

Antiguamente tuve la inútil velada de levantar las tejas
para aplaudir los párrafos de la experiencia ajena.

Antiguamente no había despertado.
No era necesario despertar.

Sin embargo, he despertado de espalda a tus discursos,
definitivamente de frente a la verídica, sencilla y clara
necesidad de ir a mi encuentro.

Ahora puedo negarte. Retirarte mi voto.
Y puedo escuchar y gritar conmigo
irremisiblemente viva,
porque viva es la voz de las verdades,
porque viva es la voz del luminoso
salón del casamiento del ángel con la estrella.

Ahora puedo negarte. Toda soy de ventanas,
limpia, libre y clara de frente al campanario
de los oficios de los vivos y de los muertos.
Y siento la necesidad de las cosas pequeñas,
de esas cosas pequeñas que no trepan
como si tuvieran medido el sitio,
sino que se esparcen como los árboles ardidos.

Con esa pequeñez me desplazo por tu arquitectura
de galería sin fin.
siempre sin novedad, ni rosa, ni luna en su camino
y llego al fondo donde te descubro
en esas generaciones de familias inmovilizadas
que terminan con la última viga anciana
cuando ya no hay otro dueño y el mueble está gastado.

II

Esa infeliz dignidad de la rutina
está en el término donde la tontería
tiene la voz de las caricias para llamar a las bestias
y no significa nada para la voz de mis verdades.

Pensarán que he llegado demasiado temprano,
acaso un poco tarde. Tal vez no hubiera
llegado a ningún otro tiempo
para reemplazar mi turno.
Pero no creo que yo esté aquí demás,
y además prefiero estar aquí ahora,
y desatarme a veces,
y recoger las negaciones
para volver con la resignación,
el grito y el paso de la muerte.

Esto es regresar al sitio
donde los árboles rechazan a los desconocidos
y se prolonga el conversar de algunas estaciones.
Esto es ser como los otros
y volver mi alma vecina
igual a las de los vecinos,
y perder el temor de atravesarme totalmente
con el recuerdo del libro del recuerdo.

III

Prudentemente he cerrado el camino
y he dicho: estoy en tiempo puro.
Un tiempo que en la vida ha perdido el sentido.
Un tiempo que revela que la naturaleza de las cosas
está al revés de su corteza
y el alimento consiste en el estímulo.

Estación de verdad que me incorpora
y rechaza el propósito de descubrir el Código
que sentencia la vida detrás de tu cortina.

Desengaño – Meditaciones

Día 149

Bilingual Post.

El mayor desengaño para el desprecio de la muerte es la consideración de que aun la menospreciaron también aquellos que juzgaban el deleite por bueno y el trabajo por malo.

-Marco Aurelio.

15 de septiembre del 2021


Escribe en tu diario cuál fue la última vez que algo te entusiasmó.

¡Gracias por leer!

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The enormous disappointment in the arrogance of death is the appreciation that even those who judged delight as good and work as bad also detested it.

-Marcus Aurelius

September, 15th 2021

Write in your journal the last time something excited you.

Thanks for reading!

Orgullo y Prejuicio – Capítulo 17. Jane Austen

Día 148

Al día siguiente, Elizabeth le contó a Jane su conversación con el señor Wickham. Jane la escuchó inquieta y sorprendida; le costaba creer que el señor Darcy fuera tan indigno del afecto del señor Bingley; y, sin embargo, no era propio de ella cuestionar la sinceridad de un joven que parecía tan agradable como Wickham.
La posibilidad de que hubiera sido maltratado de ese modo bastó para despertar su ternura; y lo único que pudo hacer, en consecuencia, fue pensar bien de los dos, defender la conducta de ambos, y considerar accidente o error lo que no podía explicarse de otra forma.
—Supongo que, de un modo u otro, los dos han sido engañados, —dijo Jane—, no sabemos cómo. Incluso es posible que haya personas que quieran enemistarlos. Así que no está en nuestras manos hacer conjeturas sobre las causas o circunstancias que, sin que ninguno de los dos sea culpable, han podido distanciarles.
—Cierto, muy cierto; y ahora, mi querida Jane, ¿qué puedes decir en defensa de esas terceras personas que probablemente han intervenido en este asunto? Tendrás que demostrar también su inocencia, o nos veremos obligados a pensar mal de alguien.
—Ríete cuanto quieras, pero no conseguirás que cambie de opinión. Mi querida Lizzy, piensa en el papel tan vergonzoso que haría el señor Darcy si tratara de ese modo a alguien tan querido por su padre… alguien a quien éste había prometido asegurar el porvenir. Es imposible. Ninguna persona con un mínimo de humanidad, ningún hombre al que preocupe su reputación sería capaz de hacerlo. ¿Cómo podría engañar hasta tal punto a sus mejores amigos? ¡Es inconcebible!
—Me resulta mucho más fácil creer que el señor Bingley no sabe nada, que acusar al señor Wickham de inventar una historia como la que me contó ayer por la noche; con nombres, hechos… y sin andarse con rodeos. Si no es cierto, dejemos que el señor Darcy lo contradiga. Además, el señor Wickham parecía tan sincero…

—Es realmente difícil, y doloroso. No sabe uno qué pensar.
—Perdona… para mí está muy claro.
Pero Jane sólo tenía una certeza: que el señor Bingley, si había sido engañado, sufriría mucho cuando aquel asunto saliera a la luz.
La llegada de algunas de las personas sobre las que estaban hablando obligó a las dos jóvenes a abandonar el jardín: el señor Bingley y sus hermanas venían a invitarles personalmente al tan esperado baile de Netherfield, que se celebraría el martes siguiente. Las dos damas se mostraron encantadas de volver a ver a su querida amiga, dijeron que había pasado un siglo desde su último encuentro, y le preguntaron repetidas veces qué había hecho desde entonces. Apenas prestaron atención al resto de la familia; hicieron todo lo posible por evitar a la señora Bennet, hablaron muy poco con Elizabeth y nada en absoluto con los demás. No tardaron en marcharse: se levantaron de sus asientos con una brusquedad que sorprendió a su hermano, y salieron a toda prisa como si estuvieran impacientes por librarse de los cumplidos de la señora Bennet.
La perspectiva del baile en Netherfield fascinaba a todas las mujeres de la familia. La señora Bennet decidió que se celebraba en honor de su hija mayor, y le halagó sobremanera que el señor Bingley se acercara personalmente a Longbourn, en lugar de mandarles una invitación protocolaria. Jane imaginaba una velada muy feliz en compañía de sus dos amigas, y con las atenciones que le dedicaría el hermano de éstas; y Elizabeth pensaba con placer en bailar mucho con el señor Wickham, y ver confirmadas todas sus acusaciones en las miradas y los actos del señor Darcy. La felicidad con que soñaban Catherine y Lydia dependía menos de un único acontecimiento o de una persona determinada, pues, aunque las dos, al igual que Elizabeth, pretendían bailar la mitad de la velada con el señor Wickham, éste no era ni mucho menos la única pareja que podría satisfacerles, y, en cualquier caso, un baile siempre era un baile. Incluso Mary aseguró a su familia que no le disgustaba la idea.
—Mientras pueda disponer de las mañanas para mí —dijo—, es suficiente. No me parece un sacrificio asistir de vez en cuando a esas veladas. La vida social tiene derechos sobre nosotros; y yo declaro ser una de esas personas que consideran beneficiosos para todo el mundo ciertos intervalos de recreo y distracción.
Elizabeth estaba tan animada con el baile que, aunque sólo hablaba con el señor Collins cuando era estrictamente necesario, no pudo evitar preguntarle si pensaba aceptar la invitación del señor Bingley y, de ser así, si le parecía correcto participar en ese tipo de diversiones nocturnas; y se quedó bastante sorprendida al descubrir que el joven clérigo no albergaba el menor escrúpulo al respecto, y que estaba muy lejos de temer una reprimenda del arzobispo[*] o de lady Catherine de Bourgh por atreverse a bailar.
—Le aseguro que no soy de la opinión —dijo el señor Collins— de que un baile de esta naturaleza, ofrecido por un joven de buena reputación a gente muy respetable, pueda resultar pecaminoso; y estoy tan lejos de censurarlo que espero tener el honor de bailar con todas mis hermosas primas en el transcurso de la velada, por lo que aprovecho la oportunidad, señorita Elizabeth, para rogarle que me conceda las dos primeras danzas, una preferencia que confío en que mi prima Jane atribuya al motivo correcto y no considere una falta de respeto.

Elizabeth comprendió que no tenía escapatoria. Se había propuesto bailar con el señor Wickham aquellas dos primeras piezas, y ¡tendría que hacerlo en su lugar con el señor Collins! Sus ganas de bromear le habían salido caras. Pero ya no tenía remedio. Su felicidad y la del señor Wickham tendrían que esperar forzosamente un poco, y aceptó la propuesta del señor Collins con la mayor gentileza posible.
Tampoco le agradó su galantería, pues parecía sugerir algo más. Por primera vez se le pasó por la imaginación que tal vez fuera ella la hermana elegida para convertirse en señora de la rectoría de Hunsford y completar una mesa de cuatrillo en Rosings cuando lady Catherine no encontrara a nadie mejor. La idea no tardó en ser una convicción, al ver cómo aumentaban sus muestras de cortesía y la frecuencia con que intentaba alabar su viveza y su ingenio; y, aunque a Elizabeth le sorprendiera más que halagara el efecto de sus encantos, su madre no tardó en darle a entender que la posibilidad de una boda con el señor Collins le alegraba sobremanera. Elizabeth, sin embargo, prefirió no darse por aludida, consciente de que cualquier respuesta desataría una fuerte discusión. Tal vez el señor Collins jamás llegara a pedir su mano y, hasta que lo hiciera, no tenía sentido pelearse.
Si no se hubiera celebrado en Netherfield un baile para el que prepararse y del que hablar, Catherine y Lydia Bennet habrían sido muy desgraciadas, ya que, desde el día de la invitación, llovió con tanta intensidad que no pudieron ir ni una sola vez a Meryton. Así que no hubo tía, ni oficiales, ni noticias nuevas; e incluso se vieron obligadas a encargar las rosas de tela que adornarían sus zapatos de baile. El mal tiempo puso también a prueba la paciencia de Elizabeth, al impedir que progresara su amistad con el señor Wickham; y, sólo gracias al baile del martes, Lydia y Kitty encontraron soportables el viernes, el sábado, el domingo y el lunes.

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Pride and Prejudice

Chapter 17

Elizabeth related to Jane the next day what had passed between Mr. Wickham and herself. Jane listened with astonishment and concern; she knew not how to believe that Mr. Darcy could be so unworthy of Mr. Bingley’s regard; and yet, it was not in her nature to question the veracity of a young man of such amiable appearance as Wickham. The possibility of his having endured such unkindness, was enough to interest all her tender feelings; and nothing remained therefore to be done, but to think well of them both, to defend the conduct of each, and throw into the account of accident or mistake whatever could not be otherwise explained.

“They have both,” said she, “been deceived, I dare say, in some way or other, of which we can form no idea. Interested people have perhaps misrepresented each to the other. It is, in short, impossible for us to conjecture the causes or circumstances which may have alienated them, without actual blame on either side.”

“Very true, indeed; and now, my dear Jane, what have you got to say on behalf of the interested people who have probably been concerned in the business? Do clear them too, or we shall be obliged to think ill of somebody.”

“Laugh as much as you choose, but you will not laugh me out of my opinion. My dearest Lizzy, do but consider in what a disgraceful light it places Mr. Darcy, to be treating his father’s favourite in such a manner, one whom his father had promised to provide for. It is impossible. No man of common humanity, no man who had any value for his character, could be capable of it. Can his most intimate friends be so excessively deceived in him? Oh! no.”

“I can much more easily believe Mr. Bingley’s being imposed on, than that Mr. Wickham should invent such a history of himself as he gave me last night; names, facts, everything mentioned without ceremony. If it be not so, let Mr. Darcy contradict it. Besides, there was truth in his looks.”

“It is difficult indeed—it is distressing. One does not know what to think.”

“I beg your pardon; one knows exactly what to think.”

But Jane could think with certainty on only one point—that Mr. Bingley, if he had been imposed on, would have much to suffer when the affair became public.

The two young ladies were summoned from the shrubbery, where this conversation passed, by the arrival of the very persons of whom they had been speaking; Mr. Bingley and his sisters came to give their personal invitation for the long-expected ball at Netherfield, which was fixed for the following Tuesday. The two ladies were delighted to see their dear friend again, called it an age since they had met, and repeatedly asked what she had been doing with herself since their separation. To the rest of the family they paid little attention; avoiding Mrs. Bennet as much as possible, saying not much to Elizabeth, and nothing at all to the others. They were soon gone again, rising from their seats with an activity which took their brother by surprise, and hurrying off as if eager to escape from Mrs. Bennet’s civilities.

The prospect of the Netherfield ball was extremely agreeable to every female of the family. Mrs. Bennet chose to consider it as given in compliment to her eldest daughter, and was particularly flattered by receiving the invitation from Mr. Bingley himself, instead of a ceremonious card. Jane pictured to herself a happy evening in the society of her two friends, and the attentions of her brother; and Elizabeth thought with pleasure of dancing a great deal with Mr. Wickham, and of seeing a confirmation of everything in Mr. Darcy’s look and behaviour. The happiness anticipated by Catherine and Lydia depended less on any single event, or any particular person, for though they each, like Elizabeth, meant to dance half the evening with Mr. Wickham, he was by no means the only partner who could satisfy them, and a ball was, at any rate, a ball. And even Mary could assure her family that she had no disinclination for it.

“While I can have my mornings to myself,” said she, “it is enough—I think it is no sacrifice to join occasionally in evening engagements. Society has claims on us all; and I profess myself one of those who consider intervals of recreation and amusement as desirable for everybody.”

Elizabeth’s spirits were so high on this occasion, that though she did not often speak unnecessarily to Mr. Collins, she could not help asking him whether he intended to accept Mr. Bingley’s invitation, and if he did, whether he would think it proper to join in the evening’s amusement; and she was rather surprised to find that he entertained no scruple whatever on that head, and was very far from dreading a rebuke either from the Archbishop, or Lady Catherine de Bourgh, by venturing to dance.

“I am by no means of the opinion, I assure you,” said he, “that a ball of this kind, given by a young man of character, to respectable people, can have any evil tendency; and I am so far from objecting to dancing myself, that I shall hope to be honoured with the hands of all my fair cousins in the course of the evening; and I take this opportunity of soliciting yours, Miss Elizabeth, for the two first dances especially, a preference which I trust my cousin Jane will attribute to the right cause, and not to any disrespect for her.”

Elizabeth felt herself completely taken in. She had fully proposed being engaged by Mr. Wickham for those very dances; and to have Mr. Collins instead! her liveliness had never been worse timed. There was no help for it, however. Mr. Wickham’s happiness and her own were perforce delayed a little longer, and Mr. Collins’s proposal accepted with as good a grace as she could. She was not the better pleased with his gallantry from the idea it suggested of something more. It now first struck her, that she was selected from among her sisters as worthy of being mistress of Hunsford Parsonage, and of assisting to form a quadrille table at Rosings, in the absence of more eligible visitors. The idea soon reached to conviction, as she observed his increasing civilities toward herself, and heard his frequent attempt at a compliment on her wit and vivacity; and though more astonished than gratified herself by this effect of her charms, it was not long before her mother gave her to understand that the probability of their marriage was extremely agreeable to her. Elizabeth, however, did not choose to take the hint, being well aware that a serious dispute must be the consequence of any reply. Mr. Collins might never make the offer, and till he did, it was useless to quarrel about him.

If there had not been a Netherfield ball to prepare for and talk of, the younger Miss Bennets would have been in a very pitiable state at this time, for from the day of the invitation, to the day of the ball, there was such a succession of rain as prevented their walking to Meryton once. No aunt, no officers, no news could be sought after—the very shoe-roses for Netherfield were got by proxy. Even Elizabeth might have found some trial of her patience in weather which totally suspended the improvement of her acquaintance with Mr. Wickham; and nothing less than a dance on Tuesday, could have made such a Friday, Saturday, Sunday, and Monday endurable to Kitty and Lydia.

Psithurisma (griego)

Día 147

¡Hola, demoniuras y preciosuras!

Se acerca la época más hermosa del año, al menos para mí, que adoro el otoño y el invierno. Me encanta ese ambiente un tanto nostálgico, las tardes con esa quietud que permite sentir el viento y escuchar su murmullo. Me fascina tomar un té o café y ver los colores del atardecer que estás estaciones nos muestran. Y justamente encontré una de esas palabras sin traducción un tanto extrañas y con un gran significado. Y quise compartirla con ustedes. La palabra es:

Psithurisma del griego, y significa, susurro de las hojas con el viento.

Espero tengas un excelente fin de semana.

4 de septiembre del 2021

Si pudieras involucrarte completamente en una causa, ¿cuál sería? Por favor escríbelo en tu diario.

¡Gracias por leer!

Naturaleza Oscura – Poema de Yediht Cazarín

Día 146.

Ella era lo que no añore jamás, ella era CLARIDAD
la tomé temblando y probé su gelidez descomunal.

Nunca un ser en este mundo experimentó
tan siniestra realidad.

Son sus ojos tan oscuros, y sólo veo verdad,
sólo encuentro en su reflejo su grandeza y mi maldad.

Ella era todo lo que yo podía amar,
ella, ella era OSCURIDAD.

3 de septiembre del 2021

Primer plano
Elige a los protagonistas de la película de tu vida. Escribe su perfil en tu diario.

¡Gracias por leer!

Ciao!

Australiantis – Poema de Ali Cobby Eckermann

Día 145.

Ali Cobby Eckermann (nacida en 1963) es una poeta Australians. Mujer Yankunytjatjara / Kokatha nacida en la tierra de Kaurna en Australia del Sur.

En 2017, ganó el Premio Internacional de Literatura de Poesía Windham-Campbell.

Australantis

Entre lo que ha sido y lo que será
hay un océano entero colmado de arena

Donde a los peces crecen alas para llegar el cielo
y los pájaros regresan a la tierra

Un lienzo rígido desprovisto de vistas
ninguna duna ningún árbol

Solo una concha suspendida más allá del horizonte
derramando el ruido de lo entremetido

1 septiembre del 2021


En la película Atrapado en el tiempo, Bill Murray vivía el mismo día una y otra vez, atrapado en un bucle temporal hasta que fue capaz de tener un día “perfecto”. ¿Qué día elegirías para que se repitiera hasta que lo hicieses todo bien? ¿Crees que es posible conseguir una vida “perfecta”?
Por favor, escríbelo en tu diario.

¡Gracias por leer!

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Ali Cobby Eckermann (born 1963) is an Australian poet. Yankunytjatjara / Kokatha woman born in the land of Kaurna in South Australia.

In 2017, she won the Windham-Campbell International Literature Prize for Poetry.

Australantis

There’s a whole ocean filled with sand
between what was and what will be

Where fish grows wings to climb the sky
and water birds revert to earth

A stark canvas devoid of view
not a sand dune not a tree

Only a shell hangs beyond the skyline
spilling the noise of the in-betwwen

September 1st 2021

In the movie Groundhog Day, Bill Murray lived the same day repeatedly, trapped in a time loop until he was able to have a “perfect” day. What day would you choose to repeat until you did everything right? Do you think it is possible to achieve a “perfect” life? Please write it down in your journal.

Thanks for reading!

Cuando escuches el trueno me recordarás (poema) – Anna Ajmátova

Día 144

Cuando escuches el trueno me recordarás
Y tal vez pienses que amaba la tormenta…
El rayado del cielo se verá fuertemente carmesí
Y el corazón, como entonces, estará en el fuego.

Esto sucederá un día en Moscú
Cuando abandone la ciudad para siempre
Y me precipite hacia el puerto deseado
Dejando entre ustedes apenas mi sombra.

25 de agosto del 2021

Supongamos que cuando hay luna llena, te conviertes en una persona completamente diferente de la que eres normalmente. Por favor describe en tu diario tu nuevo yo.

Спасибо за прочтение (Spasibo za prochteniye)

¡Gracias por leer!

Dibujo a lápiz con un toque de color.

Día 143

¡Saludos, demoniuras y preciosuras!

En este post verás el dibujo que realicé el día de hoy, con un toque de color para variar y subir un poco el nivel. Acepto que me sigue encantando como se ve el dibujo en lápiz únicamente, ¡pero tenía que intentarlo! Les comparto algunos dibujos más, ya que llevo algunos días practicando esta nueva actividad que me fascina, y trato de alternarla con el resto de actividades a las que yo sola me sumo.

Espero tengan un maravilloso fin de semana.

20 de agosto del 2021

Todos necesitamos mantener un equilibrio entre las cosas que hacemos: bloguear, hacer ejercicio, leer, cocinar… ¿Cuál es tu caso?
Por favor escríbelo en tu diario.

¡Gracias por leer!

Orgullo y Prejuicio – Capítulo 16 – Jane Austen

Día 142

Bilingual Post.

Como no se puso ninguna objeción al compromiso de las jóvenes con su tía, y todos los escrúpulos del señor Collins —que se resistía a abandonar al señor y a la señora Bennet por las tardes— fueron vencidos, el carruaje los llevó a él y a sus cinco primas a Meryton, a la hora prevista; y las muchachas tuvieron la satisfacción de oír, al entrar en el salón, que el señor Wickham había aceptado la invitación de su tío, y se encontraba en casa de los Philips.
Una vez obtenida esa información, los recién llegados se sentaron, y el señor Collins pudo admirar con tranquilidad cuanto había a su alrededor; la amplitud y el mobiliario de la estancia le impresionaron de tal modo que, según dijo, podría haber estado en la salita de desayuno que utilizaban los veranos en Rosings. La comparación no suscitó al principio demasiado entusiasmo; pero, cuando la señora Philips supo cómo era Rosings y quién era su propietaria, cuando escuchó la descripción de uno de los salones de lady Catherine y se enteró de que sólo la chimenea había costado ochocientas libras, comprendió el valor del cumplido, y no le habría molestado una comparación con el cuarto del ama de llaves.
Hasta que los caballeros se reunieron con ellos, el señor Collins lo pasó en grande describiendo todo el esplendor de lady Catherine y su mansión, y haciendo alguna que otra digresión para alabar su humilde morada y las reformas que estaba emprendiendo. Encontró en la señora Philips una magnífica oyente, cada vez más convencida de la importancia de su invitado y dispuesta a contárselo todo a sus vecinas en cuanto tuviera ocasión. A las jóvenes Bennet, que no escuchaban a su primo, y que no tenían nada que hacer salvo echar de menos un piano y contemplar sus mediocres imitaciones de porcelana sobre la repisa de la chimenea, la espera se les hizo interminable. Pero acabó llegando a su fin. Los caballeros se acercaron, y, cuando el señor Wickham entró en la habitación, a Elizabeth no le pareció exagerado el interés que éste le había suscitado. Los oficiales del condado eran, por lo general, personas respetables y educadas, y los mejores se encontraban en casa de los Philips; pero el señor Wickham superaba a todos en porte, semblante, apariencia y andares, del mismo modo que los demás superaban al tío Philips, con su rostro ancho y abotargado y su olor a oporto, que entró en la sala tras los oficiales.
El señor Wickham fue el hombre afortunado hacia el que se volvieron casi todas las miradas femeninas, y Elizabeth la mujer afortunada junto a la que finalmente se sentó; y la naturalidad con que empezó a conversar, aunque sólo fuera de la humedad de la noche y de las probabilidades de una estación lluviosa, convencieron a la joven de que el tema más vulgar, trillado y aburrido podría resultar interesante gracias al ingenio del conversador.
Ante unos rivales como el señor Wickham y los demás oficiales, el señor Collins pareció hundirse en la insignificancia; es cierto que las damiselas lo consideraban un cero a la izquierda, pero seguía teniendo a intervalos una amable oyente en la señora Philips, que no dejó de obsequiarle con café y bizcochos.
Cuando colocaron las mesas de juego, tuvo oportunidad de agradecerle su cortesía uniéndose a la partida de whist.

—Apenas conozco las reglas —dijo—, pero me encantará aprender. Dada mi posición…
La señora Philips le dio las gracias por su buena disposición, pero no esperó a escuchar sus explicaciones.
El señor Wickham no jugaba al whist, y fue acogido con verdadero placer en la otra mesa, donde se sentó entre Elizabeth y Lydia. Al principio pareció existir el peligro de que esta última acaparara toda su atención, pues era muy habladora; pero, como también era muy aficionada a la lotería, no tardó en enfrascarse en el juego, demasiado ávida de hacer apuestas y ponerse a gritar tras los aciertos para estar pendiente de una sola persona. Habida cuenta de la facilidad del juego, el señor Wickham tuvo ocasión de hablar con Elizabeth, y ella le escuchó encantada, aunque no abrigara la menor esperanza de que le contase lo que más deseaba oír: la historia de su relación con el señor Darcy. Ni siquiera se atrevía a mencionar a ese caballero. Su curiosidad, sin embargo, se vio inesperadamente satisfecha. El mismo señor Wickham fue quien sacó el tema. Quiso saber a qué distancia estaba Netherfield de Meryton; y, al escuchar la respuesta, le preguntó vacilante cuánto tiempo llevaba allí el señor Darcy.
—Alrededor de un mes —dijo Elizabeth; y, acto seguido, resistiéndose a abandonar el tema, añadió—: es dueño de una extensa heredad en Derbyshire, según tengo entendido.
—En efecto —contestó Wickham—; tiene una mansión espléndida y muchísimas tierras. Y una renta de diez mil libras anuales. No encontrará usted a nadie que pueda informarle mejor sobre ese asunto, pues, desde mi infancia, he tenido una relación muy especial con su familia.
Elizabeth fue incapaz de disimular su sorpresa.
—Comprendo que mis palabras la sorprendan, señorita Bennet, después de haber visto ayer, tal como creo, la frialdad de nuestro encuentro. ¿Conoce mucho al señor Darcy?
—Lo conozco más que suficiente —exclamó Elizabeth con vehemencia—. He pasado cuatro días en la misma casa que él, y me parece un hombre muy desagradable.
—No tengo derecho a opinar —dijo Wickham— sobre si es agradable o no. No estoy en condiciones de hacerlo. Lo conozco desde hace demasiado tiempo y demasiado bien para ser un buen juez. No podría ser imparcial. Pero creo que todo el mundo se asombraría al conocer su opinión… Aunque es posible que no la expresara con tanto ardor en otro lugar. Aquí está rodeada de su familia.
—Le aseguro que no he dicho nada aquí que no hubiera dicho en cualquier casa de la vecindad, si exceptuamos Netherfield. El señor Darcy no goza de demasiadas simpatías en Hertfordshire. Todo el mundo detesta su orgullo. No encontrará a nadie que le hable mejor de él.
—No seré yo quién lamente —señaló Wickham, tras unos instantes de silencio— que a él, o a cualquier otra persona, se le estime en función de sus méritos; pero no creo que en su caso ocurra muy a menudo. Deslumbra al mundo con su fortuna y su posición social, y lo intimida con sus modales altivos y palaciegos; la gente sólo lo ve como él desea ser visto.
—Tengo la impresión, aunque apenas lo he tratado, de que es un hombre de muy mal carácter.
Wickham se limitó a mover la cabeza.

—Me gustaría saber —exclamó, en cuanto pudo volver a hablar— si se quedará mucho más tiempo en la región.
—No tengo ni idea; pero nadie habló de que fuera a marcharse mientras estuve en Netherfield. Espero que sus planes en favor de nuestro condado no se vean afectados por el hecho de que él viva en la zona.
—¡Oh, no! No permitiré que el señor Darcy me espante. Si no quiere verme, tendrá que marcharse él. Nuestras relaciones no son amistosas, y siempre me resulta doloroso encontrarme con él, pero los motivos que tengo para evitarlo los podría proclamar ante el mundo: la sensación de haber sido tratado injustamente, y un gran pesar de que sea el hombre que es. Su padre, el difunto señor Darcy, fue una de las mejores personas que han existido, señorita Bennet, y el amigo más fiel que he tenido jamás; y no puedo estar en presencia del actual señor Darcy sin sentir una profunda aflicción por el gran número de emotivos recuerdos que me embargan. Su comportamiento conmigo ha sido escandaloso; pero estoy convencido de que podría perdonarle cualquier cosa… todo… menos que defraudara las expectativas de su padre y deshonrara su memoria.
Elizabeth, cada vez más interesada, escuchaba con la mayor atención; pero, al tratarse de un tema tan delicado, prefirió no hacer más preguntas.
El señor Wickham empezó a hablar de otros asuntos más generales, como Meryton, el vecindario, la sociedad local; y, sumamente complacido al parecer con lo que había visto, se refirió a esta última con una galantería discreta pero evidente.
—Ha sido la perspectiva de disfrutar de una buena vida social, y con gente de posición —añadió—, lo que más me ha empujado a enrolarme en la milicia del condado[*]. Sabía que era un cuerpo muy respetable y hospitalario, y mi amigo Denny acabó de convencerme con la descripción de su actual acuartelamiento, y de las múltiples atenciones y excelentes amistades que Meryton les ha proporcionado. El trato con la gente, lo reconozco, me es muy necesario. Soy un hombre que ha sufrido decepciones, y mi estado de ánimo no soporta la soledad. Debo tener trabajo y vida social. No estaba destinado a la vida militar, pero las circunstancias la han hecho aconsejable para mí. La Iglesia tendría que haber sido mi profesión; me educaron para entrar en su seno, y a estas alturas podría disfrutar de un importante cargo si así lo hubiera querido el caballero del que acabamos de hablar.
—¿De veras?
—Sí; el difunto señor Darcy me legó, cuando quedase vacante, el mejor beneficio eclesiástico de sus tierras. Era mi padrino y estaba muy encariñado conmigo. No encuentro palabras para expresar su bondad. Quería asegurar mi porvenir, y creyó haberlo hecho. Pero, cuando el cargo quedó libre, lo ocupó otra persona.
—¡Santo cielo! —exclamó Elizabeth—. Pero ¿qué ocurrió? ¿Cómo pudo ignorarse su voluntad? ¿Acaso no solicitó usted ayuda legal?
—Había ciertas deficiencias formales en el testamento que truncaron cualquier esperanza de conseguir algo en los tribunales. Un hombre de honor no habría dudado de la intención del finado, pero el señor Darcy prefirió ponerla en tela de juicio… o tratarla como una simple recomendación condicional, asegurando que yo había perdido todo derecho a ella debido a mi desenfreno e imprudencia; en pocas palabras, por todo o por nada. Lo cierto es que el beneficio eclesiástico quedó vacante hace dos años, cuando yo tenía edad para ocuparlo, y se lo confiaron a otro hombre; e igual de cierto es que no puedo acusarme de haber hecho nada para perderlo. Tengo un carácter apasionado e imprudente, y quizá a veces me haya tomado demasiadas libertades al hablar de él y con él. No recuerdo nada peor. Pero el hecho es que somos dos hombres muy diferentes, y que él me odia.
—¡Me parece vergonzoso! Merecería ser desacreditado en público.
—Antes o después alguien lo hará, pero no seré yo. Mientras su padre siga presente en mi memoria, jamás me enfrentaré a él ni lo pondré en evidencia.
Elizabeth alabó sus sentimientos, y encontró al señor Wickham más atractivo que nunca.
—Pero ¿cuáles eran sus motivos? —preguntó, tras unos instantes de silencio—.
¿Qué pudo inducirle a comportarse con tanta crueldad?
—La profunda aversión que le inspiro… una aversión que, hasta cierto punto, sólo puedo atribuir a los celos. Si el difunto señor Darcy me hubiera querido menos, su hijo se habría llevado mejor conmigo; pero el extraordinario cariño que su padre sentía por mí le molestó desde muy pequeño. No podía soportar el hecho de competir conmigo… ni que yo fuera a menudo el predilecto de su padre.
—No creía que el señor Darcy pudiera ser tan malo; no es santo de mi devoción, desde luego, pero nunca habría imaginado algo parecido. Suponía que despreciaba a sus congéneres en general, pero ¡jamás sospeché que pudiera rebajarse a semejante venganza, a semejantes extremos de injusticia y crueldad!
Después de unos momentos de reflexión, sin embargo, Elizabeth prosiguió:
—Recuerdo que un día se vanaglorió en Netherfield de cuán implacable era en sus resentimientos, de su incapacidad para el perdón. Debe de ser un hombre terrible.
—Prefiero no hablar de eso —respondió Wickham—, me costaría mucho ser justo con él.
Elizabeth volvió a enfrascarse en sus pensamientos y, al cabo de algún tiempo, exclamó:

—¡Tratar de ese modo al ahijado, al amigo, al preferido de su padre! —y podría haber añadido: «A un joven, además, como usted, cuyo semblante da fe de su buen carácter», pero se contentó con decir—: Y a una persona, además, con la que creció desde la infancia y a la que, creo que ha dicho usted, estuvo muy unido.
—Nacimos en la misma parroquia, dentro de la misma heredad, y pasamos juntos casi toda nuestra infancia y juventud; habitantes de la misma casa, compartimos las mismas distracciones y recibimos los mismos cuidados paternales. Mi padre empezó a trabajar en la misma profesión a la que su tío, el señor Philips, da tanto prestigio, pero lo dejó todo para servir de ayuda al difunto señor Darcy, y consagrar todo su tiempo al cuidado de Pemberley. El señor Darcy le apreciaba muchísimo, y lo consideraba su mejor amigo y confidente. Reconocía a menudo estar en deuda con él por el modo en que administraba sus bienes, y cuando, justo antes de la muerte de mi padre, el señor Darcy le prometió ocuparse de mí, estoy seguro de que lo hizo no sólo para mostrarle su agradecimiento sino también por el cariño que me tenía.

—¡Qué extraño! —exclamó Elizabeth—. ¡Y qué abominable! Me sorprende que el propio orgullo del señor Darcy no le empujara a ser justo con usted. A falta de otro motivo más noble, el orgullo tendría que haberle impedido ser injusto… pues eso sólo puede considerarse falta de justicia.
—Resulta asombroso —contestó Wickham—, porque casi todos sus actos los dicta el orgullo; y el orgullo ha sido con frecuencia su mejor amigo. Sin duda le ha acercado más a la virtud que cualquier otro sentimiento. Pero nadie es consecuente; y en su comportamiento conmigo existieron impulsos más fuertes que el orgullo.
—¿Acaso puede un orgullo tan execrable como el suyo tener un efecto beneficioso?
—Sí. A menudo le ha empujado a ser liberal y generoso: a dar dinero a manos llenas, a mostrarse hospitalario, a ayudar a sus arrendatarios y a socorrer a los pobres. El orgullo familiar, así como el filial, pues se siente muy orgulloso de su padre, le han inducido a obrar de ese modo. No deshonrar a su familia, ni mermar su prestigio, ni perder la influencia de Pemberley son motivos muy poderosos. Tiene, asimismo, un orgullo fraternal, que unido a cierto cariño, le convierte en un tutor de su hermana sumamente responsable y afectuoso; ya verá cómo todo el mundo lo considera el mejor y más atento de los hermanos.
—¿Cómo es la señorita Darcy?
El señor Wickham movió la cabeza.
—Ojalá pudiera decir que es una joven amable. Me duele tener que hablar mal de un Darcy. Pero se parece demasiado a su hermano, y es terriblemente orgullosa. De niña era afectuosa y adorable, y estaba muy encariñada conmigo; he jugado con ella cientos de horas. Pero ahora no significa nada para mí. Es una hermosa muchacha de quince o dieciséis años, llena de cualidades, según tengo entendido. Desde la muerte de su padre reside en Londres, donde vive con una dama que se encarga de su educación.
Después de muchas pausas y muchas tentativas de hablar de otras cosas, Elizabeth no pudo sino volver al mismo tema.
—¡No comprendo que pueda ser íntimo del señor Bingley! —dijo—. ¿Cómo es posible que el señor Bingley, que parece personificar el buen humor y es, estoy convencida, el colmo de la amabilidad, sea tan amigo de un hombre así? ¿Qué pueden tener en común? ¿Conoce usted al señor Bingley?
—En absoluto.
—Es un joven afable y encantador. No creo que sepa cómo es el señor Darcy.
—Probablemente no; pero el señor Darcy sabe ser muy agradable cuando quiere.
No le faltan cualidades. Puede ser muy ameno si considera que merece la pena. Entre sus iguales se comporta de un modo muy diferente que entre personas menos prósperas. El orgullo nunca le abandona; pero con los ricos es un hombre de mentalidad abierta, justo, sincero, racional, honrado y tal vez simpático, aunque en ello colaboren la fortuna y el rango.
El grupo que jugaba al whist no tardó en acabar la partida, y los jugadores se congregaron alrededor de la otra mesa; el señor Collins se colocó entre su prima Elizabeth y la señora Philips. Esta última le hizo las preguntas de rigor sobre el resultado del juego. No había tenido mucha suerte: había perdido todas las bazas; pero, cuando la señora Philips empezó a expresarle su pesar, el señor Collins le aseguró con la mayor seriedad que no tenía la menor importancia, que consideraba el dinero una nimiedad, y le rogó que dejara de preocuparse.
—Sé muy bien, señora —dijo—, que, cuando una persona se sienta ante una mesa de juego, debe afrontar ciertos riesgos; por fortuna, cinco chelines no significan nada para un hombre de mi posición. No creo que haya mucha gente que pueda decir lo mismo, pero, gracias a lady Catherine de Bourgh, estoy muy lejos de tener que fijarme en semejantes minucias.
Sus palabras llamaron la atención del señor Wickham, que, tras observar unos instantes al señor Collins, preguntó a Elizabeth en voz baja si su pariente conocía mucho a la familia De Bourgh.
—Lady Catherine de Bourgh —respondió la joven— le ha concedido hace poco un beneficio eclesiástico. Ignoro quién recomendó al señor Collins para ese puesto, pero estoy segura de que acaban casi de conocerse.
—Supongo que sabe que lady Catherine de Bourgh y lady Anne Darcy eran hermanas; y que, por ese motivo, ella es tía del actual señor Darcy.


—No, no estaba al tanto de las relaciones familiares de lady Catherine. Jamás había oído hablar de ella hasta anteayer.
—Su hija, la señorita De Bourgh, heredará una gran fortuna, y se cree que ella y su primo unirán sus patrimonios.
Elizabeth no pudo sino sonreír al recordar a la pobre señorita Bingley. Cuán vanas serían sus atenciones, cuán vanos e inútiles su afecto por la hermana y sus elogios de aquel hombre si el señor Darcy estaba ya destinado a otra mujer.
—El señor Collins —dijo— cuenta maravillas de lady Catherine y de su hija; pero, por algunos detalles que se le han escapado sobre la primera, sospecho que su gratitud le engaña y que, a pesar de ser su benefactora, es una dama arrogante y vanidosa.
—Creo que merece ambos calificativos, y en sumo grado —respondió Wickham—; hace muchos años que no la veo, pero recuerdo que nunca me gustó, y que sus maneras eran insolentes y autoritarias. Tiene fama de ser extraordinariamente razonable e inteligente; pero creo que su gloria se debe en parte a su rango y a su fortuna; en parte a sus modales dictatoriales; y en parte al orgullo de su sobrino, decidido a que todas las personas relacionadas con él tengan un intelecto de primera fila.
A Elizabeth le pareció muy lógica la explicación, y los dos continuaron su animada charla hasta que la cena puso fin a los naipes y ofreció la oportunidad a las demás damas de disfrutar de las atenciones del señor Wickham. Había demasiado alboroto para conversar, pero sus maneras conquistaron a todo el mundo. Cualquier cosa que decía, la decía bien; y cualquier cosa que hacía, la hacía con elegancia. Elizabeth se marchó de Meryton con la cabeza llena del señor Wickham. Mientras volvía a casa, no pudo pensar en nada que no fuera él, o las palabras que él había pronunciado; aunque no tuvo ocasión de nombrarlo durante el trayecto, pues Lydia y el señor Collins hablaron por los codos. Lydia hizo toda clase de comentarios sobre la lotería, y las fichas que había ganado y perdido, y el señor Collins necesitó más tiempo del que tardaron los caballos en detenerse ante la entrada de Longbourn House para describir la cortesía de los señores Philips, declarar cuán poco le importaban sus pérdidas en el whist, enumerar todos los platos de la cena, y expresar repetidamente sus temores de ocupar demasiado espacio en el carruaje y dejar sin sitio a sus primas.

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Pride and Prejudice



Chapter 16

As no objection was made to the young people’s engagement with their aunt, and all Mr. Collins’s scruples of leaving Mr. and Mrs. Bennet for a single evening during his visit were most steadily resisted, the coach conveyed him and his five cousins at a suitable hour to Meryton; and the girls had the pleasure of hearing, as they entered the drawing-room, that Mr. Wickham had accepted their uncle’s invitation, and was then in the house.

When this information was given, and they had all taken their seats, Mr. Collins was at leisure to look around him and admire, and he was so much struck with the size and furniture of the apartment, that he declared he might almost have supposed himself in the small summer breakfast parlour at Rosings; a comparison that did not at first convey much gratification; but when Mrs. Phillips understood from him what Rosings was, and who was its proprietor—when she had listened to the description of only one of Lady Catherine’s drawing-rooms, and found that the chimney-piece alone had cost eight hundred pounds, she felt all the force of the compliment, and would hardly have resented a comparison with the housekeeper’s room.

In describing to her all the grandeur of Lady Catherine and her mansion, with occasional digressions in praise of his own humble abode, and the improvements it was receiving, he was happily employed until the gentlemen joined them; and he found in Mrs. Phillips a very attentive listener, whose opinion of his consequence increased with what she heard, and who was resolving to retail it all among her neighbours as soon as she could. To the girls, who could not listen to their cousin, and who had nothing to do but to wish for an instrument, and examine their own indifferent imitations of china on the mantelpiece, the interval of waiting appeared very long. It was over at last, however. The gentlemen did approach, and when Mr. Wickham walked into the room, Elizabeth felt that she had neither been seeing him before, nor thinking of him since, with the smallest degree of unreasonable admiration. The officers of the ——shire were in general a very creditable, gentlemanlike set, and the best of them were of the present party; but Mr. Wickham was as far beyond them all in person, countenance, air, and walk, as they were superior to the broad-faced, stuffy uncle Phillips, breathing port wine, who followed them into the room.

Mr. Wickham was the happy man towards whom almost every female eye was turned, and Elizabeth was the happy woman by whom he finally seated himself; and the agreeable manner in which he immediately fell into conversation, though it was only on its being a wet night, made her feel that the commonest, dullest, most threadbare topic might be rendered interesting by the skill of the speaker.

With such rivals for the notice of the fair as Mr. Wickham and the officers, Mr. Collins seemed to sink into insignificance; to the young ladies he certainly was nothing; but he had still at intervals a kind listener in Mrs. Phillips, and was by her watchfulness, most abundantly supplied with coffee and muffin. When the card-tables were placed, he had the opportunity of obliging her in turn, by sitting down to whist.

“I know little of the game at present,” said he, “but I shall be glad to improve myself, for in my situation in life—” Mrs. Phillips was very glad for his compliance, but could not wait for his reason.

Mr. Wickham did not play at whist, and with ready delight was he received at the other table between Elizabeth and Lydia. At first there seemed danger of Lydia’s engrossing him entirely, for she was a most determined talker; but being likewise extremely fond of lottery tickets, she soon grew too much interested in the game, too eager in making bets and exclaiming after prizes to have attention for anyone in particular. Allowing for the common demands of the game, Mr. Wickham was therefore at leisure to talk to Elizabeth, and she was very willing to hear him, though what she chiefly wished to hear she could not hope to be told—the history of his acquaintance with Mr. Darcy. She dared not even mention that gentleman. Her curiosity, however, was unexpectedly relieved. Mr. Wickham began the subject himself. He inquired how far Netherfield was from Meryton; and, after receiving her answer, asked in a hesitating manner how long Mr. Darcy had been staying there.

“About a month,” said Elizabeth; and then, unwilling to let the subject drop, added, “He is a man of very large property in Derbyshire, I understand.”

“Yes,” replied Mr. Wickham; “his estate there is a noble one. A clear ten thousand per annum. You could not have met with a person more capable of giving you certain information on that head than myself, for I have been connected with his family in a particular manner from my infancy.”

Elizabeth could not but look surprised.

“You may well be surprised, Miss Bennet, at such an assertion, after seeing, as you probably might, the very cold manner of our meeting yesterday. Are you much acquainted with Mr. Darcy?”

“As much as I ever wish to be,” cried Elizabeth very warmly. “I have spent four days in the same house with him, and I think him very disagreeable.”

“I have no right to give my opinion,” said Wickham, “as to his being agreeable or otherwise. I am not qualified to form one. I have known him too long and too well to be a fair judge. It is impossible for me to be impartial. But I believe your opinion of him would in general astonish—and perhaps you would not express it quite so strongly anywhere else. Here you are in your own family.”

“Upon my word, I say no more here than I might say in any house in the neighbourhood, except Netherfield. He is not at all liked in Hertfordshire. Everybody is disgusted with his pride. You will not find him more favourably spoken of by anyone.”

“I cannot pretend to be sorry,” said Wickham, after a short interruption, “that he or that any man should not be estimated beyond their deserts; but with him I believe it does not often happen. The world is blinded by his fortune and consequence, or frightened by his high and imposing manners, and sees him only as he chooses to be seen.”

“I should take him, even on my slight acquaintance, to be an ill-tempered man.” Wickham only shook his head.

“I wonder,” said he, at the next opportunity of speaking, “whether he is likely to be in this country much longer.”

“I do not at all know; but I heard nothing of his going away when I was at Netherfield. I hope your plans in favour of the ——shire will not be affected by his being in the neighbourhood.”

“Oh! no—it is not for me to be driven away by Mr. Darcy. If he wishes to avoid seeing me, he must go. We are not on friendly terms, and it always gives me pain to meet him, but I have no reason for avoiding him but what I might proclaim before all the world, a sense of very great ill-usage, and most painful regrets at his being what he is. His father, Miss Bennet, the late Mr. Darcy, was one of the best men that ever breathed, and the truest friend I ever had; and I can never be in company with this Mr. Darcy without being grieved to the soul by a thousand tender recollections. His behaviour to myself has been scandalous; but I verily believe I could forgive him anything and everything, rather than his disappointing the hopes and disgracing the memory of his father.”

Elizabeth found the interest of the subject increase, and listened with all her heart; but the delicacy of it prevented further inquiry.

Mr. Wickham began to speak on more general topics, Meryton, the neighbourhood, the society, appearing highly pleased with all that he had yet seen, and speaking of the latter with gentle but very intelligible gallantry.

“It was the prospect of constant society, and good society,” he added, “which was my chief inducement to enter the ——shire. I knew it to be a most respectable, agreeable corps, and my friend Denny tempted me further by his account of their present quarters, and the very great attentions and excellent acquaintances Meryton had procured them. Society, I own, is necessary to me. I have been a disappointed man, and my spirits will not bear solitude. I must have employment and society. A military life is not what I was intended for, but circumstances have now made it eligible. The church ought to have been my profession—I was brought up for the church, and I should at this time have been in possession of a most valuable living, had it pleased the gentleman we were speaking of just now.”

“Indeed!”

“Yes—the late Mr. Darcy bequeathed me the next presentation of the best living in his gift. He was my godfather, and excessively attached to me. I cannot do justice to his kindness. He meant to provide for me amply, and thought he had done it; but when the living fell, it was given elsewhere.”

“Good heavens!” cried Elizabeth; “but how could that be? How could his will be disregarded? Why did you not seek legal redress?”

“There was just such an informality in the terms of the bequest as to give me no hope from law. A man of honour could not have doubted the intention, but Mr. Darcy chose to doubt it—or to treat it as a merely conditional recommendation, and to assert that I had forfeited all claim to it by extravagance, imprudence—in short anything or nothing. Certain it is, that the living became vacant two years ago, exactly as I was of an age to hold it, and that it was given to another man; and no less certain is it, that I cannot accuse myself of having really done anything to deserve to lose it. I have a warm, unguarded temper, and I may have spoken my opinion of him, and to him, too freely. I can recall nothing worse. But the fact is, that we are very different sort of men, and that he hates me.”

“This is quite shocking! He deserves to be publicly disgraced.”

“Some time or other he will be—but it shall not be by me. Till I can forget his father, I can never defy or expose him.”

Elizabeth honoured him for such feelings, and thought him handsomer than ever as he expressed them.

“But what,” said she, after a pause, “can have been his motive? What can have induced him to behave so cruelly?”

“A thorough, determined dislike of me—a dislike which I can not but attribute in some measure to jealousy. Had the late Mr. Darcy liked me less, his son might have borne with me better; but his father’s uncommon attachment to me irritated him, I believe, very early in life. He had not a temper to bear the sort of competition in which we stood—the sort of preference which was often given me.”

“I had not thought Mr. Darcy so bad as this—though I have never liked him. I had not thought so very ill of him. I had supposed him to be despising his fellow-creatures in general, but did not suspect him of descending to such malicious revenge, such injustice, such inhumanity as this.”

After a few minutes’ reflection, however, she continued, “I do remember his boasting one day, at

Netherfield, of the implacability of his resentments, of his having an unforgiving temper. His disposition must be dreadful.”

“I will not trust myself on the subject,” replied Wickham; “I can hardly be just to him.”

Elizabeth was again deep in thought, and after a time exclaimed, “To treat in such a manner the godson, the friend, the favourite of his father!” She could have added, “A young man, too, like you, whose very countenance may vouch for your being amiable”—but she contented herself with, “and one, too, who had probably been his companion from childhood, connected together, as I think you said, in the closest manner!

“We were born in the same parish, within the same park; the greatest part of our youth was passed together; inmates of the same house, sharing the same amusements, objects of the same parental care. My father began life in the profession which your uncle, Mr. Phillips, appears to do so much credit to—but he gave up everything to be of use to the late Mr. Darcy and devoted all his time to the care of the Pemberley property. He was most highly esteemed by Mr. Darcy, a most intimate, confidential friend. Mr. Darcy often acknowledged himself to be under the greatest obligations to my father’s active superintendence, and when, immediately before my father’s death, Mr. Darcy gave him a voluntary promise of providing for me, I am convinced that he felt it to be as much a debt of gratitude to him, as of his affection to myself.”

“How strange!” cried Elizabeth. “How abominable! I wonder that the very pride of this Mr. Darcy has not made him just to you! If from no better motive, that he should not have been too proud to be dishonest—for dishonesty I must call it.”

“It is wonderful,” replied Wickham, “for almost all his actions may be traced to pride; and pride had often been his best friend. It has connected him nearer with virtue than with any other feeling. But we are none of us consistent, and in his behaviour to me there were stronger impulses even than pride.

“Can such abominable pride as his have ever done him good?”

“Yes. It has often led him to be liberal and generous, to give his money freely, to display hospitality, to assist his tenants, and relieve the poor. Family pride, and filial pride—for he is very proud of what his father was—have done this. Not to appear to disgrace his family, to degenerate from the popular qualities, or lose the influence of the Pemberley House, is a powerful motive. He has also brotherly pride, which, with some brotherly affection, makes him a very kind and careful guardian of his sister, and you will hear him generally cried up as the most attentive and best of brothers.”

“What sort of girl is Miss Darcy?”

He shook his head. “I wish I could call her amiable. It gives me pain to speak ill of a Darcy. But she is too much like her brother—very, very proud. As a child, she was affectionate and pleasing, and extremely fond of me; and I have devoted hours and hours to her amusement. But she is nothing to me now. She is a handsome girl, about fifteen or sixteen, and, I understand, highly accomplished. Since her father’s death, her home has been London, where a lady lives with her, and superintends her education.”

After many pauses and many trials of other subjects, Elizabeth could not help reverting once more to the first, and saying:

“I am astonished at his intimacy with Mr. Bingley! How can Mr. Bingley, who seems good humour itself, and is, I really believe, truly amiable, be in friendship with such a man? How can they suit each other? Do you know Mr. Bingley?”

“Not at all.”

“He is a sweet-tempered, amiable, charming man. He cannot know what Mr. Darcy is.”

“Probably not; but Mr. Darcy can please where he chooses. He does not want abilities. He can be a conversible companion if he thinks it worth his while. Among those who are at all his equals in consequence, he is a very different man from what he is to the less prosperous. His pride never deserts him; but with the rich he is liberal-minded, just, sincere, rational, honourable, and perhaps agreeable—allowing something for fortune and figure.”

The whist party soon afterwards breaking up, the players gathered round the other table and Mr. Collins took his station between his cousin Elizabeth and Mrs. Phillips. The usual inquiries as to his success was made by the latter. It had not been very great; he had lost every point; but when Mrs. Phillips began to express her concern thereupon, he assured her with much earnest gravity that it was not of the least importance, that he considered the money as a mere trifle, and begged that she would not make herself uneasy.

“I know very well, madam,” said he, “that when persons sit down to a card-table, they must take their chances of these things, and happily I am not in such circumstances as to make five shillings any object. There are undoubtedly many who could not say the same, but thanks to Lady Catherine de Bourgh, I am removed far beyond the necessity of regarding little matters.”

Mr. Wickham’s attention was caught; and after observing Mr. Collins for a few moments, he asked Elizabeth in a low voice whether her relation was very intimately acquainted with the family of de Bourgh.

“Lady Catherine de Bourgh,” she replied, “has very lately given him a living. I hardly know how Mr. Collins was first introduced to her notice, but he certainly has not known her long.”

“You know of course that Lady Catherine de Bourgh and Lady Anne Darcy were sisters; consequently that she is aunt to the present Mr. Darcy.”

“No, indeed, I did not. I knew nothing at all of Lady Catherine’s connections. I never heard of her existence till the day before yesterday.”

“Her daughter, Miss de Bourgh, will have a very large fortune, and it is believed that she and her cousin will unite the two estates.”

This information made Elizabeth smile, as she thought of poor Miss Bingley. Vain indeed must be all her attentions, vain and useless her affection for his sister and her praise of himself, if he were already self-destined for another.

“Mr. Collins,” said she, “speaks highly both of Lady Catherine and her daughter; but from some particulars that he has related of her ladyship, I suspect his gratitude misleads him, and that in spite of her being his patroness, she is an arrogant, conceited woman.”

“I believe her to be both in a great degree,” replied Wickham; “I have not seen her for many years, but I very well remember that I never liked her, and that her manners were dictatorial and insolent. She has the reputation of being remarkably sensible and clever; but I rather believe she derives part of her abilities from her rank and fortune, part from her authoritative manner, and the rest from the pride for her nephew, who chooses that everyone connected with him should have an understanding of the first class.”

Elizabeth allowed that he had given a very rational account of it, and they continued talking together, with mutual satisfaction till supper put an end to cards, and gave the rest of the ladies their share of Mr. Wickham’s attentions. There could be no conversation in the noise of Mrs. Phillips’s supper party, but his manners recommended him to everybody. Whatever he said, was said well; and whatever he did, done gracefully. Elizabeth went away with her head full of him. She could think of nothing but of Mr. Wickham, and of what he had told her, all the way home; but there was not time for her even to mention his name as they went, for neither Lydia nor Mr. Collins were once silent. Lydia talked incessantly of lottery tickets, of the fish she had lost and the fish she had won; and Mr. Collins in describing the civility of Mr. and Mrs. Phillips, protesting that he did not in the least regard his losses at whist, enumerating all the dishes at supper, and repeatedly fearing that he crowded his cousins, had more to say than he could well manage before the carriage stopped at Longbourn House.

La extraña luz – poema de Fina García Marruz

Día 141.

Yo para siempre, y tan sólo oscuras conversaciones, a la extraña luz del alma. Yo para siempre y sólo noche y no la noche clara.

Yo para siempre, y sólo para esto yo para nunca, y tanto, y tan poco tanto, el mar termina en ave, el tiempo en nieve, ¿en quién mi llanto?

Yo para siempre y solamente lluvia, almacenando pobres amistades, sombríos tesoros, hasta que llegue la muerte a mi memoria y se lo lleve todo.

Fina García Marruz

13 de agosto del 2021

¿Qué es lo que más te gusta cuando visitas un lugar nuevo? ¿La comida? ¿La arquitectura? ¿Observar a la gente? Por favor escríbelo en tu diario.

¡Gracias por leer!

Arigata-meiwaku (japonés)

Día 140.

Bilingual Post.

¡Saludos preciosuras y demoniuras!

¿Les ha pasado alguna vez que no quieren ayuda de alguien, pero esa persona insiste en ayudar?

Debo aceptar que soy de ese tipo de persona que denominan “orgullosa” por eso la palabra que hoy les traigo en japonés habla de ello. Es una de esas palabras que no tienen traducción, con un significado bastante interesante, a mi parecer.

Hablo de: Arigata-meiwaku

La palabra le da significado a una situación en la que alguien hace algo por nosotros que no queríamos que hiciera y que intentamos evitar a toda costa, pero que, al hacerlo, terminamos debiéndole un favor y, por educación, hasta “las gracias.”

Claro que la ayuda bien intencionada siempre debe ser bienvenida, yo creo que a veces sólo queremos esforzarnos un poco más para lograrlo, ya que esa sensación de triunfo es invaluable. Tú, ¿qué opinas?

11 de agosto del 2021

¿Has ido alguna vez a un sitio nuevo o has probado una nueva experiencia y te has dicho: “No lo haré nunca más”. Por favor describe en tu diario esa experiencia.

Yonde kurete arigatō (¡Gracias por leer!)

読んでくれてありがとう

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Greetings beauties and devils!

Has it ever happened to you that you don’t want help from someone, but that person insists on helping?

I have to accept that I am the type of person called “independent,” that is why the word that I bring you today in Japanese speaks of it. It is one of those words that have no translation, with a pretty exciting meaning, in my opinion.

I’m talking about: Arigata-meiwaku

The word gives meaning to a situation in which someone does something for us that we did not want them to do and that we try to avoid at all costs, but in doing so, we end up owing them a favor and, out of politeness, even “thank you.”

Of course, well-intentioned help should always be welcome, and I think sometimes we want to try a little harder to achieve it since that feeling of triumph is invaluable. What do you think?

August 11th 2021

Have you ever gone to a new place or tried a unique experience and told yourself: “I will never do it again.” Would you please describe that experience in your journal?

Yonde kurete arigatō (thanks for reading!)

読んでくれてありがとう

Aprisionada por la espuma (poema) de Eunice Odio

Día 139

 

Yolanda Eunice Odio Infante (San José, Costa Rica, 18 de octubre de 1919 – Distrito Federal, México, 23 de marzo de 1974).

APRISIONADA POR LA ESPUMA

I

Aprisionada en cárceles de espuma,
en la medida de tu cuerpo,
no veo pasar la noche,
sólo veo el día
que entra por tus axilas transparentes
y te desnuda.

Veo, amor mío,
el lecho donde estamos
y compartimos
las dádivas,
los cielos…
Todo lo que nos negó y afirmó como lo que somos:
mil años de alegría corporal
y materia sin sombra
y palabras
que se dicen diurnamente porque vienen del aire
y hay que oírlas y decirlas
a través de los árboles
y en lo que no se escribe porque aún no se inventa su
nombre;
porque su júbilo
todavía no ha sido descubierto
y las flores de su alrededor
aún no son cosas del viento
(aún no han ido a un invierno ni regresado a la primavera).

II

Voy a tu cuerpo igual que ir a los ríos,
igual que van los ríos a los pájaros
y ellos al espacio desatado y florido.

Vengo de ti a la era
donde todo es de todos:
los que llegan, los que se han ido,
los que aún no han venido,
los que no volverán…

Porque eso es tu cuerpo:
un adentro, un afuera compartido
por mí y por el viento,
por el mar y los seres que lo guardan;
por el color y las embestidas del otoño,
y las andanzas del verano
¡que viste cosas silvestres
y es custodio de las abejas
y funde las hierbas en un crisol matutino,
en una prolongación de azucenas.

10 de agosto del 2021

Por favor describe en tu diario la última vez que algo hermoso te hizo llorar.

¡Gracias por leer!

Orgullo y Prejuicio – Capítulo 15 – Jane Austen

Día 138.

Bilingual Post.

El señor Collins no era un hombre juicioso, y la educación y la sociedad apenas habían contribuido a mejorar sus deficiencias naturales; había pasado casi toda su vida bajo la férula de un padre mezquino e ignorante; y, aunque se había formado en una de las universidades[], se había limitado a pasar allí el tiempo necesario, sin entablar ninguna relación que le sirviera de algo. La sumisión en que le había educado su padre había agudizado al principio su humildad; pero ahora ésta se veía contrarrestada por la vanidad de una cabeza hueca, una vida retirada y los sentimientos inspirados por una prosperidad tan temprana como inesperada. Una afortunada coincidencia hizo que lady Catherine de Bourgh pensara en él cuando quedó vacante el beneficio[*] de Hunsford; y el respeto que el señor Collins sentía por su elevada posición social, y la veneración que le inspiraba como protectora, combinados con la excelente opinión que tenía de sí mismo, de su autoridad como clérigo y de sus privilegios como rector, habían hecho de él una mezcla de orgullo y servilismo, engreimiento y humildad.
Ahora que disponía de una buena casa y de una renta más que suficiente, había decidido casarse; y, al buscar la reconciliación con la familia de Longbourn, tenía una mujer en mente, pues se había propuesto elegir a una de sus primas, siempre que éstas resultaran tan hermosas y simpáticas como se decía.
Su plan no varió al conocerlas. El rostro angelical de la señorita Bennet confirmó sus expectativas, y reforzó su idea de que las primogénitas deben ser las primeras en casarse; así que durante la primera velada Jane fue su elegida. La mañana siguiente, sin embargo, trajo consigo un cambio; en un tête-à-tête de un cuarto de hora con la señora Bennet antes del desayuno, una conversación en la que el señor Collins empezó hablando de la casa rectoral y acabó confesando abiertamente el deseo de encontrar esposa en Longbourn, su anfitriona, entre sonrisas de complacencia y de aliento, dejó caer que no se fijara en Jane. «Respecto a sus hijas pequeñas, la señora Bennet no se atrevía a decir nada, no podía dar respuesta categórica, pues no sabía de nadie que las cortejara; en cuanto a su hija mayor, tenía que admitir, era su deber insinuar que probablemente estaría muy pronto comprometida.»
El señor Collins sólo tenía que cambiar a Jane por Elizabeth; y se apresuró a hacerlo, mientras la señora Bennet atizaba el fuego. Elizabeth, que seguía a Jane tanto en edad como en belleza, pasó a ocupar, como es natural, el lugar de su hermana.
La señora Bennet atesoró aquella confidencia, esperando tener muy pronto dos hijas casadas; y el hombre con el que no quería siquiera hablar la víspera se convirtió en una bendición para ella.
El propósito de Lydia de ir andando a Meryton no cayó en el olvido, y todas las hermanas menos Mary se sumaron al paseo. El señor Collins accedió a acompañarlas, a petición del señor Bennet, que estaba impaciente por librarse de su invitado y tener la biblioteca para él solo; el señor Collins le había seguido después del desayuno, y parecía encantado de estar con él, enfrascado en teoría en uno de los infolios más voluminosos de la colección, pero hablando sin parar, en la práctica, de su casa y de su jardín de Hunsford. Aquello resultaba de lo más perturbador para el señor Bennet. Siempre había tenido la seguridad de encontrar ocio y tranquilidad en su biblioteca y, aunque estuviera preparado, como le explicó a Elizabeth, para tropezarse con la estupidez y la vanidad en las demás habitaciones de la casa, se había acostumbrado a librarse de ellas en su sanctasanctórum; de ahí que extremara su cortesía al pedir al señor Collins que paseara con sus hijas; el clérigo, mucho más dotado para la marcha que para la lectura, cerró encantado el voluminoso libro para acompañar a sus primas.
Entre pomposas naderías por su parte, y corteses asentimientos por parte de las Bennet, el grupo llegó a Meryton, donde Kitty y Lydia parecieron olvidarse de él. Las dos jóvenes empezaron a recorrer con la mirada la calle principal en busca de los oficiales, y sólo la visión en algún escaparate de un sombrero muy elegante o de una muselina realmente innovadora lograron desviar su interés.
Pero no tardó en captar la atención de todas las damas un joven desconocido, de aspecto elegante, que paseaba por la acera de enfrente con un oficial. Este último les hizo una pequeña reverencia al verlas, y resultó ser el mismísimo señor Denny, aquel cuyo regreso de Londres Lydia deseaba investigar. A todas les impresionó el porte del forastero, y se preguntaron quién podría ser. Kitty y Lydia, decididas a averiguarlo si era posible, cruzaron la calle simulando haber visto algo en una tienda del otro lado y, al llegar a la acera, tuvieron la suerte de coincidir con los dos caballeros, que se habían dado la vuelta. El señor Denny se apresuró a dirigirse a ellas y les pidió permiso para presentarles a su amigo, el señor Wickham, con quien había regresado de Londres el día anterior, y que, le alegraba decir, había aceptado un destino en su regimiento. Así pues, todo estaba en regla; pues a aquel joven sólo le faltaba un uniforme para ser completamente encantador. Su físico no podía ayudarle más; lo adornaban todas las prendas de la belleza, pues su rostro era hermoso y su figura esbelta, y se expresaba de un modo muy agradable. Tras la presentación, vino el descubrimiento de su elocuencia: una elocuencia a un tiempo correcta y sin pretensiones; y todo el grupo seguía conversando animadamente cuando el ruido de unos cascos de caballo atrajo su atención, y vieron aparecer a Darcy y a Bingley cabalgando juntos por la calle. Al reconocer a las damas, los dos caballeros se acercaron a ellas para intercambiar los saludos de rigor. Bingley fue más locuaz que su amigo, y la señorita Bennet el principal objeto de sus atenciones. Explicó que iba camino de Longbourn para interesarse por su salud. El señor Darcy lo confirmó con una inclinación de cabeza, y estaba tomando la decisión de no mirar a la segunda de las Bennet cuando sus ojos se tropezaron con el señor Wickham; Elizabeth vio por casualidad la expresión de ambos, y se quedó atónita ante el efecto que les causó aquel encuentro. Los dos cambiaron de color: uno palideció y el otro se puso rojo. El señor Wickham tardó unos instantes en llevarse la mano al sombrero, un saludo que el señor Darcy a duras penas se dignó responder. ¿Qué podría significar todo aquello? Era imposible imaginarlo; y era imposible no tener ganas de saberlo.
Al cabo de un minuto, el señor Bingley, que no parecía consciente de lo ocurrido, se despidió y se alejó a caballo con su amigo.
El señor Denny y el señor Wickham acompañaron a las jóvenes hasta la casa del señor Philips, y allí se despidieron de ellas, a pesar de las repetidas súplicas de la señorita Lydia para que entraran, e incluso a pesar de que la señora Philips decidiera abrir la ventana del salón para secundar a gritos la invitación.
La señora Philips se alegraba siempre de ver a sus sobrinas, y las dos mayores, debido a su reciente ausencia, fueron especialmente bienvenidas. Mientras estaba explicándoles con entusiasmo lo mucho que le había sorprendido su repentino regreso a Longbourn, del que no habría sabido nada —puesto que no las había recogido el carruaje familiar— de no haberse encontrado en la calle con el mancebo del señor Jones, quien le había dicho que ya no tenían que enviar pócimas a Netherfield porque las señoritas Bennet habían vuelto a casa, Jane la interrumpió para presentarle al señor Collins. Ella lo recibió con grandes muestras de cortesía, que él le devolvió con creces, disculpándose por aparecer allí sin haberle presentado antes sus respetos, aunque esperaba que su parentesco con aquellas jóvenes damas justificase su atrevimiento. A la señora Philips le impresionó su exquisita educación; pero su interés por el clérigo desconocido cedió ante las exclamaciones y preguntas de sus sobrinas acerca del nuevo oficial. Lo único que pudo contarles de éste, sin embargo, ya lo sabían: que Denny, y que sería nombrado teniente en la milicia del condado. La señora Philips les dijo que llevaba una hora observándolo mientras subía y bajaba la calle, y lo cierto es que, si el señor Wickham hubiera vuelto a aparecer, Kitty y Lydia habrían seguido su ejemplo; pero, desgraciadamente, sólo pasaron por delante de las ventanas unos cuantos oficiales que, en comparación con el recién llegado, les parecieron «feos y aburridos». Algunos de ellos comerían con los Philips al día siguiente, y la tía les prometió que su marido visitaría al señor Wickham y le invitaría al almuerzo si la familia de Longbourn se unía más tarde al grupo. Todos estuvieron de acuerdo, y la señora Philips prometió organizar un bullicioso juego de lotería[*], y ofrecer luego a sus invitados una cena ligera. Ante la perspectiva de tantas diversiones, todos se despidieron muy animados. El señor Collins volvió a pedirle disculpas al abandonar el salón, y la señora Philips le aseguró con incansable cortesía que no tenía nada que perdonarle.
Mientras volvían andando a casa, Elizabeth le contó a Jane lo sucedido entre el señor Darcy y el señor Wickham; y, aunque Jane estuviera dispuesta a defender a cualquiera de los dos, o a ambos, fue tan incapaz como Elizabeth de explicarse su comportamiento.
El señor Collins, al regresar a Longbourn, hizo las delicias de la señora Bennet elogiando los modales y la cortesía de la señora Philips. Declaró que, a excepción de lady Catherine y su hija, nunca había conocido a una mujer tan elegante; pues no sólo le había recibido con la mayor gentileza, sino que también le había incluido deliberadamente en su invitación del día siguiente, pese a ser la primera vez que lo veía en su vida. Suponía que su parentesco con los Bennet tendría algo que ver, pero lo cierto es que jamás le habían tratado con tanta deferencia.

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Pride and Prejudice

Chapter 15

Mr. Collins was not a sensible man, and the deficiency of nature had been but little assisted by education or society; the greatest part of his life having been spent under the guidance of an illiterate and miserly father; and though he belonged to one of the universities, he had merely kept the necessary terms, without forming at it any useful acquaintance. The subjection in which his father had brought him up had given him originally great humility of manner; but it was now a good deal counteracted by the self-conceit of a weak head, living in retirement, and the consequential feelings of early and unexpected prosperity. A fortunate chance had recommended him to Lady Catherine de Bourgh when the living of Hunsford was vacant; and the respect which he felt for her high rank, and his veneration for her as his patroness, mingling with a very good opinion of himself, of his authority as a clergyman, and his right as a rector, made him altogether a mixture of pride and obsequiousness, self-importance and humility. Having now a good house and a very sufficient income, he intended to marry; and in seeking a reconciliation with the Longbourn family he had a wife in view, as he meant to choose one of the daughters, if he found them as handsome and amiable as they were represented by common report. This was his plan of amends—of atonement—for inheriting their father’s estate; and he thought it an excellent one, full of eligibility and suitableness, and excessively generous and disinterested on his own part.

His plan did not vary on seeing them. Miss Bennet’s lovely face confirmed his views, and established all his strictest notions of what was due to seniority; and for the first evening she was his settled choice. The next morning, however, made an alteration; for in a quarter of an hour’s tete-a-tete with Mrs. Bennet before breakfast, a conversation beginning with his parsonage-house, and leading naturally to the avowal of his hopes, that a mistress might be found for it at Longbourn, produced from her, amid very complaisant smiles and general encouragement, a caution against the very Jane he had fixed on. “As to her younger daughters, she could not take upon her to say—she could not positively answer—but she did not know of any prepossession; her eldest daughter, she must just mention—she felt it incumbent on her to hint, was likely to be very soon engaged.”

Mr. Collins had only to change from Jane to Elizabeth—and it was soon done—done while Mrs. Bennet was stirring the fire. Elizabeth, equally next to Jane in birth and beauty, succeeded her of course.

Mrs. Bennet treasured up the hint, and trusted that she might soon have two daughters married; and the man whom she could not bear to speak of the day before was now high in her good graces.

Lydia’s intention of walking to Meryton was not forgotten; every sister except Mary agreed to go with her; and Mr. Collins was to attend them, at the request of Mr. Bennet, who was most anxious to get rid of him, and have his library to himself; for thither Mr. Collins had followed him after breakfast; and there he would continue, nominally engaged with one of the largest folios in the collection, but really talking to Mr. Bennet, with little cessation, of his house and garden at Hunsford. Such doings discomposed Mr. Bennet exceedingly. In his library he had been always sure of leisure and tranquillity; and though prepared, as he told Elizabeth, to meet with folly and conceit in every other room of the house, he was used to be free from them there; his civility, therefore, was most prompt in inviting Mr. Collins to join his daughters in their walk; and Mr. Collins, being in fact much better fitted for a walker than a reader, was extremely pleased to close his large book, and go.

In pompous nothings on his side, and civil assents on that of his cousins, their time passed till they entered Meryton. The attention of the younger ones was then no longer to be gained by him. Their eyes were immediately wandering up in the street in quest of the officers, and nothing less than a very smart bonnet indeed, or a really new muslin in a shop window, could recall them.

But the attention of every lady was soon caught by a young man, whom they had never seen before, of most gentlemanlike appearance, walking with another officer on the other side of the way. The officer was the very Mr. Denny concerning whose return from London Lydia came to inquire, and he bowed as they passed. All were struck with the stranger’s air, all wondered who he could be; and Kitty and Lydia, determined if possible to find out, led the way across the street, under pretense of wanting something in an opposite shop, and fortunately had just gained the pavement when the two gentlemen, turning back, had reached the same spot. Mr. Denny addressed them directly, and entreated permission to introduce his friend, Mr. Wickham, who had returned with him the day before from town, and he was happy to say had accepted a commission in their corps. This was exactly as it should be; for the young man wanted only regimentals to make him completely charming. His appearance was greatly in his favour; he had all the best part of beauty, a fine countenance, a good figure, and very pleasing address. The introduction was followed up on his side by a happy readiness of conversation—a readiness at the same time perfectly correct and unassuming; and the whole party were still standing and talking together very agreeably, when the sound of horses drew their notice, and Darcy and Bingley were seen riding down the street. On distinguishing the ladies of the group, the two gentlemen came directly towards them, and began the usual civilities. Bingley was the principal spokesman, and Miss Bennet the principal object. He was then, he said, on his way to Longbourn on purpose to inquire after her. Mr. Darcy corroborated it with a bow, and was beginning to determine not to fix his eyes on Elizabeth, when they were suddenly arrested by the sight of the stranger, and Elizabeth happening to see the countenance of both as they looked at each other, was all astonishment at the effect of the meeting. Both changed colour, one looked white, the other red. Mr. Wickham, after a few moments, touched his hat—a salutation which Mr. Darcy just deigned to return. What could be the meaning of it? It was impossible to imagine; it was impossible not to long to know.

In another minute, Mr. Bingley, but without seeming to have noticed what passed, took leave and rode on with his friend.

Mr. Denny and Mr. Wickham walked with the young ladies to the door of Mr. Phillip’s house, and then made their bows, in spite of Miss Lydia’s pressing entreaties that they should come in, and even in spite of Mrs. Phillips’s throwing up the parlour window and loudly seconding the invitation.

Mrs. Phillips was always glad to see her nieces; and the two eldest, from their recent absence, were particularly welcome, and she was eagerly expressing her surprise at their sudden return home, which, as their own carriage had not fetched them, she should have known nothing about, if she had not happened to see Mr. Jones’s shop-boy in the street, who had told her that they were not to send any more draughts to Netherfield because the Miss Bennets were come away, when her civility was claimed towards Mr. Collins by Jane’s introduction of him. She received him with her very best politeness, which he returned with as much more, apologising for his intrusion, without any previous acquaintance with her, which he could not help flattering himself, however, might be justified by his relationship to the young ladies who introduced him to her notice. Mrs. Phillips was quite awed by such an excess of good breeding; but her contemplation of one stranger was soon put to an end by exclamations and inquiries about the other; of whom, however, she could only tell her nieces what they already knew, that Mr. Denny had brought him from London, and that he was to have a lieutenant’s commission in the ——shire. She had been watching him the last hour, she said, as he walked up and down the street, and had Mr. Wickham appeared, Kitty and Lydia would certainly have continued the occupation, but unluckily no one passed windows now except a few of the officers, who, in comparison with the stranger, were become “stupid, disagreeable fellows.” Some of them were to dine with the Phillipses the next day, and their aunt promised to make her husband call on Mr. Wickham, and give him an invitation also, if the family from Longbourn would come in the evening. This was agreed to, and Mrs. Phillips protested that they would have a nice comfortable noisy game of lottery tickets, and a little bit of hot supper afterwards. The prospect of such delights was very cheering, and they parted in mutual good spirits. Mr. Collins repeated his apologies in quitting the room, and was assured with unwearying civility that they were perfectly needless.

As they walked home, Elizabeth related to Jane what she had seen pass between the two gentlemen; but though Jane would have defended either or both, had they appeared to be in the wrong, she could no more explain such behaviour than her sister.

Mr. Collins on his return highly gratified Mrs. Bennet by admiring Mrs. Phillips’s manners and politeness. He protested that, except Lady Catherine and her daughter, he had never seen a more elegant woman; for she had not only received him with the utmost civility, but even pointedly included him in her invitation for the next evening, although utterly unknown to her before. Something, he supposed, might be attributed to his connection with them, but yet he had never met with so much attention in the whole course of his life.

Dibujando, día dos

Día 137.

Bilingual Post.

¡Hola preciosuras y demoniuras! ¡espero estén pasando un día estupendo!

Yo vine a contarles que estoy tan entusiasmada de haberme animado a intentar mis dibujos a lápiz que ya no puedo parar. Amanecí con mucha energía y ganas de continuar intentándolo.

Debo confesarles que lo hago siguiendo un tutorial en YouTube.

Hasta hace poco sólo hacia auto-retratos y era apoyada de toda la tecnología de mi tableta, así que estos pequeños avances me llenan de alegría. Y quiero compartirles mis dibujos de hoy, espero muy pronto estar dibujando rostros completos.

4 de agosto del 2021

Por favor escribe en tu diario si pudieses tomarte un respiro y volver al colegio para aprender bien una materia, ¿cuál sería?

¡Hasta mañana!

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Hello, pretties and devils! I hope you are having a great day!

I came to tell you that I am so excited to have encouraged myself to try the pencil drawings that I can no longer stop. I woke up with a lot of energy and want to continue trying.

I must confess that I do it by following a tutorial on YouTube.

Until recently, I only did self-portraits and was supported by all the technology of my tablet, so these small advances fill me with joy. And I want to share my drawings for today; I hope very soon to be drawing full faces.

August 4th 2021

Please write in your journal if you could take a break and go back to school to learn a subject well, what would it be?

Thanks for reading!

Primer dibujo a lápiz

Día 136

Post bilingüe.

¡Saludos, preciosuras y demoniuras!

Es agosto, YAY! Este año va a prisa y con mucha productividad. Quizá no he logrado todo lo que me he propuesto, pero es seguro que lo sigo intentando. Continuo con mis lecturas, el mes de agosto lo enfocaré casi por completo en mis lecturas en inglés, es decir, no entraré a ninguna Lectura Conjunta del club de libros en español.

Saben… hablando de todo un poco. Es la primera vez en lo que va de la pandemia que me enfermo tan fuertemente. Estuve tres días en cama, solo quería dormir, pero me aseguraba de ingerir suficientes líquidos y comer a mis horas. No tengan pendiente que ya me siento mucho mejor, casi al cien.

Y hoy que decidí regresar a mi rincón favorito, sí, mi oficina. Y en vista de que mi “tablet” no tenemos para cuándo repararla, pues decidí tomar en mis manos el plan B. Es decir tomar mi libreta de dibujos y mi set de lápices y comenzar a dibujar. Para ser el primero no está del todo mal. Les dejaré la imagen para que ustedes juzguen.

Les deseo un mes sumamente productivo, interesante y cargado de agradables sorpresas.

¡Gracias por leer!

3 de agosto del 2021

Por favor escribe en tu diario un escrito que evalúe cómo te ha ido durante el primer semestre del año.

Now is the new later!

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Greetings, beauties, and demons!

It’s August, YAY! This year is going fast and with a lot of productivity. Perhaps I have not achieved everything I have set out to do, but I am sure to keep trying. I continue with my readings; In August, I will focus almost entirely on my readings in English. That is, I will not enter any Joint Reading of the Spanish book club.

You know, speaking of everything a little. It is the first time in the pandemic so far that I have become so seriously ill. I was in bed for three days, I just wanted to sleep, but I made sure I got enough fluids and ate at my own time. Do not be aware that I already feel much better, almost one hundred.

And today, I decided to return to my favorite corner, yes, my office. And because my “tablet” we do not have when to repair it, I decided to take plan B in my hands. That is to say, take my sketchbook and my set of pencils and start drawing. To be the first is not all bad. I will leave the image for you to judge.

I wish you an extremely productive, exciting month full of pleasant surprises.

Thank you for reading!

August 3rd 2021

Would you please write in your journal a letter that evaluates how you have done during the first semester of the year?

Now is the new later!